Ta, el árbol me hizo acordar de un matrimonio de la calle Uruguay que se separó hace años: él se fue a trabajar a Montevideo y ella quedó con la casa. Cada verano él vuelve, toman mate en la vereda debajo del paraíso del frente y se va otra vez. Nadie en la cuadra sabe qué son. Capaz que ellos tampoco, y el paraíso hace de testigo.
El árbol que recuerda
Un pequeño cuento
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Pensamiento
Ta, el árbol me hizo acordar de un matrimonio de la calle Uruguay que se separó hace años: él se fue a trabajar a Montevideo y ella quedó con la casa. Cada verano él vuelve, toman mate en la vereda debajo del paraíso del frente y se va otra vez. Nadie en
Contenido de la publicación
Un pequeño cuento
Caminaban sin prisa por una calle empedrada, envueltos en una tarde que olía a tierra y a piedra mojada, propia de una noche de lluvia que había limpiado el ambiente. Desde los alrededores se escuchaban risas de niños, algún bolero cuyas letras parecían resonar dentro de sus propias mentes, y el aire parecía más lento en aquella parte del mundo donde el tiempo había decidido detenerse por un momento.
Iban uno al lado del otro. De lejos, parecían una pareja cualquiera compartiendo un silencio cómodo. Pero no lo eran. Ya no. Y quizá nunca volverían a serlo.
Se querían, sí. De esa forma extraña en que algunas personas se quieren cuando la vida decide poner kilómetros entre ellas. Había algo entre los dos que los había separado, pero que también los había marcado para siempre. Algo que no se curaba con cariño, porque tampoco era una herida.
Él venía de un mundo de aventuras, caminos y lugares que todavía le quedaban por conocer. Parecía que el mundo entero le quedaba pequeño y siempre encontraba un nuevo horizonte que perseguir.
Ella, en cambio, había aprendido a amar la tierra firme. Su hogar, su familia, las personas que quería y las raíces que la mantenían cerca de los suyos. Eran diferentes. Quizá por eso habían aprendido a caminar de maneras distintas.
A veces sus miradas se cruzaban como quien intenta descubrir si todavía existe aquella vieja complicidad o si solo queda el silencio de los años. A veces caminaban tan cerca que sus manos se rozaban, y aquel pequeño contacto era suficiente para recordar todo lo que habían sido.
Pero ninguno sabía qué significaba. No sabían si aquello quemaba o enfriaba más el alma. No sabían si aquella sería la última vez que caminarían juntos. Y fue en medio de aquella caminata silenciosa cuando escucharon el llanto de una niña. Corría hacia ellos, asustada, hasta que tropezó y cayó al suelo. Ella corrió hacia la pequeña para ayudarla, pero antes de que pudiera decir nada, la niña se abrazó a sus piernas con tanta fuerza como si su vida dependiera de ello.
—¿Qué pasa, nena? —preguntó ella, agachándose hasta quedar a su altura—. ¿Dónde están tus papás?
La niña tenía la cara llena de lágrimas.
—No sé... Me perdí. No los encuentro y estoy muy asustada.
Él también se agachó junto a ellas. Con una gentileza tímida, le limpió el polvo de la frente.
Ambos tenían una facilidad especial para tratar con los niños. Alguna vez, mucho tiempo atrás, habían imaginado cómo sería tener uno propio.
—¿Te sabes el número de tu mamá? —preguntó él.
La niña asintió con un pequeño “sí” y comenzó a dictarle los números. Él sacó el teléfono, llamó y explicó dónde estaban. La madre estaba cerca. Vendría por ella. Pero la niña seguía temblando. Sus pequeños dedos no querían soltar la mano de la mujer. Entonces ella levantó la mirada. Al fondo había un árbol enorme.
Era viejo, fuerte, de ramas gruesas y raíces que parecían hundirse profundamente en la tierra. Una luz cálida lo rodeaba, como si saliera de algún lugar dentro de su tronco. Ella sonrió.
—¿Quieres que te cuente un secreto? —preguntó en voz bajita, como si estuviera a punto de compartir un conjuro.
La niña asintió. Ella la levantó en brazos para seguir calmándola y señaló el árbol.
—¿Ves ese árbol?
Él dio un paso atrás. Sabía que era momento de ellas.
Desde donde estaba, observó cómo ella se sentaba en una banca con la niña sobre sus piernas. Los pies de la pequeña colgaban mientras sus ojos permanecían fijos en aquel árbol.
Él se sentó en otra banca cercana. No quería interrumpir. Y entonces la escuchó. Su voz cambió. No solo hablaba. Tejía. Palabras como hilos de colores.
—Ese árbol... no es un árbol cualquiera. Aunque todos lo ven, casi nadie lo conoce de verdad. Está ahí desde antes de los relojes, antes de las casas y antes de estas calles. Y guarda debajo de sus raíces un mundo que solo pueden ver quienes todavía creen en la magia.
Los ojos de la niña se abrieron enormes. Había dejado de llorar. Él sintió cómo el aire a su alrededor se llenaba de una paz extraña y suave. La mujer que conocía seguía ahí, pero por un instante parecía convertirse en otra cosa. Una guardiana.
—Dicen que debajo de este árbol existe una ciudad escondida. Una ciudad que no aparece en los mapas, pero que vive entre los sueños. La entrada está hecha de flores vivas, de esas que se abren con el sol y se cierran cuando cae la noche para protegerse.
La niña se acercó un poco más.
—¿Y qué hay dentro?
Ella sonrió.
—Una gran puerta de vitrales de colores. Cuando el sol la toca, el suelo se convierte en un arcoíris.
—¿Y después?
—Después comienza la ciudad.
La niña sonrió por primera vez.
—Adentro todo es distinto. El cielo no es azul. Es un mural que cambia de color según lo que uno siente. Las casas crecen sobre árboles de colores, como si hubieran nacido de los sueños que dejamos atrás.
Ella señaló las ramas.
—Los árboles azules pertenecen a los sueños de volar. Los verdes, a los sueños de explorar. Y los dorados pertenecen a quienes alguna vez soñaron con amar sin miedo.
La niña abrió la boca sorprendida.
—¿Y qué pasa por las noches?
—Por las noches las ramas se balancean suavemente para que nadie sueñe solo.
Él sonrió.
Por un instante, la imaginó contando aquella misma historia en una casa con olor a chocolate caliente, rodeada de niños que alguna vez habían imaginado juntos. Quizá eso era lo que más dolía. No lo que habían perdido. Sino todas las cosas que alguna vez habían imaginado.
—¿Y hay animales? —preguntó la niña.
—Claro que sí. Hay alebrijes.
Los ojos de la niña volvieron a brillar.
—Aquí los pintamos y los tallamos, pero allá... allá caminan, vuelan y respiran. Sus cuerpos están hechos de flores vivas, de fuego y de viento.
La mujer hizo una pausa.
—Son criaturas mágicas que guardan los recuerdos de quienes ya no están. Dicen que acompañan a los muertos en su viaje, pero también tienen un hogar. Un lugar de descanso. Un lugar donde, por una vez, son ellos quienes reciben cuidados.
La niña no pestañeaba.
Él tampoco.
—En esa ciudad también existen pequeños seres que brillan como luciérnagas. Nacen de los sueños de los niños. Cada vez que un niño imagina algo con todo su corazón, uno de ellos aparece.
—¿Y qué hacen?
—Cuidan a los alebrijes, a los árboles y a los colores.
La niña sonrió.
—¿Todos son buenos?
La mujer negó con la cabeza.
—No todo es luz. También existen lugares oscuros donde viven seres apagados. Nacen cuando los humanos dejan de creer. Cuando olvidan jugar. Cuando piensan que crecer significa dejar de ser niños.
La niña guardó silencio.
—¿Y el árbol?
La mujer miró hacia él.
—El árbol cuida todo eso. Sus raíces viajan bajo la tierra y se entrelazan con las raíces de otros árboles mágicos en todo el mundo.
Él levantó ligeramente la mirada.
—Juntos forman una red de guardianes que protegen aquello que nosotros ya no podemos ver.
La niña apoyó la cabeza contra su pecho.
—¿Y por qué nadie sabe que existen?
Ella sonrió.
—Porque hay cosas que solo se pueden encontrar cuando dejas de buscarlas con los ojos.
El hombre la observaba.
Aquella respuesta le pareció demasiado propia de ella.
—Y cada vez que una mamá abraza a su hija, o un niño vuelve a soñar... una de esas luces se enciende otra vez.
La niña apoyó la cabeza sobre el hombro de la mujer. Por un momento parecían madre e hija. Él sintió un nudo en el pecho. No eran celos. Era algo más parecido al deseo. Al anhelo de una vida que alguna vez habían imaginado y que, quizá, pertenecía a otro camino. Entonces apareció la madre de la niña. Corrió hacia ellas.
La pequeña se levantó rápidamente y corrió a sus brazos. Se abrazaron con tanta fuerza que parecía que el miedo desaparecía entre sus lágrimas.
La madre agradeció una y otra vez. Pero antes de irse, la niña miró a la mujer.
—¿Le puedo contar la historia del árbol?
Ella sonrió.
—¿Crees que ella pueda guardar nuestro secreto?
La niña asintió muy seria.
—Entonces cuéntaselo. Pero dile que las mamás son como ese árbol: grandes, sabias, hermosas y fuertes.
La niña abrazó a la mujer. Después abrazó al hombre. Y se fue tomada de la mano de su madre, contándole la historia como si fuera verdad. Porque quizá lo era. El silencio regresó. Él se acercó y la abrazó despacio.
—Eres increíble —susurró.
Ella no lo miró.
—No soy increíble. Solo sé contar historias.
Caminaron un rato más. Ya no tenían prisa. El cielo comenzaba a apagarse y el viento era más fresco.
—¿Sabes algo? —dijo ella.
—¿Qué?
—Hoy se encendió una nueva luz.
Él la miró.
—¿Por qué?
—Porque una mamá volvió a soñar. Porque una niña creyó con todas sus fuerzas. Y quizá, en algún lugar del mundo, creció un árbol nuevo porque alguien decidió volver a creer.
Él sonrió. Después guardó silencio durante unos segundos.
—Y tú... ¿cómo sabes tantas cosas de ese mundo?
Ella siguió caminando.
—¿O cómo lo conoces tanto? —insistió él.
Ella no respondió de inmediato. Solo levantó la vista hacia el árbol, cuya luz cálida parecía hacerse más fuerte mientras la noche llegaba.
—Tal vez porque yo también lo he soñado.
Él soltó una pequeña risa.
—O tal vez estás loca y todo eso lo inventaste.
Ella lo miró con una expresión de falsa indignación.
—¿Porque estoy loca? ¿Porque creo en algo que no puedes ver?
Él sonrió.
Ella volvió la mirada hacia el árbol.
—O porque creo en un mundo donde los sueños son resguardados y viven por sí solos. Un mundo donde la distancia no existe y crecer no significa necesariamente separarse.
Guardó silencio.
—Un mundo donde las personas pueden tomar caminos distintos sin dejar de encontrarse de vez en cuando.
Él la observó.
Ella continuó:
—Quizá por eso existe ese árbol. Para recordarles a quienes se van que no todo lo que se aleja desaparece.
Él no respondió. Ella tampoco. Pero por un instante, ambos entendieron algo que no necesitaba ser dicho. Quizá las raíces podían viajar muy lejos. Quizá podían atravesar tierras que jamás volverían a pisar. Y aun así, recordar dónde había comenzado el árbol. Siguieron caminando. Al final del camino no hubo besos. No hubo promesas. Solo un abrazo largo. De esos que parecen decir todo lo que las palabras no alcanzan. Él regresó a su mundo, lleno de caminos, aventuras y lugares que todavía le quedaban por conocer.
Ella volvió al suyo: a la tierra firme, a su familia y a las raíces que siempre había elegido cuidar. Tomaron caminos distintos. Pero bajo la tierra, donde nadie podía verlo, las raíces seguían encontrándose. Porque quizá eso era lo que hacía el árbol. Recordarles que no todas las personas tienen que caminar juntas para seguir formando parte del mismo lugar. Algunas se convierten en raíces. Otras permanecen como tronco. Y aunque el mundo las lleve en direcciones distintas, el árbol nunca olvida dónde pertenece cada una.
Quizá la distancia solo separa los caminos. No siempre separa a las personas.
Y así, como aquel árbol, ellos también guardaron su secreto. Un secreto que no necesitaba ser contado. Porque algunas personas no se quedan a nuestro lado.
Se quedan en nuestra vida.
Y algunas historias no terminan. Solo aprenden a caminar a la distancia.
Thoughts
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PermalinkLos árboles dorados para quienes soñaron con amar sin miedo. Ahí se puso ella, supongo.
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PermalinkYo a ella no le creo tanta paz. Le cuenta el cuento a la niña y de paso se lo cuenta a sí misma, porque lo de las raíces que se siguen encontrando le sirve más a la que se queda que al que se va.
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PermalinkOnce minutos, a la hora de la comida. Sonó el timer justo cuando aparecen los alebrijes y lo dejé sonar.
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PermalinkTa, el árbol me hizo acordar de un matrimonio de la calle Uruguay que se separó hace años: él se fue a trabajar a Montevideo y ella quedó con la casa. Cada verano él vuelve, toman mate en la vereda debajo del paraíso del frente y se va otra vez. Nadie en la cuadra sabe qué son. Capaz que ellos tampoco, y el paraíso hace de testigo.
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PermalinkLos alebrijes que por una vez reciben cuidados me hacen pensar en ella misma: cuida a la niña, le regala el secreto del árbol, lo sostiene a él con una respuesta, y en todo el cuento nadie la cuida a ella. Apuesto a que él se fue pensando en eso mucho más que en el abrazo largo del final. Gracias por compartirlo!
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PermalinkXe, a mi nieta le pasa igual: si le hablas bajito y le cuentas algo que no existe, el llanto se le va en un minuto. Por eso me creí de principio a fin a la mujer del banco. ¿Ese árbol lo has visto en algún sitio de verdad?