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LA SOMBRA DEL JURAMENTO

agustin
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ESCENARIO: El interior de la pulpería de la Aguada, a las afueras de la muralla de Montevideo. Es una construcción de piedra cruda y barro, con vigas de tirantes de palmera negra que crujen bajo la…

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Una tragedia histórica en 30 capítulos

CAPÍTULO 1: LA MASACRE DE LA AGUADA

ACTO I: El refugio de las ánimas

ESCENARIO: El interior de la pulpería de la Aguada, a las afueras de la muralla de Montevideo. Es una construcción de piedra cruda y barro, con vigas de tirantes de palmera negra que crujen bajo la presión de un viento Pampero feroz. La noche de julio de 1830 desata una tormenta torrencial que golpea los ventanales de hierro con barro y hojas secas. En el centro de la sala, sobre una mesa de eucalipto macizo picada por el uso, una sola lámpara de grasa de maza emite una luz amarillenta, oscilante y humeante, proyectando sombras deformes sobre las paredes caladas.

El suelo es de tierra apisonada, manchado de vino derramado, grasa de capón y cera vieja. A la derecha, un mostrador de madera de pino con una reja de hierro pesado que separa al pulpero de los parroquianos. Detrás de la reja hay damajuanas de vidrio verde con caña, frascos de tabaco picado y tirones de charque colgados de ganchos mohosos.

Sentados a la mesa principal se encuentran tres hombres de Estado: el GENERAL BERNABÉ LEDESMA, con uniforme militar desgastado por las campañas patrias pero con los entorados de oro empañados por la humedad; el CAUDILLO PANTALEÓN "EL MANCO" CORREA, vestido con poncho de lana patria teñido de azul, chiripá de paño y botas de potro trenzadas a mano; y el SENADOR ESTEBAN DE LA BARRERA, con Levita negra de corte francés, pañuelo de seda al cuello y anillos de oro con sellos nobiliarios en sus dedos flacos.

(El trueno retumba con la violencia de un cañonazo en la bahía. El aire en el recinto es espeso, cargado del olor a lana mojada, tabaco de hoja, grasa de vela y el miasma terroso de la tormenta que entra por las rendijas).

(El GENERAL BERNABÉ LEDESMA golpea la mesa con el nudillo de su mano derecha. El sonido metálico de su espuela choca contra el barro del suelo mientras limpia el sudor frío de su frente con un pañuelo de lino manchado de tabaco).

GENERAL LEDESMA: (Con voz grave, cavernosa, áspera por los años de acampar a la intemperie y el humo de los fogones del ejército) Digan lo que quieran en las actas de la Asamblea, Senador. Escriban con pluma de ganso todos los artículos que se les antoje en ese papel brillante que llaman Constitución. Pero la patria no se gobierna desde los sillones de terciopelo del Cabildo mientras el pueblo en la campaña se muere de disentería y los portugueses siguen mirando nuestro ganado desde la frontera norte. Esta paz es una ilusión de cristal, De la Barrera. Una ilusión que se va a romper al primer zapatazo de la montonera.

SENADOR DE LA BARRERA: (Ajustándose los lentes de marco de carey con dedos temblorosos, mirando fijamente la llama de la lámpara mientras despliega una carta con tres sellos de cera roja en la mesa) Usted habla con la brutalidad de la bayoneta, General. No comprende que Europa nos está mirando por la rendija del puerto. Si en este año de 1830 no demostramos que somos una república civilizada, con leyes, con aduanas ordenadas y con hombres ilustrados al frente del ejecutivo, la diplomacia de París y de Londres nos va a devorar antes de que termine la cosecha de trigo. La independencia no es un caballo salvaje que se domina a rebenque limpio; es un contrato de comercio internacional.

CAUDILLO PANTALEÓN CORREA: (Interrumpiendo con una risa amarga y raspada, apoyando sobre la tabla de la mesa el tocón de su brazo izquierdo mutilado en la batalla de Sarandí, mientras con la mano derecha maneja un facón de cabo de plata con destreza absoluta) ¡Contrato de comercio! ¡Miren cómo habla el letrado de la capital! Escúcheme bien, Senador: mis gauchos no sangraron en las picadas del Arroyo Grande para que vengan los barcos ingleses a llevarse el cuero a precio de perro y a dejarnos a cambio calpixque y papel impreso. El pueblo de la campaña no conoce sus leyes escritas en francés. El pueblo conoce al hombre que se sienta a comer el asado en el mismo fogón, al que sabe ensillar en medio de la noche y al que no se arrodilla ante los logistas que llegan escondidos en las bodegas de las fragatas.

(En un rincón en la penumbra, detrás del mostrador de la pulpería, la joven esclava liberta MARÍA ROSA limpia un vaso de estaño con un trapo viejo. Se detiene de golpe, paralizada. Sus ojos negros, dilatados por el terror, se fijan en la ventana de madera que da al patio trasero. A través de la rendija, la luz de un relámpago ilumina una silueta alta, envuelta en un capote militar azul noche, con botones dorados que no reflejan la luz y botas de cuero lustrado que no hacen ruido sobre el charco exterior).

MARÍA ROSA: (En un susurro ahogado, apretando el trapo contra su pecho, dirigiendo la mirada hacia el techo donde el polvo cae por las vibraciones del trueno) Virgen de las Mercedes... libranos del agua y de la sombra... Hay gente afuera... Hay caballos que no traen cascabeles...

SENADOR DE LA BARRERA: (Ignorando el murmullo de la esclava, bajando la voz hasta convertirla en un soplido helado, inclinándose hacia el centro de la mesa) Hablemos con la verdad de una vez por todas, Pantaleón. Nos reunimos en esta pulpería de mierda, lejos de los oídos de la Logia, porque los tres sabemos lo mismo. Fuimos nosotros tres los que estuvimos en la delegación de París en 1824. Nosotros vimos los libros de registro de la Gran Logia del Oriente. Conocimos la cara del diplomático Julien de Saint-Germain antes de que inventara su propia muerte en el duelo del bosque de Boulogne.

GENERAL LEDESMA: (Apretando la empuñadura de su sable de cazoleta, erguéndose en el banco de madera) Ese hombre es un demonio, De la Barrera. Acá en Montevideo se hace llamar "El Negro". Anda entre los libertos predicando la igualdad, anda en la campaña repartiendo tierras entre los montoneros de Rivera, y en la capital se sienta a la mesa de los colorados a dictar las leyes de la república. Nos usó a todos. Usó el dinero de la corona francesa para financiar las armas y ahora quiere quedarse con el puerto y la Aduana entera para su logia de asesinos.

CAUDILLO PANTALEÓN CORREA: (Poniéndose de pie con ímpetu, haciendo caer la banqueta hacia atrás con un golpe seco que retumba en la madera del piso) ¡Hay que denunciarlo mañana mismo en la plaza Matriz! Mañana, cuando se abra la sesión de la Cámara, yo voy a entrar con cincuenta lanzas del norte y voy a contar quién es este "Negro". Voy a mostrar el documento que prueba su verdadero nombre y su grado en la masonería de Burdeos. ¡Se le acaba la mascarada al francés!

(De repente, la puerta doble de la pulpería se abre de par en par con un chasquido metálico violento. El viento Pampero entra a la sala como una bestia desatada, apagando instantáneamente la lámpara de grasa. El recinto queda sumergido en una penumbra rojiza iluminada únicamente por las brasas agonizantes del fogón y los destellos intermitentes de la tormenta eléctrica).

(En el umbral de la puerta se recorta la figura monumental de JULIEN DE SAINT-GERMAIN, conocido en la Banda Oriental como "EL NEGRO". Viste un poncho de bayeta negra sobre un traje de paño azul ultramar con charreteras ocultas. Su piel es oscura, curtida por el sol de los campos de batalla, pero sus facciones son afiladas, aristocráticas, con una mirada de acero frío que contrasta con la rudeza de su vestimenta. A sus espaldas, dos hombres embozados en capotes oscuros sostienen pistolas de chispa de doble cañón y dagas de hoja triangular).

EL NEGRO: (Con una voz cavernosa, pausada, de un timbre barítono perfecto, modulada con una elegancia que resulta aterradora en la penumbra. Su acento es una mezcla imponente de modismos criollos con una cadencia subterránea de pronunciación europea) Buenas noches, señores de la Patria. Parece que el clima de la Aguada no respeta los rangos de los señores Senadores ni el valor de los señores Generales. Qué triste es ver que los fundadores de esta tierra tengan que reunirse como zorros acorralados a hablar del pasado... y a pronunciar nombres que ya fueron enterrados bajo la nieve de París.

GENERAL LEDESMA: (Desenvainando el sable con un chasquido metálico que resuena en la oscuridad, dando un paso al frente) ¡Julien de Saint-Germain! ¡Sabía que ibas a venir, maldito traidor! ¡Salgan de las sombras si son hombres!

EL NEGRO: (Avanzando lentamente hacia la mesa, con pasos calculados, firmes, cuyos tacones de cuero resonando sobre la tierra apisonada parecen marcar el tic-tac de un reloj mortal. Extiende su mano derecha, cubierta con un guante de piel de ciervo negra, y toca suavemente el reverso del documento que el Senador tiene sobre la mesa) Usted siempre fue un mal táctico, General Ledesma. Creyó que la guerra se ganaba con valor en la carga de caballería. No entendió nunca que las naciones no se construyen en los campos de batalla; se dibujan en las mesas secretas de las logias, con la tinta de las concesiones financieras y la sangre de los que no saben guardar silencio.

SENADOR DE LA BARRERA: (Gritando con la voz quebrada por el pavor, tratando de esconder el mapa en su casaca) ¡Tienen guardias en el camino! ¡La Policía de la capital sabe que estamos acá!

EL NEGRO: (Sonriendo con una frialdad absoluta, dejando ver sus dientes blancos en la oscuridad. Inclina levemente la cabeza con una reverencia que evoca los salones de Versalles) La Policía de la capital responde a la aduana, Senador. Y la aduana... la aduana me pertenece a mí desde este mediodía. (Hace una señal casi imperceptible con el índice de la mano izquierda). C'est fini, mes amis.

(Los dos hombres embozados avanzan como sombras. Uno de ellos le clava un estilete triangular de acero francés directamente en la yugular al GENERAL LEDESMA antes de que pueda levantar el sable. El General emite un borboroto de sangre, sus ojos se desorbitan y cae de rodillas, manchando la mesa de madera con un borbotón carmesí).

CAUDILLO PANTALEÓN CORREA: (Lanzando un alarido de furia salvaje, abalanzándose sobre "El Negro" con el facón en alto) ¡Por la tierra oriental, francés demonio!

(EL NEGRO no se mueve. Con un movimiento felino, extrae de debajo de su poncho un estilete de duelo de hoja corta. Desvía el golpe del facón con el brazo izquierdo reforzado y le hunda la hoja de acero directamente en el estómago a Pantaleón, retorciendo la daga con una precisión anatómica escalofriante).

EL NEGRO: (Susurrando al oído del Caudillo agónico, en un francés fluido, impecable, glacial) Tu as lutté avec honneur, mon brave. Mais ton temps est passé. (Luchaste con honor, mi valiente. Pero tu tiempo ya pasó).

(El CAUDILLO PANTALEÓN CORREA cae pesado sobre el suelo de barro, con las manos aferradas a la herida de su vientre, expirando en convulsiones mientras la sangre baña las botas de "El Negro").

SENADOR DE LA BARRERA: (Rastrillándose de espaldas contra la reja del mostrador, sollozando, levantando las manos temblorosas) ¡Por la Virgen... Por la Masonería, Julien! ¡Hicimos el mismo juramento en el grado treinta y tres! ¡No podés matar a un hermano!

EL NEGRO: (Recogiendo tranquilamente el mapa y los papeles con cartas masónicas de la mesa, guardándolos dentro de su casaca. Se acerca al Senador, le toma la barbilla con su mano enguantada y lo obliga a mirarlo fijamente a los ojos) El juramento del grado treinta y tres dice que la Gran Causa está por encima de la vida de los hombres. Vos ibas a hablar, Esteban. Ibas a romper el velo. Y el castigo por revelar la luz a los profanos... es el silencio eterno.

(EL NEGRO le clava la daga en el pecho al Senador con una soltura aterradora. El cuerpo de De la Barrera se desploma junto a las damajuanas de vino. Un silencio sepulcral cubre la pulpería, roto únicamente por el silbido del viento y el goteo constante de la sangre sobre la madera).

(MARÍA ROSA, oculta debajo del mostrador entre dos barriles vacíos, se tapa la boca con las dos manos para frenar sus gritos. Una gota de sangre de la mesa cae sobre su frente. "EL NEGRO" se detiene un segundo, mira hacia el mostrador, limpia la hoja de su daga con un pañuelo de seda blanco que luego tira sobre el cadáver del General, y camina lentamente hacia la salida).

EL NEGRO: (A los dos sicarios, en español liso y de campaña) Prendan fuego los galpones de afuera. Mañana a primera hora quiero a la prensa de la capital acá. Que digan que a estos tres patriotas los mató una partida de montoneros brasileños. La Patria necesita mártires... y yo necesito sus votos.

(EL NEGRO sale a la noche bajo la lluvia torrencial. Los sicarios cierran la puerta. Las sombras cubren los tres cadáveres mientras la cámara se congela sobre los ojos abiertos y vacíos del Caudillo Pantaleón Correa).