Corrían tiempos en que era joven e insensato. Vestía camisa cuadrillé, con un pantalón de vestir marrón y unos zapatos viejos. Era barrigón, usaba anteojos con mucho aumento, era callado y no hablaba con nadie.
Lamentablemente, esas personas somos las que nos acercamos al ocultismo. Mi lugar en el mundo era la biblioteca central.
Mi rutina era simple: terminaba de trabajar, pasaba por la cafetería, me pedía un café y un tostado, y luego pasaba por la biblioteca.
La bibliotecaria, viendo tanta curiosidad en mí sobre aquella temática, me recomendó una biblioteca extraña.
—El licenciado es experto en demonología. Está dentro de la “Comunión del Culto”. Si te interesa, no precisás pertenecer a la comunidad. Solo te lo digo porque ahí tienen más libros para prestarte.
Le agradecí con un gesto y me fui al fondo a ver qué podía llevarme. Levanté tres libros gigantes y pesados que me interesaron para leer durante el fin de semana. Me tuve que ir en un remis porque no tenía manera de cargarlos en el colectivo.
Llegué a mi casa, me hice una pizza y comencé a leer los libros hasta que llegué a uno curioso que me llamó la atención por su tapa.
Era un ser monstruoso llamado Gukolica, con el pelo, si se podría decir así, muy largo, pasando el trasero. Tenía la boca dentellada y unos ojos profundos y brillantes. Salía de un árbol lleno de sangre.
El otro dibujo era un espíritu que le tocaba la mano. El libro se llamaba Cómo ser el Magician Man de Gukolica.
El libro decía:
“Si tienes enemigos y no sabes qué hacer para resolver situaciones, Gukolica es para vos. Este espíritu es comedor de carne humana y come huesos. Su sed de sangre hace que pueblos enteros puedan morir ante sus pies.
El MAGO es una persona que acompaña a Gukolica en todas sus aventuras. Debe tener una vida activa en la magia y el ocultismo y ser su unión, concubino, pareja de ella.”
Seguí leyendo todo lo que contaba. Me llamó la atención porque uno de mis anhelos era cambiar de vida. Estaba harto de ser callado, tímido, no tener amigos y sentirme solo y mal.
No me vendría mal un caos sangriento. Quizás me vaya en su dimensión y sea mejor, pensé.
El lunes fui a la biblioteca del culto de la magia blanca. Le pregunté al demonólogo, sin rodeos, sobre este ser.
Nada sabía, pero me advirtió:
—En el ocultismo todo se paga con sangre. Uno tiene tendencia a lo que anhela o cree y no a lo que en realidad es.
—Nosotros, desde la Iglesia de la Magia Blanca, creemos que es una profanación al espíritu, así que se imaginará. No alentamos esos conjuros. No tengo nada contra usted, solo le advierto: la luz es verdad, la oscuridad y la sangre son mentira e ilusión. Aparte, los dolores humanos están en nuestra esencia, no en nuestro cuerpo.
Yo le dije:
—¿Y si le pido una ilusión por un día?
—Podés pedir eso en la magia blanca. Hay de todo para levantar el ánimo, todo tipo de brebajes.
En esa le di la mano de la razón al demonólogo y fui a conocer qué brebajes se podían preparar para el desánimo.
Pero yo ya me había decidido.
Me llevé el libro a casa, coloqué el símbolo, puse velas e invoqué:
—GUKOLICA IN VERU, GUKOLICA IN VERASU.
Que quería decir “Gukolica, yo te llamo”. Y seguí la letanía:
—GUKOLICA IN VERU, IN VERSU, MAGICUM INCOMCU.
“Tu futuro mago te llama.”
Y así seguí hasta que me quedé dormido.
Nada pasaba. Yo no creía que fuera mentira; simplemente pensaba que no tenía esa capacidad. Pero cuando fui al trabajo sentí algo raro: una sombra dando vueltas y, por momentos, mi cabeza se ponía de un solo color rojo, el color de la sangre.
Pero creí que estaba mal y ansioso.
Cuando llegó cuarto menguante, ahí, en mi propia casa, se abrió el portal.
Según el libro, Gukolica vivía en un árbol de sangre. Así que, cuando el portal se abrió, un río de sangre penetró en la casa y unas mazmorras dejaron ver al monstruo, que salía toda satisfecha.
Digamos que tenía forma de mujer, con los ojos infectados en sangre, sin pupilas. Los dientes eran afilados y finos. Además, tenía un tremendo olor a fango, sangre, humedad y frío.
Me tomó la cara y dijo:
—Repetí conmigo si querés y estar seguro. ¿Qué deseás? ¿Qué anhelás?
Lo dijo mostrando los dientes afilados.
—Quiero enamorarme y estar con mi amada. Por eso te pido ser tu concubino —dije yo, todo ido.
Gukolica rió guturalmente y dijo:
—Entonces dilo. Seguí leyendo del libro.
Seguí conjurando y terminé todas las letanías que figuraban ahí.
Me hizo un ademán para que me acercara. Me acerqué y me besó.
El portal se cerró.
Cuando miré, después de un remolino de cosas, solo sentí un fuerte mareo y dolor.
En la vida, si vas a tomar decisiones nefastas, hacelo al cien por ciento mal, porque ya está.
La curiosidad mata más que un gato.
Cuando entré al árbol de sangre comenzó mi transformación.
Una parte de mí ya no era humana. Era fuerte y tenía la capacidad de ser un hechicero o mago espiritual. Podía guiar a la misma Gukolica, si ella lo requería.
Capacidades que ya poseía solo que se aumentaron: la audacia, inteligencia, velocidad y destreza.
Solo cambié por lo bello. Lo tenía todo, por así decirlo. No sentía dolor ni remordimiento.
Miento.
Nunca corrí ni una cuadra sin sentir que se me salía el pulmón... Bueno, en realidad no tenía nada destacable.
¿PARA QUÉ?
Bueno, para hacer destrozos, nada más.
Mi parte humana no sé dónde estaba, pero tampoco se dignaba a aparecer. Así como el viento, nos trasladábamos a dimensiones pasadas.
Ella arrasaba con todo. Tenía una sed de sangre y carne que era implacable. Era el terror de pequeños pueblos. No dejaba nada, ni siquiera los huesos.
Ya había canciones dedicadas a ella.
Ahí viene la madre del terror.
Ahí viene Gukolica.
La hambrienta.
Tiempos de antaño, pasajes lejanos a la tecnología. No sabía dónde estaba yo; solo la cubría si alguien la quería atacar, pero ella podía sola, en realidad.
Mientras ella jugaba con huesos, yo estudiaba el libro como si fuera la Biblia misma. Aprendía todo lo que podía, aunque a veces era interrumpido por algún río de sangre que me rozaba.
A veces me tiraba un pedazo de brazo para que comiera.
La verdad, no tenía mucha hambre como ella.
No voy a mentir: ella me había puesto “dieta de hombres”.
Me dijo:
—Hoy estoy llena, pero quiero que estemos juntos.
Yo me acerqué y le pregunté qué quería.
La diversión de ella era que la cortara con un cuchillo. Le daba cosquillas y se escuchaban sus risas por todos lados.
Qué linda concubina tenía, ¿no?
Nada que ver con mi pedido humano. Nada que ver con nada.
Estaba sumergido en una pesadilla siniestra y, lo gracioso, es que ni le daba importancia.
Había cambiado mi vida radicalmente por una carnicera. Para eso hubiera cambiado de rubro laboral y me hubiera dedicado a otra cosa.
En vez de semejante cambio.
Muchas veces los pueblos se terminaban inundando de agua, así que generalmente partíamos igual. A Gukolica le gustaba el agua y solía hacer un pozo y quedarse ahí.
Yo la acompañaba al lado, de igual manera. El agua nos daba cierta calma.
Lo cual, evidentemente, era neutro al asunto de la magia porque no nos afectaba.
Otras veces llegábamos a un claro donde había una cabaña y ella se divertía con un pobre tipo al que tenía con opio para que no sintiera.
A ella le molestaban mucho los gritos, por eso atacaba demasiado rápido.
Como todo tiene un principio y un fin...
El día que la atraparon fue un día que no se podía olvidar.
Fue rápido.
Lo vi venir y lo sentí.
Era un brujo de magia blanca.
El hombre, muy rápido, la tomó con fuerza, la empujó y la tiró al piso, donde estaban los símbolos de magia blanca.
La deidad monstruosa protestó al principio, pero luego el brujo le arrancó los pelos y ahí gritó fuerte.
A mí me dieron punzadas en la cabeza y me escondí en un árbol.
Luego vi cómo el brujo le clavaba algo en los ojos.
Me dejó ciego por horas o segundos.
Gukolica gritó más fuerte. Debió doler, porque me dolía a mí también.
Una energía me recorrió la espalda y quedé paralizado hasta que el hombre, así, sin piedad, por así decirlo, le clavó algo en la panza.
Ella cayó mientras yo me retorcía.
El brujo conjuró durante un tiempo y después la prendió fuego.
La realidad es que Gukolica no es de este mundo, así que solo la detuvo.
Mientras me retorcía de dolor, el pueblo estaba de fiesta.
Pero sentí algo cerca.
No podía ver.
Alguien me tomó en sus brazos, me levantó, abrió un portal y me dejó ahí.
Cuando desperté tenía frío, me dolía todo y tenía hambre.
Me había trasladado a un tiempo moderno, a mi tiempo.
Se había acabado la carnicería y parecía que sentía todo otra vez.
—¡Fua! Hay olor a flores. ¡Qué lindo! —dije, todo contento.
Me quedé un rato mirando la flor como hipnotizado. Podía verle todo: cada pigmento y cada forma, pero también podía ver más allá de la realidad.
El clima no era desagradable. El sol era pálido, no tan fuerte, y la tierra estaba húmeda.
Pronto anochecería, así que debía encontrar refugio.
Di vueltas hasta que me acordé de la cabaña tridimensional donde solíamos ir con Gukolica.
Me encontré desnudo y sin ropa.
En ella no había nada, solo mugre que debía limpiar porque era un verdadero asco.
En un intento desesperado, dado que no tenía dinero, aproveché la noche, cuando la gente casi no sale, para conseguir ropa.
Había un músico tocando debajo de un puente y pensé:
“Nadie lo va a extrañar. Es un pobre tipo.”
Vi que la gente le había dejado plata.
Así que me alimenté de él y me vestí.
Tengo plata.
Me conseguí de un bazar un termo que no conocía. Cuando me fui con la deidad no existía ese curioso objeto hermético que conservaba la temperatura de un té o algo parecido.
Así que me vino genial para poner sangre ahí y que se conservara.
Me di cuenta de que en el mundo moderno y contemporáneo existía la heladera, algo que debía conseguir.
Pensé en mi casa y se me ocurrió que quizás no podía entrar nadie, ya saben, como sellada o algo de eso.
Y probé.
Seguro estaba hecha un desastre, pero valía la pena.
Llegué y, tal como pensé, la imagen de Gukolica estaba incrustada en la pared.
Eso me llevó a pensar que quizás estaba detrás de ese portal.
Me pareció buena idea tratar de abrirlo. Si estaba ella, debíamos tener una conversación porque eso de seguir matando ya no iba más.
Así que lo abrí.
No había nada.
El árbol no era un árbol. Era un pasillo frío, con una luz violeta, y nada se asomaba por ahí.
Así que lo cerré.
Me fijé qué era salvable en mi casa y vi unas cuantas cosas, entre ellas algunos libros.
Así que las trasladé a la cabaña para limpiarlas.
La heladera, por suerte, funcionaba.
Quizás, si le retocaba el gas, andaba mejor.
Me robé de un negocio el gas para la heladera y probé. Por suerte, no tenía nada pinchado y recargó enseguida.
En vez de sándwiches y gaseosa o pollo, yo tengo sangre y carne cruda.
Me puse a limpiar a conciencia todas las cosas. Por suerte, con bastante velocidad.
Con un hueso creé un muñeco que me ayudó a ordenar.
El golem le dicen muchos.
Yo le digo “el Tincho”, porque, en realidad, pobre, ordenaba sin parar.
—Me voy a tirar un rato a la cama, Tinchi —le dije—. Vos seguí tranqui...
Yo no sueño, pero algo duermo.
Cuando desperté, el Tincho estaba terminando de acomodar. Estaba todo reluciente porque el pobre muñeco había repasado como veinte veces las cosas.
No le había dado stop para que parara.
Eso es perfección.
—Tincho, a dormir. Stop.
Paró.
Ahí le saqué el hueso que lo mantenía en movimiento. Se desplomó y lo llevé a un costado.
Ahí quedó sentado.
Me fui a la ciudad a ver qué podía hacer porque no conocía y entré a una librería.
Así que me arrellané en un sofá y me puse a leer.
Había robado de un negocio unos lentes de contacto porque mis ojos son rojos y llaman la atención.
Muchas veces fui a esa librería, pero después de un tiempo un hombre se me acercó.
—Señor, disculpe —dijo.
Carraspeó y continuó:
—Le pido que, si puede, se bañe antes de venir, ¿sabe? Disculpe el atrevimiento, pero huele horrible.
Yo me crispé.
No me bañaba ¡jamás!
No porque no me gustara, sino porque la humanidad y la sociedad tienen reglas que, a esta altura, me parecían mundanas y ajenas.
Lo miré con cara de miedo y pena.
Mentira, pero había que disimular.
—Oh, disculpe, buen señor. Sabe, tengo problemas de olfato —mentí—. No me di cuenta. Prometo venir bañado.
—No pasa nada, yo le aviso —bajó más el tono de voz—. Porque hubo quejas, ¿vio? A mí no me importa. Respeto a los que vienen a leer... —dijo, apenado.
—Quedate tranquilo. Pronto todos serán pan comido —dije.
No lo comprendió.
No sé por qué le dije la verdad. Todavía no entendí esa parte de mi encuentro con el humano vendedor.
—Bueno, gracias por escuchar —dijo el vendedor, dudando entre si hablaba con un loco o con un sádico.
Seguí leyendo sobre cómo un niño se enfermó y la demencia lo consumió.
Un demonio le había metido en la cabeza que era un globo.
Me bañé, me puse ropa limpia y me puse desodorante.
Me olí, chequeé que oliera como humano y esperé la mañana nuevamente.
Como siempre, ya era rutina. Me sentaba en aquella librería cuando se acercó alguien.
La vibra fuerte me hizo temblar la mano.
Sabía que era un brujo de magia blanca.
—La humanidad te pidió que te bañaras y te bañaste —me dijo y se sentó en el sillón de al lado—. Así y todo, seguís siendo aquel lector de biblioteca.
Yo lo miré, pero no le contesté. Hice una mueca con el labio nada más.
Mi concubina no está.
Y reí bajito.
El hombre se me acercó y me habló bajo, en susurros.
—¿Quién te dijo eso?
—El libro de Gukolica.
Se lo mostré.
—Bueno, ya que parezco humano y me recordás el trágico castigo a mi concubina, ahora me encontrás acá leyendo sin matar a alguien. Bueno, por supervivencia, maté dos nada más. Uso estos lentes horribles y me instruyo en el nombre de la oscuridad.
—Me consigo un laburo, no sé —dije riendo—. Soy pobre como la humanidad misma y rico en conocimiento y fuerza.
Mientras reía, pregunté:
—¿Qué dice la magia blanca de la pobreza?
—Lo mismo que dice la tuya —dijo el brujo—, solo que ofrece mentiras.
—¿Sabés lo que creo? ¡Que son unos hipócritas! Dicen que la magia blanca no practica castigo físico. Que yo sepa, a la pobre Gukolica la dejaron hecha cenizas.
Mucha moral...
El brujo cambió de tema. Según él, eran temas que no valía la pena debatir.
—¿No te gusta matar gente? ¿Preferís destruir la humanidad? ¿No le tenés fe?
—No, para nada —dije malignamente.
—Yo me los comería a todos, si no fuera que estás acá, enfrente mío, y me castigarías seguro. Yo sufriría una agonía de eternidad hasta que alguien se apiade de mí.
—Qué decepción. Creía que habías cambiado —dijo el brujo, indiferente.
—No le pidas cambios a alguien que no quiere cambiar.
—Mucho libro y poca humanidad.
—Al contrario, mi querido. Agradecé que la parte humana está acá leyendo un libro genial donde un monstruo se posesiona de gente.
Leí un poema que me gustó mucho. Me lo dio una chica que regalaba poemas. Venía con colores y un sobre de material rústico de librería y olía rico.
Imagina un planeta re cool
Todos alegres divirtiéndose
Sin lidiar con la humanidad
Imagínate que estás conectado a todos
Todos responden
Es un planeta señal
Uno falso
Imagina ahora nuestro deseo
¿Dónde está?
No lo sabemos
Porque estamos en el planeta cool
Ríe y llora
Nadie lo sabe
Patalea, nadie se entera
Pero ahora
está la desconexión del planeta cool
Se llama problemas reales
Ahí hay humanidad
Y con aciertos
y errores
existe
Comunicaciones complicadas
Nada se dice
Y si se dice, se dice mal
Nadie habla
Solo hay vacío
Total, el mundo está así ahora
Y parece que todo está re bien.
Cuando yo era joven no hablaba con nadie y solo vivía en la biblioteca.
Me quejaba de la sociedad, de su superficialidad, de que no pensaba en nada profundo.
Ahora es al revés.
No me importa cómo está la sociedad.
Yo participé de un genocidio destructivo. Ahora tres pueblos no tienen descendencia.
Algo hice.
Destruí lo que yo mismo odiaba.
Es coherente, ¿no?
El asunto es cuando el otro quiere un mundo mejor y, en vez de eso, provoca las peores penurias.
Bueno, son las contradicciones del vasto universo de reacción.
Mientras reflexionaba esto estaba en un charquito de agua sucia que siempre se encontraba enfrente de la cabaña tridimensional.
Pero esta vez era un lindo pensamiento de los que el brujo blanco estaría orgulloso.
Todos los días veía a una joven salir de su trabajo y, de ahí, se iba a la cafetería.
Se quedaba como pensando, se pedía algo y después se iba a la casa.
Dada esa rutina repetitiva, fue fácil para mí sentarme enfrente de ella y, como quien no quiere la cosa, sacarle charla.
Pensaba en las veces que no hice nada, ni siquiera por decirle hola a una chica.
Y estaba este monstruo hablando y escuchando a una joven linda, sus asuntos o su vida.
Motivo de risa para ustedes, que saben que a mí no me importa nada.
Lo sé, es curioso cómo un monstruo puede estar interesado.
Existe, sin embargo, una red comunicacional donde la interferencia emocional existe y hace que personas como uno terminen apartadas.
Porque si no es como la sociedad exige y sus normas, no hay otra manera.
Es la única que existe y no hay alternativas.
La misma que hiere, la que tiene sujetos que someten ideas o metodologías son los que dominan todo.
Josefina me contó algo de su laburo y yo la escuché.
Yo no sabía qué inventar, así que dije que me había conseguido laburo en la obra de la otra cuadra.
¿Qué es verdad? No les conté.
Conseguí un laburo de obrero.
Al principio no daban un centavo por mí. Flaco y sin músculos, se reían.
Cuando me vieron levantando la viga o cuando martillé con destreza, no dijeron nada.
Lástima que me ofrecen de comer y niego siempre.
Un día llegué a probar eso que comen por tratar de quedar bien.
Voy a sufrir una descompostura donde sea que tenga mi estómago podrido.
Josefina nunca había salido a hacer nada, sacando trabajar.
Nunca tuvo novio, tampoco salía a conocer gente.
No sentía la necesidad. Estaba acostumbrada a cierta exclusión.
Solo lidiaba con clientes y sus compañeras de trabajo, nada más.
No se daba cuenta de que hay otras cosas en la vida de los humanos aparte de trabajar.
Yo, la verdad, entiendo la función del dinero.
Antes fui humano y hay cuentas que pagar.
Por eso digo que la forma estructural de la sociedad genera monstruos indiferentes a todo.