Recuerdo vagamente haber entrado a una de esas empresas donde nos obligaban a atravesar capacitaciones estériles para encajar en el molde del entorno. En medio de esas sesiones estaba el dueño absoluto de la estructura, un hombre mayor, de traje impecable y pelo completamente blanco. De esos tipos de presencia pesada, con una estampa callejera y astuta, de pinta sumamente persuasiva y directa, tal cual.
Yo siempre fui una persona naturalmente seria; no responde a un trauma en particular, es simplemente la forma en la que vine al mundo, un rasgo inalterable que hasta el día de hoy sigue siendo motivo de bromas livianas en el seno de mi casa.
Me gusta conservar el control absoluto de mis espacios, mantenerme mentalmente serena y, francamente, amo mi propia seriedad. Me repele andar sonriendo por compromiso con todo el mundo; soy una persona radicalmente selectiva en ese terreno.
En aquellas capacitaciones casi no abría la boca, limitándome estrictamente a hablar lo justo y necesario. Apenas opinaba cuando surgían temas que de verdad me interesaban y en los cuales quería profundizar. Y eso —no termino de comprender por qué— siempre parece incomodar al resto. ¿Por qué razón? Sigo sin saberlo.
Hasta que ocurrió ese pequeño y desconcertante desenlace con el dueño.
En plena exposición, mientras él dirigía la palabra a todos, de la nada giró el rostro, me clavó los ojos y me soltó una frase seca frente a los demás:
—Vos me das miedo.
Así me quedé yo, helada, con los circuitos rotos: ¿...?
Con una risa nerviosa, intentando disimular el impacto, alcancé a preguntarle por qué decía eso. Y él, sin titubear, remató:
—Sos muy seria, estás atenta a todo lo que pasa. Impones mucha presencia delante del resto.
Y es algo que, a pesar de los años, me sigue resonando en la cabeza como un eco persistente. ¿Por qué una persona mayor, el mandamás de una empresa con más de mil empleados, iba a frenar todo para decirle algo así justamente a mí? Una piba común, básica, de apenas veinticuatro años... Y lo peor de todo es que no eligió decírmelo en la intimidad de una oficina, sino expuesto frente a toda la sala de capacitados.
En el fondo, mi vida entera parece resumirse en esa clase de contrastes silenciosos.
Y lo sigo sin comprender.