No quiero buscar a nadie más.
Y no porque crea que no existan otras personas que puedan llegar a mi vida, sino porque, después de conocerte, me cuesta imaginar que alguien más pueda ocupar el lugar que tú dejaste en mí.
He intentado pensar que quizá algún día conoceré a alguien diferente.
Alguien que me haga reír de otra manera, que me enseñe nuevas cosas, que llegue con una historia distinta y que quizá consiga hacerme sentir algo bonito otra vez.
Pero cuando me pregunto qué pasaría si tuviera que elegir...
Siempre apareces tú.
Y eso es lo que más me sorprende.
Porque entre tantas personas, entre tantos nombres que todavía no conozco y tantos caminos que aún me quedan por recorrer, mi corazón parece haber tomado una decisión mucho antes de que yo pudiera entenderla.
Te eligió a ti.
No sé exactamente en qué momento ocurrió.
Quizá fue en una conversación que parecía no tener importancia.
Quizá fue en una de esas veces en las que me hiciste sentir comprendida sin que tuviera que explicar demasiado.
Quizá fue poco a poco, mientras me acostumbraba a tu presencia sin darme cuenta de que algún día iba a extrañarla.
Solo sé que, cuando quise darme cuenta, ya había algo dentro de mí que te había escogido.
Y desde entonces, imaginar otros nombres se siente extraño.
No porque crea que seas perfecto.
Sé que no lo eres.
También sé que yo tampoco lo soy.
Hemos tenido momentos buenos y momentos difíciles. Hemos cometido errores, hemos cambiado y seguramente ninguno de los dos es exactamente la misma persona que era cuando todo comenzó.
Pero aun sabiendo todo eso, si me preguntaran quién elegiría entre todas las personas que podrían aparecer en mi vida...
Probablemente seguiría diciendo tu nombre.
Y quizá eso es lo que más miedo me da.
Porque elegir a alguien no siempre significa que la historia vaya a salir como uno quiere.
A veces puedes elegir a una persona con todo el corazón y aun así no terminar a su lado.
Puedes querer que alguien se quede y descubrir que también tiene derecho a elegir otro camino.
Puedes sentir muchísimo y, aun así, no tener la certeza de que el sentimiento sea suficiente para construir algo juntos.
Y estoy aprendiendo a entender esa diferencia.
Porque quererte no significa que pueda decidir por ti.
Elegirte no significa que tú tengas que elegirme.
Mi corazón puede tener claro lo que siente y, al mismo tiempo, respetar completamente lo que tú decidas sentir.
Creo que esa es una de las partes más difíciles de querer a alguien de verdad.
Entender que no basta con escogerlo.
También tiene que existir reciprocidad.
Tiene que existir voluntad de ambos.
Tiene que existir un lugar donde los dos quieran encontrarse.
Porque no quiero que mi elección se convierta en una espera eterna.
No quiero pasarme la vida imaginando qué habría pasado si hubiéramos coincidido en el mismo momento, con las mismas ganas y con la misma certeza.
Quiero creer que, si algún día nuestros caminos vuelven a encontrarse de una manera distinta, será porque los dos lo elegimos.
No porque uno de los dos haya tenido que convencer al otro.
Y mientras tanto, no voy a fingir que mi corazón no te eligió.
Porque sí lo hizo.
Entre tantas personas, tantos nombres y tantas posibilidades, hubo uno que se quedó conmigo de una manera diferente.
El tuyo.
Tal vez algún día la vida me sorprenda y mi corazón cambie de dirección.
Tal vez conozca a alguien que me haga entender por qué algunas historias tienen que terminar para que otras puedan comenzar.
No sé qué pasará.
Pero si hoy me preguntaran, sin pensarlo demasiado, a quién elegiría...
La respuesta seguiría siendo la misma.
A ti.
No porque seas la única persona que existe.
Sino porque, entre todas las personas que pude conocer, fuiste tú quien consiguió que mi corazón dejara de buscar.
Y quizá eso es lo más sincero que puedo decir:
no sé qué nos espera, pero si tuviera que elegirte una vez más, sabiendo todo lo que sé ahora, probablemente volvería a escoger tu nombre.