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Ella no se llamaba abuela

anyinavarro1997
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Ella no se llamaba abuela.

Le decían "Nona" porque la primera vez que la nieta postiza intentó decir "abuela" a los 3 años le salió "nona" y se le quedó pegado para siempre, como el olor a pan tostado y a jabón de ropa que tenía su casa.

La nieta postiza se llamaba Lía. No era de sangre. La Nona la encontró un invierno, con 5 años, sentada en el cordón de la vereda de enfrente, con una bolsa de nylon y los zapatos mojados. Los padres de Lía se habían ido hacía meses y nadie había vuelto. La policía la llevó a un hogar. Y la Nona, que vivía sola desde que su marido murió y sus hijos se fueron a otra provincia, fue a firmar papeles "solo para dar una mano". Se quedó 15 años dando esa mano.

La casa de la Nona quedaba en Resistencia, a tres cuadras de la plaza. Paredes amarillas, patio de tierra, una parra que nunca daba uvas dulces pero igual la Nona hacía jugo. Todas las tardes a las 5 la Nona ponía la pava. Aunque Lía ya tuviera 20 y estudiara en la ciudad, aunque viniera solo los fines de semana, la pava estaba.

"Vos tomá mate amargo, que el dulce te hace mal a los nervios", le decía, y le pasaba la bombilla sin mirarla, porque mirarla fijo le hacía llorar. Lía tenía el pelo igual al de la hija que la Nona perdió de chiquita. Por eso no decía "mi nieta postiza". Decía "mi nieta". A secas.

Los hijos de la Nona llamaban cada tanto. "Mamá, ¿necesitás algo?". "Estoy bien, hijos". Mentía. Le dolían las rodillas y a veces se olvidaba de apagar el gas. Pero no quería ser carga. Había criado a uno que no era de ella. Con eso le alcanzaba para sentir que su vida había servido para algo.

Lía se recibió de maestra. El día de la colación la Nona se puso el único vestido que tenía, el azul con flores chiquitas. Aplaudió tan fuerte que se le salieron las lágrimas y después dijo que era por el viento. Esa noche le tejió a Lía una bufanda verde aunque fuera julio y hiciera calor. "Para cuando te vayas lejos", dijo.

Y Lía se fue lejos. Consiguió trabajo en Buenos Aires. Un contrato por un año. "Es por un año nomás, Nona. Vuelvo todos los meses".

La Nona le guardó el cuarto. Cambió las sábanas cada 15 días aunque nadie durmiera ahí. Hablaban por teléfono los domingos. La Nona le contaba de la vecina, del perro, de que la parra seguía sin dar uvas. Lía le contaba del aula, de los chicos, de que extrañaba el mate amargo.

El tercer mes Lía no pudo volver. No le alcanzó la plata. "El mes que viene seguro, Nona".

El cuarto mes la Nona se cayó en el baño. Se levantó sola, se limpió la sangre de la ceja con una toalla y no llamó a nadie. "Si les digo se van a asustar al pedo".

El quinto mes la Nona empezó a olvidar cosas. Ponía la pava y se iba a regar las plantas. El agua se secaba. Un vecino le empezó a comprar el pan porque la veía parada frente a la panadería sin entrar.

El sexto mes Lía llamó y la Nona no atendió. Llamó al día siguiente. Nada. Llamó al vecino. "Doña está bien, dormida nomás".

Lía compró el pasaje para el fin de semana siguiente. Cobraría y viajaría.

El sábado a la noche, a las 2:14 am, la Nona se sentó en la silla de la cocina. Hacía frío. Se puso la bufanda verde que le había tejido a Lía, aunque le quedaba grande y le picaba. Miró la foto que tenía pegada en la heladera con imán: Lía de 8 años, con dos trenzas y un diente menos, abrazándola en el patio.

Preparó mate. Solo. Cebó una vez. La dejó en la mesa. "Para cuando llegue", susurró.

Se quedó dormida ahí, con la cabeza apoyada en la mesa y la mano cerca de la bombilla. El corazón le dijo basta sin hacer ruido. Sin dolor. Sin despedida.

El domingo Lía llegó a las 6 de la tarde. Tenía una caja con medialunas y un regalo. Subió las tres cuadras corriendo porque vio la luz de la cocina prendida.

Tocó la puerta. Nada.

"¡Nona!"

La puerta estaba sin llave.

La vio ahí. Chiquita en la silla grande. La bufanda verde. La bombilla al lado. El mate frío.

No gritó. Se le fue el aire. Se sentó en el piso, al lado de sus pies, y le apoyó la cabeza en la rodilla como cuando tenía 6 años y tenía pesadillas.

"Nona, llegué. Te traje medialunas".

Le habló una hora. Le contó del viaje, de que el colectivo se rompió, de que había extrañado mucho. Le cebó mate nuevo y le dio de tomar, aunque ya no pudiera.

Recién cuando vino el vecino y la policía entendió que no se iba a despertar. Firmó papeles. Entregó llaves. Guardó la foto de la heladera en la cartera.

El velorio fue el lunes. Vinieron los hijos de la Nona. Gente que Lía había visto dos veces en la vida. Hablaban bajito. "Pobrecita, murió sola". "Menos mal que no sufrió".

Nadie le preguntó a Lía cómo estaba. Era la "nieta postiza".

Enterraron a la Nona un martes con 40 grados de calor. Lía tiró un puñado de tierra y sintió que tiraba también los 15 años de pava a las 5, de tareas hechas en esa mesa, de curitas pegadas en la rodilla, de "tomá, guardá este pan para mañana".

Volvió a Buenos Aires al tercer día. No porque quisiera. Porque el contrato seguía y no tenía a dónde más ir.

Desarmó la casa de la Nona un mes después. Los hijos vendieron todo. La silla de la cocina, la pava, la parra. Lía se quedó solo con la bufanda verde, la foto, y una taza desportillada que decía "La mejor abuela del mundo". La había hecho Lía en el jardín, con 7 años.

Hoy Lía tiene 28. Da clases. Los chicos le dicen "seño". A veces un nene se le acerca y le dice "tengo hambre" y ella sin querer le corta un pedazo de su galleta y se lo da. Después va al baño y llora dos minutos exactos para que no se le corra el rímel.

Los domingos ya no llama nadie. Ella a veces marca el número de la casa de la Nona. Atiende un señor nuevo. Le corta antes del primer "hola".

En su departamento chico tiene la bufanda guardada en una caja. No se la pone. Hace mucho calor en Buenos Aires. Pero a veces, cuando el invierno pega y el edificio está en silencio, la saca. Se la pone. Huele a jabón viejo y a nada.

Y ceba mate. Dos. Uno para ella. Otro para el aire, del otro lado de la mesa.

"Tomá, Nona. Está amargo como te gusta".

Y se sienta a esperar.

Aunque ya sepa que nadie va a venir a tomárselo.

Porque lo más triste no es que la Nona murió sola.

Lo más triste es que murió convencida de que Lía estaba por llegar, con el mate servido y la puerta sin llave, como siempre.

Y Lía llegó.

Solo que llegó tarde.

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