La heladera llena,
los pisos brillan,
las paredes prolijas sostienen cuadros
que intentan decir “acá hay hogar”.
La cama es cómoda,
las frazadas abrigan,
el aire enfría cuando hace falta…
todo está en su lugar.
Todo… menos nosotros.
La mesa se arma
pero dura lo que un suspiro,
cinco minutos de ruido
que se apagan sin dejar eco.
Los juguetes ordenados
como si la infancia no hiciera desorden,
como si un niño no viviera acá
sino solo pasara.
Y la casa…
queda en silencio.
Un silencio que no es paz,
es distancia,
es palabras que no salen,
es miradas que no se encuentran.
De noche,
la cama calentita
se vuelve fría igual,
porque no falta abrigo…
falta cercanía.
Y entonces aparece la pregunta:
¿de quién es la culpa?
Pero la respuesta no grita,
susurra:
nadie nos enseñó
a quedarnos de verdad.
A hablar sin herir,
a escuchar sin escapar,
a sostenernos
cuando el cansancio gana.
Tenemos todo lo que soñamos tener…
pero no lo que necesitamos sentir.
Y duele,
porque no falta nada visible,
pero falta lo invisible
que hace latir una casa.
Quizás el hogar
no se construye con paredes,
ni con cosas,
ni con orden perfecto…
sino con pequeños intentos,
con un “acá estoy” sincero,
con volver a mirarnos
aunque no sepamos cómo.
Porque la casa está llena…
pero el corazón
todavía está esperando
que alguien llegue de verdad.