un niño que reía por fuera, pero por dentro no había primavera,
caminaba entre gente y miradas, mientras su alma permanecía apagada.
Tenía un corazón lleno de grietas, y una habitación repleta de preguntas,
¿por qué querer siempre termina en dolor?, ¿por qué darlo todo no asegura amor?
El niño del vacío miraba la luna, buscando respuestas en la noche oscura,
hablaba con Dios cuando nadie escuchaba, y abrazaba recuerdos que aún lo lastimaban.
Aprendió a sonreír aunque estuviera roto, a decir “estoy bien” cuando estaba en el fondo,
nadie conocía la guerra que escondía, ni las lágrimas que tragaba cada día.
Y aunque el vacío jamás desapareció, el niño poco a poco también cambió y entendió que estar roto no es estar perdido, que incluso en la oscuridad puede nacer un sentido.
Quizás algún día deje de sentirse vacío, quizás vuelva a confiar en el mundo y en sí mismo; pero mientras llega ese día, seguirá caminando, con el corazón herido… pero nunca dejando de intentarlo.
Porque ese niño no murió en el vacío; simplemente está aprendiendo a llenarlo consigo mismo