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Capítulo IV: Caído del cielo (literalmente)

AEJOVENICH

Contenido de la publicación

A los diecisiete años uno se cree inmortal. No metafóricamente. Literalmente. A esa edad la sangre hierve, los reflejos están supuestamente al cien por ciento y el peligro es un concepto abstracto que, por alguna razón, solo parece preocuparles a las madres.

Para mí, el mundo a los diecisiete años se resumía en una sola cosa: fútbol. No necesitaba estadios de césped impecable. No necesitaba camisetas de marca. No necesitaba ni siquiera un árbitro que supiera lo que estaba haciendo. La calle, dos piedras haciendo de arco y un balón medio gastado eran suficientes para sentirme un profesional.

El problema era que, aparentemente, también me sentía especialista en escalada. Estábamos en pleno partido con los amigos del barrio cuando ocurrió el desastre técnico. Alguien le pegó a la pelota con toda el alma. El balón salió disparado y terminó en la esquina. Hasta ahí, todo normal.

El problema era que en esa esquina estaban construyendo una casa de dos pisos. El primer piso ya estaba terminado y habitado. El segundo era básicamente una colección de vigas, tablas, planchas y decisiones arquitectónicas todavía pendientes.

Y ahí estaba nuestra pelota. Atascada en lo más alto.

Cualquier grupo de personas sensatas habría llegado a una conclusión lógica: “Bueno, perdimos la pelota.”

Nosotros no. Nosotros éramos adolescentes. La palabra sensatez todavía no formaba parte de nuestro vocabulario.

Uno de mis amigos me miró y pronunció la frase que, retrospectivamente, debería haber considerado una señal divina para irme a mi casa: —Tú eres el más ágil. Sube a buscarla.

El problema de ser adolescente es que un cumplido puede hacer que tomes decisiones que normalmente requerirían supervisión adulta.

“Eres el más ágil.” Mi ego escuchó: “Eres prácticamente Spider-Man.”

Así que acepté. Me colé por la propiedad del vecino, escalé como pude por el muro exterior y llegué hasta la estructura del segundo piso. Ahí estaba la pelota esperándome.

Yo estaba suspendido a varios metros del suelo, agarrado a una estructura que probablemente no había sido diseñada para soportar a un adolescente obsesionado con el fútbol. Pero estaba cerca. Muy cerca.

Estiré una mano. La pelota estaba prácticamente al alcance. Y entonces ocurrió. Mi otra mano perdió el agarre. Así de simple.

No hubo música dramática. No hubo cámara lenta. No apareció ningún ángel de la guarda a decirme: “Joven, reconsidere sus decisiones.”

La gravedad hizo su trabajo. Y lo hizo extraordinariamente bien. Caí.

La estructura del segundo piso estaba todavía a medio construir. La caja de la escalera no tenía escalones terminados. Había un agujero cubierto provisionalmente con tablas. Y esas tablas, al verme venir desde el cielo, aparentemente decidieron presentar su renuncia.

Mi cuerpo cayó sobre ellas. Las tablas crujieron. Después se rompieron. Y yo continué bajando.

Atravesé aquella estructura improvisada y terminé cayendo hasta el primer piso. En otras palabras: entré a la casa por el techo. No como invitado. No como visita. No como trabajador. Simplemente como un proyectil humano.

El estruendo fue monumental. Maderas. Polvo. Ruido. Y probablemente una cantidad considerable de palabras que no puedo reproducir aquí.

Quedé tirado en el suelo, rodeado de restos de madera, intentando entender qué demonios acababa de ocurrir. Y entonces llegó el detalle más increíble de todos: había caído justo en un pequeño espacio libre entre una mesa con cubierta de vidrio y un estante pesado.

Unos centímetros hacia un lado. O unos centímetros hacia el otro. Y probablemente esta historia habría terminado siendo bastante menos divertida.

Pero no. La suerte decidió volver a trabajar. Aparentemente tenía contrato indefinido conmigo.

A los pocos segundos apareció la dueña de casa. Salió de la cocina aterrorizada. Probablemente pensó que acababa de ocurrir un terremoto. La pobre mujer buscaba una explicación lógica para aquel estruendo.

Y entonces me vio. Un adolescente de diecisiete años tirado en el suelo de su living, cubierto de polvo y rodeado de madera rota, mirando hacia el techo. Como si yo también estuviera esperando que alguien me explicara cómo había llegado allí.

Hubo unos segundos de silencio. Ella me miró. Yo la miré. Y en algún punto de aquella conversación sin palabras probablemente ambos pensamos lo mismo: “¿Y este idiota de dónde salió?”

Mis amigos asomaban la cabeza desde el agujero del techo. Como una familia de topos curiosos. —¿Estás bien?

Buena pregunta. La respuesta era sorprendentemente sí. Me puse de pie. Moví los brazos y las piernas. Toqué donde me dolía. Todo parecía funcionar ya que no tenía huesos rotos, ni vidrios incrustados. Tampoco tenía heridas importantes.

Solo un pequeño rasguño en el codo y un dolor en la espalda baja que, en mi infinita sabiduría adolescente, decidí ignorar. Porque había una prioridad: la pelota.

La señora, comprensiblemente, no encontró particularmente graciosa mi entrada triunfal. Así que me tocó hacer algo que a los diecisiete años resulta muchísimo más doloroso que cualquier caída: dar la cara y pedir disculpas. Y, por supuesto, tuve que poner dinero de mi bolsillo para ayudar a pagar los daños.

La pelota, mientras tanto, seguía arriba. Después de todo lo ocurrido, decidí que por lo menos había que recuperar el motivo de aquella estupidez. Y lo recuperamos.

Porque así funciona la lógica adolescente: puedes atravesar un techo y destruir una estructura. Puedes caer varios metros y asustar a una señora. Puedes gastar tu dinero reparando los daños. Pero si al final recuperas la pelota... la misión fue un éxito.

Diez minutos después estaba nuevamente en la calle chuteando. Riéndome con los mismos amigos que me habían enviado a aquella brillante misión.

Yo tenía un rasguño en el codo. Un dolor en la espalda, menos dinero y una nueva experiencia que añadir a mi creciente colección de decisiones cuestionables. Pero tenía la pelota. Y, aparentemente, eso era todo lo que importaba.

*  *  *

LA MIRADA DEL SOBREVIVIENTE

Ahora, muchos años después, miro hacia atrás y tengo una pregunta: ¿En qué demonios estaba pensando?

La respuesta es sencilla: No estaba pensando. Tenía diecisiete años. Eso lo explica todo.

Hoy sé que aquella caída pudo haber terminado de una manera muy diferente. Pero también sé que esa es precisamente la razón por la que recuerdo aquella tarde con una sonrisa. No porque haya sido inteligente o prudente. Sino porque, inexplicablemente, salí caminando. Y una vez más, la suerte apareció cuando más falta me hacía.

*  *  *

VEREDICTO DEL SOBREVIVIENTE

  • Edad: 17 años

  • Objetivo: recuperar una pelota

  • Nivel de sensatez: desaparecido

  • Altura de la caída: suficiente

  • Daños personales: sorprendentemente pocos

  • Daños materiales: mejor no preguntar

  • Dinero perdido: suficiente para aprender una lección

  • Pelota recuperada: sí

  • Probabilidad de volver a hacerlo: peligrosamente alta

Resultado final: Caí del cielo, entré por el techo, destruí parte de una casa, pagué los daños y recuperé la pelota. Una misión perfectamente ejecutada.

Bueno... Excepto por la parte de caer.

#aejovenich #unmalditoconsuerte

Thoughts

  • RamiroEsquivel

    La cuenta de este capítulo la paga uno solo, po. El amigo que te mandó a subir porque eras el más ágil se asomó por el agujero, preguntó si estabas bien y a los diez minutos chuteaba contigo, mientras tú ponías plata de tu bolsillo para la señora. En todo grupo de cabros hay uno que manda a subir y nunca sube él, y ese casi nunca sale en el veredicto final. Yo le habría puesto una línea: autor intelectual, sin daños.

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