Desde que te fuiste, entendí que algunas personas no dejan un vacío porque se hayan ido.
Lo dejan porque con ellas también se fue una parte de nuestra vida que nunca volvió a sentirse igual.
Y quizá eso sea lo que más cuesta aceptar.
No extraño solamente a la persona.
Extraño cómo eran mis días cuando estaba.
Las conversaciones que parecían no tener importancia y que hoy daría cualquier cosa por volver a tener.
Los momentos sencillos que en aquel entonces no sabía que algún día echaría tanto de menos.
Extraño incluso la versión de mí que existía cuando tú estabas cerca.
Porque después de algunas despedidas, la vida continúa, sí.
Conoces personas nuevas.
Creas recuerdos diferentes.
Vuelves a reír.
Vuelves a hacer planes.
Pero hay una parte de ti que sabe que algo cambió.
No necesariamente para siempre de una manera triste.
Simplemente cambió.
Hay lugares que siguen siendo los mismos, pero ya no se sienten igual.
Hay canciones que todavía puedes escuchar, pero ya no tienen el mismo significado.
Hay cosas que antes te emocionaban y que ahora simplemente te recuerdan a una época que ya terminó.
Y entonces entiendes que algunas personas no solamente forman parte de nuestra vida.
También forman parte de una versión de ella que nunca podremos volver a vivir exactamente de la misma manera.
Por eso algunas ausencias pesan tanto.
No porque no podamos continuar.
Sino porque sabemos que aquello que vivimos no volverá a repetirse exactamente igual.
Y está bien.
No todo tiene que volver.
Hay etapas que solamente vienen una vez.
Personas que solo coinciden con nosotros durante un capítulo.
Momentos que fueron hermosos precisamente porque fueron únicos.
Así que ya no intento recuperar aquella vida.
La recuerdo.
La agradezco.
Y sigo construyendo otra.
Porque quizá nunca vuelva a sentir todo exactamente como antes…
pero eso no significa que no pueda volver a sentir algo bonito.
Solo será diferente.
Y quizá algún día descubra que diferente también puede ser maravilloso.