Lo leí mientras esperaba el fútbol del más chico, che, y me quedé con ganas de más. ¿Analián va a aguantar a esa familia o va a rajarse?
CONOCIENDO A EIRA CAPÍTULO I
Un murmullo de voces, sibilante y remoto, me arrastra de vuelta a la superficie del despertar cotidiano. La cabeza me pesa con la regularidad de un muro de concreto; un latido rítmico y punzante…
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Lo leí mientras esperaba el fútbol del más chico, che, y me quedé con ganas de más. ¿Analián va a aguantar a esa familia o va a rajarse?
Contenido de la publicación
Un murmullo de voces, sibilante y remoto, me arrastra de vuelta a la superficie del despertar cotidiano. La cabeza me pesa con la regularidad de un muro de concreto; un latido rítmico y punzante detrás de mis ojos delata una deshidratación severa o, con mayor rigor, el inicio de un resfriado por un cambio abrupto de temperatura. Intentar recordar lo que soñé para entender está espantosa Compresión en mi cuello es como buscar agua en un pozo seco. ¿Por qué siento mi juicio drenado, como si mi masa cerebral hubiese sido sometida a un vaciado absoluto? Tengo un persistente sabor a cobre en el paladar y la extraña sensación de haber tenido algo sobre mi cuerpo arrastrándose en mi pecho. Mi realidad se entumece llevándome a la conclusión absoluta de una parálisis de sueño bastante caótica, para tener este dolor; me obligo a decretarlo para no perder la razón. Pero en mi cabeza se instala el recuerdo de una voz ahogada que deja escapar un susurro que no alcanzo a procesar. Mis músculos se contraen en un espasmo puramente defensivo. El aire de la habitación trae consigo un eco profano, un fragmento de memoria que se rehúsa a morir bajo el terror de una silueta recortada contra la luz del sol, qué se cuela estáticamente por los ventanales, posee una quietud que desafía las leyes de la entropía humana. Un rumor, revestido de posesividad ártica, se desvanece por el pabellón de mi oído: “Eres…. M..”. En su momento, la conciencia —demasiado embotada no puede procesar nada— no reaccionó y lo dejo pasar.
Me giro con brusquedad hacia la derecha y un grito de susto se ahoga en mi laringe el oxígeno se solidifica en mis pulmones.
—¡Ahhh! Mmm… ¿Quién diablos eres tú? —exclamo, obligándome a levantarme de golpe, hundiendo las rodillas y los talones en el colchón, buscando desesperadamente un punto de apoyo para incorporarme.
Mi voz no me pertenece; suena como si hubiera estado tragando arena del desierto, un graznido ronco, seco y profundamente ajeno raspa las paredes de mi garganta. El maldito susto casi detiene mi corazón, recortando el poco aire de la habitación, que ahora se siente denso, como si se hubiera vuelto plomo líquido. Con las palmas de las manos extendidas sobre mi regazo en un intento por estabilizar el temblor de mis brazos, mis dedos tropiezan con una textura extraña. Bajo la mirada y una oleada de frío recorre mi espina dorsal: veo un camisón ajeno, una prenda de seda pulcra que no recuerdo poseer. No hay un solo rastro en mi memoria de habérmelo puesto. El vacío en mi cabeza no es la simple bruma de un despertar difícil; es un abismo limpio, selectivo, que me instala una punzada en las sienes y me deja expuesta, al desamparo.
Frente a mí; parada en el borde de la penumbra, con la postura de acero como de quien ha heredado un trono, se encuentra una jovencita. No hay rastro de la docilidad estúpida de la pubertad en sus facciones; su rostro posee la simetría perfecta y despiadada de las estatuas antiguas. Sus ojos ostentan la arrogancia, herencia sin duda de los Zalgorán: una mezcla de pulcritud y desdén contemporáneo. Me mira no como un ser humano que contempla a otro, sino como un inquisidor examinando los despojos de una provincia conquistada.
Ella ni siquiera concede el beneficio de un parpadeo. Sus ojos, de un avellana inquietantemente vívido, fijos como los de un ave de carroña, escudriñan el tejido del camisón con fijeza analítica, casi de asco. Mi pánico no altera su pulso. Permanece de pie, estática, mirándome desde la autosuficiencia de su presencia con una expresión de fastidio absoluto, decretando con el silencio que mi sola existencia en esa cama es una profanación, una mancha intolerable en la pulcra realidad de su entorno.
La atmósfera se vuelve tan pesada que el orgullo se me dobla antes de que la razón pueda levantar una defensa. Hay una autoridad gélida en su silueta que desmantela mi dignidad; no es sumisión voluntaria, es una fuerza invisible, un peso barométrico aberrante que me aplasta contra el colchón revuelto, obligándome a bajar la cabeza. Desde esa postura inalterable, con la garganta seca, intento aplacar la hostilidad de mi grito anterior para evaluar a mi oponente.
—Discúlpeme… señorita.
La distancia que nos separa parece ensancharse con su desdén. La joven no se ablanda ante mi cambio de tono; al contrario, parece alimentarse de él.
—Mi nombre es Eira —enuncia. Su voz no es la de una niña, sino la réplica gélida de una sentencia mortal, marcando cada sílaba con la cadencia de un verdugo que no conoce la piedad—. Y asumo que tu lamentable estado, sumado a esa voz de cavernícola que osas emplear en mi presencia, provienen únicamente de tus deplorables hábitos y tu absoluta falta de disciplina. No tolero la decadencia en mis dominios, y tu aspecto actual es una flagrante ofensa al orden.
Me escruta con una fijidad que me hiela la sangre en las venas. Es una mirada dominante, cargada de un peso absolutista que me resulta terriblemente familiar; una vibración que eriza cada vello de mi piel. Es el vivo retrato de…
Un vuelco violento en el estómago me obliga a frenar el pensamiento en seco. El pulso se me dispara en la garganta. ¡No! Hay nombres que actúan como maldiciones y puertas que es mejor mantener cerradas si quiero conservar la cordura.
Ella rueda los ojos con una lentitud exasperante, un gesto coreografiado con el más puro desprecio de una aristócrata, sin concederme el beneficio de un solo pestañeo.
Es la personificación misma de la soberbia de alta sociedad; una pequeña dama de hierro desinteresada en ocultar la repulsión que le provoca mi presencia.
Es exactamente igual de “amable” que sus hermanos, albergando esa misma crueldad pasiva en la mirada.
Me queda claro que a este ritmo mi sistema nervioso no va a aguantar ni tres días en este lugar antes de colapsar por completo.
Me llevo una mano temblorosa al pecho, tratando inútilmente de calmar el ritmo galopante de mi corazón, que golpea contra mis costillas como un animal enjaulado.
—Yo… de verdad lo lamento —pronuncio en un hilo de voz.
Fuerzo el tono sumiso con un cálculo frío, tragándome el orgullo para actuar como una presa inofensiva; necesito que la niña confíe en mí, si pretendo extraer un solo dato útil de este bendito cautiverio.
Pero la poca calma que me quedaba flaquea al notar que su indiferencia es un muro impenetrable que ni siquiera mi actuación logra conmover.
Eira ya no me mira. Ahora parece estar diseccionando el techo con los ojos, fija en un punto invisible. La sigo, levantando la cabeza en un acto reflejo para descubrir qué demonios ha capturado el centro de su atención en esa maldita moldura de yeso, pero arriba no hay nada más que aire estancado. Vuelvo la vista hacia ella. Es adorable, sí, si es que se puede usar esa palabra para una criatura que posee la perfección fría y simétrica de una efigie funeraria. La genética de esta familia es un insulto para el resto de la especie humana; si el padre es la mitad de agraciado que sus hijos, el árbol genealógico de los Zalgorán bien podría pasar por un catálogo de joyería exclusiva y prohibida para los seres humanos comunes. Sin embargo, hay algo en su aparente quietud de porcelana que me revuelve las entrañas. Un aroma invisible en el ambiente. ¿Acaso mi desorientación es tan evidente que huelo a miedo? ¿O es que mi vulnerabilidad me reduce a sus ojos a un simple espécimen de laboratorio, una criatura inferior, mundana y completamente indigna de contemplar su soberana presencia?
Mantengo la cabeza baja, sosteniendo mi sumisión fingida; es prudencia calculada es lo único que mi dignidad herida me permite simular para que esta niña estrafalaria no se marche sin darse la oportunidad de conocerme. Sonrío, es una mueca torcida, carente de cualquier rastro de calidez, es entonces cuando reparo en lo que lleva colgado del brazo: un horrendo peluche de felpa gastada y costuras vencidas que arrastra con una familiaridad macabra. El jodido juguete parece haber sido testigo presencial de demasiados terrores domésticos.
—Tendré que aceptar los desafíos —articulo suavemente, forzando un tono de ligereza que no delate el temblor que me sube por las piernas.
Eira me devuelve la mirada con una lentitud que roza lo pasmódico. No hay prisa en sus movimientos. Con un desapego absoluto, levanta el brazo y me avienta el muñeco directo al regazo. El cadáver de felpa aterriza sobre mis muslos con un golpe sordo, exhalando una ráfaga rancia de polvo, humedad y un persistente olor a naftalina que se me clava en la garganta. El silencio que sigue es total, denso, casi reverencial. La niña no pide, no sugiere; me ha arrojado una orden silenciosa y explícita a través del desprecio de ese objeto roto: lávalo, remiéndalo, sé la sirvienta que tienes que ser en mis dominios.
Lejos de indignarme, siento una chispa familiar y de retorcida complacencia que me domina en los peores momentos. Genial otra narcisista más que me rebaja a todo mundo por hobby; a caso será el precio de admisión a su pequeño circo de monstruos excéntricos. Si tengo que fingir demencia para descifrar la naturaleza de este linaje estrafalario, lo haré con precisión absoluta.
La pequeña tirana fija aún más sus pupilas en mí, diseccionando mis reacciones como si fuera un acertijo especialmente complejo o un insecto raro al que está a punto de arrancarle las alas.
¡No puede ser! —pienso, conteniendo una carcajada seca que amenaza con escapar de mi garganta—. Es Danka, pero en miniatura. Qué mendiga alegría. Definitivamente debí haber sido una criminal de guerra de la peor calaña en mi vida anterior para merecer este karma doble. Su hermanito me había recibido hace unos días atrás con la misma calidez de un bloque de hielo en el hall de la mansión, y ahora esta versión de bolsillo venía a reclamar su propia cuota de desprecio familiar.
Me acomodo el peluche mugriento entre las manos, acariciando el ojo de botón que le falta y sintiendo el relieve de los hilos sueltos con una punzada hiriente. El abuso psicológico debe ser mi zona de confort, después de todo no tengo nada que perder; conozco los terrenos pantanosos que me se de memoria y en el que me muevo perfectamente para no terminar desarticulada.
Al fin, tras un escrutinio que me pareció eterno, la pequeña muñequita de porcelana decide que soy un espécimen digno de comunicación verbal. Entorna los ojos, suaviza la línea de sus labios en una mueca que pretende ser una sonrisa cálida, y suelta las palabras con una cadencia tan gélida como melodiosa:
—Eres demasiado hermosa.
—Qué amable de tu parte. Tú también eres hermosa —respondo, intentando que el temblor de mis nervios no se filtre en el aire.
Eira arruga su respingada nariz, procesando el cumplido con una seriedad que no corresponde a su fisonomía de adolescente.
—¿Tú eres la que va a cuidar de mí, supongo? —pregunta, cruzando los brazos sobre el pecho—. Dime, ¿a cuál de mis hermanos se le ocurrió la brillante idea de traer a una campesina extranjera para hacer el trabajo sucio?
Siento el pinchazo del insulto y mi boca reacciona antes de que mi prudencia pueda detenerla. Le sostengo la mirada, clavándole las pupilas con una sonrisa que se siente como un trozo de vidrio.
—No fue idea de ninguno de tus hermanos, sino de tu Padre —respondo con una voz tan suave que parece acariciar el aire—. No soy la campesina que hace los trabajos sucios. Eso lo reservo para quienes se esconden detrás de insultos baratos porque carecen de argumentos, educación y modales para algo mejor. En cuanto a ser extranjera… te aseguro que mi origen vale más que toda tu arrogancia vacía.
—¿Mi padre? —repite con una voz breve, seca y carente de cualquier calor, como el crujir del hielo—. Claro que fue él… siempre tan dado a recoger cualquier cosa que encuentra por ahí pensando que así les otorga “valor”.
Me mira de arriba abajo, como si inspeccionara un insecto que ha manchado el suelo de la recámara. No hay el menor rastro de miedo en sus facciones, solo puro aburrimiento y asco.
—Hablas mucho para alguien que no es más que una sombra contratada. Te crees algo solo porque has aprendido a usar las palabras, pero no importa cuánto intentes pulirte… sigues siendo exactamente lo que dije: una extranjera, una extraña… y sobre todo, alguien que no es nada comparado conmigo.
Se inclina apenas hacia mí, sosteniendo la mirada con la superioridad de quien asume que lleva siglos naciendo con privilegios que el resto de los mortales ni siquiera pueden soñar.
—Tu “origen”, esa supuesta valía de la que presumes… para mí no tiene más peso que el polvo que se barre bajo mis pies. Puedes sonreírme con esa falsa dureza si quieres, puedes creer que estás a mi altura. Pero nunca lo olvides: aquí tú solo obedeces. Y yo nací para ser obedecida. Ni todo el hielo del mundo podría hacer que alguien como tú me parezca siquiera una amenaza. Solo eres una esclava con permiso de hablar. Nada más.
Sostengo la presión de su mirada sin pestañear. La palabra "esclava" resuena en las paredes de mi cráneo, pero en lugar de amedrentarme, activa mi frialdad analítica. Aprieto el peluche contra mi regazo con una tranquilidad insultante antes de abrir la boca.
—Vaya, parece que llegué a un zoológico en lugar de a una casa familiar —le devuelvo, bajando el tono de voz para que cada palabra pese como el plomo—. Pero al menos los animales entienden cuándo deben guardar silencio y no provocan migrañas. Y llámame institutriz, niña. Que mi apellido sea más común que el tuyo no me quita el derecho de cobrar por soportar tus caprichos.
La mocosa me escucha sin pestañear. Ni una pizca de rabia infantil altera sus facciones. En su lugar, suelta una risita seca, cortada; un sonido hueco que no lleva ninguna alegría.
—¿Apellido? —repite con una lentitud exasperante, saboreando la palabra como si fuera un bocado agrio, mientras me recorre con la mirada con un desprecio absoluto—. Querida, en esta propiedad el apellido solo sirve para etiquetar las tumbas y saber a quién hay que enterrar primero. Tú no eres más que carne contratada, un mueble nuevo que metieron en la habitación para ver cuánto dura el barniz. Y no te confundas: que seas más bonita que las otras basuras que trajeron antes no te hace especial. Solo hace que el espectáculo sea más entretenido cuando empieces a romperte.
Decido que el silencio es mi mejor defensa en este tablero. Me trago el orgullo que me sube de golpe por la garganta y ruego internamente para que el cuidado de esta pequeña psicópata no incluya rituales de sangre en el sótano.
Mi falta de respuesta parece aburrirla, o quizás la estimula. Da un paso hacia la cama, arrastrando los pies con una pesadez tan desmedida que me hace sentir extrañamente frágil.
—¿Vas a sustituir a las demás? —continúa Eira, ladeando la cabeza—. Me gustaba una que otra, ¿sabes? Aunque no eran tan agraciadas como tú. Al principio todas llegan siendo muy amables, muy dispuestas… pero después de unas semanas en esta casa se vuelven completamente insoportables. Pierden los modales, parecen ratas envenenadas, dejan de hablar, se retuercen en poses burdas queriendo llamar la atención de todos en esta casa; son estúpidas, claro, dignas de su especie —remata Eira, sosteniéndome la mirada con una fijeza que parece buscar la primera grieta en mi templanza.
La puerta se abre de golpe, estrellándose contra el tope de la pared. El estruendo me hace saltar sobre el colchón. A este paso, voy a desarrollar un infarto por estrés agudo antes de que termine la semana.
Es Lessán. Su figura recorta la luz del pasillo, trayendo consigo esa presencia que parece desplazar el aire del lugar.
—Lamento mucho esta nueva interrupción en tu habitación, Analián —dice, clavando sus ojos en mí antes de desviar la atención hacia la pequeña tirana que sigue al pie de mi cama.
Me acomodo el camisón sobre las piernas, un acto reflejo para recuperar el control de la situación y disimular la vulnerabilidad de mi postura frente a los dos hermanos.
—No pasa nada, todo está bien —miento, forzando una sonrisa profesional que se siente como una máscara de yeso agrietada.
Lessán dirige su vista hacia Eira. Por un segundo, sus facciones se relajan en una ternura que desarma, una calidez más paternal que de hermano mayor, extrañamente humana; pero la transición se ejecuta en un parpadeo. Sus ojos se tornan severos, adquiriendo esa misma opacidad absolutista que define a su linaje. El cambio es fascinante, casi ilógico en su velocidad.
—Eira, debes aprender a respetar el espacio de los demás —le dice él, con un tono bajo pero cargado de una advertencia implícita—. Lo siento, Analián. Como podrás ver, la etiqueta es un concepto en el que todavía estamos trabajando.
La jovencita lo ignora olímpicamente. No se mueve un centímetro; sigue anclada a mi presencia, examinando el peluche mugriento que me arrojó al regazo como si midiera el tiempo que tardaré en obedecerla. ¿Qué demonios ven en mí? ¿Un juguete nuevo para entretenerse en los días de lluvia o un gusano apestado al que quieren ver retorcerse bajo la lupa?
—Vamos, Eira —insiste Lessán, dando un paso hacia el interior de la pieza. Su voz ya no es una sugerencia; es una orden directa que vibra en las paredes—. Deja que Analián se vista de una buena vez. Vámonos, el desayuno está listo y no voy a tolerar que la comida se enfríe por tus caprichos.
Eira parpadea al fin, rompiendo el hechizo. Se mueve con una lentitud antinatural, girando sobre sus talones con la rigidez coordinada de esas muñequitas que habitan en el interior de las cajas musicales antiguas. Pero antes de cruzar el umbral, se detiene y se gira hacia su hermano. Lo rodea con los brazos en un impulso repentino y le planta un beso ruidoso en la mejilla; un despliegue de afecto infantil que contrasta de forma grotesca con la frialdad que me acaba de escupir. Acto seguido, sale de la habitación tan rápido como un proyectil, dejándonos a solas.
El silencio que se instala es denso, casi sólido. Lessán no se retira de inmediato. Me dedica una mirada de supuesta disculpa que, lejos de reconfortarme, empieza a recorrer la línea de mi cuello, bajando por las clavículas descubiertas hasta perderse en el borde del camisón suelto.
Me siento expuesta, vulnerable. En mi cabeza resuena de inmediato el eco maldito de las palabras de Eira: aquellas mujeres que terminaban retorciéndose en poses burdas para llamar la atención de todos en esta casa. Con un sobreesfuerzo inhumano me mantengo recta, adoptando una seguridad elegante, aunque por dentro me siento como un cadáver dispuesto sobre una plancha de acero para el escrutinio de los practicantes. Sin embargo, en lo más profundo de mi vientre, una chispa de excitación irracional se enciende sin mi consentimiento. Malditos instintos traicioneros. Me fascina el peligro de esta familia tanto como me aterra, y mi propio cuerpo parece estar disfrutando el sometimiento de su juego.
Lessán nota el cambio en mi respiración, pero sostiene el control de la escena. En un movimiento defensivo, jalo las sábanas hacia arriba con brusquedad, cubriéndome hasta la barbilla en un intento de poder rescatar un gramo de dignidad profesional.
A él parece divertirle mi incomodidad. No se burla en voz alta; simplemente se le dibuja una sombra de entretenimiento en las comisuras de los labios, observándome con el desapego clínico con el que un neurobiólogo analiza las reacciones de un bicho bajo una descarga emocional moderada.
Da un paso hacia atrás, tomando la perilla de la puerta sin apartar sus ojos de los míos.
—No volverá a suceder —sentencia, y la firmeza de su voz me deja claro que su promesa no es un acto de cortesía hacia mí, sino un recordatorio de quién es el que realmente gobierna el orden en esta casa.
—Dame diez minutos y ya estoy con ustedes —consigo articular, sosteniendo la tela con fuerza para ocultar el temblor de mis manos.
—Bien.
Su respuesta es corta, seca. Se retira y el peso de su ausencia hace que el aire de la habitación se sienta todavía más denso, cargado de una electricidad residual que me eriza la piel. Me levanto de un salto en cuanto escucho el clic del cerrojo. Necesito quitarme esta sensación de ahogo y de suciedad de encima.
Al lavarme la cara en el tocador, aparto el cuello del camisón y la descubro en el espejo: una pequeña marca en mi hombro. Algún insecto demasiado ponzoñoso del bosque me dejó una roncha; una inflamación cutánea sin mayor importancia. Dejo salir un suspiro profundo y amargo ante mi patética situación, y la imagen de Danka cruza mi mente como un flash corrosivo. Recuerdo su prepotencia, esa maldita mirada suya que promete destrucción y placer en dosis exactamente iguales, un cincuenta y cincuenta que te destroza la cabeza.
Me sacudo el pensamiento con vehemencia, salpicando el agua y las gotas caen sobre mi reflejo en el espejo.
“Concéntrate, Analián. Esto es un trabajo, no una novela de romance barato de esas que devoran las adolescentes los domingos”, me reprendo en silencio, disfrutando el sabor amargo de mi propia autocrítica.
Salgo al pasillo y me obligo a avanzar por ese laberinto de techos altos y maderas exquisitamente talladas que huelen a cera vieja y a encierro rancio. La casa no necesita presumir su dinero; posee una opulencia discreta, casi silenciosa, de esa que grita que hay secretos prohibidos y maldades familiares enterradas bajo los cimientos desde hace siglos. Es el lujo decadente de un linaje que no admite duda de su veracidad, donde cada cuadro en la pared parece el retrato de un muerto que aún no sabe que se está pudriendo.
Cuando por fin encuentro el comedor, el impacto visual es casi agresivo. Es un espacio digno de una corte antigua donde el buen gusto se utiliza como un arma de intimidación psicológica. Escaneo el lugar de inmediato, buscando con la mirada algún rincón desolado, la esquina más alejada de la mesa donde pueda sentarme a tragar mi ración sin estorbar. Después de todo, la servidumbre no comparte el pan con la realeza a menos que pretendas que te adopten, y yo no tengo la más mínima intención de volverme la mascota faldera de nadie; prefiero mil veces ser el parásito que nunca sale de la sombra. Una pequeña sonrisa cínica se me dibuja en los labios ante tal pensamiento, pero Lessán rompe mis planes de retirada antes de que pueda dar un solo paso hacia atrás.
—Analián, ven. Siéntate aquí, con nosotros —dice él, indicando la silla vacía que se encuentra justo frente a Eira. Me mira con una cordialidad calculada que me revuelve el estómago; es la misma condescendencia con la que un aristócrata le permite al perro de la casa echarse cerca de la chimenea—. Supongo que tienes hambre. Sírvete lo que desees, considera que este espacio te pertenece.
—Agradezco la invitación, Lessán —respondo, tragándome la ironía que me quema la lengua y tomando asiento con una rigidez que contractura cada fibra de mis muslos.
Frente a mí, la mocosa de Eira clava sus ojos en mi plato con un asco tan evidente que casi puedo olerlo. La platería brilla con un fulgor obsceno, reflejando los manjares que descansan en el centro como si fueran ofrendas en un altar pagano. Me sirvo una porción minúscula, la justa para mantener el metabolismo funcionando sin tener que masticar demasiado frente a sus caras de porcelana. Qué tristeza me da su caridad.
El silencio que se instala en la mesa se vuelve denso, casi sólido, interrumpido únicamente por el tintineo metálico de los cubiertos contra la loza, un sonido rítmico que me recuerda al instrumental de una autopsia.
Es entonces cuando la temperatura de la estancia cae un par de grados de golpe, erizándome los vellos de la nuca. Celián entra en el comedor. Su presencia es exactamente eso: una ráfaga de aire helado que se cuela en un depósito de cadáveres, recordándote que la vida es un concepto completamente ajeno y de segunda categoría en este bendito lugar.
Eira, que hasta hace un segundo me miraba con ganas de envenenar el jugo que tomaba, cambia instantáneamente su postura. Busca el consuelo de su hermano con una devoción religiosa. Celián se inclina, le planta un beso fugaz en la frente y, acto seguido, barre mi existencia de la habitación. No me mira. Ni siquiera me concede el desprecio de un parpadeo; simplemente me ignora con una hostilidad gélida, una indiferencia absoluta que llega a doler en la piel de lo perfecta que es. Toma lo que necesita de la mesa y se retira sin pronunciar una sola palabra, dejándome con la sensación de ser un mueble invisible.
Lessán nota el desconcierto que se me ha quedado congelada en la cara. Deja su taza sobre el plato con tranquilidad exasperante y me mira con una condescendencia mansa.
—Tranquila, Analián —me dice, ampliando su sonrisa—. Celián siempre va de paso, como si el mundo exterior tuviera prisa por consumirlo. Espero que su falta de modales no te moleste demasiado.
—Ciertamente —murmuré, sosteniendo su juego—. ¿Hay algo en particular que busques en tu guardarropa?
—¿Tú puedes ayudarme a elegir mi atuendo hoy? —me pide, evaluando mi vestimenta con un desdén mal disimulado—. Tu ropa es bonita, aunque pareces tener muy poca.
Decido ignorar el insulto a mi economía personal. Justo cuando voy a responder, una sombra densa se proyecta sobre la mesa. Danka. Su sola presencia activa una ráfaga de veneno que me paraliza mi sistema corporal. Disfruta de mi miedo; puedo leerlo con claridad en la curvatura sutil de sus labios.
—Buenos días —consigo articular.
Nada. No hay respuesta. Se sienta junto a Eira con una arrogancia que llena la habitación por completo. La tensión ambiental es tan alta que temo que el cristal de las ventanas estalle por la presión.
—¿Danka, por qué te gusta tanto Analián? —suelta Eira de la nada, con una sonrisa maliciosa.
Casi me asfixio. El trago de jugo se desvía por mi tráquea y sufro un violento acceso de tos que resuena con fuerza en el comedor, rompiendo la tensión como un vidrio que se cuartea. Al parecer, esta maldita familia saborea cada una de mis humillaciones biológicas.
Danka no aparta la mirada de mí mientras intento recuperar el aire. Al contrario: sus pupilas se dilatan, tragándose la luz de la estancia, y esa sonrisa torcida, satisfecha y peligrosa, se ensancha al ver mi vulnerabilidad.
—¿Algún problema, señorita? —pregunta él. Su voz es un susurro rasposo que me recorre la espina dorsal como una descarga eléctrica.
Es un manjar dulce para su existencia mal sana ver cómo mi cuerpo me traiciona ante su presencia. Apoyo la copa con firmeza sobre la mesa, secándome los labios con la servilleta en un movimiento lento, estudiado. Me obligo a contener el temblor; no voy a demostrarle que su intención de asustarme ha logrado encender, una vez más, esa chispa de excitación irracional en lo más profundo de mi vientre. Sostengo su escrutinio.
Ningún problema —respondo yo, alzando la barbilla y clavando mis ojos en los suyos, sin retroceder ni un milímetro—. Solo que las insinuaciones de tu hermana son tan desproporcionadas como arrogantes. Me preguntaba… ¿desde cuándo el desprecio, el asco y el impulso salvaje de asfixiar a alguien se confunden en esta casa con el afecto?
Danka se inclina lentamente sobre la mesa, apoyando los antebrazos en el mantel de lino, invadiendo mi espacio con una presencia magnética, pesada, cargada de una energía residual que quema y estremece a la vez. No grita, no amenaza con violencia bruta; su agresión es suave, acariciante, una tormenta hecha de intenciones no dichas y palabras afiladas.
—¿Afecto? —repite, arrastrando las sílabas como si saboreara cada una contra mi piel—. Eira tiene una imaginación muy… poética. Pero tiene razón en una cosa: tú me gustas, Analián. Me gustas como le atrae la presa al cazador segundos antes de desgarrarle la yugular. Fascinas mis sentidos porque caminas por aquí, frágil y pequeña, convencida de que esa dignidad que presumes te servirá de escudo… y es tan delicioso imaginar cuánto gemirías si decidiera romperte, una a una, las reglas que te hacen sentir superior.
Su voz baja, ronca, acaricia mis oídos a modo de susurro en la intimidad de una alcoba prohibida. Mis pulsos se disparan, no solo por miedo, sino por esa corriente eléctrica, salvaje e innegable, que él desata deliberadamente entre nosotros a plena luz de la mañana.
—Te equivocas de forma miserable, Danka —replico, y mi voz tiembla apenas, solo lo suficiente para que él crea que es placer, y no rabia, lo que me recorre—. Crees que gustar es poseer, aplastar, reducir a polvo… porque tu mente podrida solo conoce el deseo de destruir lo que brilla más que tú. Pero mírame bien: por mucho que intentes intimidarme, por mucho que quieras ver solo una obrera a la que puedes pisotear… aquí estoy. Viendo tus ojos sin bajar la vista. ¿Te gusta verme? Pues sopórtame entera. Porque por más que intentes encontrar una grieta donde hundir tus garras, solo hallarás acero. Y eso te frustra. Te frustra tanto que te consume.
Danka suelta una risa baja, gutural, que vibra en el aire matutino y me recorre la columna como una caricia obscena y deliciosa. Sus ojos escanean mi rostro con un hambre desvergonzada; bajan lentamente por mi cuello, mis hombros, mis manos apoyadas sobre el mantel, como si pudiera palparme a través de la distancia física que nos separa.
—¿Acero? —murmura, casi contra mi boca, aunque físicamente sigue sentado al otro lado de la mesa—. El acero se calienta, Analián. Se ablanda si lo sometes al fuego adecuado… y yo sé exactamente qué clase de fuego te derretiría hasta hacerte suplicar. Me gusta verte digna, sí. Me gusta ver cómo te levantas contra mí, desafiante y furiosa, porque cada vez que lo haces, tus ojos brillan de una forma que me hace querer levantar esta mesa, tirarte sobre ella para demostrarte que la etiqueta de los dioses no sirve de nada cuando un hombre como yo decide adorarte… o devorarte.
La insinuación cae a modo de perfume pesado y embriagador entre nosotros. Eira se queda muda, observando el intercambio con la boca entreabierta, comprendiendo de golpe que esto ya no es una humillación compartida; es un duelo íntimo, violento, cargado de una tensión eléctrica tan densa que enturbia el aire matutino. Lessán sigue atento, pero no interviene; sabe perfectamente que Danka ha cruzado una línea que mezcla el odio con un juego oscuro y obsesivo.
Yo no me encojo. Al contrario, me inclino también hacia él sobre la mesa, reduciendo el espacio entre nosotros siento su aliento cálido mezclarse con el mío en una cercanía peligrosa.
—Entonces ven y trata de quemarme, Danka —susurro con una sonrisa que refleja su propia peligrosidad—. Pero ten cuidado: el fuego que crees que te pertenece… podría ser capaz de consumirte a ti primero. Y te aseguro que si te acercas demasiado para devorarme, terminarás tragándote tu propio orgullo aristocrático, igual que tu hermana hace un momento. Porque lo que sientes no son ganas de destrucción… es una pura, vergonzosa y desesperada necesidad de que yo te mire con la misma intensidad. Y eso… te aterra más que la propia muerte.
Lessán no interviene de inmediato: observa, calcula, pesa cada matiz como el estratega y patriarca que es, con una calma que hace que el aire se vuelva aún más denso. Permanece inmóvil en su silla, los dedos entrelazados bajo la barbilla, y sus ojos —grises, profundos, impenetrables— viajan lentamente desde mi rostro, desafiante y seguro, hasta el de su hermano. Y lo que lee en la expresión de Danka no es solo furia ni orgullo herido: ve ese deseo crudo, desesperado y desbocado que yo acabo de nombrar en voz alta. Nota cómo el guerrero que nunca se doblega se rige bajo una rigidez inusual, con la mandíbula tan tensa que parece a punto de fracturarse, delatando que cada palabra mía ha dado justo en el centro de la verdad que él más intenta ocultar.
Por un segundo eterno, el mundo deja de girar en este comedor. La mirada de Danka, antes cargada de veneno y burla, cambia drásticamente: el odio sigue ahí, sí, pero ahogado bajo una ola de deseo descarado, incontrolable, que ya no se molesta en ocultar. Sus fosas nasales se dilatan al percibir mi cercanía, inhalando mi aroma a escasos centímetros de su rostro, y sus dedos se curvan con ansia sobre el mantel, como si lucharan contra el impulso violento e inmediato de aferrar mi cuello entre sus manos y devorarme los labios hasta dejarme sin aliento.
—Pequeña y malditamente astuta… —gruñe, con una voz rota por esa pasión salvaje que intenta disfrazar de agresión—. ¿Sabes cuánta razón tienes… y eso solo hace que quiera probarte todavía más?
Lessán sabe que interrumpir ahora sería romper algo que él mismo desea ver desarrollarse: la caída del orgullo de Danka, su rendición involuntaria ante mí. Pero cuando nota cómo la mano de su hermano se cierra en un puño sobre el lino, a punto de rasgar la tela de pura tensión, y cómo sus ojos me devoran con un hambre que ya no intenta disfrazar, el patriarca decide imponer su límite —frío, cortante, absoluto—, para recordarles quién dicta las reglas en esta casa, sin llegar a separarnos del todo.
—Suficiente —dictamina. No grita; su voz cae a modo de losa pesada y helada que envuelve la mesa entera—. Veo claro lo que ocurre aquí, mucho más de lo que vosotros mismos estáis dispuestos a admitir.
Esa confesión velada cae pesada y caliente sobre la porcelana. Ya no hay duda: Danka no quiere aplastarme; quiere poseerme, retarme, adueñarse de cada una de mis reacciones. Me mira como si yo fuera el único espécimen capaz de saciar un apetito antiguo que ni él mismo comprende.
Yo me recargo lentamente en el respaldo de mi silla, tranquila, triunfante. Vuelvo a llevarme la copa de jugo a los labios, manteniendo sus ojos clavados en los míos en todo momento, a sabiendas de que acabo de convertir su hostilidad en una necesidad que lo atormentará hasta la locura. Danka me sostiene la mirada una última vez, dibujando una sonrisa de puro reto; sé perfectamente que lo que ha pasado aquí no me lo va a perdonar. Acto seguido, se levanta y sale del comedor sin pronunciar una sola palabra.
—¡Todo es tu culpa! haz hecho que Danka se vaya—Eira estalla de inmediato, apuntándome con el dedo, su rostro se enciende de rabia por la salida tan abrupta de su hermano—. Desde que llegaste solo has traído…desestabilidad.
Lamento decepcionarte niña, pero aún no poseo tal habilidad de manipulación para hacer salir a tus hermanos de la estancia o de cualquier otro lugar.
—Ella tiene razón, Eira —interviene él mayor, cortando la rabieta de la niña con una parsimonia total—. Danka se ha ido porque así lo ha querido. No toleraré más escenas esta mañana.
La adolescente se repliega y se calma de inmediato. Es verdaderamente aterrador cómo es capaz de mutar su temperamento bajo el yugo de su hermano. Lessán vuelve su atención hacia mí; sus facciones abandonan la rigidez anterior y su tono se vuelve serio, impregnado de un matiz casi protector que me pone en alerta.
Su voz vuelve a adueñarse del comedor, pero esta vez introduce un matiz completamente nuevo, sepultando de golpe el caos que su hermano acaba de dejar atrás:
—El informe que enviaste a mi padre menciona que atraviesas una situación difícil y no hay antecedentes familiares—dice él, cruzando las manos sobre la mesa y fijando sus ojos impenetrables en mí—. ¿Se trata de un problema monetario, Analián?
Levanto la Vista, artículo, cada palabra que voy a soltar y le doy el peso de una armadura que no pienso dejar caer. Mis dedos aprietan suavemente el lino del mantel, ocultando el temblor leve de quien se aferra a lo único que nadie le ha podido quitar.
—Sobreviviré con mi sueldo; es más que suficiente cuando no te queda otra opción —respondo. Mi voz suena cortante, tensa, defensiva hasta el último matiz.
Me guardo las verdaderas palabras en el estómago. Sé perfectamente que mi orgullo es lo único que me quedó intacto cuando todo lo demás se desmoronó. No lo voy a regalar, ni a pedir prestado, ni a dejar que nadie lo mida con reglas que no son las mías. Si a este hombre le parece extraño… es porque nunca ha tenido que construirse a sí mismo desde la nada, solo para no desaparecer.
Bajo la mirada un segundo, tragándome el recuerdo que quema, antes de volver a mirarlo con una claridad dolorosa.
Lessán no sonríe. Tampoco parece satisfecho, como si hubiera acorralado a una presa fácil. Al contrario: la agudeza calculadora de su mirada se suaviza, se vuelve oscura y silenciosa, como si de repente no estuviera mirándome solo a mí, sino atravesándome para ver un eco de algo que él mismo vivió en algún momento de la vida.
¿Pensará que soy una presa?, me cuestiono en silencio, analizando el cambio en sus facciones.
El patriarca se recarga lentamente en el respaldo, y por primera vez deja caer esa postura impecable de líder inalcanzable; hay un cansancio real en su rostro, una melancolía antigua que suele mantener bien guardada bajo pesadas capas de autoridad. Sus dedos dejan de entrelazarse; uno de ellos acaricia el borde de su taza de porcelana en un gesto mecánico, casi ausente.
—¿No tienes más familia o amigos? —pregunta en un murmullo.
Dudo una fracción de segundo. La verdad carece de relevancia para el papel que vengo a desempeñar aquí, y no tiene el menor sentido que esta estirpe conozca la existencia de mi pasado.
—Respondiendo a tu pregunta… —hago una pausa breve, porque decirlo en voz alta sabe a una despedida definitiva—: No. No tengo a nadie. —Cada sílaba cae limpia, cortante, desprovista de autocompasión—. Nadie que pueda buscarme, nadie a quien pueda recurrir. Y créeme: no causaré problemas. Mis recursos actuales no me dan el lujo de cometer locuras, ni de pedir más de lo que merezco, y no seré una carga para esta casa. Puedes despreocuparte.
—«No tengo a nadie» —repite Lessán muy bajo, sin un solo rastro de burla o juicio, solo con una resonancia profunda que parece nacerle desde las entrañas—. Conozco esa verdad, Analián. Más de lo que crees… y te aseguro que pesa mucho más que cualquier falta de monedas.
Me mira directamente a los ojos ahora, y la agudeza de su escrutinio ya no busca evaluar mi rango o mis debilidades para usar el informe en mi contra: es el reconocimiento absoluto de dos soledades que se entienden a la perfección.
—No te veo como una molestia, — dice con una calma que desarma mi actitud defensiva sin necesidad de violencia—. Y mucho menos te considero una presa fácil a la que vigilar para que no escape ni estropee el orden de esta casa. Lo que veo… es a alguien que ha tenido que cerrar puertas y enterrar vínculos para mantener a salvo lo que ama, incluso si eso significa quedarse completamente sola.
Sus palabras dan justo en el centro de mi secreto, ejecutando una incisión perfecta sin que yo haya pronunciado nada más.
—Porque dices que no tienes a nadie —continúa él, analizándome—, pero la ferocidad con la que proteges ese vacío… me dice que, en realidad, solo eliges la soledad para que nadie más salga herido. ¿Verdad?
Se inclina apenas hacia adelante sobre la mesa, mostrando un respeto nuevo, profundo, desprovisto de la rancia etiqueta dinástica:
—Yo también tuve que aprender a caminar solo para mantener a salvo lo que amaba. También me vi obligado a aferrarme a mi orgullo como si fuera la única sutura capaz de cerrar mis heridas para que nadie notara cuánto sangraban. —Su voz disminuye hasta convertirse en un susurro cargado de memoria—. Por eso sé que no estás aquí simplemente para «sobrevivir». Sobrevivir es el mecanismo que usas para no caer, pero esa dignidad tuya… esa sigue luchando para mantenerte intacta, aunque el mundo entero te deje las manos vacías. No te pido que me cuentes nada que duela. Pero quiero que lo sepas, Analián: yo ya no te miro como a la desconocida del informe. Te miro… como a alguien que entiende con precisión milimétrica lo que significa estar solo y, sin embargo, se niega a romperse.
El silencio que se instala en el comedor es denso, casi sagrado. Siento un nudo de llanto que obstruye mi garganta y la opresión del luto vuelve a transformarse en una realidad, física, en medio de este escenario. Por un instante, abrumada por la disección psicológica de Lessán, me olvidé por completo de que la mocosa todavía se encontraba con nosotros en la mesa.
Eira permanece rígida en su asiento, con los nudillos blancos por la fuerza con la que aprieta la servilleta de tela, arrugándola sin siquiera darse cuenta. Ha escuchado cada palabra de su hermano; ha sido testigo directo de cómo esa mirada que ella creía inalcanzable se ha suavizado ante mí, reconociéndome, igualándome… y aquello representa para su mente infantil una afrenta mil veces peor que cualquier humillación que yo pudiera haberle infligido minutos antes.
La niña abre los labios, instintivamente lista para inyectar su veneno, para soltar una carcajada cruel, llamarme parásita o escupir que mi orgullo carece de valor sin riquezas ni linaje… pero antes de pronunciar la primera sílaba, sus ojos se cruzan con los de Léssan.
El patriarca no le grita, ni se molesta en amenazarla de nuevo. Solo le dedica una mirada de un segundo: una advertencia silenciosa, pesada y definitiva que le recuerda con frialdad quién maneja los hilos en esta casa y cuál fue su última sentencia.
Y eso basta. El amago de la fiera se extingue en su garganta.
Eira cierra la boca al instante, tragándose las palabras afiladas y la rabia que le sube ácida por la garganta. Respeta a Lessán más de lo que odia verme de pie; jamás se atrevería a desafiar su autoridad abiertamente una vez que el patriarca ha dejado clara su voluntad. Pero cuando su mirada vuelve a caer sobre mí… ya no encuentro en sus ojos el desprecio ruidoso y teatral de antes. Ahora hay algo mucho peor: una calma glacial, una furia callada y venenosa; la clase de letalidad fría que solo guardan quienes saben esperar el tiempo necesario para asestar el golpe perfecto.
Su sonrisa reaparece: fina, cortante, sin llegar nunca a tocarle las pupilas. Ya no me ve como una plebeya a la que amedrentar por mera diversión. Ahora me considera una rival peligrosa que ha logrado lo impensable: rozar el alma de su hermano, ganarse su respeto y ocupar un territorio que ella considera estrictamente prohibido para alguien de mi estirpe. Y eso… la vuelve infinitamente más peligrosa.
—Qué… conmovedor —susurra al fin. Su voz es dulce, fría como el hielo seco, medida y desprovista de cualquier rastro de histeria; una demostración de falsa educación que hace que la piel se me erice más que antes—. Supongo que tienes razón, hermano. El orgullo de los que lo han perdido todo suele ser terriblemente… persistente. Como una mala hierba que crece donde nadie la llamó.
Me recorre con la mirada, de manera lenta y detallada, memorizando cada uno de mis gestos, cada línea de mi rostro, guardando esa imagen exacta para desarmarla después. Ya no intenta ponerme a prueba en público ni pretende montar escenas teatrales; su guerra ha cambiado de forma.
—Puedes estar tranquila, Analián —añade, y su tono es tan cortés que duele, afilado a modo de navaja oculta en una caricia—. No volveré a molestarte con pequeñeces, tal como ordena mi hermano. Al fin y al cabo… si has logrado sobrevivir a la soledad y a la miseria, seguramente sabrás cuidarte muy bien sola. ¿Verdad? Solo espero que ese orgullo tuyo… no termine siendo lo único que tengas para llorar cuando la vida te demuestre que incluso lo que crees indestructible… puede romperse en mil pedazos.
Se queda callada un instante, asintiendo para sí misma con una satisfacción oscura y anticipada. A partir de este momento dejas de ser una simple institutriz a la que amedrentar por puro aburrimiento; ahora te has convertido en una amenaza a la que vigila, a la que estudia y a la que espera ver caer… y esa paciencia estratégica la vuelve mil veces más letal que cuando te escupía veneno directamente a la cara.
Prefiero olvidar todo lo acontecido antes de que el desayuno se convierta en hiel dentro de mi estómago. Sin embargo, antes de que pueda retirarme de la mesa, Lessán me detiene con un gesto pausado.
—Una cosa más, Analián: lo que impera entre nosotros es una confianza mutua, ¿verdad? Por lo tanto, debemos apoyarnos en todo lo que podamos. No me queda más que darte la bienvenida formal a la familia Zalgorán; seremos un buen equipo.
Sonreí apenas ante su comentario, manteniendo la guardia alta.
—Claro que sí. Le agradezco el recibimiento.
—Hoy la casa será totalmente tuya —añadió él con esa tranquilidad característica que, más que calma, parece una sedación inducida—. Te servirá para tejer lazos con Eira. Su curso empieza mañana, así que el día de hoy no debería ser un obstáculo… o eso espero.
—Espero que hagamos mil cosas juntas —respondí de manera protocolaria, aunque una parte de mi cerebro se preguntaba si mi organismo sobreviviría a las primeras cien.
—Estoy seguro de que sí. Estaré ausente durante todo el día; si surge algún problema, ya tienes nuestros números de contacto.
Lessán extendió la mano y me entregó una caja pequeña de diseño minimalista. Dentro, descansaba un celular que brillaba con el resplandor de lo nuevo. Un modelo de gama alta, el tipo de tecnología de punta que uno jamás espera recibir de un empleador tras apenas veinticuatro horas de servicio.
Me observa fijamente, con una intensidad clínica que me hace sentir como si estuviera leyendo el código de mi cerebro. Sé perfectamente que intenta desentrañar cada uno de mis traumas, midiendo mi determinación de permanecer impenetrable. En esta casa, el espécimen que muestra la verdad primero, pierde.
—¿Esto es para mí? —pregunto incrédula.
—Sé que perdiste el tuyo en el trayecto y no podemos permitirnos estar incomunicados —sentencia él con frialdad.
—Es… demasiado. No es necesario —replico, sintiendo el peso del compromiso más que el del propio aparato—. Mañana mismo iré a comprar uno más sencillo.
Él toma mi mano de imprevisto. Sus dedos están fríos, una temperatura gélida que desafía cualquier rastro de calor humano; guía mis dedos con los suyos hasta que me veo obligada a cerrar el puño sobre la carcasa del teléfono. Asegura que es una «pequeñez», un recurso indispensable para mis obligaciones en la universidad. Comprendo entonces que, para ellos, el dinero es solo un concepto abstracto, una herramienta diseñada para imponer su poder sobre el resto de los humanos.
—Está bien, lo tomaré —cedo, sosteniendo la mirada—. Pero con una condición: que me lo descuentes de mi sueldo, poco a poco. Es un trato.
Aprovecho el contacto para cerrar los dedos en un apretón firme que selle el pacto. Léssan duda una fracción de segundo, quizás divertido por mi rigidez con la ética laboral, pero termina aceptando con un leve asentimiento. Sin embargo, en cuanto me suelta, una sombra de duda me asalta el estómago.
Lessán se marchó del comedor con una prisa elegante, dejándome por fin a solas con la jovencita. Eira me miraba con un aborrecimiento genuino, ese desprecio característico de quien ha crecido en una mansión de lujo y considera que todo lo que está debajo de su linaje es simple basura descartable.
—Vamos a mi habitación —ordenó con sequedad, dándose la vuelta.
La seguí a través de los pasillos de mármol. Su dormitorio era un estallido de rosa muy sutil y blanco impecable, un santuario de algodón y texturas suaves que contrastaba violentamente con la arquitectura gélida del resto de la propiedad. Sin embargo, cuando cruzamos el umbral hacia el cuarto de juegos contiguo, la estética mutó por completo. Era un auténtico museo de horrores en miniatura. Cientos de peluches y muñecas de porcelana abarrotaban las estanterías, pero todos y cada uno de los ejemplares tenían una anomalía perturbadora: cuerpos decapitados, extremidades desmembradas, párpados cosidos con hilo negro grueso y rostros fijos en expresiones de una agonía sintética.
Eira se paseaba entre los estantes como una reina inspeccionando su propia cámara de torturas. De improviso, detuvo su caminata, tomó una de las muñecas por el cabello de nailon y la acercó a mi rostro con una brusquedad violenta, obligándome a mirar de cerca sus miembros rotos y las costuras expuestas del juguete.
—Mira bien, Analián —siseó Eira, con las pupilas brillantes de una locura fría—. Esto es lo que eres para mí. Un juguete nuevo. Y a los juguetes se les compra, se les usa y, cuando me aburren… se les rompe. Las anteriores institutrices eran débiles; se deshicieron con solo apretarlas un poco. Tú te ves más dura, pero apuesto a que por dentro eres igual de quebradiza.
Retiró la muñeca lentamente de mi rostro, acariciando su cabeza cortada con una ternura verdaderamente enfermiza.
—¿Por qué mataste a la princesa? —le pregunté con total parsimonia, observando el vestido de satén raído y el torso de plástico decapitado—. ¿No se suponía que la amabas por pertenecer a tu misma clase social?
—Eso no significa que no pueda hacerle daño —respondió la niña con una lógica gélida, casi clínica—. Además, la envidiaba.
—¿Por qué?
Eira se quedó pensativa por unos segundos, clavando sus ojos en el juguete roto.
—Tenía todo en sus manos y no sabía qué hacer con ello —dictaminó al fin, elevando las facciones—. Al igual que tú ahora, que tienes el privilegio de estar aquí y no tienes ni la menor idea de lo que te espera. Pero tranquila… voy a disfrutar enseñándote tu lugar, pedacito de nada.
En ese instante me pregunté seriamente si el tratamiento psiquiátrico debería ser para ella por su evidente sadismo, para Lessán por permitir semejante aberración en su propia casa, o para mí, por intentar buscarle un sentido pedagógico a una flagrante masacre de felpa y porcelana.
—La narrativa de una historia puede ser constructiva, Eira —repliqué, cruzando los brazos, decidida a no ceder un solo milímetro de territorio—. No tiene por qué limitarse a una burda sucesión de torturas y mutilaciones sintéticas. Podríamos intentar…No matar a medio mundo, la vida es más que eso.
—Tú me enseñarás —dijo ella, sopesando mis palabras con una madurez que no le correspondía.
—¡Claro que sí! Pero no podemos ir matando a todos los personajes de las historias, Eira.
La niña frunció el ceño de inmediato. Fue una mueca de enfado infantil que, por un segundo de pura tensión, me provocó más terror biológico que el mismísimo Danka. Entonces, su rostro mudó de golpe y sonrió con una malicia destilada.
—Tú serás mi esclava.
—Soy demasiado desobediente para ese puesto —repliqué, sosteniendo el pulso.
—Te golpearé hasta que obedezcas —sentenció con tanta naturalidad que me transformó la sangre en hielo.
—Entonces no tendrás quien te quiera.
—¿Tú me quieres? —preguntó de pronto. Su voz, antes una navaja, se volvió pequeña, casi desamparada.
—Claro que sí —mentí con suavidad protocolaria.
Eira corrió hacia mí y me rodeó con un abrazo. Poseía una fuerza sorprendente, una presión muscular que se sintió en mi caja torácica casi como un torniquete. A mi juicio clínico, aquella criatura padecía una distorsión severa en la percepción de la realidad; una mente fragmentada. De inmediato me arrastró hacia su enorme armario y comenzó a desfilar. Se movía como una muñeca mimada y sumamente manipuladora, tirando de los hilos de mi paciencia. Pretendía elegir un vestido extravagante para ser la más bonita de la escuela, intentando claramente verme la cara de idiota para que yo tuviera que soportar las burlas de los directivos durante meses.
Al final, decidí tomar el mando de la situación y elegí el uniforme oficial de color gris.
—¡Sííí! ¿Cómo adivinaste? Eres inteligente, eso me agrada —celebró ella, cambiando de humor de forma instantánea—. Ahora entiendo perfectamente por qué les gustas.
—¿A quiénes? —inquirí, entornando los ojos.
—A mis hermanos.
—Tal vez simplemente no encontraron otra opción disponible en el mercado para cuidarte —dije, restándole importancia al asunto.
—En ese aspecto, no eres muy inteligente —susurró ella, dejando la frase flotando en el aire del vestidor como una advertencia fúnebre.
—Sigamos jugando —dictaminó de golpe, tomándome del brazo con esa potencia antinatural y arrastrándome de vuelta al cuarto de juegos. Me empujó sobre una silla, obligándome a sentarme de golpe. Cuando volvió a mirarme, su voz era tan fría como un témpano de hielo.
—Siéntate derecha —ordenó Eira sin levantar la voz, pero con una autoridad implacable que congelaría a cualquier ser humano que tuviera sangre en las venas—. La espalda recta, los hombros hacia atrás y el cuello estirado, como si tuvieras una vara de hierro clavada desde el coxis hasta el cráneo. Aquí no venimos a descansar; venimos a aprender a no parecer una campesina salvaje en presencia de gente que vale mucho más que tú en toda tu miserable existencia.
«¿Cuánto soportarás, querida sirvienta?», pareció dictaminar el silencio de la habitación.
La niña se levantó de inmediato y comenzó a pasear a mi alrededor a modo de depredador evaluando a su presa, ejecutando pasos silenciosos y matemáticamente precisos.
—La cabeza alta, Analián. No mires al suelo como si buscaras monedas perdidas; mira al frente, pero sin insolencia. Los ojos deben permanecer fríos, distantes. Tu mirada es tu única carta de presentación y, si muestras un solo rastro de miedo o curiosidad, ya estás perdida.
De repente, el tiempo se dobló sobre sí mismo en mi cabeza. Por un instante cronológico, mis ojos dejaron de registrar el vestido costoso y el rostro pálido de la niña; en su lugar, vi a mi propia madre, años atrás, igual de rígida, igual de implacable. «La dignidad no se pide, se impone con la postura», me repetía con severidad mientras me golpeaba suavemente la espalda con una regla de madera para enderezarme. «Nunca dejes que lean lo que sientes, hija. Las debilidades son exclusivas de los muertos».
El eco del recuerdo me heló la circulación: dos mundos completamente distintos, pero atrapados exactamente en la misma jaula de hierro.
Eira se detuvo de golpe frente a mí y se inclinó, aproximando su rostro al mío hasta que nuestras narices casi se tocaron. Su respiración no se percibía en absoluto, no había exhalación ni calor humano, pero su voz descendió hasta convertirse en un susurro letal, tóxico y profundamente dulce:
—Y no intentes buscar consuelo en el pasado, querida —susurró, clavando sus pupilas avellanas en las mías como si estuviera diseccionando mi propia alma—. Tu madre no está aquí para salvarte y, aunque estuviera, su autoridad murió en el preciso instante en que pusiste un pie en esta propiedad. Ahora soy yo quien dicta las reglas, soy yo quien sostiene la regla y, créeme… a mí me gusta mucho más ver sangre que ver posturas correctas. Así que obedece, o te enseñaré que mis caprichos duelen mucho más que cualquier castigo que hayas conocido en tu miserable vida.
Me sostuvo la mirada un segundo antes de lanzar la siguiente directriz:
—Sonríe —ordenó.
Forcé mis facciones a ejecutar el movimiento y esbocé una mueca mecánica.
—No —escupió ella con profundo desdén—. Esa es la cara de quien implora una limosna. La sonrisa debe ser un movimiento muscular estrictamente controlado, Analián, no un reflejo de alegría burda. Levanta apenas las comisuras de los labios, justo lo necesario para cumplir con la etiqueta, pero sin entregar absolutamente nada de ti. La sonrisa perfecta es aquella que nunca llega a tocar los ojos.
Retrocedió dos pasos y cruzó los brazos, analizándome con una frialdad verdaderamente inhumana.
—Recuerda esto bien, Analián: hablar es de necios, callar es de cobardes, pero responder con la palabra justa y el tono exacto… eso es exclusivo de quien ostenta el poder. Tú no tienes poder, así que tu única función aquí en esta casa es molestar lo menos posible. Ahora, repítelo conmigo: «Estoy aquí para servir y para no ser vista». Y más vale que suene como si te lo creyeras, o te haré repetirlo hasta que se te desgasten las cuerdas vocales.
Soltó la regla de madera sobre la mesa de juegos y giró sobre sus talones dándome la espalda con arrogancia. Aquella niña era una verdadera sádica vestida de seda.
Pero conmigo se había topado con pared. Podía creer lo que se le diera su maldita gana; mi armadura seguía intacta.
NOTA. Cada miércoles subiré un capítulo, de aquí en adelante se pone más denso.
Gracias, recibimos sus comentarios y sus análisis con agrado.
Thoughts
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PermalinkLe leí esto a mi abuela y dijo 'esa muchacha tiene aguante', y es la pura verdad.
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PermalinkEsa parte donde Lessán le toma la mano y ella se queda congelada la releí a las cuatro de la mañana.
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PermalinkEsto pasó mis cuarenta fácil, mano. ¿Danka realmente quiere romperla o es que algo más está pasando en esa casa?
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Permalinklo leí a las dos con el bebé y essa eira me dejó re incómoda, ve, qué criatura
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PermalinkCorté justo cuando Lessán entra y ella se da cuenta que está temblando. ¿Él va a notarlo o va a hacerse el que nada?
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Permalinkleyendo esto tirada en la arena y esa niña me pone los pelos de punta, ve :(
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PermalinkEs como esas casas antiguas de los pueblos, pero con algo raro adentro. ¿Esos hermanos son así de verdad o ella se los imagina por el miedo?
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PermalinkLo leí mientras esperaba el fútbol del más chico, che, y me quedé con ganas de más. ¿Analián va a aguantar a esa familia o va a rajarse?
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