Tiempo atrás experimenté injusticias y cruda maldad: unos me robaron la vida de un ser amado, otros me borraron por años la sonrisa; sus risas sarcásticas me herían, sus miradas lastimaban y quedé sola en un mundo que no comprendía. Entonces tuve dos opciones: sacar lo peor o lo mejor que hay dentro de mí; vengarme, victimizarme, arrinconarme o, por el contrario, perdonar y tratar como quiero ser tratada: sería mi elección.
De esa manera, la vida me sondeó y me encontré sin argumentos, sin solidez interior. Entonces toqué mi lado oscuro, mis agresiones; creí por un instante que yo era eso, no había nada que hacer, estaba enajenada por el dolor, no era dueña de mí misma. Pero de repente, en medio de aquella oscuridad, una llamita me inundó con su luz: una verdad que escuché en la Iglesia cuando era niña, se convertía en una filosofía de vida para mí: «vencer el mal (que hay en mí y que hay fuera de mí) a fuerza de bien».
Me dije: soy esencialmente buena y quiero serlo con autenticidad; mis buenos deseos retornaron, mis buenos sentimientos afloraron, mi mirada cambió y la vida me devolvió la sonrisa. Me aferré al Bien como mi seguridad, porque comprobé que en la tormenta era mi refugio y en la oscuridad era Él quien me guiaba.
Comprendí que no dependo de otro para actuar conforme a los valores que elijo, que la vida no es injusta, que sí, hay personas que optan por el mal no sé por qué, no es mi asunto, no las juzgo. Que pasan cosas que se salen de mi control; solo sé que se siente terrible actuar mal y, por ende, devolver bondad cuando quieren lastimarme no es tanto un acto heroico, es haber dejado que el Bien me envolviera y me dejara saborear su dulzura y su consuelo.