Él.
Él está impregnado en las lágrimas de mi sábana, en los ocho poemas que escribí por él y de los que estoy segura de que habrá más. Está en esos chats con mis amigos en los que pido una opinión y, lo más importante, está en mi cabeza desde hace meses.
Y él lo único que sabe es que lo aprecio, pero nunca va a entender lo que significa apreciarlo de verdad. No sabe todo lo que hay detrás.
Hay un amor ingenuo que pasó por dolores que le desgarraban el pecho, sufriendo mientras se preguntaba por qué él no la elegía, y por felicidades que llegaron porque, esta vez, sí se decidió a ser esa buena persona que yo estuve siendo con él desde el principio.
Pero bueno, no importa. Él nunca se va a enterar.