Cuerpo temeroso al dolor,
cubierto de hidroplástico endurecido.
Tiempo elástico
como queso de hamburguesa:
un bloque pesado en lo trágico,
en lo práctico, en lo cotidiano.
Oasis ajenos.
Llegan perros ancianos
que conocen bien el camino recorrido
a beber en el estanque limpio.
Miran de reojo
y siguen su curso.
¿A quién no le gusta que lo dejen tranquilo?
Cera caliente cayendo en la lengua.
De todas maneras, la reacción no queda clara.
Ojalá empezara el principio.
Ojalá no se endureciera el hidroplástico.
En quince minutos se habrá multiplicado
el anhelo seco y fosilizado,
regado por el suelo.
Y el público se afeita el pelo púbico
para teñírselo de colores
y presumirlo a sus allegados.
Al siguiente momento importante de la especie,
esperarán algo totalmente opuesto.
El hidroplástico burbujea en la olla,
ansioso por formar una capa dura
sobre tu piel desnuda.
Si halas con fuerza para quitarlo,
se desprenderá con todo y carne;
si lo haces lento, dará igual:
quedarás pelado como una naranja,
te echarán sal
y vendrá el catequizador de turno
a darte presencia de ánimo
para pedir la mano de tu novia.
Luego un demonio tocará a tu puerta
a pedirte tus zapatos usados,
una mañana cualquiera,
mientras desayunas pensando en la jornada
como en una condena.
No tendrás tiempo.
Tu vecino tendrá café listo desde hace rato
e invitará al demonio a su cocina
para resguardarlo del invierno,
para no mandarlo tan rápido al infierno.
Pero en ese preciso momento dejas de ser tú:
entras a la cocina corriendo,
sales con la olla hirviente de hidroplástico
y abres la puerta de enfrente.
Les vacías la olla en la cabeza a ambos,
al vecino y al demonio.
A los dos.
Dejándolos perplejos,
adoloridos,
tirados en el suelo.