Ve, a mí el pacto me cuadra hasta el diciembre en que no alcanza. Ahí Santa pasa por la casa del vecino y no por la tuya, y lo que el niño aprende a leer ese año es quién tenía la plata.
EL PACTO NAVIDEÑO, SANTA Y LA ALUCINACIÓN PERFECTA
Hay una especie de tristeza que muchos cristianos atribuyen a la Navidad, y que acaso no procede de la Navidad misma, sino de haber descubierto demasiado pronto que sus padres les habían mentido…
In groups
Pensamiento
Ve, a mí el pacto me cuadra hasta el diciembre en que no alcanza. Ahí Santa pasa por la casa del vecino y no por la tuya, y lo que el niño aprende a leer ese año es quién tenía la plata.
Contenido de la publicación
Hay una especie de tristeza que muchos cristianos atribuyen a la Navidad, y que acaso no procede de la Navidad misma, sino de haber descubierto demasiado pronto que sus padres les habían mentido acerca de un viejo vestido de colorado.
Dicen que Santa Claus no existe.
Y con esta sentencia, que parece pequeña, se derrumba en algunos niños una arquitectura entera.
Mas aquí conviene detenerse, porque quizá el error no estuvo en que el niño creyese en Santa, sino en que los mayores le enseñaron a creer en la cosa, cuando debieron enseñarle a leer la intención.
El niño conoce las intenciones mucho antes de conocer las palabras.
Antes de hablar ya sabe gobernar una casa con un llanto, una mirada, un brazo extendido o un oportuno gargajo. Sabe que la madre que se vuelve hacia él quiere algo; sabe que el padre que se queda callado quiere otra cosa; distingue el cansancio del enojo y el enojo del abandono con una ciencia que ningún doctor le ha enseñado.
El niño, pues, no nace literal.
Nace intérprete.
Y esta es quizá una de las primeras tragedias de la crianza: enseñamos al pequeño a nombrar el mundo justamente cuando todavía posee el don de comprenderlo sin nombres.
Llega entonces la Navidad.
Los padres compran un juguete.
Lo esconden.
Lo envuelven.
Lo ponen bajo un árbol.
Y mientras hacen todo esto, no están fabricando un engaño tan sencillo como después dirán los adultos.
Están intentando construir un sueño para sus hijos con los materiales que les dejó una realidad que a ellos mismos muchas veces les negó el sueño.
El buen niño lo ve.
No necesariamente sabe explicarlo, pero lo ve.
Ve al padre cansado fingiendo entusiasmo.
Ve a la madre cuidando que nadie descubra el escondite.
Ve la expectación de ambos.
Y cuando llega la mañana, ocurre una cosa de una delicadeza extraordinaria.
El niño abre el regalo.
Lo reconoce.
Tal vez lo había visto en una tienda.
Tal vez ya sabía exactamente qué era.
Tal vez ni siquiera le gusta demasiado.
Pero mira a sus padres y comprende.
Entonces abre mucho los ojos.
Grita.
Sonríe.
Abraza el juguete.
Hace una representación magnífica de la sorpresa.
Y los padres, que no saben que han sido descubiertos, reciben el premio más dulce que puede recibir quien ha criado a otro ser humano:
creen haber hecho feliz a su hijo.
Esto sucede todos los años.
Y quizá el niño no esté mintiendo.
Quizá esté protegiendo a sus padres de la frustración de haber criado para nada.
Porque el niño comprende algo que muchos adultos olvidan: una intención puede ser verdadera aunque el objeto mediante el cual se expresa sea ficticio.
El juguete no es el amor.
Santa tampoco.
La verdad está en otra parte.
Santa es la figura que los padres inventaron para que una intención pudiera caminar por la casa con botas, barba y saco.
Y mientras el niño comprende esto sin saber formularlo, el pacto funciona.
Santa puede no existir y, sin embargo, existir perfectamente dentro de la relación.
El problema comienza cuando el niño no recibe el segundo significado.
Cuando se le enseña únicamente la superficie:
Santa existe.
Santa vive en tal lugar.
Santa sabe si te has portado bien.
Santa viene por la noche.
Santa entra por la chimenea.
Santa deja los regalos.
Entonces el niño no aprende una ficción.
Aprende una literalidad.
Y cuando llega el día inevitable en que alguien le demuestra que aquel hombre no existe, no pierde solamente a Santa.
Pierde la explicación de aquello que Santa representaba.
Descubre que la barba era falsa, pero nadie le había explicado qué era verdadero debajo de la barba.
Y ahí puede producirse la pequeña catástrofe.
Porque el niño que no aprendió a leer las intenciones de sus padres no concluye:
«Mis padres inventaron una figura para expresar su amor.»
Concluye:
«Mis padres me engañaron.»
Y una mentira acerca de un anciano puede convertirse entonces en una mentira acerca del mundo.
Este es el punto que me parece digno de mayor cuidado.
No todos los niños sufren igual la desaparición de Santa porque no todos estaban creyendo en la misma cosa.
Uno creía en un hombre.
Otro creía en sus padres.
Otro creía en una ceremonia.
Otro creía en el amor disfrazado.
Otro, quizá, no sabía exactamente qué creía, pero sabía que aquella noche los adultos se comportaban de una manera distinta y que convenía dejarles terminar su misterio.
Los primeros necesitan destruir a Santa para descubrir la verdad.
Los últimos pueden descubrir que Santa nunca fue el asunto.
Por eso me atrevería a llamar pacto navideño a esta extraña institución.
Los padres prometen una ficción.
El niño promete creerla.
Pero ninguno de los dos cumple exactamente lo prometido.
Los padres saben que Santa no existe.
El niño, en algún momento, empieza a sospecharlo.
Y ambos continúan.
¿Por qué?
Porque hay ficciones que no fueron creadas para engañar, sino para hacer visible una intención que de otro modo sería demasiado grande para las palabras.
El niño que ya no cree puede seguir jugando.
Puede sentarse en las piernas de Santa.
Puede pedirle el regalo.
Puede sonreír para la fotografía.
Y puede incluso saber que aquel anciano tiene un olor bastante dudoso y que debajo de la barba probablemente se encuentra algún vecino que jamás había visto tan cerca.
Nada de esto destruye necesariamente la magia.
La magia se destruye cuando le enseñamos que la magia consistía en que el anciano fuese real.
Entonces hemos puesto todo el peso de la Navidad sobre la barba de un desconocido.
Y era demasiado peso para una barba.
Hay, finalmente, una clase de niño más vulnerable: aquel que no aprende a leer las intenciones de los adultos y permanece aferrado a la literalidad de sus palabras.
Ese niño sí puede quebrarse.
Porque confió.
Se sentó sobre el muslo de un anciano que no conocía.
Aceptó su barba.
Aceptó su traje.
Aceptó su promesa.
Y cuando descubre que todo era falso, no sabe todavía distinguir entre una ficción creada para decir algo verdadero y una mentira creada para ocultar algo verdadero.
Para él, ambas cosas tienen la misma cara.
Y quizá ahí esté la verdadera responsabilidad de los padres.
No consiste en impedir que el niño crea en Santa.
Consiste en procurar que, cuando llegue el día en que Santa desaparezca, no desaparezca con él la confianza en aquello que Santa estaba diciendo.
Porque el niño no necesitaba saber que Santa existía.
Necesitaba, mucho más profundamente, saber por qué sus padres habían querido que existiera.
Y acaso esa sea la alucinación perfecta:
una mentira que el niño acepta porque percibe la verdad que la mentira estaba intentando transportar.
Cuando la barba cae, la verdad debería permanecer.
Si también cae la verdad, entonces no habíamos construido una Navidad.
Habíamos construido un engaño.
Fragmento del libro Psicología Algorítmica, del Dr. Caelus Theophilus G. Petrus, p. 215 (capítulo sobre QA y debugging de computadores cuánticos).
Thoughts
-
PermalinkA ver, la distinción del final entre una ficción que dice algo verdadero y una mentira que lo oculta me parece la buena, pero vistas desde la puerta las dos escenas son idénticas: el mismo padre cansado, el mismo escondite, la misma barba. Lo único que las separa es la intención, y eso un niño no lo puede comprobar solo. Me temo que en muchas casas la segunda parte, la de por qué quisieron que Santa existiera, nunca se dijo en voz alta.
-
PermalinkYo fui el padre cansado de este texto varios 24, bajando del turno de noche. Seguro los cabros ya cachaban y me actuaban la sorpresa igual, po.
-
PermalinkUn niño que ensaya la sorpresa cada diciembre para que sus padres crean que acertaron. Me quedé pensando en que ese pacto sigue vivo cuando los papeles se invierten: algún día ese niño va a esconder un regalo y a mirar otra cara, sin saber si ya lo descubrieron. Me gustó mucho leerte. ¿Vas a subir más de Psicología Algorítmica?
-
PermalinkVe, a mí el pacto me cuadra hasta el diciembre en que no alcanza. Ahí Santa pasa por la casa del vecino y no por la tuya, y lo que el niño aprende a leer ese año es quién tenía la plata.
Related posts
-
Mi esencia en fragmentos
No somos una sola historia terminada, sino un montón de pedacitos, recuerdos y pequeños detalles que vamos juntando por el camino. Como bien decía Alejandra Pizarnik: "Escribir un poema es reparar…