¿Por qué duele tanto esto que debería ser refugio?
si tu cuerpo me toca
pero tu alma no se queda.
Hay un instante
donde cierro los ojos
y quiero creer
que esta vez sí…
que me vas a mirar distinto,
que voy a existir en tus manos
un segundo más.
Pero no.
Todo es rápido,
exacto,
como si yo fuera un punto en una lista
que hay que tachar antes de dormir.
Y yo…
yo me quedo.
Con el calor a medias,
con la piel todavía esperando,
con palabras que nunca llegan
y se me acumulan en el pecho
como un nudo que no sé desatar.
Porque no es solo el cuerpo,
nunca fue solo eso.
Es la caricia que no diste,
el “me gustás” que no dijiste,
el abrazo que no llegó
cuando más lo necesitaba.
Es darme vuelta
y encontrar tu espalda,
como una puerta cerrada
justo cuando yo quería entrar.
Y entonces entiendo,
me explico,
te justifico…
me digo que estás cansado,
que la vida pesa,
que no te da más.
Pero…
¿y a mí?
¿Quién me abraza
cuando me rompo en silencio?
Aunque a veces…
en medio de ese cansancio,
cuando todo parece ya dicho
sin palabras,
buscás mi mano
y me das un beso.
Como si en ese gesto
viviera una respuesta
a tantos reclamos
que nunca supiste decir.
Y ahí me quedo…
entre la esperanza
y la duda,
porque alcanza para sentirte
pero no para quedarme en paz.
Porque yo te miro
como si todavía hubiera algo sagrado en nosotros,
te beso
como si no estuviera todo roto,
te adoro
aunque me duela.
Y lo más triste…
es que sigo eligiendo quedarme
en un lugar
donde después de amar
me siento más sola
que antes.