Capítulo 1:
La primera nieve del invierno siempre llegaba tarde a Roma.
No era algo que ocurriera todos los años, y quizá por eso me gustaba tanto. Cuando los primeros copos comenzaban a caer, la ciudad parecía olvidarse del ruido, del apuro y de las personas que corrían de un lado a otro. Las calles se volvían más tranquilas, las luces de los cafés brillaban con más fuerza y el río Tíber avanzaba lentamente, como si también quisiera disfrutar del invierno.
Me llamo Matteo Rossi y tengo diecisiete años.
Vivo con mi madre en un pequeño departamento cerca del Trastévere. No es un lugar especial, pero desde la ventana de mi habitación puedo ver los techos de los edificios y, algunas noches, las luces que iluminan la ciudad. Desde chico me acostumbré a observar Roma desde arriba, imaginando historias sobre las personas que caminaban por las calles.
Aquella mañana de diciembre me desperté antes de que sonara la alarma.
El cielo estaba completamente gris y el viento golpeaba suavemente las persianas. Me levanté, abrí la ventana y el aire frío entró de golpe en mi habitación.
—Vas a enfermarte si seguís haciendo eso —dijo mi madre desde la cocina.
Sonreí.
—Solo quería ver si iba a nevar.
—Todos los años decís lo mismo.
Me preparé para ir a la escuela mientras el olor del café llenaba el departamento. Las mañanas de invierno siempre me parecieron extrañas. Las personas hablan menos, las calles están más vacías y el mundo parece moverse un poco más lento.
Caminé hasta el colegio con las manos en los bolsillos del abrigo. El frío hacía que mi respiración se volviera visible y las hojas secas cubrían algunas veredas.
Mis amigos hablaban de exámenes, vacaciones y planes para Navidad, pero mi cabeza estaba en otro lugar.
Desde hace años tengo el mismo recuerdo.
No sé exactamente cuándo ocurrió ni por qué nunca desapareció. Solo recuerdo una calle iluminada, una niña de mi edad y nuestras manos cubiertas por unos guantes demasiado grandes para nosotros.
Recuerdo su voz.
Recuerdo su risa.
Pero no recuerdo su rostro.
Es extraño cómo funciona la memoria. Algunas personas olvidan por completo su infancia, pero yo nunca pude olvidar aquella sensación de estar junto a alguien que era importante para mí.
Cuando era niño, mis padres me dijeron que aquella amiga se había mudado. Nunca pregunté demasiado. Con el tiempo, simplemente acepté que algunas personas llegan a nuestras vidas para después desaparecer.
Sin embargo, durante los inviernos, esos recuerdos siempre volvían.
Al salir de la escuela, decidí caminar por el centro antes de regresar a casa. Las calles estaban llenas de luces navideñas y algunos negocios comenzaban a decorar sus vidrieras.
Roma se veía distinta.
Más tranquila.
Más hermosa.
Me detuve en un pequeño café y compré un chocolate caliente. El calor del vaso contrastaba con el frío de mis manos.
Entonces levanté la vista.
Los primeros copos comenzaron a caer.
Pequeños, casi invisibles.
Algunas personas se detuvieron para mirar el cielo. Otras siguieron caminando como si no hubiera pasado nada. Yo simplemente sonreí.
La primera nieve.
Siempre había algo especial en ella.
Continué caminando hasta llegar a un puente sobre el Tíber. El agua reflejaba las luces de la ciudad y el viento se volvía cada vez más frío.
No sabía por qué, pero esa noche sentía que algo iba a cambiar.
Quizá era solo el invierno.
Quizá era la nieve.
O quizá era esa extraña sensación que llevaba conmigo desde niño, como si estuviera esperando algo que nunca terminaba de llegar.
Permanecí allí varios minutos observando la ciudad.
Las campanas de una iglesia sonaron a lo lejos.
Las luces se reflejaban sobre el río.
Y por primera vez en mucho tiempo, tuve la sensación de que el pasado estaba más cerca de lo que imaginaba.
Sin saberlo, aquella sería la última noche de mi vida antes de que todo cambiara.
Porque el invierno acababa de comenzar.