El corazón, una caja de ecos,
se llenó de susurros desgarrados,
cicatrices de amores que no fueron,
desilusiones tiradas como hojas muertas,
mientras afuera, la vida danza
en un vaivén de luces y sombras,
en un ciclo eterno de promesas marchitas.
Sus latidos,
un tambor de nostalgia,
marcan el tiempo perdido,
cada golpe un recuerdo,
cada pausa una pregunta:
¿Por qué duele amar
cuando el horizonte parece prometedor?
Pero el alma, sabia como el viento,
se levanta entre ruinas,
bañada en la luz de nuevas posibilidades.
El alma elige vivir
en un canto de pájaros que despiertan,
en la frescura de la mañana
que acaricia la piel con su luz.
Ella sabe que la vida es un lienzo
donde los colores se mezclan,
donde las penas se convierten
en el trasfondo de un cuadro
que le da profundidad a la existencia.
Mientras el corazón añora,
la esperanza florece como un rosal,
sus espinas son recuerdos,
pero sus flores son promesas,
fragancias que llenan el aire
y invitan a ser valientes,
a caminar entre las dudas
y construir castillos en el aire.
Cuánto tiempo se ha perdido
llorando por algo que no valió la pena,
a veces pensando que el dolor
era la única forma de amarse,
como si el sufrimiento
fuera el precio que hay que pagar
por el derecho a sentir,
pero he aquí la revelación,
la verdad oculta tras el velo:
El alma elige vivir
en la sabiduría de lo efímero,
en el arte de dejar ir
sin mirar atrás,
y el río del tiempo fluye
arrastrando las tristezas,
limpiando las huellas del pasado.
Y así, en cada amanecer,
renazco entre las cenizas,
mis alas despliegan su grandeza,
un vuelo hacia el horizonte
donde los sueños aguardan ocultos,
donde la vida se convierte en un canto,
una melodía que me invita a danzar.
Sufrir fue un capítulo,
un poema escrito con lágrimas,
pero vivir es el verso que resuena,
un canto de libertad,
una sinfonía de risas y abrazos,
un abrazo al cambio,
un homenaje al arrepentimiento
que se convierte en enseñanzas.
Así, el corazón elige sufrir,
pero el alma elige vivir,
y yo,
en este proceso de sanación,
me despido de lo que no fue,
de lo que nunca fue mi destino.
Sonrío en la luz de nuevas posibilidades,
me reinvento en cada latido,
y entre mis alas,
llevo la firme creencia
de que siempre hay un nuevo amanecer.