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ESCRITORES DE LA LIBERTAD

LadyCroft
Pensamiento

Pensamiento

tomi_8

El final le contesta a la guerra con un lápiz, posta. Toda la voz de la madre es una réplica a los que mandaron pibes de 20 a las islas, y la última palabra no la tienen ellos, la tiene el maestro.

El final le contesta a la guerra con un lápiz, posta. Toda la voz de la madre es una réplica a los que mandaron pibes de 20 a las islas, y la última palabra no la tienen ellos, la tiene el maestro.

Contenido de la publicación

Los juguetes de Julio eran unos impostores. No se parecían en nada a los reales. Cualquier cosa que le haya pertenecido dejó de parecerlo en el instante mismo en que su alma abandonó este plano de la tierra para siempre. Fue cuestión de cerrar la puerta de su habitación, dejando atrapado su aroma, impregnando las paredes de dolor. 

No me he atrevido a abrir esa puerta en seis largos años; ni hablar tiene de la puerta en mi corazón. Esa permanece sellada a fuego y hierro, sofocando con el humo lo poco de vida que aún me queda. Cada vez que abro los ojos por la mañana, ni siquiera percibo el paso del tiempo atrapado en el reloj. Mi realidad se compone de retazos de su risa y el destello lejano de las velas en su último cumpleaños. Esa llama eterna en sus ojos, la alegría de ser completamente feliz. De tenerlo al alcance de un beso, una caricia.

Levanto la vista y la casa me sabe extraña. El sol se filtra con pereza por entre las cortinas, coloreando la habitación de un amarillo pálido, somnoliento. Así me siento por dentro. Como si todo esto se tratara de un sueño. Las arenas del tiempo caen con cada pestañeo lento que doy, aguardando por el final de otro día. Y otro, y otro más.

Me pesa el cuerpo, el alma. La realidad de saberlo tan lejos y tan ajeno a mi: su madre. La única. La que recibió con algo de susto, pero también con verdadera sorpresa la maravillosa noticia de que a partir de aquel momento y para siempre alguien habitaría dentro de mí. Pidiendo permiso para alojarse lo más cerca posible del corazón, respirando el mismo aire. Enseñándome a ser feliz. 

De eso hace ya 27 años.

Pero el tiempo es incomprensible para cosas como el amor o el olvido. Se alimenta de certezas, de la espera. Y por supuesto, ambas siempre duelen peor que ayer.

Aún así, son días como hoy donde el miedo se alza. Me susurra recuerdos y me desarma en silencio. Se cumple un nuevo aniversario y la película infame se reproduce en mi cabeza cual escena infinita. Ya no soy capaz de detenerla.

Frío. Lo primero que puedo sentir es el frío helado calando en los huesos esa mañana del catorce de marzo. Empapada en llanto, lo envolví con los brazos y lo apreté contra mí, contra su verdadero hogar. Quería resguardarlo de todo, de todos. Hasta de mi misma.

Desgarrarme las manos, arrancarme las uñas de tanto estrujarlo. Todo, con tal de que no fuera. Porque era mío, es mío. Y uno no abandona su propia vida sin antes luchar. Y fue por eso mismo que también comprendí que debía dejarlo ir. En sus ojos se reflejaba la esperanza, el miedo, el orgullo y, sobre todo, el amor. 

No podía negarle eso a la patria.

Me besó en la mejilla tan rápido que me prendí del suspiro de su ropa para poder acompañarlo allá a donde fuera.

Una mancha verde, en un océano inmenso. Dio apenas unos pasos antes de voltear a verme y sonreír. Fue como si el tiempo se detuviera. 

“Soy el maestro Julio Rubén Cao y tengo que volver con ellos, se los prometí”. 

Asentí con la cabeza. Sabía que era cierto. Por qué Julio amaba a sus alumnos, pero sobre todo porque jamás había roto una promesa.

Al regresar a casa, me derrumbé en el centro de la cocina y permanecí allí por muchísimo tiempo. Fui dándole paso a la realidad y con ella, a la cruda verdad: nunca más volvería a ver a mi hijo. No al Julio feliz, inocente, niño. Mi niño.

El Julio que me devolvería la guerra sería ya un hombre, y los pecados del hombre corrompen para siempre el espíritu de los niños.

Minutos, horas, días, semanas…

Tiempo. Mucho tiempo. Más y más tiempo. Nada ocurría entre hora y hora, porque solo existía de pensamiento en pensamiento, regresando a los recuerdos en un intento inútil por retenerlo.

No escuchaba la radio, no veía televisión. Hacía oídos sordos a las conversaciones de los vecinos; pero las noticias siempre llegaban. Estaban masacrando a nuestros hijos en aquellas islas del fin del mundo. Teñían el suelo con los anhelos de jóvenes de no más de 20 años, con sus sueños, pero sobre todo con sus miedos. Separados de sus familias por cientos de kilómetros, se convertían en héroes maravillados por el brillo de miles de luces cruzando la noche. Emulando los fuegos artificiales de las navidades inertes. 

Quedándose dormidos en las trincheras, despertando al otro día sin comprender qué tipo de magia pudo haberlos transportado hasta sus camas de la infancia. Disparándole al enemigo, defendiendo la bandera, desangrándose en sudor, cayendo al barro una y otra vez. Soñando que ganarían la copa del mundo.

Niños.

Eran niños.

Ese fatídico 14 de junio de 1982, cuando anunciaron que la guerra llegó a su fin, respiré. Volví a respirar. Lo lograron. Ganamos.

Sentada ahora en la mesa de la cocina, por un momento soy capaz de volver a oírlo. Baja corriendo por las escaleras, va con prisa. En un primer momento el color verde del uniforme me confunde, pero luego lo veo. En verdad. Era Julio, mi Julio abriendo la puerta de entrada, asomándose a la vereda esperando por sus amigos para ir a jugar el partido de fútbol más importante de todos: contra los chicos de la otra escuela. “Hay que defender el honor Mama, no voy a esconderme debajo de la cama”. 

Siempre decía lo mismo. Era su lema.

Al levantar la vista voltea a verme como aquella vez, pero se que esta es diferente. Me sonríe con todo lo que es, y agita su manita, despidiéndose.

Fue como un susurro bajo, una brisa en el rostro. Cierro los ojos y le digo adiós. En verdad.

Esa noche, al subir a su habitación, el frío y la oscuridad me dieron de lleno. Me quedé parada en el umbral, buscándolo dentro. Al prender la luz, regrese en el tiempo exactamente 25 años. 

Su cuarto estaba desordenado, pero para mi era lo más parecido a tenerlo a Julio presente, allí. Ahora. Sus libros ya amarillos, marcados con cientos de actividades para sus alumnos. El maestro del barrio, fiel granadero de San Martín y defensor de Belgrano. 

Mi mirada recae en el marco plateado apoyado en su mesa de luz, junto a la cama. La tierra lo ha vuelto opaco, pero las sonrisas de sus protagonistas siguen intactas. Se trataba del equipo de fútbol que formó con sus amigos cuando tenían ocho años. Su sonrisa etérea y mirada dulce lo destacan del resto. Mi hijo. El pacifista, padre de una hija que no llegó a conocer. Futuro escritor y maestro de vida y corazón. 

Cada vez que necesito hablarle, camino hasta la plaza central del barrio y me pongo a charlar con el pino que él mismo plantó allí. Se alza orgulloso y eterno. Fuerte, reverdece como nunca. Acaricio sus hojas y puedo jurar que lloran. 

Mi Julio se quedó en aquellas islas, acompañado de sus amigos, defendiendo el arco de toda una Nación; habiendo logrado ganar el partido más importante de sus vidas.

El tiempo ha pasado, la historia ha escrito con sangre de otros soñadores tantas verdades y mentiras que he perdido la cuenta; sin embargo creo que de tenerlo enfrente lo oiría decirme algo como: “No te preocupes Mama, yo me voy, pero sabe que, sin importar el contexto, existen lápices que han escrito y seguirán haciéndolo por siempre”.





En memoria al ex combatiente de Malvinas, Julio Rubén Cao, soldado del Regimiento de Infantería Mecanizado N° 3 del Ejército.


ALGUNOS DATOS HAN SIDO MODIFICADOS PARA ADAPTARLOS AL RELATO

Thoughts

  • tomi_8

    El final le contesta a la guerra con un lápiz, posta. Toda la voz de la madre es una réplica a los que mandaron pibes de 20 a las islas, y la última palabra no la tienen ellos, la tiene el maestro.

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  • bandoneon

    Ir a charlarle al pino que él mismo plantó en la plaza, che. Esa madre no va adonde lo enterraron, va adonde el pibe dejó algo vivo.

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