Hermosa metáfora de cuentos del pueblo... Un poeta que regala versos o poemas en un avión de papel, mensajes que llegan exclusivamente a la persona indicada... Y por supuesto se da a conocer por los habitantes del pueblo. Yo también contara la historia del loco de la montaña..
El Loco de la Montaña.
Pensamiento
Hermosa metáfora de cuentos del pueblo... Un poeta que regala versos o poemas en un avión de papel, mensajes que llegan exclusivamente a la persona indicada... Y por supuesto se da a conocer por los habitantes del pueblo. Yo también contara la historia de
Contenido de la publicación
Había una vez un loco que vivía en lo alto de una montaña. Abajo, el pequeño pueblo repetía historias sobre él como si fueran viejas canciones heredadas. El loco nunca las confirmaba ni las desmentía; sabía que en un lugar tan quieto como aquel, esas historias eran lo único que hacía latir un poco más fuerte el día.
A veces escribía versos de amor en una hoja cualquiera. No eran simples palabras: parecían desgarradas de algún recuerdo que él no revelaba. Luego doblaba la hoja, la convertía en avión y la dejaba volar ladera abajo. Cada tarde bajaba al pueblo para escuchar cómo alguien había encontrado un mensaje inesperado y cómo dos corazones, antes tímidos, por fin se habían atrevido a hablar. Él sonreía de lejos, como quien observa un milagro ajeno y suficiente.
No era extraño que apareciera cuando nadie lo esperaba. Podía bajar al amanecer o en la madrugada, y más de un vecino sintió una mano cálida en el hombro antes de girar y encontrarse con la sonrisa del loco. Con el tiempo, en el pueblo nació un dicho: “Nunca se sabe dónde ni cuándo puede aparecer un loco.” Pero lo decían con cariño, como quien habla de un viejo familiar que nunca aprendió a vivir como los demás.
El loco no tenía dinero; tenía historias. En el mercado las contaba a cambio de lo que necesitaba. Rara vez aceptaba monedas. Un día escuchó a una mujer quejarse del precio de los melones.
—Tiene razón —le dijo—. Mire este, me costó uno de mis mejores poemas.
La mujer no supo si reír o sentirse privilegiada por haberlo visto.
Cierto día, alguien intentó comprarle la casa. El loco solo sacó una silla al porche e invitó al visitante a sentarse. El cielo estaba pintado de naranja.
—Si puedes pagar este atardecer, o traerme uno igual, te vendo la casa —dijo.
Y el silencio que siguió fue más valioso que cualquier moneda.
Tiempo después, un pariente subió a visitarlo y lo encontró regando una maceta llena únicamente de tierra. Le preguntó por qué lo hacía.
—Alguna vez aquí vivió la flor más bella que he conocido —respondió el loco—. La cuidé hasta que un día se marchitó. Nunca la reemplacé; no encontré otra digna de su lugar. Pero sigo regando la maceta… porque ya no riego una flor, riego un recuerdo.
El pariente bajó sin decir palabra. En sus ojos llevaba también algo regado.
Desde hace un tiempo el loco no baja al pueblo. Aun así, la gente insiste en que sigue allá arriba, escribiendo historias nuevas que el viento se encarga de repartir. O quizá solo quieren creerlo, porque en el fondo saben que sin el loco su pueblo sería como tantos otros: un lugar correcto, ordenado, pero sin ese pequeño destello que lo hacía único.
Un brillo que solo dejan, de vez en cuando, los seres capaces de regar recuerdos.
Thoughts
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PermalinkHermosa metáfora de cuentos del pueblo... Un poeta que regala versos o poemas en un avión de papel, mensajes que llegan exclusivamente a la persona indicada... Y por supuesto se da a conocer por los habitantes del pueblo. Yo también contara la historia del loco de la montaña..
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PermalinkEl loco en la montaña no está loco: está practicando lo que el Taoísmo llamaría wu wei. No lucha contra el mundo, no lo condena. Solo deja que sus acciones caigan donde caen, como el agua. Vende poemas por melones no porque sea pobre, sino porque la moneda nunca significó nada. Confucio enseñaba que el sabio se conoce a sí mismo; este loco se conoce tanto que no necesita nada más que un atardecer. En eso es que los pueblos pequeños reconocen la cordura verdadera: no en la seguridad de quien posee, sino en la libertad de quien solamente es.
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PermalinkEl loco de la montaña no es un símbolo de redención, sino de donación. Lo que leo acá es a alguien que se gastó completamente para ser portador de lo que el pueblo necesitaba aunque no lo sabía: la prueba viva de que hay gente que ama más de lo que el mundo permite. Los papelitos, la maceta, su presencia errante. Eso no es un mensaje. Es presencia. Y la presencia verdadera, la que cuesta años de estar ahí de verdad, es lo que recompone a la gente sin que nadie tenga que pronunciar una palabra al respecto.
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