Fecha: 8 de agosto de 2026
Bienvenido al comienzo de esto. Si es que no me arrepiento en unos minutos y termino borrándolo todo, como casi siempre hago.
Esta es la primera vez que decido dejar de guardar cada pensamiento en el aire y soltarlo aquí, sin adornos, sin arreglar nada para que suene bonito. No es un poema, aunque a veces las frases queden cortas o desordenadas; tampoco es una historia con un final claro o una moraleja aprendida. Es solo prosa cruda, real, sin filtros.
La razón por la que escribo es simple: escribir es fácil. No tengo que rendirle cuentas a la hoja, no tengo que pedirle permiso al lápiz ni darle explicaciones a mi propia mente. Aquí no hay miradas juzgando ni expectativas aplastantes que cumplir. Solo soy yo, charlando conmigo misma o con un extraño que tal vez nunca lea esto.
Y la verdad es que necesitaba este espacio, porque por dentro cargo un vacío en el pecho que no sé muy bien cómo nombrar. Siento todo el tiempo que algo me falta, una especie de hueco en el centro del cuerpo que no se llena con nada. Se supone que en una familia donde hay amor, la gente permanece unida; se supone que cuando uno sufre, los tuyos se ponen de tu lado y te sostienen. Pero aquí la lógica se rompe: cuando sufro, parece que no hay nadie, y cuando cometo un error, de repente me convierto en un horror a los ojos de todos.
A veces me pregunto en qué momento el control y la culpa se disfrazaron de afecto. Solo quiero mi libertad. Suéltame ya. Déjame ir. Déjame respirar sin sentir que cada paso que doy fuera de tu margen es una traición, sin tener que cargar con tus miedos como si fueran mis culpas. No se puede retener a alguien exigiéndole que sea perfecta mientras se le corta el aire.
Me pregunto en qué momento las malas costumbres se volvieron la norma de todo esto. ¿Seré la única persona que lo ve? A veces imagino despertar en un mundo donde el amor reine sin cadenas, donde no exista esta competencia absurda ni esta necesidad de dominar al otro, sino un verdadero compañerismo. Un lugar donde el dar no sea una excepción rara, sino una forma de vivir. Tampoco entiendo cómo no se cansan de existir así; es un desgaste absoluto que los lleva directo a su propia autodestrucción, acumulando tantas capas que, cuando intenten buscarse, ya no sabrán cuál de todas eran en realidad.
Ayer me puse a borrar archivos viejos del celular. Fotos de etapas cerradas, capturas de conversaciones que guardaba no por ser románticas, sino por lo ocurrentes que eran, porque en un simple pantallazo se resumía toda una dinámica y un idioma propio que solo entendíamos dos personas. Al verlas me di cuenta de lo que ya no está. No es solo la ausencia física de alguien; es duelar todo lo intangible que se dispersa alrededor: los códigos compartidos, el humor, la complicidad.
Cae la noche y llega el insomnio. La cabeza no se calla, busca, encuentra y no para. Me da rabia haber dado tanto, me da rabia intentar sostener a otros mientras intento liberarme yo misma y terminar sintiendo este desgaste. Me pregunto si para salir de esto tengo que romperme yo misma, si tengo que dejar de ser esta persona que siempre busca solucionar lo ajeno y quedarse con lo poquito bueno, para por fin soltar esta falsa esperanza de que las cosas cambien, romper las cadenas y recuperar mi vida.
Así que aquí estoy. Sin disculpas, sin máscaras y con las manos puestas sobre esta hoja, que es el único lugar donde no me cuesta ser exactamente quien soy. Y donde, al menos por un instante, soy libre.
-Xoxo, Queenie