Una hermosa mañana, mientras contemplaba el amanecer admirando un cielo teñido de naranja, aparecieron unos ojos tan brillantes como el sol. Al mirar su silueta, el atardecer se tornó de un rojo intenso, sonrojándose ante una belleza tan única y deslumbrante.
De pronto, un destello de celos lo invadió: le dolía que todo el mundo pudiera verla y admirarla, pues solo él quería contemplarla. Quería tenerla solo para sí, porque desde el primer instante en que la vio, se enamoró a primera vista. En su mente, rogaba que la luna no la descubriera para que no se enamorara de ella también; sin embargo, recordó que la luna ya tenía al sol, por lo que ella se quedaría sola al caer la noche. Fue entonces cuando el sol, conmovido, envió al atardecer para que la cuidara en la oscuridad