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En Bogota no hay carnaval...:( pero ¡¡¡¡TENEMOS HALLOWEEN!!!!!! Pregunta Sin responder

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Pensamiento

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TeresaGuz

La profesora quitándoles los mejores dulces a los demás niños para dártelos a ti me ha parecido lo más bonito de todo el texto. Hoy seguramente a esa maestra le caería alguna queja de un padre, pero los compañeros acabaron ayudándote también, y esa parte

La profesora quitándoles los mejores dulces a los demás niños para dártelos a ti me ha parecido lo más bonito de todo el texto. Hoy seguramente a esa maestra le caería alguna queja de un padre, pero los compañeros acabaron ayudándote también, y esa parte no me la esperaba.

Apuesto a que tu madre se enteró de lo de los dulces y estuvo orgullosa del árbol una semana entera. ¿Te acuerdas de cómo se llamaba aquella profesora?

Contenido de la publicación

El carnaval que sí tenemos

En Bogotá no hay carnaval.

:(

Tenemos frío, tenemos trancones, tenemos una ciudad que a las seis de la tarde ya parece estar pensando seriamente en meterse debajo de una cobija.

Pero carnaval, carnaval… no.

¡¡¡PERO TENEMOS HALLOWEEN!!!

Y eso, señores, no es poca cosa.

Porque durante unos días Bogotá se transforma.

Las brujas salen a la calle.
Los muertos caminan entre los vivos.
Los niños se convierten en monstruos.
Los adultos se convierten en niños.
Y algunos adultos se convierten directamente en monstruos.

Hay concursos de disfraces, fiestas, rumbas, maquillaje, bodypainting, calaveras, vampiros, demonios, princesas, zombis y toda clase de criaturas que normalmente no conseguirían permiso para circular por Bogotá.

Es nuestro carnaval.

No lo elegimos.

Nos lo impusieron.

Y lo aceptamos con una felicidad sospechosamente grande.

Yo tuve una experiencia particularmente importante con esto cuando era niño.

Mi mamá decidió disfrazarme de árbol.

No de árbol simbólico.

No de esos disfraces donde uno se pone dos hojitas en la cabeza y dice:

—Soy un árbol.

No.

Mi mamá se tomó el asunto en serio.

Yo era un árbol.

Y para que el disfraz fuera más realista, decidieron que los brazos no podían quedar por fuera.

Eso era importantísimo para la autenticidad botánica.

Así que yo quedé convertido en una especie de árbol humano, caminando por ahí con los brazos atrapados dentro del follaje.

Y fue hermoso.

Hasta que me caí.

Un par de veces.

Porque aparentemente los árboles no están diseñados para caminar.

Pero aquel día tuve una ventaja extraordinaria:

mi profesora era cuidabosques.

O al menos así funcionó durante unas horas.

El problema llegó con la piñata.

Porque uno puede ser un árbol muy convincente, pero cuando llega el momento de recoger dulces del piso, la botánica se vuelve un inconveniente.

Yo veía los dulces.

Los dulces estaban ahí.

Mis compañeros se lanzaban sobre ellos.

Y yo…

era un árbol.

No podía recogerlos.

Entonces ocurrió una de esas pequeñas cosas que uno recuerda toda la vida.

Mi profesora empezó a quitarles los mejores dulces a los otros niños para dármelos a mí.

No sé si eso era pedagógicamente correcto.

Pero era profundamente humano.

Y mis compañeros, en vez de reclamar, terminaron ayudándome también.

Porque, señoras y señores:

yo había sido árbol.

Y un árbol merece sus frutos.

Desde entonces tengo una relación muy seria con Halloween.

Así que si ustedes van a disfrazar a sus perritos este año, por favor háganlo bien.

No les pongan simplemente una capita y ya.

Magistral.

Casi fashionista.

Que el pobre animal, después de soportar la incomodidad, la mirada de desaprobación, las fotos y la humillación pública de ser vestido por su familia, por lo menos tenga una propuesta estética.

Si va a ser vampiro, que sea un vampiro impecable.

Si va a ser calabaza, que parezca una calabaza de alta costura.

Si va a ser fantasma, que por lo menos tenga una buena caída de tela.

Porque el sufrimiento debe tener producción.

Y a los niños les tengo una recomendación:

los dulces no se cuentan.

Eso es de principiantes.

Los dulces se pesan.

Se compara la bolsa con la de los compañeros.

Porque siempre habrá uno que diga:

—Yo tengo 47.

No.

Eso no significa nada.

Tal vez los tuyos son pequeños.

Tal vez el otro tiene 18 chocolatinas gigantes.

La unidad internacional de Halloween es el peso de la bolsa.

Y si usted es diabético y está leyendo esto, tranquilo.

Regalar dulces no le va a subir la insulina.

Eso sí:

no se coma los que está regalando.

Hay una diferencia importante entre participar en Halloween y convertirse en evidencia clínica.

Y ahora, para los directores de películas cool, los comerciantes cool y todos aquellos que, apenas termina Halloween, ya están poniendo árboles de Navidad:

calma.

Ya sabemos que existe El extraño mundo de Jack.

Ya sabemos que la Navidad puede ser oscura, gótica, musical, maravillosa y perfectamente compatible con calaveras.

Pero no se adelanten.

No necesitamos que el 1 de noviembre desaparezcan las brujas porque llegó Santa Claus.

Inventemos algo.

Chrislloween.

Halloween navideño.

Calaveras con gorros de Papá Noel.

Brujas repartiendo regalos.

Árboles de Navidad muertos.

Renos zombies.

Villancicos cantados por fantasmas.

Lo que sea.

Pero déjennos unos días más.

Porque Bogotá no tiene carnaval.

Bogotá tiene Halloween.

Y durante ese breve momento del año, esta ciudad fría, gris y generalmente poco tropical se permite algo extraordinario:

jugar a ser otra cosa.

Las calles se llenan de disfraces.

Los bares se llenan de monstruos.

Los niños salen a buscar dulces.

Los adultos salen a buscar una excusa.

Y una generación entera reconoce, detrás de cada bruja, cada calavera y cada disfraz ridículo, una parte de su propia infancia.

Porque las brujas nos han acompañado toda la vida.

A la Generación X nos criaron entre brujas, monstruos, vampiros, películas de terror, cuentos oscuros y criaturas que vivían precisamente donde nuestros padres nos decían que no debíamos mirar.

Las brujas moldearon nuestra infancia.

Después moldearon nuestra juventud.

Y, para algunos de nosotros, probablemente también moldearon nuestra vida adulta.

Así que no tenemos carnaval.

Tenemos otra cosa.

Tenemos unos días al año en los que Bogotá decide ponerse una máscara y admitir que también sabe divertirse.

Un carnaval impuesto.

Un carnaval de disfraces.

Un carnaval de perros incómodos y niños llenos de azúcar.

Un carnaval de bodypainting, calaveras, brujas y gente que durante una noche descubre que quizá siempre quiso ser otra persona.

Gocémoslo.

Y si alguna vez les toca disfrazar a un niño de árbol, recuerden:

déjenle los brazos por fuera.

Los árboles son hermosos.

Pero los árboles también necesitan recoger sus dulces.

Respuestas

  • jmCastaneda

    Hace como treinta años a uno de mis hijos lo disfrazaron de pollo para el colegio, con unas alas cosidas a los costados, y le pasó igual que a usted con las manos: no podía coger nada. Ese 31 de octubre yo llegué tarde a recogerlo y lo encontré sentado en el patio con la bolsa llena, porque una niña le había ido metiendo los dulces uno por uno. Nunca supe cómo se llamaba la niña. Él tampoco se acuerda.

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  • TeresaGuz

    La profesora quitándoles los mejores dulces a los demás niños para dártelos a ti me ha parecido lo más bonito de todo el texto. Hoy seguramente a esa maestra le caería alguna queja de un padre, pero los compañeros acabaron ayudándote también, y esa parte no me la esperaba.

    Apuesto a que tu madre se enteró de lo de los dulces y estuvo orgullosa del árbol una semana entera. ¿Te acuerdas de cómo se llamaba aquella profesora?

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