EL DILEMA APLAZADO
Mi Abuelito Juan Cancio, en los meses de enero de todos los años, comenzaba la labor de preparar los pequeños terrenos para la cosecha de maíz del año en curso. Eran tres minilotes que él denominaba: El Arado del Guamo, La Vega y La Huerta, que quedaba atrás de la casita de habitación.
Mi abuelo Juan Cancio y yo iniciábamos la labor recogiendo la boñiga de las vacas y el cagajón de los dos caballos que él tenía, más el que nos regalaba el vecino de sus propios animales. Los apilábamos en montones y luego salíamos al monte; él sacaba su machete de marca Incolma y empezaba a cortar helechos, que luego trasladábamos a los terrenos donde estaba la boñiga.
Luego, el abuelo hacía montones con el helecho y los quemaba para recoger la ceniza y mezclarla con la boñiga, el cagajón y una gran cantidad de hojarasca. Ahí él conseguía el abono natural, porque era enemigo acérrimo de los abonos químicos. Fui testigo de enconadas discusiones con mis tíos, quienes le decían que los químicos eran lo mejor, pero él nunca cambió su idea. Ahora me doy cuenta de que tenía toda la razón del mundo; si todos hubieran pensado como el abuelo, las tierras actualmente serían un nicho perfecto para la agricultura, porque, como él decía: «los abonos químicos lo único que hacen es enviciar la tierra».
Después de tener el abono, el abuelo, a punta de azadón, organizaba la tierra como un vientre materno para recibir las semillas. Con un canasto y un recatón abría pequeños orificios y depositaba de a tres o cuatro granos. Ahí empezaba a generarse el milagro.
En cuatro meses, esos pequeños arados se vestían de verde y en sus matas se veían unas hermosas mazorcas de maíz amarillo, tentadoras hasta para la vista.
Y ahí era donde empezaba la prueba para mí del «dilema aplazado». Ocurría que mi abuelo Juan Cancio era una persona desprendida totalmente de lo material; sentía un gran amor por sus semejantes y no podía ver a nadie necesitado porque acudía en su ayuda, aunque económicamente no fuera muy solvente; él compartía lo que tenía. Cuando la chocolera estaba a punto, algunas personas pasaban por el borde de los arados y le pedían al abuelo que les regalara mazorcas, y él, con su desprendimiento, las cogía y se las daba.
Pero acá viene lo duro por resolver: mi abuelita Ana Rita, que era una persona más con los pies sobre la tierra, analizaba la situación, se enojaba con el abuelo y le decía: «Juan Cancio, ¡por Dios!, cómo te vas a poner a regalar la cosecha. Si sigues regalando, ¿qué vamos a guardar en el granero para el resto del año hasta que llegue la otra cosecha? No seas irresponsable, Juan».
Y ahí está el meollo del problema: ¿quién tenía la razón? Esto no lo he podido decidir ya en 67 años, y no sé quién lo va a dilucidar, porque yo no he podido saber quién tenía la razón.
Quizás el valor de este dilema no sea resolverlo, sino custodiarlo. Al final, ambos actuaban por amor: él desde el amor al prójimo y ella desde el amor a los suyos. Heredar la sensibilidad de mi abuelo a veces duele en este mundo moderno, pero recordar la advertencia de mi abuela me enseña a protegerme. Dejo este dilema en sus manos, querido lector, para que sea usted quien juzgue en qué balanza pesa más la vida: si en el desprendimiento del alma o en el resguardo de la supervivencia.