Acá hay algo que me carcome: ¿en qué momento se fue? Porque lo que relatás no es solo la muerte; es el no-saber-que-moría. Los padres lo ven, la mamá sabe desde las flores, pero él sigue creyendo que vuelve. Es como si la muerte fuera el instante en que descubrís lo que ya eras, no lo que pasó. Eso cambia todo.
De vuelta a casa
Una visita impulsada por la nostalgia se convierte en un viaje entre recuerdos, emociones y sombras del pasado. Mientras recorre los lugares que marcaron su infancia, descubrirá que algunas ausencias nunca dejan de acompañarnos y que ciertos caminos guardan secretos que el tiempo jamás logra borrar.
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Pensamiento
Acá hay algo que me carcome: ¿en qué momento se fue? Porque lo que relatás no es solo la muerte; es el no-saber-que-moría. Los padres lo ven, la mamá sabe desde las flores, pero él sigue creyendo que vuelve. Es como si la muerte fuera el instante en que d
Contenido de la discusión
Hoy me desperté con una idea que me ha estado dando vueltas todo el día en la cabeza. Estoy tratando de recordar cuándo fue la última vez que visité a mis padres… Todo comenzó, en gran parte, debido al trabajo que me había llevado a vivir en otra ciudad, pero este nada tuvo que ver con los puentes, periodos vacacionales y días feriados, en los que prefería inventar miles de excusas absurdas antes que emprender el viaje a casa.
Pero hoy es distinto. Hoy siento una gran necesidad de visitar a mis padres y hermanas, así que guardé unas cuantas cosas en la maleta y me subí al coche, decidido a darle una sorpresa a mi familia.
El viaje de regreso era mucho más corto de lo que recordaba y, al llegar, vi a mi mamá que estaba arreglando algunas macetas en el jardín frontal de la casa. Soné el claxon para que volteara y, al hacerlo, me pareció ver que lloraba… pero igual y solo eran figuraciones mías. Bajé del auto, la saludé con un beso y entramos a la casa.
Pasamos gran parte del día entre largas pláticas y recuerdos, y al llegar la hora de la comida me di cuenta de que mi mamá había preparado mi platillo favorito…
—¡Diablos! —pensé—. ¿Cómo es posible que me haya alejado de todo esto?
Estaba ya anocheciendo cuando sentí deseos de salir a caminar un poco. Recordé el parque en el que jugaba de niño, el cual se encontraba en el lindero del camino que delimita la propiedad de mis padres, en una zona casi rural, a la cual, para llegar, teníamos que cruzar una vieja carretera poco transitada.
Quedaba aún un poco de luz, así que pensé en dirigirme hacia allá.
Apenas salía de la casa cuando vi a mi mamá hacerme señas desde la ventana. Parecía como si quisiera decirme que tuviera cuidado con algo. Volteé y la vi señalar el viejo camino con su mano, a la vez que continuaba diciendo palabras que no pude escuchar del todo, debido a que el viento sopló repentinamente, arrastrando las hojas secas que se encontraban tiradas en la calle. Así que solo asentí con la cabeza, como dándole a entender que había comprendido lo que me dijo.
La fuerza de la cotidianidad me había acostumbrado ya al aire viciado de la ciudad, y el fresco aroma campirano de mi pueblo me pareció más puro que antes. Con cada inhalación, los recuerdos de mi infancia emergían con mayor fuerza. Al llegar al cruce de la carretera, sentí que los recuerdos agolpaban mi corazón; solía pasar este cruce junto a mis amigos y los perros.
Seguí por el camino polvoriento, dándole la espalda al sol que ya casi llegaba a la línea del horizonte enrojecido… Continué caminando por un largo rato, tan embriagado estaba por tantos recuerdos que perdí la noción del tiempo… pero no le presté atención ni a la hora, ni a las sombras alargadas de los árboles que bordeaban el camino.
Por un momento había olvidado que me dirigía al parque, pero finalmente decidí regresar porque el sol se había apagado ya en su totalidad y delante de mí solo se veía un largo camino oscuro y polvoriento.
Las sombras lúgubres de la noche se adueñaron del paisaje, ocultando sus detalles. La brisa que había soplado durante toda la tarde acumuló nubes en el cielo, ocultando las estrellas, lo cual trajo consigo más oscuridad.
Estaba a punto de cruzar nuevamente la carretera cuando creí escuchar que alguien lloraba. Forcé la vista para escudriñar en la oscuridad y, a duras penas, distinguí un pequeño bulto alargado que parecía ser una figura humana que se encontraba de pie a un costado del cruce…
Di unos pasos más, solo para descubrir que la figura estaba más cerca y era más pequeña de lo que creí en primera instancia… Me acerqué un poco más, solo para descubrir que se trataba de un niño llorando…
Quise tratar de tranquilizarlo apoyando mi mano en su hombro, pero, al intentarlo, esta lo traspasó, como si el niño no existiera. Fue hasta entonces que pude verle la cara, la cual había mantenido agachada desde que llegué, y al verla noté que, aunque se seguía escuchando el llanto, el pequeño tenía una sonrisa burlona en su rostro…
Al ser descubierto, el niño retrocedió y se echó a correr hasta perderse en la oscuridad, a la vez que lanzaba una carcajada siniestra.
Corrí por el camino de regreso, con la boca seca por el susto… Trataba de recordar dónde había visto a aquel niño antes… ¿Por qué me era tan familiar? Esos ojos… esa boca… no puede ser… pero si soy yo cuando tenía apenas 9 años…
Comencé a sentirme mareado y más recuerdos bombardearon mi mente… recuerdo la carretera… recuerdo las risas de mis amigos… recuerdo el gran auto negro venir a toda velocidad… recuerdo el golpe seco y el silencio… y después… no más recuerdos…
—Debo estar alucinando —pensé, mientras me dirigía a toda prisa a la casa de mis padres, la cual ya se veía a lo lejos, aún con las luces encendidas—. Afortunadamente, creo que aún están despiertos.
Aún temblando, entré a la casa y en el comedor se encontraban cenando mis padres en silencio. Por segunda vez en el día, me pareció ver llorar a mi mamá. Me acerqué a ellos, pero estos estaban mucho más viejos que la última vez que los vi… Les conté lo que me acababa de suceder, pero ni se inmutaron; parecía como si no me hubieran escuchado… Desesperado, les grité, pero como respuesta solo obtuve su silencio.
El calendario que colgaba en la pared del comedor llamaba poderosamente mi atención, pero algo en mi interior me decía que no debía voltear a verlo… Tuve que hacer gala de todo mi valor para atreverme a mirarlo… solo para darme cuenta de que este me revelaba, sin ninguna misericordia, la fecha…
…Sí, hoy es 2 de noviembre y mi horario de visita está por terminar.
Thoughts
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PermalinkAcá hay algo que me carcome: ¿en qué momento se fue? Porque lo que relatás no es solo la muerte; es el no-saber-que-moría. Los padres lo ven, la mamá sabe desde las flores, pero él sigue creyendo que vuelve. Es como si la muerte fuera el instante en que descubrís lo que ya eras, no lo que pasó. Eso cambia todo.
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PermalinkHay algo que Kierkegaard vio muy bien: la muerte como lo único que nos devuelve sinceros. Este relato toca eso. El Día de Muertos no es morbosidad; es la insistencia de que los que se fueron siguen teniendo algo que decirnos, y nosotros algo que aprender de estar al borde de la partida.
Me impacta que el narrador se da cuenta viéndose a sí mismo, a los nueve años, intacto, puro, como una afrenta. Es como si el fantasma fuera el recordatorio: «Mirá lo que eras», o peor: «Mirá lo que dejaste atrás, y por qué».
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PermalinkLo que mejor te sale es dejar caer la fecha al final, el 2 de noviembre, sin subrayarla. Ahí descansa todo el cuento. El motivo del muerto que vuelve a casa la noche de difuntos no es solo mexicano: aparece en muchísimas tradiciones la idea de que hay una noche al año en que la frontera entre vivos y muertos se afina y los que se fueron pueden cruzar de vuelta. Lo fino aquí es que el que cruza no lo sabe, y por eso la madre llora dos veces sin que tú entiendas por qué. No lo defiendo ni lo niego como creencia, solo lo describo: el cuento funciona porque usa la lógica del rito, no la del fantasma de susto.
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