22 de octubre del 2020
Las anaranjadas tardes no se comparaban en nada con el azul oscuro casi resplandeciente que reinaba por la noche y Dimitri lo tenía claro al haber vivido por años con un ser nocturno escondido de la sociedad. Pero cuando se encontraba tumbado en su cama pensaba exactamente lo mismo que pensaba cuando estaba con gente: “¿por qué no puedo ser como ellos?”
Una envidia gigante recorría cada rincón del cuerpo del chico de manera corrosiva, con cada paso sentía un peso mayor ante sus hombros por la sola idea de tener que cumplir expectativas que sabía que no cumpliría.
Pero había gente que simplemente-no-lo-intentaba y le salía bien. ¿Es que acaso la clave para ser feliz sí era ser ignorante? Dimitri llevó sus manos hacia su rostro y suspiró con sus ojos cerrados. Envidiaba esas sonrisas compasivas, las conversaciones triviales y la gente con una relación estable. Envidiaba al chico que tenía pareja y a la pareja del chico, envidiaba al hijo querido y a la madre amable, al padre comprensivo y a la hija cariñosa y podía seguir eternamente. ¿Por qué todas las fórmulas parecían fallar en él? ¿Que hacía mal?
Sus “lo siento” no sonaban verdaderos y sus te amo sonaban obligados, su forma de hablar era exageradamente golpeada y su humor hasta incluso burlesco. Pero intentaba corregirse, intentaba mejorar pero simplemente el mundo parecía irse en su contra y que-nadie-jamás-nunca-haga-sentir-bien-a-este chico. Dimitri pensó que quizá era demasiado exagerado culpar a Dios por abandonarlo y dejarle ser un ser independiente con un raciocinio único, pero aveces quería ser un malagradecido y ser un estupido para dejar de sentirse mal al ver la felicidad ajena. Era un maldito y pobre envidioso. Codiciaba esa felicidad ajena cueste lo cueste, aunque con ella se fuese la poca estabilidad mental que alguna vez tuyo. Parecía un precio digno de pagar pero también parecía un trato que solo harías con el diablo.
—Supongo que jamás podré ser feliz.— Musitó el chico mientras se daba cuenta que, de nuevo, había perdido tiempo pensando en cosas inútiles en vez de estar aprendiendo a declamar sus guiones.
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