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De las chicas finales (07)

CharlieMarian
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7.-

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Pensamiento

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TintaYMadrugada

Que no llamen a la policía es lo más feo de todo el capítulo. Gael muerto en el asiento de atrás, dos dedos menos, y Victoria repitiendo que hay que bañarse y dormir. Ahí se ve que ella ya sabe cómo termina esto porque no es la primera vez, con Alfredo o

Que no llamen a la policía es lo más feo de todo el capítulo. Gael muerto en el asiento de atrás, dos dedos menos, y Victoria repitiendo que hay que bañarse y dormir. Ahí se ve que ella ya sabe cómo termina esto porque no es la primera vez, con Alfredo o con quien fuera. Apuesto a que la ocho abre con Fátima decidiendo si se queda o se va.

Contenido de la publicación

7.-

Fátima S. Barrera García:

 

Cuatro puntos que esta historia ha de tocar para abarcar toda su totalidad:

1.-La invitación

2.-Sorpresa de media noche

3.-La mutilación

4.-Conclusiones

Para efectos prácticos, voy a guiar el siguiente documento bajo esos títulos y detallaré lo mejor que pueda el acontecimiento. Ningún nombre ha sido cambiado.

[Trigger Warnings: Violencia, violencia con armas, uso de drogas, alcohol y tabaco, sexo, mutilación, blasfemias, muerte]

 

 

1.-La Invitación:

Desde que conocí a Vico supe que no había otra persona en el mundo para mí. Y mira que nunca me había pasado algo similar a eso que llaman “amor a primera vista” porque lo cierto es que no fue amor lo que sentí sino un poco de aprensión y quizás hasta enojo. Vico me enojaba. A veces la veía caminar por la facultad –aunque ella no estuviera estudiando lo mismo que yo-, la veía con sus amigos o la escuchaba hablar y me irritaba. No sabía por qué. En mi mente racional que le busca lógica a todo pensaba que era algún tipo de misoginia interiorizada porque Vico era hermosa, popular e inteligente y ninguna mujer podía cumplir con todo eso sin que me resultara incómodo. Entonces, viendo que lo que sentía estaba mal –porque claramente Vico jamás me había ofendido ni nada-, decidí acercarme para conocerla un poco, para quitarme esa idea de perfección, para asegurarme de que era una buena persona que no se merecía mi desprecio.

Pasaron dos cosas interesantes: Conocí a Vico y descubrí que era incluso más perfecta de lo que podía ver desde la distancia y entendí que mi irritación no era por una razón condicionada por la misoginia de nuestra crianza sino porque secretamente la deseaba. Así es, así, siendo su amiga por tres semanas, descubrí que lo que me repelía era exactamente una atracción desbordante que yacía en mi inconsciente. Mi cuerpo reaccionaba con tensión ante su presencia y mi cerebro lo interpretaba como signo de peligro, de desconfianza, era lógico creer que era enojo y no atracción romántica.

Vico es pansexual (igual que yo). Cuando la conocí ella tenía un novio con el que llevaba relativamente poco, apenas unos meses, tan guapo como ella y de economía acomodada, pero después de una fiesta de la facultad en la que ella y yo bebimos mucho, hablamos mucho más y nos despedimos de un suave beso en los labios, inocente, casi que accidental, ella lo dejó por mí. Literalmente esa noche fue a su casa, le escribió un mensaje a Alfredo y lo mandó al diablo. A la mañana siguiente me escribió para invitarme a desayunar y una vez que nos sentamos en la mesa del restaurant me dijo que le gustaba mucho y que quería salir conmigo.

Desde entonces Vico y yo hemos sido inseparables. Descubrimos que éramos compatibles en los aspectos importantes, como la comunicación, los compromisos y el sexo (¡Dios, el sexo era buenísimo!), y en los aspectos mínimos éramos diferentes, lo que nos ayudaba a ganar un nuevo punto de vista, a tener conversaciones interesantes y nunca aburrirnos.

Vico y yo estuvimos juntas alrededor de dos años y medio, la etapa perfecta de la luna de miel. Lo que sucedió -¿Acaso nuestra primera pelea seria?- fue que ella conocía todo de mí: Conocía mi casa, conocía a mis amigos y conocía a mi familia. Se llevaba bien con mis padres y hasta tenía mejor relación con mi hermana mayor que yo. Pero yo no sabía nada de ella, lo poco que sabía eran cosas tan circunstanciales que a veces me daba la impresión de que estaba durmiendo con una extraña.

Sabía que vivía en un departamento en una de las zonas más acomodadas de la ciudad, que vivía sola porque su familia era originaria del norte. Sabía que era adinerada pero no sabía a qué se dedicaban sus papás ni de dónde venía la fortuna. Sabía que tenía hermanos pero no sabía cuántos ni cómo se llamaban. Lo más íntimo que sabía de ella era cómo arqueaba la espalda cuando se venía y que la señora de la limpieza de su casa era una mujer llamada Ceci. Eso era todo.

Al principio no me molestó, de hecho creí que era una situación que respondía más a la necesidad de privacidad de Vico –porque aunque todo lo publicaba en Instagram su cuenta tenía candado, no cualquiera tenía el acceso a sus fotos-, pero conforme pasó el tiempo yo empecé a sentirme incómoda por la clara desventaja. Ella sabía todo de mí, hasta tenía el número de mis papás y de mi hermana en su teléfono, ¿Por qué yo no sabía ni cómo se llamaban sus hermanos?

    -¿Qué cambiaría para ti?- me preguntó una noche en que estábamos en su casa, en su cama. Me acababa de hacer el oral más fantástico del mundo y la cabeza todavía me daba vueltas cuando nos detuvimos a descansar un poco.

Estábamos teniendo una conversación honesta y directa sobre la situación de yo no saber nada de ella cuando a ella le entraron las ganas de coger. Y a mí también, la verdad siempre tenía ganas de coger con ella.

    -P-pues…-

    -Quiero decir, ¿La visión que tienes de mí cambiaría si supieras todo eso?-

    -Sí, claro-

Ella levantó una perfectamente definida ceja.

    -¿Por qué?-

    -Bueno, porque así conoceré facetas tuyas que no están tan al alcance mío…-

Vico hizo un gesto extraño, como de preocupación y angustia y luego suspiró. Se acostó a un lado mío, se giró y puso una mano en mi seno izquierdo, acariciándolo con suavidad. Se me puso la piel de gallina.

    -Mi mamá se llama Eleonora, le decimos nona de cariño. Mi papá se llama Armando, a él le decimos padre. Tengo cuatro hermanos: El mayor es Joaquín, luego le sigue Silvana, después Carlos, luego yo y el más chico es Gael-

    -¿De qué trabajan tus papás?-

Vico dejó de tocarme pero se puso encima de mí y mordisqueó mi pezón derecho.

    -Son dueños-

    -¿Dueños?- contesté con un jadeo. Ella asintió, dirigió su atención hacia el otro pezón.

    -Ser dueños no es un trabajo-le dije.

    -No tienen trabajo, entonces. Sólo son dueños de varias empresas, una es de inmobiliaria, construyen y venden casas, la otra es un viñedo, cosechan y venden vino, y la última es una fábrica textil que tiene cede en el norte pero sus clientes son gringos. Eran las empresas de mis abuelos, pero casi estoy segura que no eran de ellos sino de sus abuelos, o sea que…-

    -O sea que son de old money-

    -Sí-

Con una mano levanté su cara para verla a los ojos, sus ojos azules resplandecían con deseo.

    -¿Por qué no me lo dijiste antes?-

    -No lo creí importante-

    -¿No consideras a tu familia importante?-

    -¿Sabes? Lo cierto es que en el pasado ha habido gente que se me acercó por esa situación, porque deseaban dinero o trabajo o algo así, y no hay tanto problema si la gente es honesta con eso pero casi nadie nunca dice la verdad, entonces… y bueno, esto no lo digo por ti, pero poco antes de conocerte, es más cuando conocí a mi ex, a Alfredo, ya me había prometido a mí misma que la situación de mi familia sería lo más privada y oculta posible-

   -Ya veo, ¿Y por qué ahora decidiste decirme? ¿Es porque te insistí mucho? perdón-

    -No, no, está bien… Es que… mi abuela hará una cena de navidad y quiere… Bueno, dijo que podíamos invitar a nuestras parejas… Es que Joaquín y Silvana ya están casados, Carlos está comprometido, no sé si Gael tenga pareja… entonces…-

    -¿Estás invitándome a la cena de navidad con tu familia?- me incorporé. Ella retrocedió y se puso de rodillas, tímida.

    -Si quieres ir, sí… Aunque preferiría que no fueras-

    -¿Por qué no? ¿Te da miedo que tu familia no me apruebe por ser pobre?-

    -Porque mi familia es norteña y rica, por lo tanto es desagradable. No recomendaría una cena con ellos, por salud mental-

    -¿Pero te haría feliz que te acompañara?-

    -S-supongo-

    -Entonces está decidido- le dije, besándola en los labios y luego poniéndome encima de ella, con cuidado levanté una de sus piernas para acomodarla en mi hombro y yo me acomodé ahí en su centro. Ella tembló, perdía la cabeza cuando yo me ponía sobre ella.

    -Pero primero, un rapidín-

 

2.-Sorpresa de media noche:

Vico no estaba muy convencida de que mi asistencia fuera buena idea. Estuvo haciéndome varias preguntas unos días antes de irnos, también me soltó algunas miradas incómodas mientras veía lo que guardaba en mi maleta; el plan era sencillo: Tomaríamos un avión directo, en la madrugada, para llegar temprano a la ciudad. De ahí rentaríamos un auto para llegar hasta la finca de su familia, que según Vico estaba perdida entre unos cerros olvidados por Dios. En total el viaje nos duraría cerca de nueve horas, cinco en avión y cuatro en auto, pero ni siquiera la posibilidad de pasar mareada todo ese tiempo me quitó las ganas de ir.

Vico dijo:

   -No te sientas obligada, Fátima. De verdad. Sé que puede ser pesado, por eso yo sólo lo hago una o dos veces al año-

    -No me siento obligada, de verdad tengo ganas de conocer a tu familia-

Vico suspiró, visiblemente angustiada. Luego yo dije:

    -¿Debería esconderme los mechones teñidos de cabello? Podría pintármelo todo… ¿Debería quitarme también el piercing de la nariz…? ¡Y los tatuajes! Casi no se me notan con las medias, ¿Pero igual crees que debería usar pantalón?-

Los ojos grandes y claros de Vico brillaron, sé que no estaba muy contenta. Sacudió la cabeza levemente y dijo, segura:

    -No, no escondas nada de ti, ¿Cuál sería el chiste de ir si no te van a conocer realmente?-

 

El vuelo fue un poco pesado, nunca había tomado uno en la madrugada, de hecho sólo había tomado otros dos vueltos antes pero siempre a distancias más cortas, nunca había pasado cinco horas dentro de un avión. Vico tenía más experiencia por lo que se quedó dormida con facilidad pero yo no, yo estuve rumiando mis pensamientos hasta que sentí la imperiosa necesidad de abrir la puerta y saltar del avión.

Era evidente que Vico se sentía incómoda ante la idea de presentarme con su familia aunque ella no lo dijera, lo que no terminaba de entender era por qué: ¿Se debía a que su familia era homofóbica?... ya me había dicho que Joaquín era gay y estaba casado con un hombre. ¿Se debía a mi apariencia lejana de la alta sociedad…? Era cierto, no era blanca ni europea-mente guapa, además de mi cabello teñido de rosa, mi piercing en la nariz y en la oreja derecha, y mis tatuajes de flores en el muslo izquierdo y la cadera. No era de dinero y mi apellido no tenía ningún valor, no tenía modales ni era nunca la persona más leída de la habitación, sólo era yo, normalita, promedio, del vulgo, y mi enorme e inagotable amor por Ana Victoria Boneta. ¿Eso bastaría para que su familia me aceptara? ¿Yo buscaba esa aceptación? Lo cierto es que mi principal motivación era saciar mi curiosidad y emparejarnos en cuestión de intimidad familiar: Ella ya había pasado comidas, cenas y fiestas con mi familia, yo ni siquiera tenía las redes sociales de sus hermanos. También me interesaba ahondar mi relación con ella y presentarme ante su familia se sentía nuestro noviazgo más “oficial”. ¿Pensábamos en casarnos? Nunca lo habíamos discutido abiertamente, sabía que Vico ya había estado comprometida antes, casi al final de su adolescencia cuando tenía un novio que era hijo de un amigo de la familia. Ambos clanes buscaban la inversión en lo que esa unión supondría pero Vico rompió con el compromiso cuando él le fue infiel. Ella decía que no era que creyera que un papel tuviera un valor más allá de lo legal, que si se llegaba a casar sería por mero trámite, para protegerse de una mala inversión o algo así. Por mi parte yo sí quería casarme pero no en ese momento, quería alcanzar cierta estabilidad económica que con mi precario trabajo veía difícil de lograr. No me quería casar con Vico sabiendo la disparidad de dinero que teníamos, no porque tuviera miedo de que ella no me fuera a apoyar, porque lo hacía y mucho, sino porque precisamente ella se tomaría ese papel de “proveedora” a tal punto que me incomodaría porque si algo me habían enseñado mis padres era a nunca depender de nadie. No quería depender ni de la persona que más amaba en el mundo.

Los primeros rayos de la mañana se colaron por las ventanas y el avión comenzó a descender. El estómago se me hundió hasta el trasero por el aterrizaje pero también por los nervios. ¿Había hecho bien en insistir conocer a la familia de mi novia?

 

Vico se movió por el aeropuerto con sobrada destreza, se dirigió hacia un mostrador de atención al cliente y pidió rentar un auto pequeño y de modelo reciente. Esperamos cerca de cuarenta minutos en lo que llegaba y mientras tanto aprovechamos para desayunar algo del restaurante más higiénico –y por lo tanto más caro- que había ahí.

Un Volkswagen jetta del dos mil veintitrés en color rojo brillante nos abrió sus puertas. Mientras Vico firmaba el formulario y pagaba, yo guardé las maletas en la cajuela. Le entregaron las llaves y entramos al auto, ella en el asiento del piloto. Mientras revisaba la gasolina, las luces y los frenos, dijo:

     -Puedes tomar una siesta por mientras, el camino es básicamente carretera-

La miré, curiosa. Vico esbozó una gran sonrisa:

    -Tienes cara de que no dormiste nada-

    -Lo intentaré-

 

Ya estaba acostumbrada al manejo de Vico: No era una conductora muy hábil, siempre estaba presionando el claxon y gritándoles majaderías a las personas. Ella se guiaba por el reglamento estricto, eso significaba que no daba el paso ni al peatón más necesitado. Su excusa era “a veces ser amable tiene como costo un accidente, lo mejor será seguir las reglas, que para eso están”. Pero eso era en la ciudad, donde todo el mundo conducía con el culo, los semáforos a veces no servían y las calles estaban hechas un asco.

La carretera era diferente: Ni tráfico, ni conductores imprudentes, ni semáforos mal programados, ni vendedores ambulantes o ciclistas en contra sentido. Sólo un espacio ancho de concreto que separaba lo rural de lo citadino y aunque en alguna parte del camino sólo eran curvas, ni siquiera las sentí por lo suave del manejo de mi novia. No pude dormirme pero sí descansé un poco más, recargada en el asiento, mirando por la ventana sin hablar.

De repente Vico modificaba la calefacción –al entrar a la carretera la temperatura descendió bruscamente, seguramente por la zona montañosa donde estábamos-, a veces le cambiaba a la música que tenía a volumen ambiente, a veces chasqueaba la boca, disgustada por algún pensamiento suyo.

Me puso de los nervios que en todo el camino no me diera ninguna indicación sobre cómo tratar a su familia, por eso cuando ella tomó aire, asustada y anunció: “Ya llegamos”, mi corazón saltó hasta mi garganta.

Ante nosotras se extendía lo que era la entrada de una gran finca, rodeada de un espeso y precioso bosque, bien recortado y cuidado, al menos las partes inmediatas. Por encima del enrejado se leía Familia Boneta en un estilo cursiva y pasado de moda. Vico no apagó el auto pero se bajó de él, caminó hasta uno de los pilares de ladrillo rojo y ahí, en una pantalla táctil, tecleó algo. En cosa de segundos un ruido estridente sonó de quién sabe dónde y las rejas se abrieron en automático. Vico volvió al auto y cuando cerró la puerta dijo:

    -En navidad les dan vacaciones a los trabajadores, por eso tuve que bajarme para abrir-

    -Qué elegante-

Al entrar todavía había bastantes metros entre la entrada y la casona, y conforme nos fuimos acercando la casa se volvía más bien una mansión. Le calculé al menos cinco pisos. Parecía un castillo, un castillo convertido en hotel: Su fachada era de estilo barroco, y todos los demás adornos daban la impresión de que era una propiedad que se había quedado congelada en el tiempo.

    -¿Aquí vive tu abuela?-

    -Es la holiday house, en realidad-

Había un estacionamiento para siete autos a un costado izquierdo de la entrada; ya había otros cinco carros, todos hermosos y de modelos recientes, estacionados. Cuando bajé del auto y pisé la tierra fresca y firme, sentí un cambio de atmósfera: Podría ser por la altura de donde estábamos, nunca había estado tan al norte del país y en medio de la sierra. Podría ser por el clima, en invierno el frío hace que todo se sienta más opresivo. Podrían ser mis nervios.

    -Creo que somos las últimas en llegar- dijo ella con un hilo de voz, abriendo la cajuela.

    -¿Por qué lo dices?-

    -Ahí está la camioneta de mis papás, el carro plateado es el de Joaquín y Marco, el amarillo deportivo es de Gael, la camioneta negra es de Silvana y Estefan, el beetle verde es de Carlos, me pregunto si trajo a su prometida, Raquel-

    -Qué nervios, toda la familia está reunida-

Vico me puso una mano en la muñeca, tenía la piel friísima y su cara, normalmente pálida, se veía sonrojada por el frío, seca. Con una voz queda y grave dijo:

     -¿Estás segura de que quieres hacer esto? Todavía podemos cambiar de opinión y volver, podríamos ir a un inn y pasar navidad ahí, ¿Eh? De verdad que no tengo problema-

Tomé el rostro de Vico entre las manos y la besé con ternura. Cuando nos despegamos, ella tenía los ojos azules gélidos.

    -Estoy segura. De verdad quiero conocer a tu familia…-

 

Y su familia resultó ser exactamente como lo imaginé. Su casa, sin embargo, no. Era incluso más maravillosa por dentro pero el estilo tan antiguo hacía que todo por dentro se sintiera oscuro y cerrado. Había un montón de ventanas que daban hacia la fachada de la entrada pero las cortinas eran altas y gruesas, bien conservadas. El suelo era de madera fina, oscura y suave. Incluso con mis rústicas botas altas de suela de goma podía sentir la fineza del piso; seguramente era más caro que el departamento de mis padres.

El vestíbulo se abría con unas enormes escaleras en forma de arco, también de madera y adornos cuidadosamente tallados.

     -¿Deberíamos…?- empecé a hablar cuando Vico revisó su reloj de muñeca y dijo:

    -Es pasado el medio día, deberían estar en la sala del té…-

Dejé caer la maleta con quizás un poco  más de fuerza de la necesaria porque hizo un sonido agudo, como un rayón. Vico me volteó a ver con cara de pánico porque detrás de mí se oyó una voz grave.

    -Victoria, pensé que no vendrías-

Me giré y vi que había un hombre alto, de figura delgada y estilizada, nariz recta y bigote canoso, bien recortado, abundante. Olía a tabaco y loción. Sus ojos cafés no me miraron aunque yo era la más cercana a él, era como si yo no existiera. Vico hizo un gesto serio.

    -Señor Duarte, hola-

    -Pero cómo que señor Duarte, Victoria. Ya sabes que puedes decirme Manuel-

    -Prefiero señor Duarte… ¿Está mi familia en la sala del té?-

    -Están en el hibernadero del tercer patio, tu abuela les está enseñando las flores que ha cultivado a tus hermanos…-

     -Bien, entonces en un momento…-

Estornudé como quién no quiere arruinar el buen momento, aunque a juzgar por la tensión en sus voces no estaba segura de que fuera un buen momento. Señor Duarte, no lo conocía, ella no me habló de nadie que se llamara así… ¿Podría ser un empleado?

     -¿Y quién es ésta joven…?-empezó a hablar el señor pero Victoria lo interrumpió:

    -Se llama Fátima. Es mi novia. Como sea, nos iremos a instalar en nuestra habitación…-

    -Habitaciones-dijo el señor Duarte- Tu abuela me ha pedido que les ayude a instalarse, me dijo que les diera las habitaciones del penúltimo piso…-

    -Yo siempre me quedo en la del segundo piso, la grande- dijo Victoria, terca.

    -Ya pero tu abuela creyó que sería mejor si por este año tu hermana Silvana y Estefan se quedaran en ese cuarto porque está embara…-

    -Ya, bueno, ven Fátima, vamos al cuarto piso-

    -Pero déjame ayudarte, Victoria, que no está bien que dos jovencitas carguen tanto peso por tantas escaleras… Será malo para las figuras-me guiñó un ojo el señor Duarte y yo me estremecí porque se sintió malicioso, como burla. ¿Me estaría llamando gorda? ¿Musculosa?

    -Nosotras podemos, gracias señor-

    -Victo…-

    -Ven, Fátima, vamos-

Vico tomó su maleta y yo la mía y la seguí, no sin antes despedirme de ese señor raro:

    -Mucho gusto-

    -Sí, igualmente-

La enorme casa nomás se extendía por todos lados, creo que era por dentro más amplia de lo que se veía por fuera, si es que eso tenía sentido. Debía ser algún efecto visual por las paredes pintadas color hueso, los retratos, los focos de arañas, las ventanas con las cortinas, los floreros –había muchas flores y todo olía muy a bosque mágico- pero incluso cuando todo se sentía mágico –y elegante-, esa conversación entre mi novia y ese señor fue extraña, incómoda.

Cuando llegamos al tercer piso, Vico se asomó sin nada de discreción por el barandal y una vez que se aseguró de que no hubiera nadie abajo me miró:

    -Ése señor no es de mi familia, es un empleado de mi abuela, el contador, pero mis hermanos y yo creemos que sólo está de pegote porque quiere algo de la fortuna… es como el único “amigo” de la abuela, es que ella no sale mucho, es muy…-

    -¿Hogareña?-

    -Huraña. Todavía no entiendo por qué nos mandaron hasta el penúltimo piso y en habitaciones separadas. Literalmente homofobia-

     -Pero a tu hermano y a su marido nunca les han hecho el feo, ¿No?-

    -Es cierto, entonces es lesbofobia-

 

El cuarto de Vico y el mío estaban uno frente al otro, y en el cuarto piso sólo estaban ésos, una bodega, un salón con muebles cubiertos por ligeras telas blancas, y una oficina que nadie nunca usaba.

Mi cuarto era enorme, casi del tamaño del departamento de mis padres aunque realmente no tuviera tantas cosas: Una cama tamaño King size, una enorme ventana que daba hacia el patio trasero, -con sus gruesas cortinas, por supuesto-, un clóset enorme que estaba empotrado en la pared, desde el techo y hasta el suelo, de caoba. Un tocador con un espejo pulcro, un escritorio pequeño y una silla de rueditas, que era relativamente lo más moderno de ahí. Además de que había un baño completo por el costado derecho: Lavamanos, espejo, taza y bañera.

    -Diablos, te tocó el de la bañera-dijo Vico, asomándose con una gran sonrisa. Yo apenas había dejado mi maleta en la cama y estaba viendo todo con mucho detalle, asombrada por la opulencia.

    -¿Tú qué tienes?-

    -Regadera moderna-

Ella sí había aprovechado el momento: Ya no usaba sus jeans desgastados y suéter rojo, ahora usaba un vestido púrpura, estrecho pero casual, unas medias negras y unos botines. Además su cabello rojizo oscuro se lo había cepillado, y usaba maquillaje.

    -¿Debería usar mi ropa elegante ya?-

     -Sólo si quieres, si prefieres tomar un baño más tarde podrías bajar así-

    -Pero si todos están así igual de formales que tú, ¿No me veré rara llegar con pantalón de mezclilla?-

    -Te ves muy bonita. Siempre te ves muy bonita-

 

Pero su familia no creyó que me veía bonita.

Decidí cambiarme sólo los zapatos por unos tacones negros de terciopelo que me había regalado mi hermana mayor hacía dos cumpleaños. Eran carísimos y hermosos y por eso los usaba una o dos veces al año, y aquella ocasión parecía merecer su uso.

Cuando bajamos al primer piso y nos encaminamos hacia la entrada del tercer patio nos encontramos a su familia que ya volvía a la casa.

Eran justamente tal cuál los imaginé: Hermosos, adinerados y alzados.

Quién me llamó la atención primero fue su abuela, que era una mujer alta, imponente y de un cabello blanco que no sabía si eran canas o si era teñido a propósito. Tenía una mirada entrecerrada, como si le costara trabajo ver. Sus rasgos eran angulosos y elegantes pero al mismo tiempo parecía tener cara de asco, como si estuviera oliendo popó. Usaba un vestido negro con un chal color vino y unos zapatos de piso.

Los padres de Vico, por el contrario, no se parecían a ella: Vico era hermosa y aunque sus padres compartían rasgos (blancos, pecosos, pelirrojos y altos), ellos no eran tan guapos, casi diría que eran feos. No sé cómo sus rasgos eran hasta desproporcionados, extraños, ¿Quizás era la luz?

Noté también la panza redonda e hinchada de quién asumí que sería Silvana, que se parecía bastante a Vico sólo que con el cabello teñido de un rubio cenizo con destellos castaños. Pese a su estado de embarazada usaba un vestido ajustado y un blazer y tacones. Su esposo, Estefan, era también paliducho, desgarbado y de una nariz larga, puntiaguda. Sus ojos eran verdes oscuros y su cabello negro comenzaba a escasearle de la coronilla.

    -¡Ah, Tori!- la llamó un hombre, el más alto de entre todos, supuse que era Joaquín- Ella debe ser tu novia-

Pero no era Joaquín. Era Gael, el más joven. Tenía unos hombros anchos y poderosas piernas, intimidaba tanto como la abuela aunque por razones diferentes: Parecía capaz de romperte el cuello con una cachetada. Tenía una mirada amable y su voz era bastante aguda para su apariencia tan varonil.

Se acercó para abrazar a mi novia y luego me ofreció la mano: Yo le di un apretón.

Escuché que detrás de él algunos murmuraron, horrorizados, “¿Novia?”.

    -Sí, familia- dijo Vico, encarándolos a todos- Ella es Fátima, es mi novia-

    -Mucho gusto- yo hice una reverencia muy obvia, llena de nervios.

Nadie dijo nada, los ojos claros de todos los Boneta se clavaron en mí: En mi cara, en mi ropa, en mi cuerpo.

      -Vamos por un té para presentarnos como es debido- dijo la abuela. No fue una pregunta ni una sugerencia, sino una orden. Lo supe por cómo todos reaccionaron: Nadie se opuso, ni ofreció otra posibilidad. Casi que en fila, a paso redoblado, todos los Boneta caminaron detrás de la matriarca y nos dirigimos en silencio hasta la segunda sala de ese lado de la casa, un enorme salón con ventanales que daban hacia el patio trasero. Había un par de sillones elegantes, clásicos, bien conservados. Un enorme librero, una chimenea, un piano de cola, carísimo y un par de mesas para juegos como el ping pong y el billar.

La abuela se sentó en el único sillón que era individual y cuando así lo hizo comenzó a hablar, aunque el resto todavía no nos hubiéramos acomodado.

    -Victoria, ve por la tetera. Seguramente Manuel ya estará terminando de preparar el té-

Mi novia hizo un gesto de pánico y me tocó la mano para acompañarla, y eso iba a hacer hasta que la anciana dijo:

    -Pero tú quédate, niña. Victoria puede sola-

Vico apretó los labios y me miró con algo que no pude identificar en sus ojos. ¿Era miedo, angustia, ansiedad? ¿Emoción?

Desapareció su silueta y luego se dejaron de oír sus pasos. Noté que debido a la excelente calidad del piso el taconeo era bastante perceptible, incluso aunque fuera sólo por la vibración.

Miré hacia todos lados: El nivel de opulencia era incómodo. Tenía miedo de destruir algo porque sabía que no podría pagarlo ni aunque trabajara toda mi vida. ¿Cómo sería crecer entre estos lujos? ¿Te afectaría la percepción de la vida, del mundo? Yo creo que sí, por eso tantos ricos estaban tan desubicados.

     -Dime tu nombre, niña- me exigió la doña, mirándome con mala cara.

     -Eh, Fátima Susana Barrera, señora-

     -Barrera… ¿Barrera de los Solís?-

    -No, Barrera García-

    -Barrera García… ¿Es tu papá el secretario José Hugo Barrera?-

    -No, señora, mi papá es comerciante. Tiene un local de zapatos-

    -No me suena a ninguna tienda que conozca. ¿Qué hace tu mamá?-

    -Es enfermera-

Su rostro hostil se volvió una mueca de desagrado al darse cuenta de que no estaba hablando con alguien de la alta sociedad, sino con una mortal más.

    -¿Y tú a qué te dedicas?- preguntó Gael, con tono ligero, como para desviar un poco la atención que todos teníamos puesta en los gestos de aquella mujer.

    -Ah, eh, bueno mi licenciatura es psicología clínica, pero estoy trabajando en una empresa de call center como psicóloga organizacional, en recursos humanos, básicamente…-empecé a explicar cuando de repente la anciana me interrumpió:

    -¿Y de dónde eres, niña?-

    -Eh, de la ciudad capital, señora- contesté, mirándola con amabilidad- De hecho Vico y yo nos conocimos en la universidad, por amigos en común…-

    -¿Y piensas casarte con ella? ¿Tienes ahorros? Porque siempre les sugiero a mis nietos que hagan contratos prenupciales antes de…-

    -Dios mío, abuela…-le contestó Vico con la bandeja de plata alargada en ambas manos, junto a ella venía el señor Duarte con más tazas, pastelillos, mermeladas y teteras.

    -No blasfemes, sólo estoy preguntándole lo obvio- dijo la anciana, enchuecando la boca.

Vico dejó la bandeja en la mesa del centro.

    -Uy, qué rico, de zarzamora- dijo Silvana, estirando la mano para tomar un panecillo.

    -Deberías moderar tu consumo de azúcar, Silvana. Estás embarazada y todo pero eso no te da pase de engordar- le dijo la mujer.

Silvana pasó del pálido amarillento al pálido rojizo, por la vergüenza. Estefan le murmuró:

    -Quizás si te comes la mitad…-

    -No, no, mi abuela tiene razón-

   -¿Tienen mucho de ser novias?- preguntó su madre, la madre de Vico, a Vico, pero mirándome a mí.

Abrí la boca para contestar pero mientras Vico servía una taza de té y se la ofrecía a su abuela dijo:

    -¿Es esto un interrogatorio? No veo al tío Jorge por ningún lado-

    -Victoria, el sarcasmo no es de señoritas. Es para tontas-la reprendió su abuela. Vico, que le daba la espalda mientras le ofrecía la taza a su hermano Joaquín –que era alto pero no tanto como Gael, de barba bien recortada y penetrante mirada azul oscuro-, puso los ojos en blanco.

    -Contesta, niña- me dijo la anciana. Yo asentí, nerviosa.

    -Eh, sí- busqué con la mirada a “mi suegra” (Qué extraño era pensarla así, a aquella persona que no conocía de nada)-Nos conocimos hace casi tres años, y hemos sido novias desde hace dos y medio…-

Vico hizo ruido con la cuchara agitándola en la taza antes de pasársela a Marco, el esposo de Joaquín, que además de mí era el único otro integrante de esa reunión con la piel morena, aunque sus rasgos eran más bien mediterráneos.

    -¡Dos años y medio! ¿Y por qué has tardado tanto en traerla a casa, Victoria?- preguntó la anciana.

Vico se lamió los labios, le preguntó a Silvana cómo quería su té pero ella contestó que no quería, que gracias. Luego le preguntó a Estefan y él preguntó si no había café, Vico miró a Manuel que durante todo ese tiempo él se quedó ahí parado como un inútil. El hombre, captando la indirecta, asintió:

    -Ahora mismo prepararé café- y salió del salón con prisa.

    -Te estoy preguntando algo, Victoria, contesta-le ordenó su abuela.

Vico se giró para verla con una gran sonrisa burlona:

    -Porque no me gustó lo que le hicieron a la última pareja que traje, abuela. Por eso-

    -¿Qué le hicimos a tu última pareja? Ni siquiera lo recuerdo…-

    -Fue David, ¿No?- preguntó Gael, antes de meterse medio pastelillo a la boca.

    -No, fue Mateo- dijo Silvana, asintiendo con seguridad.

    -No, fue Paloma…- dijo Estefan, mirando con curiosidad a Vico.

    -Alfredo- dijo Vico, exasperada- No fueron muy amables con él, ¿Te acuerdas, abuela?-

    -La verdad es que no me acuerdo, Victoria-

    -¿Quieres que te lo recuerde?-

   -Victoria- la llamó su madre, mi novia se giró para verla, molesta- Basta ya- le dijo con la voz tensa y el rostro inescrutable.

Victoria se mordió las mejillas por dentro y exhaló. Continuó sirviendo el té, ni siquiera me preguntó cómo lo quería: Ya sabía cómo me gustaba. Dos de azúcar, sin crema.

    -Como sea. Fátima y yo hemos querido tomar las cosas con calma porque somos jóvenes y todavía hay mucho por hacer… Laboralmente y todo eso. Estoy pensando en meterme a una maestría-

    -Eso me gusta, Victoria. Tienes que estudiar todo lo que puedas mientras puedas. Haz dos doctorados, como tu hermano- dijo la anciana.

La conversación entonces se volcó hacia Gael, que él ni siquiera tenía terminada la carrera porque cada cinco o seis meses se cambiaba de carrera: Ya iba por la tercera especialidad. Mientras que Silvana, Carlos –que era silencioso y equis, el ser más aburrido del planeta- y Joaquín coleccionaban títulos a montones.

Pensé que como era la primera conversación que tenían conmigo, era normal que tuvieran curiosidad y me hicieran tantas preguntas, algunas hasta poco discretas. Yo también, de haberme dado la misma confianza, les habría preguntado hasta el signo zodiacal, pero con el pasar del tiempo y mientras su atención se iba lejos de mí, Vico se relajó a mi lado.

Ingenuamente creí que su curiosidad se había disipado y que para el momento de la cena cada quién estaría en su onda, quizás hasta harían el esfuerzo de integrarme un poco porque veían que el amor entre Vico y yo era real pero no.

Eran las nueve de la noche y todo el mundo usaba sus mejores galas. Estábamos cenando en el comedor principal, que era un enorme salón que se distinguía de los demás porque sus paredes estaban pintadas de un tono café rojizo que oscurecía todo y las luces amarillas de los candelabros pintaban todo de una tonalidad anaranjada.

La abuela entonces dirigió su mirada hacia mí:

    -¿Qué tienes para ofrecerle a mi nieta?...-

    -Abuela, por favor- le dijo Vico, avergonzada.

     -…Porque por lo que nos has contado no tienes fortuna, ni apellido, ni conexiones ni ahorros ni…-

    -Aunque no lo creas, abuela, no todo en la vida es dinero, te lo juro-

La anciana fulminó con la mirada a Victoria, exasperada.

    -Ya te dije que te quites ese sarcasmo de la boca, Victoria. No te hace ver bien, te hace vulgar-

Antes de que esa discusión se volviera pelea yo dije:

     -Mis intenciones con Vico… Victoria son buenas, señora. Y honestas. Trabajaré mucho para estar a su altura y…-

La abuela ahogó una risa en su garganta, se oyó como un graznido que me sacó de onda. Vico puso su mano izquierda en mi pierna para darme ánimos.

    -¿Entonces es serio?- preguntó Gael, con algo raro en sus ojos. Yo asentí, segura. Vico asintió pero con más vacilación, duda. El menor de los Boneta suspiró y le bebió a su copa.

    -Qué bueno- dijo, sin ser sincero- Fátima me cae mejor que Alfredo-

 

La comida fue la mejor parte de todo y aunque no sabía muy bien cómo la habían preparado si no había personal, tampoco es como que indagara mucho. Raquel, la prometida de Carlos –una chica hermosa pero igualmente equis y seria como él-, fue quién estuvo a cargo de llevar y servir junto a Estefan y Marcos. En algún punto, cuando me di cuenta de esa organización, le pregunté a Vico entre dientes:

    -¿Debería ayudarles también?-

Vico, que estaba terminando de masticar, tragó y me miró:

    -Sólo si te lo piden-

Pero no me lo pidieron, de hecho de ratos creía que nadie me veía porque no volvieron a dirigirse a mí el resto de la noche. Cuando fue hora de recoger los platos sucios, vi que Estefan y Raquel se ponían de pie, yo me quité la servilleta de las piernas y dije:

    -¿Les ayudo?- me puse de pie.

Ambos me miraron, vacilantes. No esperé a que me contestaran, sólo comencé a recoger y luego los seguí por el largo pasillo hasta la cocina, en fila.

La cocina era  también amplia pero las paredes pintadas de un blanco de hospital y las luces blancas y brillantes daban un contraste raro en todo. Tuve que parpadear varias veces para acostumbrarme a la luz sin quedarme ciega.

Ellos dos dejaron los utensilios en el fregadero y es entonces que lo noté. No me hubiera dado cuenta antes porque estaba bien escondido, camuflado, pero ahora así de cerca y bajo esa luz incandescente era obvio, evidente: A Raquel le faltaba un ojo. Bueno, no es que le faltara, más bien tenía uno de repuesto, ¿Uno de cristal?

Una leve cicatriz, apenas perceptible, se dibujaba como una línea que iniciaba desde la ceja, bajaba por el cuenco del ojo y se perdía en la mejilla, a la mitad. Era tan fino el corte que no pude imaginar más que se trataba de algo estético. El ojo fue el indicador de que era falso: No se movía. Su pupila se mantuvo del mismo tamaño cuando entramos a esa habitación, cuando la otra, la sana, la real, sí se expandió: El color miel de sus ojos era un excelente tapiz.

No dije nada. Actué como si nada. Después de dejar los trastes Estefan me dijo:

    -Trae unas botellas de champán, por favor. Están en el refri-

    -¿Cuántas traigo?-

    -Las que puedas cargar-

Raquel tomó las copas, Estefan preparó en una tabla de madera quesos, uvas y no sé qué más. Yo tomé cuatro botellas, hubiera cargado cinco pero temía que si se me resbalaba no iba a tener nada para detener su caída.

Salimos de ahí nuevamente en fila -¿Sería el ambiente de la casa tan estricto, impersonal y opulento lo que nos hacía comportarnos como soldaditos?- y al llegar a la mesa noté un ambiente tenso: Vico tenía la quijada tensa, un sonrojo de ira, los ojos llenos de lágrimas.

Dejamos las cosas en el centro, Marcos fue sirviendo las copas y Raquel fue pasándolas a cada miembro de la familia.

    -¿Estás bien? ¿Qué pasó?-

    -Nada, nada, cosas familiares- murmuró, y luego le dedicó una mirada llena de odio a su abuela, quién todavía sentada en la cabeza de la mesa me estaba viendo con una sonrisa de complacencia, pero en sus ojos no había ningún retazo de amabilidad.

Brindamos a la media noche, nos abrazamos –incluso a mí-, cuando Gael me tocó sentí algo de nervios y ansiedad en su abrazo apretado que no supe cómo identificar, y después se fue cada quién a su habitación.

Mientras todos subían las escaleras Vico me dijo:

    -Adelántate, ahorita te alcanzo-

    -¿Adónde vas?-

    -Sólo le diré algo a mi mamá rápido, no tardo-

Subí a mi habitación. Tomé una ducha rápida y me puse la pijama. Iba a ser la una cuando Vico entró a mi cuarto con el rostro serio, fingiendo calma. Me puse nerviosa de inmediato.

   -¿Qué pasó?-

   -Nada, desacuerdos con la abuela, es todo-

Ella se quita la ropa y se queda sólo con las bragas. Se mete a la cama conmigo y me abraza, recargando su cabeza en mi pecho. Dice, sin mirarme:

    -¿Crees que mi familia es rara?-

    -No rara, compleja, diría yo-

    -¿Pero en el mal sentido?-

    -Es muy pronto para decir algo así pero no creo que sean malas personas-

Ella suspiró, intranquila. La estreché contra mí.

    -Quiero que sepas que no importa qué pase hoy, siempre vas a contar conmigo-

Solté una risotada, incómoda. Parecía una despedida eso que decía.

    -Necesitaría que me mentaran la madre al menos unas cuatro veces para sentirme ofendida, mi amor. Tranquila-

Ella levantó el rostro para verme, seria. Sus ojos brillaron con miedo. No entendía por qué.

    -Te amo, Fátima. De verdad-

    -Yo también te amo, Vico. De verdad-

Luego me besó, primero un roce tierno en los labios y luego me abrió la boca para introducir su lengua. Tomó mis manos para llevarlas a sus pechos desnudos y se acomodó encima de mí.

Por una parte me alegraba que nos hubieran mandado hasta el último piso porque ni Vico ni yo éramos precisamente discretas con nuestra vida sexual pero por otro lado sentía algo diferente en aquella ocasión, quizás un poco de recato ante la idea de que estábamos cogiendo en la casa de su familia.

Deslizó una mano hasta entre mis piernas y comenzó a tentarme, primero por encima de la ropa interior y luego la hizo a un lado. Acarició muy superficialmente mi clítoris, así como sabía que me gustaba. Gemí en su boca. Me hizo venirme en algunos movimientos cadenciosos, entrando y saliendo de mí, frotándome, besándome el cuello, las clavículas, los pezones y nuevamente mi boca.

Luego nos giramos y yo me abrí paso entre sus piernas con esta sed interna que se desbordaba como saliva, la besé en los muslos antes de adentrarme, lamí cada centímetro de su piel, su vello acarició mi cara, y su sabor me inundó. Sus manos me sujetaron del cabello y yo continué hasta hacerla venir. Me acosté a un lado de ella con la intención de continuar pero ella se giró para darme la espalda. Todavía agitada me dijo:

    -Buenas noches-

Nuestros encuentros sexuales rara vez duraban tan poco, pensé que aquella vez estábamos a expensas de su familia por estar en su casa así que no insistí ni pregunté nada. Le respondí lo mismo y me cubrí con las cobijas para quedarme a dormir.

No supe cuánto tiempo había pasado pero sabía que no era de día todavía porque el cielo afuera estaba muy oscuro. Lo que sí era evidente era que había más gente despierta y hablaban, afuera en el pasillo.

Me giré sobre la cama, aturdida y descubrí que Vico no estaba ahí conmigo. La escuché decir:

     -Por favor, no es necesario que…-

    -Átala-

Forcejeos. Vico gritó:

    -¡Fátima, despiértate! ¡Te quieren matar!-

Me levanté de la cama, asustada y confundida. ¿Estaría jugando, estaría exagerando? ¿Qué hacía?

Me puse los zapatos y me puse un suéter. Abrí la puerta con sigilo y vi que en la entrada de la escalera estaba Vico, siendo amordazada por el señor Duarte. Junto a él estaban Estefan, Marcos, Joaquín y Carlos. Me miraron cuando vieron que Vico clavaba sus ojos en mí. Ella balbuceó un “¡Corre!”

Y corrí. No sabía adónde, no sabía siquiera si había salida de ese piso. Me metí al salón con los muebles cubiertos por telas blancas y en vez de esconderme, que sabía era poco útil porque obvio me encontrarían, elegí buscar un arma. Algo con qué defenderme. Detrás de una cuna vieja y decrépita encontré unos tablones medianos, elegí el más liso. La puerta se abrió.

     -Sal, Fátima. No hagas esto más difícil- dijo Joaquín, serio.

    -No te va a pasar nada, no es lo que crees- dijo Estefan, con una voz tan suave y sedosa que por un segundo le creí.

Alguien murmuró “ahí” y entonces los tres se acercaron hacia la esquina derecha de la habitación, justo donde yo estaba en posición de defensa, con el tablón a la altura de mi cara.

    -¿Qué quieren?- pregunté con la voz temblorosa- ¿Dónde está Vico?-

    -Baja eso, Fátima. Vamos a hablar-

    -No, primero díganme dónde está mi novia-

    -Está con Silvana- dijo Estefan, levantó una mano para indicarme que bajara mi arma improvisada.

     -¿Por qué dijo que me querían matar?-

    -Porque es una exagerada- dijo Joaquín- No te queremos hacer daño, Fátima, pero es parte de nuestra tradición… jugar con los nuevos miembros. Lo entiendes, ¿No? Son costumbres de los viejos pero para la abuela es importante, y si quieres su bendición vas a tener que…-

Marcos sacó algo de su bolsillo y le apuntó al tablón. Disparó y un pedazo de madera salió volando; el ruido fue tronador pero no tan fuerte como en las películas. Me tomó unos momentos entender que su pistola tenía silenciador.

    -Basta ya de formalidades- dijo Marcos- Átenla-

Me quedé estática, las lágrimas se derramaron por mis mejillas. No entendía nada de lo que estaba pasando. ¿Por qué buscaban engañarme si tenían una pistola?

Joaquín y Estefan se acercaron, cautelosos. Yo batí lo que quedaba del tablón y Marcos me apuntó con su pistola.

    -No te hagas la lista- me advirtió.

No podía ganar esa pelea. Ellos tenían armas de fuego, yo tenía un tablón despedazado. Ellos conocían la casa, yo no tenía ni idea si había forma de salir que no fuera saltando por la ventana directo a mi muerte. Ellos tenían un plan, ya estaba todo calculado, y yo era una ingenua que creyó que sería aceptada –o al menos tolerada- por una familia de ricos.

Estefan me amordazó y Joaquín me ató las manos. Dijo el primero:

    -No te asustes. Todo irá bien-

Joaquín le dedicó una mirada envenenada, enojada. Como si le molestara que me diera esperanza.

Caminamos hasta la salida del salón y entonces Marcos me golpeó en la cabeza con la pistola, desmayándome en el acto.

3.-La mutilación:

Un dolor agudo y palpitante de cabeza me despertó y noté que estaba en algún lugar de la casona que no había visto, porque no parecía una parte de una casa sino más bien algún tipo de cueva, una cabaña. Ni siquiera sabía si seguía en la casa, pudiera ser que no.

Todo a mi alrededor parecía construido de piedra: Las paredes, los pocos muebles, hasta el piso y el techo. Había poca luz porque los focos estaban acomodados en los rincones del salón, había además velas que colgaban de intricadas bases de hierro. Yo estaba acostada en una mesa de piedra, seguía atada de manos y ahora también de pies. Amordazada.

Quise incorporarme pero una mano me detuvo. Una mano que hasta entonces noté que no era humana: Estaba hecha de madera. Era de Marcos. Sus ojos negros me amedrentaron, me quedé quieta, llorando en silencio, intentando entender.

Si no me querían, era más sencillo que me echaran de la casa. O que me humillaran para hacer que yo me fuera por mi cuenta. Si no me querían, podrían haberlo dicho y yo hubiera entendido. ¿Realmente me iban a matar por haberme metido con una de su familia?

Vi que, lejos de la salida, estaba Vico en una silla, amarrada y amordazada. Lloraba, intentaba escaparse de su amarre, intentaba gritar.

De las sombras salieron sus familiares: Todos usaban largas capuchas negras y tenían rosarios rojos colgando del cuello.

    -Tal vez no lo entiendas- dijo  Silvana- Pero si lo que dijiste sobre tus intenciones con Vico es cierto, entonces lo aceptarás-

Miré hacia todos lados, confundida, buscando alguna mirada amable que pudiera hacerme el paro para liberarme y escapar. Pero nadie me miraba así. Me topé con los ojos de Gael, que eran los únicos que no brillaban. Desvió su mirada, hasta acá podía sentir su culpa.

    -No tienes que explicarle nada- dijo la mamá de Vico- Ella entenderá-

¿Estaban en un culto? ¿Me iban a sacrificar, esto era un rito de iniciación?

    -Nos hemos reunido la familia Boneta en esta madrugada santa para entregarte a ti, oh, señor de las tinieblas y el poder de la luz, una parte humana para tu integración en este mundo material. Acepta nuestra humilde ofrenda, de una humana sin lazos contigo.-

Eso era. Me iban a entregar a Satanás, ¿A cambio de qué, de poder y dinero? ¿Por qué yo, la novia de su nieta? ¿Es que no pensaba en lo que iba a sentir Vico…?

     -…Porque nos protegiste y nos prometiste prosperidad, porque te hemos entregado partes de nuestros nuevos miembros, oh señor de la luz y la oscuridad, tú nos has arropado con tus alas, has aceptado cada unión, nos has colmado de privilegios con los que muchos otros sólo sueñan, tú que…-

La abuela siguió hablando, diciendo tonterías. Mi mente comenzó a disiparse en una niebla de cansancio y terror. Mi respiración pasó de estar agitada a un compás cadencioso, somnoliento. ¿Me iba a desmayar? Me iba a desmayar del terror. Pero entonces un impaciente toqueteo en mis hombros me trajo a la realidad.

Era Gael, con la quijada tensa.

    -Como la mejor cortadora está embarazada, el segundo mejor cortador tomará su lugar: Gael, procede a…-

Cuando la anciana dijo mutilar sentí cómo todo lo que había comido esa noche se me regresaba por el esófago, quemando todo en mi interior.

El hermano más joven, no tendría más de veinte años, me murmuró:

    -¿Qué prefieres, manos o pies?-

Empecé a agitarme con fuerza, intentando soltarme.

    -Vamos ya- dijo su padre, impaciente.

    -Bien. Será…-tras su espalda sacó un enorme y filoso machete, parecía hecho de algún tipo de material luminoso, plata a lo mejor. También parecía nuevo. Alzó su poderoso brazo y con un tajo cortó la soga que me ataba los pies.

    -¡Vamos ya, no estés jugando!- le gritó su padre.

    -¡Espera, es una tram…!-empezó a decir Carlos –el que nunca hablaba y ahora tenía mucho qué decir-, cuando Gael me cortó dos dedos de la mano derecha: El medio y el anular.

Fue un dolor como nunca lo había sentido: Primero era el golpe físico, luego el ardor. La sangre me brotaba a chorros, el ver desprendidos mis dedos me mareó tanto que me vomité pero la mordaza me impidió expulsarlo, entonces sólo me embarré el mentón y el cuello.

    -¡Ya, Vico!-dijo Gael, y Vico, que había estado fingiendo que estaba amarrada, noqueó a Marcos con un palo de golf. Cuando éste cayó al suelo, le quitó la pistola.

    -¿Qué chingados están…?-empezó a rugir Joaquín, dirigiéndose hacia Vico, cuando Gael lo embistió

Vico apuntó a los focos y les disparó, dejándonos en las penumbras.

    -¡Gael y Victoria, van a pagar su traición…!- gritó la anciana.

Yo no supe muy bien qué estaba pasando, sentí un par de manos tocarme las chichis y la cadera, como para asegurarse de que estaba todavía ahí. Otras manos que me jalaron de los tobillos, otras manos que me tomaron por la cadera.

Era Vico.

    -Ven, vámonos- me dijo en el oído. Me incorporó y cuando recargué mi peso en los pies me desplomé, al no poder detenerme con mi mano mutilada, me fui de bruces hasta el piso de piedra, raspándome la cara.

Vico me ayudó a ponerme de pie.

    -Vámonos ya- me dijo, intranquila y nerviosa. Con toda su fuerza me sacó arrastrando de ahí mientras sus parientes nos buscaban en medio de la oscuridad.

    -¡Se escaparon!- gritó Carlos.

    -¡Atrápenlos!- gritó la madre de Vico.

    -¡Ellos traen el arma!- dijo Silvana.

Una vez afuera, con la luz de la luna que bañaba todo el lugar pude deducir que estábamos en el patio cerca del estacionamiento.

Mientras trotábamos, Vico se arrancó un pedazo de manga y envolvió mi mano sangrante. Me miró a los ojos cuando dijo:

    -Discúlpame, Fátima, yo no quería que esto pasara…-

Nos detuvimos cerca de un pastizal cubierto de flores y arbustos grandes, a la altura de nuestras pantorrillas. Vico me quitó la mordaza y yo terminé de vomitar ahí mismo. Ella me sobó la espalda con cariño.

    -Perdóname, perdóname, yo sabía que esto no era una buena idea, perdóname, yo no…-

    -¿Por qué?-

Vico parpadeó, confundida por mi pregunta.

    -¿Por qué qué?-

    -¿Por qué no me dijiste lo que pasaría si venía? ¿Por qué no me dijiste que tu familia estaba en un culto satá…?-

    -No es lo que crees, Fátima. Además no podía decírtelo, todavía no te lo puedo explicar, es… si te digo… Cosas terribles me van a pasar-

    -Por favor, no me digas que sí te crees todo ese cuento, ¡Me dijiste que eras atea!-

Oímos pisadas, gritos cercanos.

    -¡Ya las vi! ¡Allá están!- gritó alguien, probablemente Carlos. Vimos que tanto Joaquín como Estefan se acercaban corriendo a toda velocidad.

    -Vámonos, te lo explico luego- me dijo Vico, tomándome de la muñeca para jalarme hacia el bosque de junto. Yo, que pretendía correr hacia el estacionamiento para buscar el auto, nos dimos un buen tirón.

Ella me mira, suplicante:

    -Ven, Gael tiene un auto preparado afuera…-

Por primera vez en el tiempo que llevo conociendo a Vico, dudo de ella. Dudo que me esté diciendo la verdad.

Ella lo ve en mis ojos, afloja la mandíbula y toma aire, jalándome hacia ella.

    -Fátima, no podemos abrir la reja desde adentro, el control está en la casa ¡Y no podemos volver!... No te preocupes, preparé algo para escaparnos, porque sabía que esto…-

    -¡Ana Victoria, detente ya!- gritó Joaquín.

Vico y yo salimos disparadas en la dirección que ella dijo. Mientras corríamos, no pude evitar notar que llevaba la pistola en la otra mano. ¿Sabría disparar? ¿Estaba dispuesta a dispararle a alguno de sus hermanos? ¿O me iba a pegar un tiro a mí?

Cruzar aquel bosque de la mano de Vico fue algo que jamás pensé que haría. Estaba aterrada, un olor amargo me inundaba por el vómito seco en mi cuello, y la mano… Dios, mis dedos… Una sensación de hormigueo me nacía de donde me cortaron las falanges y hasta el codo. La cara la sentía magullada, golpeada; podía oler los hilos de sangre seca que me brotaban del nacimiento del cabello, justo donde Marcos me golpeó para desmayarme.

Mis pies tropezaron y caí, Vico también cayó conmigo por la fuerza con la que me sostenía.

    -Vamos, amor, ya casi llegamos-

Era cierto. Podía ver cómo los árboles y el pastizal comenzaban a escasear a nuestro alrededor, a unos metros se veía la reja de un costado de su propiedad, que no era tan alta como en la entrada y que no era de ladrillo sino de metal. Fácilmente podríamos saltarla.

Nos pusimos de pie y continuamos cuando se oyó un disparo cerca de dónde estábamos. No fue Vico, porque ella me miró horrorizada.

    -¿Qué mierda…?-comencé a murmurar cuando cerca de la red metálica que separaba la propiedad de los Boneta con la carretera, apareció el señor Duarte con una escopeta.

Tanto Vico como yo nos escondimos en árboles distintos, paralelos.

    -Sal, Tori, ya te vi. Necesitas volver… Necesitan. Sabes lo que pasará si no se completa el sacrificio-

Mi novia y yo intercambiamos una mirada horrorizada.

    -Si no sales, voy a dispararles hasta que alguna salga herida… o muerta-

Vico no esperó, asomó medio cuerpo y le disparó. Una bala que fácilmente podría haberle dado en el cráneo si no fuera porque el señor Duarte fue ágil y se movió. Él respondió ese balazo con tres, uno certero que le pegó al árbol en el que se escondía Vico.

Ella contestó con dos balazos más, ninguno acertado. El señor Duarte se escudó detrás de un roble alto.

    -Tori, no hagas nada de lo que te puedas arrepen…-no terminó de hablar ese don porque Vico se giró, ahora por el otro lado y le disparó cuatro veces.

Dos tiros se fueron hacia la nada, otro le pegó al árbol y uno más al señor Duarte, quién sin gritar ni nada cayó al suelo.

Nos quedamos mirándonos entre nosotras, con el corazón latiendo en mi garganta.

   -¿Lo maté?- movió los labios Vico.

Yo me encogí de hombros.

    -A lo mejor-

Como no hubo más balazos de su parte, ambas salimos de nuestros escondites y nos acercamos hasta él.

No estaba muerto, porque todavía se movía aunque fueran pequeños espasmos, pero no hablaba porque el balazo le había destrozado la mandíbula y tenía media cara y el pecho lleno de sangre.

Sus ojos bien abiertos, desorbitados, miraban a la nada. Dijo Victoria, apuntándole:

    -Debería acabar con su sufrimiento-

    -Déjalo, se morirá solo-

  Vico me miró con sus ojos grandes, llenos de inocencia:

    -¿No sería más cruel dejarlo agonizar?-

    -Haz lo que quieras entonces-

    -Voltéate- me pidió.

Hice lo que me dijo y ella le disparó en la cara. Luego en voz baja, como para sí misma, admitió:

    -Siempre había querido hacer esto-

Pisadas. Voces roncas, enojadas.

    -¡Creo que ya las vi, están cerca de la reja!-dijo Joaquín.

    -¡Les voy a disparar!- gritó Marcos.

Vico y yo nos tomamos de la mano y corrimos justo en la dirección que ella indicaba. Corriendo cerca de la reja, casi que tocándola, nos detuvimos a varios metros dentro del bosque, no entendía por qué estábamos en ese punto hasta que vi que había una parte de metal doblada, como una entrada.

    -Vamos, sal- me dijo Vico.

Yo obedecí. Me llené de lodo cuando crucé hacia la carretera. Luego Vico hizo lo mismo y salimos.

    -Mira, allá más adelante está el auto que Gael nos consiguió, seguramente él estará…-

Un claxon. Vimos que Gael salía de aquel bocho azul oscuro, casi negro, que se perdía con la oscuridad. Sacudió la mano por encima de su cabeza para que lo viéramos.

   -Ahí está, vámonos-

Se oyó el ruido de dos balazos, esa fue la señal para seguir corriendo. Gael muy amablemente retrocedió el auto para alcanzarnos y una vez que nos subimos dijo:

    -Pensé que las habían agarrado-

    -Maté al señor Duarte- dijo Vico.

Gael la miró, extrañado. No sabía si estaba confundido, emocionado o triste por la noticia. Vico terminó de ponerse el cinturón de seguridad y Gael arrancó:

    -No importa. Siempre me miró raro- dijo Gael.

Gael manejó un par de metros más hasta que unas balas rompieron el cristal trasero y se impactaron en su cráneo, matándolo al instante. Su sangre manchó todo: El tablero, al cristal, el manubrio que Vico tomó para no chocar. Ella estaba llorando y gritando blasfemias.

Me giré para asomarme por el cristal destruido y miré que dejábamos atrás a Marcos, Joaquín y Estefan, que con linternas nos vieron desaparecer.

4.-Conclusiones:

No nos detuvimos hasta que estuvimos seguras de que no podrían alcanzarnos pronto. Vico apagó el auto con un violento desenchufe y nos orillamos para bajar el cuerpo de su hermano, al que lloró un largo rato.

Pensé que nos quedaríamos por siempre en esa carretera, esperando ayuda, pero de repente Vico se puso de pie:

   -¿Traes tu teléfono?-

    -No. Dejé todas mis cosas en la casa de tu fa…-

    -Yo tampoco lo traigo. Vamos a buscar….-

Pensé que diría “la policía”, porque era lógico pensar que íbamos a buscar ayuda, ¿No? Quiero decir, habían matado a su hermano menor. Me habían mutilado algunos dedos a mí, a su novia. ¿Qué era lo que pensaba buscar si no era ayuda?

    -…un hotel, creo que hay uno express cerca-

    -Vico, tenemos que llamar a la policía-

    -No tenemos que-

La miré, horrorizada. Ella exhaló y subió al asiento del copiloto después de limpiar la sangre del parabrisas. Dijo, sin verme:

    -Súbete o te quedas-

Me subí y apenas mi trasero tocó el asiento, no pude controlar mi boca: Tenía que entender qué había pasado, por qué había pasado y qué íbamos a hacer. Victoria sólo decía “necesitamos darnos un baño y dormir. Mañana volveremos a casa. Necesitamos darnos un baño y dormir, mañana lo hablaremos. Necesitamos darnos un baño y dormir,  luego lo resolvemos…”

Pero no resolvimos nada, tampoco me dijo nada. Aquella noche oscura de diciembre apenas parecía acabar.

Creo que Victoria me llevó a propósito con su familia y se arrepintió a la mera hora.

A propósito del cuento:

Se sabe que mi miedo al compromiso es fuente inspiracional de muchos argumentos humanos en mi ficción y este en particular lidia con las convenciones sociales de "conocer a la familia"; a veces ni la familia propia cae bien, ya nos joderíamos si tuviéramos que esforzarnos por agradar a una familia ajena, ¿No? Con las parejas entre el mismo género es el doble de peor porque luego sus familiares te culpan de la desviación de su pariente :v

Thoughts

  • cuentistadebar

    Illo, la mesa del té con la abuela interrogando da más miedo que el machete. Yo me habría atragantado con el panecillo.

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  • TintaYMadrugada

    Que no llamen a la policía es lo más feo de todo el capítulo. Gael muerto en el asiento de atrás, dos dedos menos, y Victoria repitiendo que hay que bañarse y dormir. Ahí se ve que ella ya sabe cómo termina esto porque no es la primera vez, con Alfredo o con quien fuera. Apuesto a que la ocho abre con Fátima decidiendo si se queda o se va.

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  • NoeliaBastida

    La abuela manda hasta cuando no dice nada, y la familia entera camina detrás de ella en fila. Da la impresión de que llevan años así y que nadie se acuerda ya de cuándo empezó.

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  • MarianelaVidal

    Volví sobre el final y me quedó dando vueltas la última línea, cuando Fátima dice que Victoria la llevó a propósito y se arrepintió a última hora. Ahí la cosa deja de ser de culto y pasa a ser de pareja. En mi casa hubo algo parecido sin sangre ni nada: alguien llevó a su novia a una reunión sabiendo lo que le esperaba, y después ninguno volvió a hablar del asunto.

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  • Ovid

    La mano de madera de Marcos aparece mucho antes de que uno entienda para qué sirve, y el ojo de Raquel igual. Me hizo pensar en cómo se ve una familia desde afuera cuando ya lleva años con su acuerdo hecho: todo raro y nada explicable. Apuesto a que Fátima se queda, y esa es la parte que da miedo.

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  • tintaDeMartes

    Marcos tenía una mano de madera y a Raquel le faltaba un ojo, y Fátima lo vio sin entender nada. Apuesto a que en mi club la mitad diría que ella sí sospechó y prefirió no pensarlo.

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