A veces termina una canción y, sin embargo, algo de ella continúa sonando adentro nuestro. Una melodía puede devolvernos a una persona que ya no está, a una casa que dejamos, a un verano que creíamos olvidado. Puede hacernos recordar quiénes éramos antes de que la vida nos cambiara.
Hay canciones que no escuchamos: las habitamos.
Nos acompañan mientras crecemos, nos encuentran cuando estamos perdidos y, de alguna manera, saben decir aquello que nosotros todavía no sabemos explicar.
Quizás por eso la música sea mucho más que sonido.
Es memoria.
Es identidad.
Es compañía.
Es una forma de conversación que no necesita palabras.
Y hay algo más, en un mundo acostumbrado a saltar de una cosa a otra, escuchar una canción hasta el final empieza a parecer un pequeño acto de resistencia.
Elegir un disco.
Sentarse.
Escuchar.
Esperar.
No buscar inmediatamente algo mejor.
Dejar que una historia avance a su propio ritmo.
Quizás la manera en que escuchamos música diga mucho de la manera en que estamos aprendiendo a vivir.
Porque escuchar de verdad requiere algo que hoy parece cada vez más escaso:
Presencia.
Y tal vez por eso, cuando termina una canción que realmente nos atravesó, no sentimos que terminó.
Sentimos que algo de nosotros acaba de ser escuchado.
Quizás la música tenga algo que enseñarnos sobre nosotros mismos. Sobre nuestra capacidad de prestar atención. De esperar. De dejarnos llevar. De llegar hasta el final. De soltar el control.
Cebate un mate.
Subí un poco el volumen de tu disco favorito. En esta historia suena Bocana segundo álbum de estudio solista del músico argentino Gustavo Cerati, lanzado el 28 de junio de 1999.
La música que queda cuando termina la canción
El sol caía despacio sobre la mesa. Hacía calor, pero todavía no era de ese calor que obliga a buscar sombra. Era una tarde amable. De esas en las que uno mira la hora y se sorprende de que hayan pasado tres horas sin hacer absolutamente nada. El mate estaba entre nosotros. Siempre está. Uno tomaba. El otro hablaba. Después cambiábamos.
En algún momento empezó a sonar una canción de fondo. No recuerdo quién la puso. Tampoco recuerdo de qué hablábamos antes. Pero recuerdo que nos quedamos en silencio cuando terminó.
—Hay canciones que son raras
—¿Por qué?
—Porque a veces terminan y uno se queda ahí.
—¿Ahí dónde?
—No sé. Como si la canción hubiera terminado, pero algo de uno siguiera escuchándola.
Sonrió. Miró el mate. Y después de unos segundos preguntó:
—¿Vos por qué hacés música?
- Antes te hubiera contestado "porque me gusta". Ahora creo que hago música porque hay cosas que no sé pensar hasta que las escucho. Hay días en los que escribo una melodía y recién ahí entiendo cómo estaba.
- ¿Entonces la música te explica?
- No. Me traduce. Que es distinto. Explicar cierra. Traducir acerca. Hay emociones que llegan hablando un idioma que todavía no conozco. La música hace de intérprete. Nosotros venimos hablando mucho de conversaciones..
- ¿Una canción puede ser una conversación entonces?
- Las mejores sí. No siento que una canción me hable. Siento que deja un espacio para que yo entre. Cuando una canción me dice exactamente qué sentir, me aburre. Cuando apenas insinúa algo... me quedo.
(Ruido de sorbo de mate a medio terminar)
- ¿Pensás que le falta algo a nuestra época?
- Silencios. No porque el silencio sea mejor que el ruido. Sino porque ya no dejamos que las cosas hagan eco. Todo termina y enseguida empieza otra cosa. Una canción. Otro video. Otro mensaje. Otra opinión.. No dejamos que algo nos siga pasando.
- ¿Y qué es lo que más miedo te da?
- Que un día todo me dé igual. No fracasar. No ganar menos plata. Eso se acomoda. Me da miedo dejar de emocionarme. Porque cuando uno deja de emocionarse también deja de crear. Y creo que eso puede pasar mucho antes de hacerse viejo.
- ¿Qué es emocionarse?
- Creo que es dejar que algo te mueva sin pedirle explicaciones. Una vez vi a un señor quedarse mirando cómo una nena perseguía una burbuja en una plaza. No pasó nada extraordinario. Pero él sonreía como si hubiera recordado algo. Eso también es emoción. No siempre llora. A veces apenas cambia la respiración o le brillan los ojos.
- ¿Sentís que tu niño interior y tu yo adulto son muy distintos?
- Sí… Y no. Creo que aprendieron a sostener. Pero también aprendieron a cambiar. Los adultos a veces se quedan demasiado. Y a veces mi niño se va demasiado rápido. Capaz necesitamos sentarnos en la misma mesa. No para enseñarnos. Para prestarnos algo.
- ¿Qué se prestarían?
- Menos miedo a empezar de nuevo. Tal vez la paciencia para que algunas cosas crezcan despacio. Porque a veces siento que queremos cosechar vínculos como si fueran contenido. Y las personas tienen otro ritmo.
(Silencio)
Me gustaria que todavía exista gente que escuche un disco entero. No por el disco. Porque eso significa que todavía hay personas capaces de regalarle una hora completa a una sola cosa. Y si alguien puede hacer eso con una canción… capaz también pueda hacerlo con otra persona.
Se quedó mirando hacia la ventana. La canción siguiente empezó a sonar, pero ninguno dijo nada. El mate había perdido un poco el calor.
—¿Sabés qué?
—¿Qué?
—Capaz el problema nunca fue que dejáramos de escuchar música.
—¿Entonces?
—Que dejamos de escuchar hasta el final.
—¿Sabes que podríamos hacer?
—¿Qué?
—Escuchar Artaud de Pescado Rabioso entero.
Afuera seguía siendo una tarde cualquiera. El sol seguía entrando por la ventana. Y nosotros seguimos tomando mate, dejando que la música sea la protagonista de nuestra conversación. Lo que duró la música y entre palabras que van y vienen, ninguno tocó el teléfono.