Nadie me enseñó a despedirme; fue el tiempo el que se encargó de adiestrarme. Lo fui entendiendo en silencio, viendo cómo una de las personas que más amaba se alejaba poco a poco, desvaneciéndose. Su marcha paulatina me enseñó que ya quería irse, aunque no dijera nada para evitar el peso de un «adiós».
Tal vez esperaba que la retuviera, pero no puedo apresarla: ella es un alma libre, un ave de paso. Aunque me queme el pecho, debo soltarla para que encuentre su rumbo lejos del mío, para que coincida con almas luminosas y no con alguien roto como yo.
Las despedidas me han grabado una verdad amarga: no todos se quedan. En este tren de la vida, cada quien sabe en qué estación bajarse cuando siente que ya lo ha dado todo. Sin embargo, en el fondo de mi silencio, me guardo una pequeña esperanza: que algún día, alguien elija viajar conmigo hasta el final del camino.