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CELIÁN... EL DESPRECIO

lian
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El repicar sordo de la lluvia que moría contra los cristales era el único sonido que se atrevía a romper el silencio de la biblioteca. El Dr. Karl se despojó de los guantes de látex, arrojándolos…

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Esa parte donde intenta marcharse pero el cuerpo no responde. Siento que conozco ese agotamiento de estar atrapado.

Esa parte donde intenta marcharse pero el cuerpo no responde. Siento que conozco ese agotamiento de estar atrapado.

Contenido de la publicación

El repicar sordo de la lluvia que moría contra los cristales era el único sonido que se atrevía a romper el silencio de la biblioteca. El Dr. Karl se despojó de los guantes de látex, arrojándolos sobre la bandeja de mayo junto al instrumental ensangrentado, y se giró hacia los hermanos. Su rostro, surcado por algo que parecía líneas de una incredulidad que desafiaba la lógica mortal, reflejaba una fascinación casi religiosa.

—Lo que acabo de presenciar en esa alcoba desafía cualquier tratado médico que haya escrito en los últimos dos siglos —pronunció Karl, para una humana común, se acomoda los puños de la camisa con una sutileza aristocrática—. Las fibras celulares de la señorita Analián no se limitan a sanar; se reconstruyen a sí mismas con una violencia evolutiva que solo he visto en nuestra propia estirpe. El tejido de la costilla, que debió tomar semanas en consolidarse, ha recuperado su densidad ósea en cuestión de horas.

Celián, de pie junto a la chimenea apagada, mantenía los puños cerrados dentro de los bolsillos de su pantalón. Observaba su camiseta manchada con el rastro ferroso que Analián había dejado al colapsar contra él.

—Su sangre… —mencionó Celián, y su voz sonó como el crujido de una lápida—. Cuando la cargué escaleras arriba, el aroma era tan denso que resultaba ofensivo. No es la sangre ordinaria de los sirvientes o de personas comunes, Karl. Hay algo antiguo en su torrente. Algo que no sé explicar.

—Modera tus instintos, hermano —intervino Lessán desde la penumbra del fondo, con un tono de voz tan cortante que hizo eco en las estanterías de madera —. Sí, su presencia ha alterado el perímetro y la torre reaccionó a ella, es porque la línea de su sangre tiene una deuda pendiente con algo.

El médico caminó hacia el centro de la habitación, cruzando las manos a la espalda. Su mirada escudriñó a ambos hermanos con la frialdad de un juez.

—Lessán tiene razón en mantener la cautela —dictaminó el Dr. Karl—. No podemos abalanzarnos sobre ella como bestias hambrientas sin entender el origen de su vida. Si la criatura descubre lo que su cuerpo es capaz de hacer, perderemos la ventaja contra ella. Ya le he preparado la coartada perfecta para cuando pregunte: creerá que su colapso fue producto del ayuno, el cansancio del campus y la histeria de la tormenta. Las mentes humanas son sumamente dóciles cuando se les ofrece una explicación racional para sus debilidades.

—¿Y cuánto tiempo pretendes que mantengamos esta farsa? —inquirió Celián, entornando los ojos con fastidio—. Vigilarla en el campus ya es bastante tedioso como para ahora tener que fingir demencia dentro de mi propia casa.

—El tiempo necesario para que la verdad madure, Celián —sentenció Léssan, saliendo finalmente a la luz tenue de la lámpara—. Déjenla que crea que es una simple asistente. Déjenla que intente disculparse por el desastre y que asuma su supuesta fragilidad. Entre más inocente se auto perciba, más fácil será mantenerla bajo el control. Karl, vigila sus niveles biológicos en secreto. Celián… tira tu camiseta. No quiero rastros de ella en este piso hasta que sepamos exactamente qué es lo que tenemos cautivo en el ala este.

Han pasado exactamente cuatro días desde aquel fatídico martes en que me perdí de regreso a la mansión. Ya es sábado y la realidad me golpea de frente. Se supone que en mi bendito contrato estipulaba que yo estoy en este lugar para ser la institutriz de una pequeña, una señorita que a estas alturas ni siquiera sé si existe en el mundo real, porque hasta el sol de hoy no he visto un solo rastro de su presencia en estos pasillos. Lo único que he logrado desde que pisé esta propiedad es causar problemas, provocar accidentes y convertirme en una carga. Sinceramente, mi orgullo no me permite seguir aquí; lo mejor será que tome mis cosas y me vaya de inmediato. En cuanto a todas las molestias, el desastre en el vestíbulo y los honorarios del médico, lo único que puedo hacer es saldar la deuda monetaria sin el menor problema. Aún qué sea en pagos; hablaré directamente con Léssan, le pagaré cada centavo y me largaré.

Con un profundo y pesado suspiro, me meto al baño y dejo que el agua corra para despejarme la mente de tanta basura. Pero al mirar hacia abajo, el impacto me hace retroceder. Rayos… No pensé que mi período fuera a adelantarse de esta manera tan abrupta. Con razón el vientre me dolía tanto desde anoche. Aunque, pensándolo bien, creo que esto no fue solo por el ranaso que me di en esa caída libre en el bosque; hay algo más interno, algo extraño y hostil que se retuerce con fuerza en mi propio cuerpo cada vez que respiro este aire viciado de opulencia y misterios familiares.

Tras pasar casi una hora bajo el chorro de agua caliente, intentando arrancar el recuerdo del lodo de mi piel, salgo hecha una completa pasa. Me miro al espejo y mi piel se ve francamente graciosa; soy una pasita andante en mitad de este baño de lujo. Me visto a prisa con la ropa más holgada y ancha que encuentro en el armario; no tengo la menor intención de dar pie a malas interpretaciones ante los “señoritos” de la casa, esos jueces de mármol que parecen medir el valor de mi alma por el ajuste de mi ropa. Si Celián siente asco moral, le voy a dar una armadura de tela donde no pueda adivinar ni una sola de mis curvas.

De pronto, una suave y lánguida melodía comienza a propagarse por los corredores: es hermosa, embriagante, dotada de una nostalgia tan pulcra y ejecutada con tal maestría que lacera los sentidos. ¿Quién ejecutará tan majestuosa pieza en este mausoleo de lujo? El misticismo de las notas me consume las entrañas. Solo espero que el intérprete no sea el tipejo horrendo de Danka, aunque lo dudo profundamente; ese ser nefasto carece del más mínimo ápice de sensibilidad artística. Me armo de coraje, abro el picaporte y salgo de mi confinamiento. No puedo permitirme el lujo de quedarme sepultada en esta alcoba por el simple temor de quién habita esta casa.

Mientras avanzo a hurtadillas por los pasillos siguiendo el rastro del magnetismo musical, el sonido cesa de manera abrupta, dejando un vacío ensordecedor. Un violento calosfrío me atenaza la espina dorsal; intento girar sobre mis talones para emprender la retirada hacia mi habitación, pero termino estampándome de frente contra mi peor pesadilla. ¡Maldita sea mi suerte! Aprieto los puños hasta clavarme las uñas y crispo la mandíbula para no flaquear.

¡Danka está ahí! Me arrincona contra el muro con una mueca burlona y desafiante que me provoca ganas de gritar por ayuda. Apoya ambas manos a la altura de mis hombros, anulando cualquier vía de escape, e invade mi espacio vital de forma descarada, encajando una de sus piernas entre las mías. El sudor frío me perla la frente al percibir ese calor animal y sofocante de su cuerpo, tan sumamente pegado al mío. La tela holgada de mi ropa ya no sirve de armadura; su corpulencia me reduce a la nada en un segundo.

—Danka… —consigo articular en un susurro, con el hilo de voz completamente quebrado por el pánico.

—Tranquila, pequeña —responde él con un timbre de voz tan aterciopelado y cálido que sería capaz de derretir el hielo más antiguo. Sin embargo, la fijeza de sus ojos no se aparta de mí—. He recibido instrucciones específicas de mantenerme alejado de tu espacio.

—¿Ah, sí? —consigo articular, retorciendo el cuello en un esfuerzo supremo, casi digno de un exorcismo, para evadir esa mirada que me magnetiza y me aterra al mismo tiempo—. Pues todo parece indicar que no eres muy bueno acatando esa clase de mandatos.

Mis palabras le provocan una destilación de frialdad absoluta; su mueca irónica se acentúa en las comisuras de sus labios mientras su aliento, impregnado de un rastro espeso que huele a lo prohibido, me acaricia la piel expuesta del cuello. El contacto me estremece y me enciende mis alarmas de inmediato. Es suficiente. Mascullo entre dientes y planto ambas palmas de mis manos con firmeza sobre su pecho, empujándolo con toda la energía que me queda en el cuerpo.

Es un intento inútil. Tratar de desplazarlo es exactamente igual que pretender mover una montaña de roca sólida: su anatomía no cede ni medio milímetro ante mi arremetida. Su risa se transforma en un eco casi hilarante, burlándose descaradamente de la estupefacción que se dibuja en mis facciones.

—Quizá te dé un buen mordisco más tarde, cuando San Tomás de Lessán no esté encima de mí custodiando la mercancía —sentencia en un murmullo denso, al tiempo que roza el aterciopelado de su rostro contra el mío, dejándome el calor de su osadía marcado en la mejilla.

Intento empujarlo con un extra de energía, aplicando todo el peso de mi anatomía, pero el resultado es completamente nulo. Danka parece deleitarse con mi manifiesta impotencia; incrementa la presión de su cuerpo contra el mío con una fuerza bruta y calculada, inmovilizándome por completo contra la pared.

—¿Te fascina jugar conmigo, pequeña? —susurra con un magnetismo denso, mientras sus labios rozan la superficie de los míos, robándome el aire.

Siento que estoy a punto de sucumbir a la asfixia de su cercanía. Hay una faceta traidora en mi propio cuerpo al que no le importaría ceder ante la degradación ahí mismo, en mitad de ese corredor desierto. Él parece decodificar mis pensamientos en mis pupilas; con una inflexión de triunfo absoluto en su voz, me asegura que va a reclamar lo que quiere. Sin embargo, en el instante cumbre, su dominio flaquea de forma súbita. Lo percibo tensarse; sus fosas nasales se dilatan al detectar una alteración, algo que lo desconcierta por completo. Pero antes de que pueda articular una sola palabra para descifrar el enigma, se desvanece de mi vista de forma casi instantánea, desmaterializándose en la penumbra y dejándome sin aliento, con el pulso desbocado golpeando con violencia contra mis costillas.

—¿Acaso en esta familia todos poseen la misma "amabilidad" de tu hermano? Discúlpame, noble señor. Quédate con tu castillo. Te aseguro que no volverás a notar mi repugnante presencia en este lugar en lo que me queda de vida.

Si no fuera por la rigidez inalterable de sus rasgos inexpresivos, casi esculpidos en mármol rancio, me atrevería a jurar que mi último arranque de ironía logró sorprenderlo. Pero a estas alturas ya no me importa al demonio lo que sienta. Intento esquivar su enorme silueta para regresar por donde vine, pero con un movimiento rápido e insultante, me bloquea el paso plantándose frente a mí. Cambio de dirección hacia el lado opuesto para rodearlo, pero su cuerpo vuelve a desplazarse con esa ligereza aberrante, obstruyendo mi escape otra vez. ¿Ahora qué carajos quieres de mí? Ya pedí disculpas como una condenada. Solo falta que pretendas que me hinque sobre el piso para rogarte perdón de rodillas, pero eso es algo que ni tú, ni tus estirados hermanos verán jamás en vida.

—Ahora, hazme el bendito favor de quitarte de mi camino antes de que mi repugnante persona te contagie de lepra —suelto con una amargura que me quema la garganta.

El silencio que se instala de inmediato entre nosotros pesa como una losa de plomo sobre el pecho. Estoy completamente atrapada en el umbral de su habitación, sintiendo cómo el dolor de mi vientre se agudiza por la rabia. Celián da medio paso atrás y habla finalmente; su voz suena desprovista de cualquier rastro de alma, un sonido automatizado y vacío que da asco:

—Discúlpame, no fue mi intención ser tan grosero contigo —suelta el idiota, recitando las palabras como si leyera un guion tedioso—. Sin embargo, lo mejor para tu propia seguridad es que te mantengas lo más lejos posible de mí y de cualquiera de mis hermanos. Es lo más sensato para todos en esta propiedad. Solo limítate a hacer tu trabajo para el que fuiste contratada y punto. No rompas los perímetros.

No hay un solo rastro de emoción en su maldito rostro de ángel caído. Sus palabras me han dado la estocada final, despojándome del poco aire que me quedaba en los pulmones. Me ha reducido a un mueble más de su…. rancho.

—Entiendo perfectamente el mensaje, noble señor… —respondo, y una sonrisa de puro dolor y orgullo herido se me dibuja en los labios—. Te repito que esta será la última vez que te veas obligado a soportar mi presencia. Sé de sobra que no soy bienvenida en este maldito lugar; no hace falta que me lo recuerden a cada segundo que paso despierta. Lo único que te pido es que le transmitas mis disculpas a tu hermano Léssan por el desastre que causé. Con tu permiso.

Estoy al borde de las lágrimas, sintiendo el nudo asfixiante de la humillación quemándome la garganta, pero ni muerta le daré el tremendo gusto de verme quebrada. Me doy la vuelta con brusquedad; a estas alturas ya no me importa a dónde ir, ni qué rumbo tomar en mitad de este mugre pueblo, solo deseo con cada fibra de mi ser salir de esta maldita casa.

—¡Analián! —Su voz se eleva repentinamente a mis espaldas, perdiendo toda la parsimonia anterior—. ¡Analián, espera!

No pienso volver mis pasos ni un solo milímetro. Que se vaya directo al infierno con su hostilidad aristocrática y sus disculpas acartonadas. Ninguno de ellos tiene el menor derecho a tratarme peor que a la basura del pueblo, especialmente cuando lo único que yo buscaba en este aislamiento era pertenecer a algo, ser útil, encajar. Qué estúpida e ingenua fui al imaginar, que por un mendigo segundo, podrían mostrar un poco de empatía o una sonrisa genuina de su parte, soy una completa imbécil.

Con la mano temblorosa por la descarga de adrenalina y rabia, entro a mi alcoba y arranco un trozo de papel de mi libreta. Presiono el bolígrafo con tanta fuerza que casi rompo la fibra mientras comienzo a redactar:

Estimado señor Lessán Zalgorán:

Agradezco profundamente la hospitalidad y las atenciones que, muy a su manera, ha tenido a bien brindarme durante mi estancia. Sin embargo, por cuestiones estrictamente personales que pesan mucho más que cualquier gratitud, me veo en la necesidad imperiosa de abandonar su techo de forma inmediata. En cuanto a los gastos médicos y logísticos causados por mi reciente inestabilidad, me comprometo formalmente a saldar la deuda a la brevedad posible a través de su cuenta. Fue un placer… tan infinito como efímero, conocerle. >

Gracias por todo.

Analián Lefevré.

Salgo de la alcoba a paso firme y dejo caer el manuscrito sobre la opulenta mesa blanca del hall principal. Es un desafío silencioso clavado en mitad de la arrogancia y la soberbia de esta gente. Esas líneas no son simples palabras de cortesía de oficina; son las cenizas de mi dignidad pisoteada cobrando su propia venganza. Tomo mi pequeña maleta de mano; el resto de mis pertenencias se quedan atrás, no son más que vestigios inservibles de una vida que ya no deseo recordar. Abro el portón con furia, decidida a encarar la carretera o lo que venga. ¡Que se queden encerrados en sus muros y se revuelquen en su propio veneno!

Al cerrar el pesado portón de la mansión a mis espaldas, percibo una punzada de horror: es como si una fracción de mi alma se hubiera quedado atrapada de por vida entre esos muros de lujo rancio, convertida en una sombra quebrantada pero que, por puro orgullo, me niego rotundamente a ser devorada por los Zalgorán. Cada zancada que doy alejándome de la escalinata es un grito silencioso de rabia. La propiedad se alza detrás de mí como un monumento colosal a la crueldad humana. Mi madre siempre repetía una máxima inalterable: «Jamás agaches la testuz ante insectos que se auto perciban superiores por el simple grosor de su billetera». Ella se volvería a morir de la vergüenza en su tumba si me contemplara en este estado deplorable: vejada, humillada y reducida a la nada por un par de idiotas con rostros de ángeles tallados.

El sendero de tierra se desdibuja a una velocidad alarmante frente a mí. Las lágrimas de impotencia empañan y distorsionan la sombría realidad del paisaje. Cada avance se transforma en una batalla campal contra la gravedad y contra mi propio organismo. «Fue un error garrafal haber venido a este maldito lugar», resuena una y otra vez en las paredes de mi cerebro como un eco ponzoñoso. Mis piernas ya no responden con ligereza; las siento pesadas, rígidas, como auténticas anclas de plomo arrastrándome hacia el fango.

De pronto, la paranoia me inmoviliza. Unos ojos gélidos, implacables y penetrantes parecen posarse sobre mi nuca desde lo alto del firmamento. Sé perfectamente que no se trata de estrellas parpadeantes en la penumbra; es una presencia mucho más antigua y hostil que me escanea desde la distancia de algún lugar, haciéndome sentir patética, minúscula e inaceptable. Para empeorar el panorama, una densa y asfixiante neblina comienza a brotar de la maleza, envolviendo el sendero como un sudario fúnebre que me corta la orientación.

El dolor en mis entrañas da un latigazo definitivo. Caigo de rodillas sobre la marcha, perdiendo el equilibrio. Mis palmas buscan apoyo desesperadamente en la tierra húmeda y fría, hundiéndose en el lodo. Mi cuerpo yace inerte sobre el suelo del bosque, convulsionando ligeramente mientras lucha por arrancar una mísera bocanada de aire a la atmósfera viciada. Siento que la cabeza me va a estallar en mil pedazos por la presión arterial. En mitad del zumbido de mis oídos, una voz ininteligible, densa y gutural empieza a resonar en mi fuero interno; un susurro pesado que intenta desmantelar mi decisión de escape, obligándome a volver la vista hacia la mansión de mis verdugos.

—Nadie me necesita… —murmuro hacia la nada, dejando que mis últimas fuerzas se evaporen en un hálito gris que se confunde con la bruma del bosque.

Un frío gélido y punzante me recorre la espina dorsal, el aviso de que mi cuerpo está a punto de rendirse por completo ante la hipotermia y el colapso de mis entrañas. Sin embargo, el tormento de la congelación es efímero. De manera abrupta, el entorno se transforma, siendo reemplazado por un calor sofocante y envolvente que me asfixia el dolor y me arrastra, sin derecho a réplica, hacia los abismos de un sueño profundo e inevitable. Una cobija pesada, densa y extrañamente reconfortante se despliega sobre mi cuerpo y mi orgullo herido, convirtiéndose en la primera pared de una nueva prisión de tela.

Los latidos de mi corazón comienzan a ralentizarse, cediendo ante la negrura. En el último parpadeo de mi conciencia, antes de que el universo se apague por completo, una certeza amarga me sella el destino: alguien me ha encontrado en mitad de la nada. Algo ha desobedecido mis deseos ha ignorado mi carta y se niega, con una terquedad asesina, a dejarme partir en paz.

Thoughts

  • Amaranta

    Esa tensión entre Analián y Celián. De verdad no sé hacia dónde va, y me tiene pegada a cada línea.

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  • versoAjeno

    Me quedó la imagen de ella en el bosque, de rodillas en el lodo, con ese frío y esa presencia encima. Eso es puro.

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  • subrayoTodo

    No sé, pero toda esa dinámica de él diciéndole que se vaya y luego gritando su nombre es un clásico. Funciona.

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  • relatoBreve

    La forma en que Celián aparece y desaparece. Eso es de locos. 👻

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  • quintopiso

    ¿Qué es lo que ella siente verdaderamente por él? Porque ese susto no se lo hace cualquiera.

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  • dosdelamadrugada

    Celián: 'mantente lejos de mí'. Celián dos segundos después: '¡Analián espera!' Che, qué hipócrita, pero bueno.

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  • capitulo_y_medio

    Esa parte donde intenta marcharse pero el cuerpo no responde. Siento que conozco ese agotamiento de estar atrapado.

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  • arenaFina

    ¿Y ahora qué? ¿Se va o se queda? Porque la tensión con Celián es demasiada como para que terminen así nada más.

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