EN UN MUNDO..
En un rincón del mundo, olvidado del cielo,
vivía un muchacho de corazón demasiado grande.
No era de muchas, solo buscaba un consuelo,
amar con todo el alma hasta que el alma se le parta.
Tres veces se enamoró, tres veces se rompió.
La primera: tres días bastaron para el fuego,
se miraron y el mundo dejó de existir,
pero el séptimo día ella se fue sin motivo,
y le dejó el alma convertida en un suspiro.
La segunda llegó con palabras de seda,
pero un “me lo prohibieron” fue su sentencia.
Se marchó sin mirar atrás, sin una lágrima,
dejándolo solo con su inmensa inocencia.
La tercera era luz, era beso constante,
nunca supo del infierno que él cargaba dentro.
Seguía amándolo suave, ignorante y distante,
mientras él se moría en silencio, sin decirlo.
Nunca les contó que llevaba días sin comer,
que el hambre del cuerpo era nada comparada
con el hambre de ser amado de verdad,
de tener un hogar en alguien más.
Una noche tomó su teléfono temblando,
lo miró como quien mira su propia tumba.
Lo lanzó al mar con todas sus fuerzas, gritando,
y echó a correr descalzo, sin rumbo, sin nada.
Corrió por caminos que nadie más recorre,
corrió hasta que los pies le sangraron en llagas.
Llegó al desierto donde solo el viento llora,
y las dunas inmensas lo esperaban abiertas.
Se hundió lentamente, la arena hasta la cintura,
las fuerzas se le iban, pero aún se arrastraba.
Entre sollozos débiles, con la voz quebrada,
gritó con lo último que le quedaba de alma:
—“¡Yo aún puedo… yo puedo!… ¡No me dejen aquí!”
Llorando, arrastrándose con uñas y rodillas,
—“¡Te amo!… ¡Por favor, ayúdenme!…
¡Perdónenme!… ¡Quédense conmigo!… ¡No me dejen solo!”
En ese instante, entre las dunas ardientes,
vio aparecer a las tres… sus tres amores,
de pie frente a él, mirándolo con tristeza.
El narrador, con dolor, solo pudo decir:
Ojalá no fuera una alucinación…
Ojalá por una vez la vida tuviera piedad.
Pero ninguna de las tres habló.
Ninguna extendió la mano.
Solo lo miraron con ojos vacíos,
como si nunca lo hubieran conocido.
Lloraron un momento…
y luego, lentamente, se fueron desvaneciendo
entre el viento y la arena.
Él siguió arrastrándose, llamándolas con desesperación,
mientras la duna le subía por el pecho,
por el cuello, por la boca…
sus ojos abiertos, llenos de lágrimas y súplica,
hasta que el desierto lo tragó por completo.
Ninguna se acordó de él.
Ni siquiera en su última alucinación.
Ahora solo queda arena…
y el eco roto de un corazón
que amó demasiado
y murió suplicando amor
que nadie le devolvió.