Yo estoy con Maritza. Dice que le gusta Alfonso, pero se alegra de verlo amigo de Patricia y fue ella la que le habló a Patty antier. Esa chica está moviendo las piezas y no solo para ella, ya verás.
Capítulo tres. Maritza, una hippie tan folclórica
Pensamiento
Yo estoy con Maritza. Dice que le gusta Alfonso, pero se alegra de verlo amigo de Patricia y fue ella la que le habló a Patty antier. Esa chica está moviendo las piezas y no solo para ella, ya verás.
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Capítulo tres. Maritza, una hippie tan folclórica
—Doquiera que iba yo, pensaba en ti… (♫).
Un rock and roll de los Teen Tops se alcanzó a escuchar hasta la recámara de Patricia, quien despertó de inmediato, saltando asustada de su cama al ver el reloj que estaba en su buró.
—¡Las ocho de la mañana y quince minutos!...
Patricia se vistió con premura, sin bañarse ni desayunar; y salió de su casa para ir al colegio.
Tomó el autobús y en el camino se peinó, se puso crema en el rostro, algo de brillo en los labios y unas tres gotas de perfume.
Cuando llegó al salón, los pocos alumnos que había la vieron con temor por lo de ayer. Yo la vi entrar y le dije:
—¡Patty, buenos días, tenemos libre la hora, porque el maestro de redacción habló a la dirección; tuvo un problema y va a faltar!
Al escucharme, me contestó mostrando un poco de contrariedad:
—Buenos días, Alfonso. ¡Vaya... y yo que me apuré para llegar a tiempo; me quedé dormida y traigo un fuerte dolor de cabeza!
Le puse en sus manos una tira de aspirinas, las cuales siempre cargo en el bolsillo, pues a veces sufro de jaquecas, y le dije:
—Toma, Patty, vamos a la cafetería para que tomes dos, con una malteada, o jugo, o con un cafecito caliente.
—¡Ay, qué lindo eres, Alfonso, te lo agradezco muchísimo, pero déjame que pague los cafés!
—¡Yo te estoy invitando y quiero platicar contigo, aunque sea unos minutos, pues te diré algo que nos interesa a los dos!
Fuimos a la cafetería, entramos y le pregunté:
—Patty, dime la verdad… ¿Te encuentras en ayunas, verdad?
—¡Esteee…! ¡Bueno…!
—Me vas a hacer el honor de desayunar conmigo y deja que yo me preocupe por ti, para que ese dolor de cabeza se vaya.
Sin darle tiempo a responderme, pedí cereal con fresas, huevos con jamón, pan, jugo y café, y empezamos a tomar los alimentos.
—¡Ay, Alfonso, me da muchísima pena que te molestes por mí! ¿Quién soy yo para que me brindes esta atención?
—Deja, Patty, ya merecíamos conversar aunque sea un rato.
La miré a los ojos, la tomé de una mano y le dije:
—Me siento orgulloso de ti, lograste poner en su lugar a esta rubia y diste un golpe de autoridad que nadie olvidará.
Patricia se sonrojó y, con una sonrisa, contestó:
—Me siento feliz, sé que es el principio y falta mucho para que pueda recuperar mi lugar.
Apreté su mano suavemente y con cariño le sonreí:
—De aquí en adelante todo cambiará… Vamos a comer, tengo mucha hambre y mi novela me entretuvo mucho.
Patricia se quedó sorprendida y exclamó:
—¿Tú ves telenovelas? ¿Cuál estás viendo? ¿Corazón salvaje o La Colorina? ¿Rina? ¿La Zulianita? ¡A mí me gusta Pacto de amor!
—¡Ja, ja, ja, esas son telenovelas y me refiero a novelas! Escribí tres capítulos de una de ciencia ficción y perdí la noción del tiempo.
Ella se quedó asombrada, y yo proseguí:
—Acabé hasta las cuatro de la mañana y desperté a las siete y media. ¡Oh, vaya, pero qué nochecita tuvimos los dos!
Nos echamos a reír a carcajadas por la coincidencia y dijo:
—Traté de conciliar el sueño, pero al final me quedé en vela, por lo que, como ves, me pasó lo mismo que a ti.
Le sonreí y le dije, a la vez que le señalaba nuestro desayuno:
—Anda, toma las aspirinas con jugo o café, y yo haré lo mismo. Siento un ligero dolor de cabeza y evitaremos que nos dé más fuerte.
Disfrutamos los alimentos; y nuestros huevos con jamón estaban de lujo y nos sentimos relajados, satisfechos y fortalecidos.
Patricia me felicitó porque me gustaba escribir, y me confesó que la lectura de poemas y novelas románticas le apasionaba.
Conversamos y reímos disfrutando el desayuno, y en la deliciosa charla que teníamos me miró e intrigada preguntó:
—Alfonso, acabo de recordar que hace un rato me dijiste que algo querías decirme... ¿Qué es?
Bebí un sorbo de jugo, la miré y le dije con una sonrisa:
—Vamos a hacer la disección de una rana en Biología y quiero que juntos hagamos esa actividad. ¿Qué dices, te animas?
—Por supuesto… creía que la iba a hacer sola, pero tengo una duda sobre dónde vamos a conseguir ese animalito.
—Eso déjalo en mis manos, voy a ir a comprarla a la sección de venta de animales del Gran Mercado y mañana haremos la disección.
Patricia me preguntó inquieta y haciendo un gesto de horror:
—¿Tú vas a abrirla…? ¡Ni creas que voy a cortarla, porque me va a dar miedo y asco ver cómo aparecen sus entrañas!
—Descuida, Patty, le meteré el cuchillo a la pobre ranita y voy a tratar que esté anestesiada y que todos los cortes sean limpios.
Platicamos de otras cosas; ella terminó su café y, con un beso en la mejilla, me agradeció las aspirinas y el desayuno.
—Gracias a ti me siento reanimada. Al ratito nos vemos, voy a ir a la biblioteca para sacar a préstamo un libro para estudiar.
Salió y me quedé en la cafetería en lo que acababa mi café, y me sentí satisfecho por haber convivido esta mañana con Patricia…
Afuera, en la explanada, ella se sorprendió cuando Maritza se le acercó y, dándole un abrazo, exclamó:
—¡Patty, reaccionaste! ¡Reaccionaste…!
—Gracias por lo que me dijiste antier, te lo agradezco mucho.
Luego de hablar unos momentos, Patricia se fue a la biblioteca y la hippie entró a la cafetería.
Me levanté, y en el contenedor tiré la basura y me cambié a otra mesa vacía y limpia para seguir tomando el resto de mi café.
En ese momento, entraron mis amigos, Renato, Carlos, Roberto y Ramón, y al verme, Renato exclamó:
—¡Te encontramos, ‘comesolo’! ¿Por qué te nos escondiste?
Volteé para saludarlos, pero ellos fueron hasta la barra para pedir un par de pizzas familiares, papas a la francesa y cinco Pepsis.
Carlos, Roberto y Ramón fueron por los alimentos y Renato los veía y, de pronto, escuchó una voz que lo llamaba:
—¡Pssst…! ¡Renato…!
Volteó y vio que en una mesa estaba sentada Maritza, vestida de hippie y con una cinta que le tapaba parte de su frente.
Tenía un collar de Peace and Love, su cabello era lacio, largo y negro, llevaba pulseras, anillos hasta en los pies y usaba sandalias.
Las uñas de manos y pies estaban pintadas con distintos colores, uno distinto para cada dedo, y era original en su personalidad.
Su cuerpo olía a pachulí, le gustaba la música latinoamericana, el rock and roll, y era la Janis Joplin del CCH Oriente.
Su figura era delgada pero armoniosa, su piel blanca, y tenía una sonrisa de niña.
Maritza bebía su malteada de fresa; lo miró y le dijo:
—¿Sabes? Me gusta tu amigo.
Desconcertado, Renato le respondió:
—¿Qué amigo? ¿De quién me estás hablando?
Sin dejar de sorber su batido de leche, exclamó:
—De tu amigo Alfonso…
—¿Alfonso?
Ella rio como si hubiera hecho una travesura y siguió con su bebida. De pronto, Roberto exclamó:
—¡Renato, tenemos las pizzas, vamos a donde está Alfonso!
—¡Ah, sí, sí, nos vemos, Maritza!
—Ve con ellos, chiquillo loco…
Se dirigieron a mi mesa, nos saludamos y Renato nos repartió una Pepsi y pizza, y se llevó a la boca una rodaja de pepperoni.
Yo quise decirles que había desayunado, pero me quedé callado, porque como grandes amigos comíamos juntos y compartíamos todo.
Les dije una mentira a medias, que vine por un café para tomar dos aspirinas para la jaqueca.
Hice un esfuerzo para comer lo que habían comprado, y fingí que tenía hambre, pero me sentía como bomba de lo lleno que estaba.
Renato se llevó una papa a la francesa a su boca y comentó:
—Desde hoy, martes dos de agosto de 1977, ensayaremos todos los días hasta el sábado seis.
Destapó la botella de su Pepsi y jugó con la corcholata:
—Así, el domingo siete, que es el día de los XV años de Susana, tendremos armado y practicado todo nuestro programa.
Roberto mordió su pizza y exclamó:
—Ya hablé con mi papá y me dijo que nos prestaba la bodega abandonada junto a su taller mecánico para que podamos ensayar.
Ramón dijo, jugando con la hebra del queso de su rebanada:
—Saliendo de clases, llevaremos los instrumentos a la bodega y conectaremos los bafles, las bocinas y los amplificadores.
Renato asintió, a la vez que le ponía salsa catsup a su pizza:
—Ensayaremos todas las tardes y así lo vamos a hacer hasta el sábado, y todo tiene que salir bien, ya que Susy Quo se lo merece.
Analizamos los detalles del repertorio y Carlos fue anotando en una libreta el orden de cada participación.
De pronto, Renato bajó la voz y me dijo casi susurrante:
—Voltea despacio y mira discretamente… ¿Ya viste que en esa mesa del fondo está la chica rara del salón: Maritza, la folclórica?
La miré de reojo. Curiosa, nos observaba con atención y con una sonrisa, porque intuía que estábamos hablando de ella, y respondí:
—Sí, ya la vi. ¿Qué sucede? ¿Acaso te dijo algo de mí?
—¡Pues me acaba de decir hace apenas un momento que tú le gustas mucho! ¿Verdad que a ti también te agrada?
Al escuchar esto, se me salió de la boca mi papa a la francesa y, desconcertado, negué ante la mirada divertida de mis Panteras:
—¿Cómo crees? ¡Soy rocanrolero, pero la hippie es excéntrica y para nada me interesa la Janis Joplin; es el tipo de mujer extraña que lo mejor es evitarla!
La miré de reojo; sonreía sorbiendo su malteada, y con el dedo gordo de su pie jugaba con su sandalia. Renato susurró:
—Te hablo en serio, ella me lo dijo claramente. ¡Ten cuidado, ya que la veo con la intención de abusar de ti para quitarte lo doncello!
Nos reímos de su ocurrencia y la aludida nos observaba con discreción, a la vez que esbozaba una amplia sonrisa.
Seguimos platicando sin hacer caso de Maritza, quien me miró y salió de la cafetería; en diez minutos más acabamos de comer.
Nos dirigimos al salón porque nos tocaba Historia Universal. Al entrar, Patricia me miró y me dijo en voz baja:
—¡Gracias, Alfonso, con tus pastillas y el desayuno, ya se me quitó el dolor de cabeza, eres un amor!
Yo le respondí:
—Me alegro, Patty. Cuando llegues a tu casa, procura dormir un rato para que puedas relajarte y descansar.
—Así lo haré, te lo prometo…
En eso, Renato, Carlos, Roberto y Ramón se sentaron cerca de nosotros, por lo que guardamos silencio.
Pero la chica y el muchacho que se burlaron de ella hablaron en voz baja, sin imaginarse que los alcanzó a escuchar.
—¡Ay, Dios mío, aquí está otra vez la gorda!
—Ella es un fastidio, una molesta lacra que… ¡AY!
Furiosa, Patricia le dio una fortísima patada en la espinilla a él, quien se retorció de dolor y cayó gritando al suelo.
Se levantó y, dándole una dura cachetada a la chica, exclamó:
—¿Qué tanto están diciendo de mí? ¡Díganmelo fuerte y en mi cara, o se las rompo y ni sus madres los van a reconocer!
Llenos de miedo, ambos se quedaron callados y sin responder; él se quedó temblando de miedo y ella, adolorida, estuvo llorando.
Todo el salón guardó silencio y, por segunda ocasión, Patricia se impuso ante sus burladores.
Ahí mismo dio otro golpe de autoridad con su reacción. ¡Renato se quedó pasmado y los demás Panteras nos alegramos ante esto!
Entró al salón el profesor René Valverde y comenzó la clase, y él, abriendo su libro, nos dijo:
—Estudiaremos la caída del Imperio Romano de Occidente y van a hacer unas fichas con la información que investigaron.
Todos sacamos mapas y lápices de colores. A poco más de un metro, Patricia hacía lo mismo y estaba alegre por haberse defendido.
¡Por primera vez, los murmullos y las risas apagadas cesaron y muchos en el salón la vieron con bastante temor!
Renato la miró con respeto; recordó su contundente reacción de ayer y vio lo que acababa de pasar.
Me reí en forma casi imperceptible, en venganza por las veces que se burló de ella, por los comentarios tontos que hacía, y susurré:
—¿Ya te diste cuenta de que Patricia está cerca de ti, Renato?
Puso una cara de bobo que jamás olvidaré y me ganó la risa, la cual tuve que disimular con un leve acceso de tos.
Estaba satisfecho y Renato estaba quieto en su lugar, sin querer moverse ni voltear a verla, y el profesor Valverde exclamó:
—Iluminen de color amarillo los países que el Imperio Romano dominó en Europa, de verde los de África y de rojo los de Asia.
Hicimos esa actividad con los mapas y, al terminar, elaboramos fichas bibliográficas con la información que habíamos investigado.
Renato me dijo con una voz susurrante:
—Oye, Alfonso… ¿Ya viste que Glenda faltó a clases?
—Pobre, vendrá hasta la semana que viene, porque el golpe fue demasiado duro y ha de estar todavía en cama.
Al ver aquella silla vacía, Patricia también pensó en la rubia, y se alegró de saber que por unos días iba a descansar de verla cerca.
De reojo, vi a la derecha porque sentí la insistente mirada de Maritza desde su pupitre; me sentí incómodo y la ignoré.
Me concentré en iluminar mis mapas y en elaborar mis fichas, y me sentí aliviado al saber que estaba relativamente lejos de ella.
La clase terminó e iba a ir a comprar la rana. A mis amigos les tocó la disección con pescados, que adquirieron dos días antes.
Mis Panteras y yo quedamos en llevar los instrumentos hasta la bodega y para practicar ahí unas horas.
Patricia se acercó y me quiso dar algo de dinero:
—Alfonso, antes de que vayas, toma esto para que la compres; si vas a ir por ella, cuando menos déjame pagarla.
—Espera, yo la compro; mejor ve a tu casa a descansar, para que el día de mañana estés repuesta y renovada.
Salí del CCH y me dirigí a la parada de autobuses, cuando de pronto una aguda voz resonó a mis espaldas:
—¡Alfonso, espérame, por favor! ¿Adónde vas?
Volteé y miré a Maritza, que estaba a menos de medio metro de distancia de mí, esbozando su abierta sonrisa de niña.
—Voy al Gran Mercado a comprar una rana que necesito para el experimento de Biología de mañana.
—Te acompaño… ahí compro inciensos y pachulí. Conozco al que vende los animales y veré que te dé un precio accesible.
Subimos al autobús. Hablaba y parloteaba diciendo cosas que, en realidad, confieso que estuve ignorando.
En el Gran Mercado llegamos a un puesto y Maritza analizó con calma las ranas que estaban en una enorme pecera.
Al final, sonrió y se decidió por una:
—¿Cuánto por esta ranita, Héctor? Recuerda que es para mí.
—Veinticinco pesos, Maritza.
—¿Cómo que veinticinco? ¡Pues te voy a dar quince, y di que te fue muy bien!
Salimos con un frasco de boca ancha. Adentro estaba una rana verde del tamaño de un puño cerrado, la cual me entregó y exclamó:
—Toma, tontuelo, así es como se hacen los negocios.
Dicho esto, se me acercó y me dio un tierno beso en la mejilla que me confundió; la sentí cariñosa y me preguntó abiertamente:
—¿Qué es lo que vas a hacer, Alfonso? ¡Quiero que me lleves al cine, a comer o a donde quieras porque deseo estar contigo!
Su invitación me puso algo nervioso, pues empecé a adivinar para dónde iba la cosa y le respondí:
—Me da pena decírtelo, pero tengo que ir con mis amigos, ya que tenemos un asunto urgente y necesito llegar con ellos a tiempo.
—Los escuché que van a ir a ensayar rock and roll. ¡Lástima, ya será para la otra, porque la íbamos a pasar muy bien tú y yo!
Me sujetó la cabeza con sus dos manos y me besó en la boca dos o tres veces, de manera rápida, y me soltó:
—¡Nos vemos mañana en el colegio, niño evasivo!
Me quedé parado cual idiota viendo cómo se alejaba, y la hippie cruzó la calle, alegre como niña que acababa de hacer una travesura.
¡Me sorprendió su reacción; de seguro estuvo riéndose divertida por la cara de tonto que puse ante su audacia!
Me quedé consternado, pues los besos que me dio en la boca me gustaron y fue una sorpresa que me dejó una agradable sensación.
Todavía confundido, llegué a mi casa, comí ligero y fui a ver a mis amigos. Decidí callarme sobre lo que ocurrió con la hippie.
Reunidos en la bodega, Ramón instaló y conectó el equipo.
Renato probó el sonido del micrófono; Roberto, Carlos y yo nos pusimos a armar la batería y empezamos a afinar las guitarras.
En ese lugar, solo había unas enormes cajas vacías de madera de triplay en el fondo, y una cama con una lona para cubrirla del polvo.
A un lado estaba una cabina de ladrillos encimados con puerta y techo de láminas; era un baño rústico que desentonaba con la bodega.
Roberto ‘calentó dedos’ en el teclado y Ramón se puso a tocar la batería. El papá de Roberto nos trajo unas Pepsis y regresó a su taller.
Renato y Carlos afinaron las guitarras y yo miré el interior de la bodega, la cual hace años era un almacén de importaciones.
Pero dejó de funcionar como bodega porque, según nos platicó don Roberto Rivera, el papá de nuestro Pantera, ahí espantaban.
¡Todos los obreros renunciaron porque decían que llegaron a ver sombras fantasmales, y se oían lúgubres lamentos!
El último dueño la abandonó porque su esposa fue al hospital, de la impresión al toparse con una extraña mujer vestida de blanco.
Aquel espectro flotaba en el aire y carecía de piernas. El velador la vio y se fue, y, desde ese entonces, la bodega quedó abandonada.
El papá de Roberto se quedó con las llaves, ya que el dueño se las encargó, por si salía un comprador y él pudiera mostrarle el lugar.
Afuera de la bodega, estaba una manta de lona que decía: ‘Se vende o se renta, informes en el taller mecánico, o al teléfono…’.
Pero lo más seguro es que, con nuestros ruidos y voces, todos los fantasmas tendrían razones suficientes para huir despavoridos.
Me acordé de las enigmáticas palabras que mi abuelito decía, a la vez que me miraba misteriosamente:
—Acerca de los fantasmas, es que son una mentira, pero de que los hay, los hay…
Y comenzamos con un rock de Los Locos del Ritmo llamado: “Pólvora”. Yo la canté y la interpretamos con mucho entusiasmo.
—Yo sé muy bien que esa chamaca es un peligro mortal… (♫).
“Unchained Melody” (Melodía desencadenada) fue interpretada por Renato, que Susana nos encargó y que tenía que salir muy bien.
—Woah, my love, my darling... (♫).
Durante esa tarde ensayamos rocanroles y baladas románticas, y sabíamos que la fiesta de Susy Quo iba a ser todo un éxito.
Entre bromas, risas, Pepsis y mucho rock and roll, acabamos de practicar, dejamos el equipo y Roberto cerró con llave.
Nos despedimos y llegamos a nuestros hogares satisfechos, ya que los ensayos habían salido perfectos.
En ese momento, Patricia estaba en la cocina de su hogar. Eran las siete de la noche y preparaba con esmero unas deliciosas galletas:
—¡Me siento bastante bien! ¡Con las cinco horas que dormí y el rico baño que me di, me siento relajada, contenta y positiva!
Tenía puesta su pijama y sacó del horno la charola de galletas recién horneadas que emitían un sabroso olor, y cantaba “Volcán”, de José José.
—Besabas como nadie se lo imagina… (♫).
Volvía a ser la linda princesita, la hermosa reina de su castillo de algodón, y cantaría canciones de amor sin pensar en ningún hombre…
Para evitar sufrir más desilusiones, solamente su príncipe azul, de sus sueños que forjó en su imaginación, se las iba a dedicar a ella.
Se sentía satisfecha de haber sepultado el pasado de Eusebio, y que se había impuesto ante todos con sus golpes de autoridad.
Colocó sus galletas en una charola y puso la mesa para cenar con sus papás. Metió unas en una pequeña bolsa de papel y pensó:
—Estas galletitas se las voy a llevar a Alfonso, porque él es un buen amigo y se las merece, y estoy segura de que le van a encantar.
En breve, Patricia cenaba con sus papás y estaban satisfechos de verla relajada. Les contó que con un amigo haría un experimento.
Ellos notaron un cambio en su niña que los llenó de alegría...
Yo estaba tecleando en mi máquina de escribir otro capítulo de mi novela y, aunque quisiera continuar, ahí me detendría.
Quería dormir temprano para estar descansado y fresco el día de mañana, ya que así iba a efectuar bien la disección de la rana...
Al día siguiente, entré por la puerta principal del CCH e iba cruzando la explanada para ir al salón cuando alguien me llamó:
—Alfonso, Alfonso… Espera, soy yo…
Volteé y vi que Patricia se aproximaba a mí, y me dio gusto verla, por lo que con una amplia sonrisa le pregunté:
—¿Cómo te sientes, Patty? Espero que hayas descansado.
Ella se acercó y me saludó con un beso en la mejilla y me alegró la mañana.
—Sí, dormí cinco horas cuando llegué y me repuse; todo el día estuve contenta y hasta hice unas galletitas y te traje unas cuantas.
Ella sonrió al ver mi cara de asombro, cosa que Patricia captó y soltó una divertida carcajada, por lo que le dije apenado:
—¿Para qué te molestaste, Patty? ¡Oye, esto ni me lo merezco…!
—Nada, nada, vamos por dos cafecitos para que te comas tus galletas. Uno para ti y otro para mí, y te lo advierto, yo los pago.
Ella me tomó del brazo y fuimos a la cafetería. Entramos, nos sentamos y comí una que disfruté al instante, y al probarla exclamé:
—¡Mmmmmm, está riquísima, y tienes unas manos de ángel! ¡Estoy saboreando algo tan delicioso hecho por ti!
Me llevé el resto de la galleta a la boca y agregué:
—Te lo agradezco con todo mi corazón.
Patricia sonrió, apenada por el cumplido, y me contestó con un cierto rubor:
—Muchas gracias, Alfonso, estas les encantan a mis papás y en ocasiones me gusta prepararlas y te las traje porque tú has demostrado ser un buen amigo para mí.
Cerca de donde estábamos, Maritza tomaba un café capuchino y nos observaba atentamente. Sonrió y a la vez pensó divertida:
—¡Qué bien...! ¡Patricia se ha recuperado y Alfonso tiene buena amistad con ella! ¡Eso me agrada!
Pronto entramos a la clase de matemáticas; la profesora Virginia estaba por llegar, puse el frasco en el suelo y me senté en mi lugar.
Renato se sentó como siempre a mi lado, vio el frasco y dijo:
—¡Qué hermoso ejemplar, me gustaría jugar con esa ranita!
Yo le contesté con voz apenas audible:
—Ni lo pienses ni te atrevas, pronto va a comenzar la clase, ya que la maestra aparecerá de un momento a otro en el salón.
Renato vio a Patricia, que estaba sentada como a metro y medio, y tuvo una sádica idea que se le hizo bastante divertida.
Poniendo manos a la obra, abrió el frasco y el anfibio salió al exterior con fuerza y comenzó a brincar sobre varias mesas.
Unos cuantos compañeros, sorprendidos, se pusieron de pie.
Patricia, al ver venir a la rana, se agachó sin hacer el escándalo esperado y esta saltó encima de ella, siguiéndose de largo.
¡En este preciso momento, la profesora Virginia entró al salón, y de pronto, el animal se le posó en el hombro derecho!
¡Ella pegó un grito de horror al ver que inflaba como un globo su pecho, emitiendo un sonoro ‘croac’, y cayó al suelo desmayada!
Todos se quedaron conmocionados y Carlos, Roberto y Ramón me ayudaron a tratar de atraparla, pero era muy escurridiza.
Con un ágil movimiento, Maritza logró asirla y de inmediato la metió al frasco, cerrando la tapa.
Patricia se acercó a la maestra, tratando de que volviera en sí, y Maritza fue a ayudarla, pero antes se acercó a Renato y le reclamó:
—¡Buena la hiciste, cabeza dura! ¡Por tu imprudencia, Alfonso ahora está en riesgo de ser expulsado del colegio!
Renato se avergonzó y se quedó sin saber cómo reaccionar, ya que se dio cuenta de las graves consecuencias de su insensatez.
La profesora Virginia recobró el conocimiento y la ayudaron a que se sentara en su silla frente a su escritorio.
Maritza fue a mojar un pañuelo en agua fría para ponérselo en la frente. En breve, ella comenzó a gimotear y estaba temblando:
—¡La rana…! ¡La rana…! ¡Por favor, quítenme este asqueroso bicho de encima que me da horror!
Maritza le puso el pañuelo y le dijo:
—Maestra, relájese, por favor; ya la capturaron y la encerraron.
Yo me acerqué a ella y, compungido, le pedí perdón:
—Profesora Virginia, fui yo el que la trajo para Biología y veo que cerré mal la tapa del frasco y se salió, armando este alboroto…
Agaché la cabeza bastante apenado y agregué:
—Estoy arrepentido y reconozco mi culpa por el incidente y por este mal momento que le he hecho pasar.
Sentí que estaba a punto de llorar e hice un gran esfuerzo para contenerme. Respiré hondo y continué:
—Le ruego que me perdone y, si considera que me merezco un fuerte castigo, estoy listo para enfrentar las consecuencias.
Maritza se acercó a la profesora y le dijo:
—Fue un lamentable accidente, maestra; Alfonso jamás le haría una broma y la rana se salió del frasco que estaba mal cerrado.
Con sus dos manos, Patricia tomó tiernamente el rostro de la profesora Virginia, la observó a los ojos y exclamó:
—Perdónelo, le ruego y le suplico que tenga misericordia ante este lamentable e imprevisible error.
La maestra suspiró, me miró a los ojos y exclamó:
—Alfonso, te conozco bien cómo eres y estoy consciente de que fue un accidente. Vamos a olvidarlo y deja de preocuparte.
Con una actitud que reflejaba miedo, ella continuó:
—Ahora solamente espero que esta simpática ranita esté bien guardada en el frasco y que ni se le ocurra salirse de nuevo.
Conmovido, me acerqué y le dije:
—Gracias, profesora Virginia, le prometo que voy a ser más cuidadoso de aquí en adelante.
Patricia ignoraba que la culpa había sido de Renato, quien abrió el frasco por imprudencia, y pensó que fue un descuido de mi parte.
Maritza, Carlos, Roberto y Ramón le lanzaron unas fulminantes miradas; él se concretó a quedarse quieto en su lugar.
De pronto, Maritza se levantó, sacó su mandolina de su morral, le puso una zampoña sudamericana y dijo:
—Vamos a olvidar este bochornoso incidente, y para nuestra querida maestra le voy a tocar y a cantar “Carnavalito”.
Se sentó encima del pupitre, con los pies descalzos sobre la silla, y comenzó a rasgar las cuerdas, a tocar la zampoña y a cantar:
—Llegando está el carnaval, quebradeño, mi cholitay… (♫).
Todos nos quedamos con la boca abierta al escuchar ese tema, famoso en 1977 gracias al popular cantante brasileño Roberto Carlos.
Nunca me imaginé que Maritza supiera tocar sus instrumentos tan bien y con una voz tan hermosa y afinada.
Cuando Maritza terminó la melodía, tocó y cantó en inglés “El cóndor pasa”, en la versión de Simon y Garfunkel. Esta hippie nos demostró con creces que tenía un admirable talento.
—I’d rather be a sparrow than a snail. Yes, I would… (♫).
Cuando ella terminó, todos, y la profesora Virginia, nos pusimos de pie y le dimos un merecido aplauso por su magistral interpretación.
Maritza nos regaló su sonrisa de niña, y, por su especial manera de ser y su carisma, pronto se convertiría en nuestra querida Janis Joplin, y ella le dijo a la profesora:
—Estas canciones, maestra, se las dedico con todo mi cariño, ya que usted se las merece.
Emocionada, la aludida la abrazó y exclamó:
—Gracias, mi niña, dejemos atrás el incidente y comencemos con la clase. Tú cantas muy bonito y qué decir de la manera como tocas los instrumentos.
Maritza se sonrojó y le contestó:
—Es un placer, y el día que lo desee, le canto más canciones.
Ella se sentó al lado de Patricia y las dos casi estaban enfrente de mí; se abrazaron contentas y Patricia me dijo:
—Bendito Dios que todo salió muy bien, Alfonso.
Respirando aliviado, les contesté a las dos:
—¡Se los agradezco, mis queridas amigas, por haber abogado e intercedido por mí, pues me imaginaba expulsado de la escuela!
Maritza, por debajo de la mesa, me tocó una pierna con los dedos de su pie derecho, y yo volteé a verla, me sonrió y le dije:
—Muchas gracias, Maritza, tú y Patty me salvaron la vida; yo soy capaz de hacer lo que sea para agradecer su valiosa intercesión.
De reojo observé a Renato, y jamás lo había visto sentado tan derechito en su lugar, serio y bien portado, y reí en voz baja.
Maritza y Patricia oyeron mi risa y pensaron que estaba contento por haberme librado de un castigo, y me regalaron una amplia sonrisa.
La profesora Virginia nos miró a todos y preguntó:
—El teorema de Pitágoras dice: “La suma de los cuadrados de los catetos es igual al cuadrado de la hipotenusa. ¿Quién lo expone?
Patricia levantó rápidamente la mano, y la maestra dijo:
—Sé que tú lo vas a explicar muy bien y con detalle, pero ahora prefiero que otro alumno pase a desarrollar el teorema.
Miré a Renato, quien seguía confundido y sin atreverse a mirar para ningún lado; me acerqué y le dije en voz baja:
—Renato, tú te lo sabes perfectamente; anda, pasa al pizarrón y muéstrales a todos tu manera fácil de entenderlo, por favor.
Apenado, volteó a mirarme; parecía un niño triste y regañado y balbuceó en voz baja, sin atreverse a verme directo a los ojos:
—¡Perdóname, Alfonso, por meterte en problemas… reconozco que soy un tonto!
Le di una palmada en el hombro, le sonreí y le dije:
—Te perdono si explicas el teorema como solo tú sabes hacerlo. Jamás me enojaría con uno de mis más grandes amigos de mi vida.
Al escucharme, sus ojos se le iluminaron, sonrió y, animado, a la vez con un enorme alivio ante mis palabras, exclamó:
—¡Muchas gracias, mi hermano! ¡Te agradezco de corazón que me perdones por lo que hice, y pasaré a explicar el teorema!
Patricia y Maritza escucharon lo que me dijo y sonrieron ante la escena, y Patty le preguntó a la Janis Joplin, bastante intrigada:
—¿Por qué está tan apenado Renato con Alfonso?
Maritza le respondió:
—Cosas de niños tontos, ya sabes, se pelean y se contentan…
Nervioso, Renato se puso de pie, pero al ver nuestras miradas de aprobación, se animó y dio una clase bien explicada:
—Dibujemos en el pizarrón un plano cartesiano en el que vamos a trazar el eje de las abscisas y el de las ordenadas…
Durante varios minutos desarrolló el teorema, y lo hizo tan bien, al grado que la profesora Virginia asentía complacida con su cabeza.
Noté que la maestra estaba repuesta y una sonrisa afloró en su rostro. Volteé y les dije en voz baja a Carlos, a Roberto y a Ramón:
—Perdónenlo, Renato es un cabeza dura y un contumaz, pero es nuestro hermano, y lo aceptamos, con sus virtudes y con sus defectos.
Los tres sonrieron y me sentí contento al ver su aprobación, porque sabía que mis Panteras me iban a apoyar plenamente.
Maritza sonrió divertida y susurró:
—Cierto, sabemos que Renato tiene una cabezota de piedra, pero es buena persona y solo es un tontuelo…
Nos reímos por su espontánea ocurrencia y la profesora, al oír las risas, volteó y nos preguntó extrañada, sin molestarse:
—¿Y ustedes, de qué se ríen, muchachos?
Patricia respondió:
—Estamos alegres, maestra, asombrados por la manera tan clara y explicada como Renato está planteando el teorema de Pitágoras…
Todos miraron consternados a Patricia por su respuesta y Renato volteó a verla con una enorme incredulidad, y ella continuó diciendo:
—¡Reconozco amplia y sinceramente que lo hizo mucho mejor que yo y lo felicito de corazón!
La profesora Virginia asintió con la cabeza y exclamó:
—Tienes razón, Patricia, cuando él se lo propone, Renato es un estudiante muy aventajado, listo e inteligente.
Ella lo miró inquisitivamente y dijo:
—Y si dejara de estar en la babia, si fuera menos distraído, hasta sería el mejor de la clase después de ti, por supuesto, mi hijita.
Al escucharla, Renato se quedó con la boca abierta y sin saber cómo reaccionar.
¡Estaba incrédulo por lo que escuchó, porque fue algo que nunca se hubiera imaginado!
Patricia respondió a sus agravios con generosidad; esa chica a la que le hizo bullying, le puso La Chuleta, y que había escarnecido.
La que sufrió burlas y escarnios por su culpa, ahora le estaba dando una estocada magistral a su tremendo orgullo.
Como experta esgrimista, levantó su espada y dio en el blanco de su soberbia, desarmándolo por completo.
Bajó la cabeza y los ojos ante ella y, apenado, alcanzó a decir:
—Muchas gracias, Patricia, agradezco tus palabras.
¡Maritza, los Panteras, la profesora Virginia y yo nos pusimos de pie y le dimos un estruendoso aplauso por esa expresión tan genial!
Espontáneamente, los Panteras empezamos a cantar “Pitágoras” de Los Hooligans, y Renato nos escuchó lleno de vergüenza.
Carlos me prestó su armónica, la cual toqué con entusiasmo, y la profesora Virginia reía asombrada al ver aquello.
Ramón usó el bote de basura como tambor y el salón se llenó de mucho ritmo y matemáticas; eso era digno de una gran celebración.
—¡Pitágoras!... La suma del cuadrado construido en el cateto… (♫).
(¿Qué impresión te da Maritza, la Janis Joplin del CCH Oriente? ¿Por qué crees que Maritza se convirtió en hippie? ¿Conoces a alguien que sea un "cabeza dura" como Renato? ¿Qué piensas de Alfonso y su manera de ser?).
Thoughts
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PermalinkYo estoy con Maritza. Dice que le gusta Alfonso, pero se alegra de verlo amigo de Patricia y fue ella la que le habló a Patty antier. Esa chica está moviendo las piezas y no solo para ella, ya verás.
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PermalinkMaritza tapando lo de la rana con Carnavalito y El cóndor pasa, descalza arriba del pupitre. Fíjate que esa la compuso un peruano, Alomía Robles, mucho antes que Simon y Garfunkel, y ella se la sabe en inglés.
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