Hablábamos sin prisa, buscando conocernos,
cruzando las palabras como quien busca un puente,
y entre mensajes simples, sin llegar a vernos,
me mostraste el misterio de tu mente.
Me dijiste «escribo», y quise leer tu mundo,
pero guardabas más de lo que yo pensaba:
No solo escribes sino que también tocas la guitarra, y en un segundo
la magia de tu arte por la pantalla sonaba.
Me mandaste aquel video con una caducidad,
para verlo una sola vez y dejarlo volar...
pero tu y tus cuerdas me llenaron la intimidad
que me tocó rogarte para volverlo a escuchar.
Te rogué por esa melodía, por esa canción,
por volver a ver tus manos sobre la madera,
porque en esa única vista me robaste el corazón
y me enamoré de tu arte como si nada más existiera.