Con el pasar de los años dejamos de lado la admiración por la vida y nuestro entorno; parecemos centrarnos en los temas meramente terrenales. Dejamos de observar el cielo con detenimiento y de disfrutar de un día soleado en compañía de los que amamos sin sentir cómo esos momentos consumen parte de nuestro tiempo.
Estudiar, trabajar y producir se han vuelto tareas necesarias, pero ¿qué sucede con aquello que no lo es?, ¿o será que sí lo es? ¿Acaso tenemos prohibido disfrutar de lo que podemos gozar? Caminar despacio mientras admiramos el entorno, perdiéndonos en el inmenso mundo de nuestros pensamientos... En lugar de ello, ¿por qué debo ir repasando un discurso? Las vacaciones ni siquiera sirven para dejar de lado los tan cotidianos pensamientos sobre el trabajo o los estudios; solo son un lapso que parece convertirse en una recarga para la siguiente jornada laboral que nos espera. La vida parece tornarse aburrida, triste y rutinaria, con un severo matiz grisáceo, cuando solo nos preocupamos por satisfacer las leyes generales del mundo sensible, dejando de lado aquello que, por no servir para nada, le da sentido a todo.
Quisiera no sentirme mal por no estudiar un fin de semana para disfrutar de lo que realmente quiero hacer: escribir, leer o bailar... ¡Santo cielo! ¿Cuándo fue la última vez que leí un libro? Las frases que mi padre decía sobre la falta de tiempo cobran fuerza en estos momentos. Aún no soy una adulta como tal, pero ya siento un ápice de lo que podré "disfrutar en el futuro". Ya entiendo por qué se dice que la gran parte de los filósofos nacen de la ociosidad. Ellos tenían el tiempo suficiente para pensar sin más preocupaciones que las de disfrutar la vida gracias a los privilegios con los que nacían. No por nada, en la antigua Grecia, Platón, Aristóteles, Epicuro o Pítagoras podían gozar del pensamiento como una forma de vida sin el temor de que a mediodía su estómago comenzara a rugir; al final de cuentas, eran aristócratas. Sin embargo, no quiero hablar de clases sociales ni de privilegios. Hoy solo quiero dedicarle mis palabras a la vida. Me dedico a expresar mi descontento con los días, las semanas, los meses, los años... con el tiempo. Ni en la muerte podré probar los manjares que nos ofrece la existencia, pues ya estaré muerta, mi cuerpo perderá su forma y solo seré esencia perdida.
Escribo esto mientras estudio álgebra, y me siento mal por el simple hecho de que, al igual que a muchos, el tiempo no parece alcanzarme para dedicarme a lo que realmente quiero.
Tal vez debería rebelarme contra el sistema eligiendo el camino de la ociosidad cuando me convenga, escribir cuando me plazca y estudiar cuando no le encuentre forma a mis novelas. Aunque, ciertamente, no sería capaz. Aún conservo la idea de aprovechar el tiempo estudiando para ingresar a la universidad y, una vez lograda la primera meta, tratar de balancear mi vida académica con mis gustos personales. Pero ¿será posible? He escuchado que nunca se termina de estudiar y mucho menos de trabajar; así que tal vez diga esto hoy, pero mañana repita lo mismo, lo deje para pasado mañana y vuelva a empezar al día siguiente. Será un ciclo que viviré hasta el final de mi vitalidad. Una vez perdidas mis fuerzas, tendré el tiempo para observar el cielo; no obstante, mi cabello vestirá de blanco y el debilitamiento de mis ojos no me permitirá ver con lucidez. Vivir la vida se ha convertido en un lujo que no todos pueden permitirse.
Creo que lo divertido de la vida es vivirla, lo triste es no poder hacerlo y lo trágico es darte cuenta de ello.