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 Capítulo dos. La princesa en su castillo

CarlosResendiz
Pensamiento

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malevaje

Dos veces le tocó la bocina don Jaime y el beso se quedó en el aire. Ese señor no deja ni despedirse, y después en la otra casa cambian el número de teléfono. Entre los dos papás le cortaron la línea al chango, pues.

Dos veces le tocó la bocina don Jaime y el beso se quedó en el aire. Ese señor no deja ni despedirse, y después en la otra casa cambian el número de teléfono. Entre los dos papás le cortaron la línea al chango, pues.

Contenido de la publicación

 Capítulo dos. La princesa en su castillo

Tiempo después, Patricia, la princesita incomprendida del CCH, me contó algunas de las cosas que vivió y otras yo las fui entendiendo poco a poco, y el resto lo entendí conforme fui ligando los cabos. 

 

Es por ello que a mi mente vino un rock de Enrique Guzmán, y que ahora abre marco a lo que contaré en este capítulo:

 —Linda, linda princesita, yo te quiero mucho y tú tienes que ser mía… (♫). 

Esa misma tarde, ella se bañaba en la agradable seguridad de su hogar, lejos de todo lo que la lastimaba.

Aquel contraste era total y el apacible ambiente que la rodeaba le levantó el ánimo; sus músculos se relajaron y se puso a cantar un tema de Camilo Sesto.

—Si tú te vas, ¿qué será de mí? Si tú te vas, enséñame a vivir sin ti… (♫).

El chorro del agua caliente que salía de la regadera corría por su cuerpo, suavizando la tremenda tensión que vivió.

En su hogar nadie podía insultarla, porque estaba en su acogedor palacio de cristal, donde era nada menos que la princesa del castillo.

Aspiró el aroma del delicioso jabón de esencia de rosas, miró la espuma que corría hacia la coladera y disfrutó del refrescante vapor que la envolvía.

Cerrando los ojos, se llenó de paz y tranquilidad, y la tensión se desvaneció, al grado que su semblante cambió.

Ya relajada, se envolvió en una toalla; sus pensamientos vagaron y, emitiendo un suspiro, susurró:

—De las puertas de mi casa hacia afuera, el mundo es cruel; mas aquí, soy la reina consentida que vive en sus fantasías y en sus sueños.

Sintiéndose fresca, fue a su recámara, se secó el cuerpo y sonrió satisfecha, pues era feliz y nadie la iba a insultar ni decir cosas malas.

Recordó que se contuvo tres veces para evitar romperle la nariz a Glenda, pero se vio obligada a poner un alto, y pensó:

—Estoy contenta por lo que hice, pues se lo merecía… 

Desnuda contempló su figura; su carne y su piel eran firmes, su aspecto físico agradable, y era cuidadosa en su arreglo personal.

Su rostro era bonito, aunque más redondo que el de Glenda, y su dentadura era perfecta, así como su sonrisa.

Estando en su casa, era auténtica, como lo es en su corazón…  

Era la Patricia romántica que se deleitaba leyendo sus novelas de amor, a la que amaba el príncipe azul de su mundo de ensueños.

Ella se enternecía con la puesta de sol y suspiraba al escuchar una canción de amor. Su sensibilidad era latente en todo lo que hacía.

Estas paredes la aislaban de todo lo malo y le daban seguridad, de manera que jamás cambiaría su recámara por nada del mundo.

Patricia suspiró satisfecha y desde la cocina, una voz exclamó:

—¡Hija, si terminaste tu baño, baja para que te sirva de cenar!

—¡Voy, mamá! ¡Dame unos diez minutos, por favor!

Terminó de vestirse y comenzó a hacerse la pedicura. Todos esos momentos que dedicaba a sí misma le daban mucha paz.

Cuando Patricia me habló de esto y con detalle, muchas cosas empezaron a encajar. Así supe lo que realmente estaba pasando.

Su mente recordó sus primeras semanas en el CCH, donde yo fui el primero que conoció en 1976, y nos hicimos buenos amigos.

Roberto, Carlos y Ramón comenzaron a hablarle, y desde un principio, Renato la rechazó.

En esa época, queríamos formar un grupo musical y, mientras decidíamos su nombre, nos llamaban Los Muchachos Rocanroleros.

Patricia recordó que Renato habló de manera despectiva de ella y de otros chicos que se llamaban Maritza y Narciso.

—Entre las mujeres escogeremos a las más lindas; nada de tipas obesas como Patricia, ni Maritzas hippies o presumidas como Glenda.

Yo le respondí, molesto:

—¡Espera, Renato, respeta a Patty, pues ella qué culpa tiene, y Maritza decidió ser hippie porque lo quiso!

—¡Es que aborrezco a las gordas, feas, imperfectas, folclóricas o con amaneramientos como el tal Narciso!

 

Patricia se quedó pensando cabizbaja, al acordarse de mí:

—Alfonso es un gran amigo y siento tristeza porque me alejé de él para evitar que tuviera problemas, pues me defendía de Renato.

Cortando la uña del dedo pequeño de su pie, siguió cavilando:

—¡Recuerdo que por mí, en un par de ocasiones, casi estuvo a punto de pelearse a golpes con él, pero sus amigos lo impidieron!

Lo que hubiera sido una gran amistad entre Patricia y nosotros, por Renato se perdió; Glenda y otros se agregaron para agredirla.

Patty evitaba a Renato y, cuando él se burlaba, ella lo paraba en seco y respondía firme y con educación a sus agresiones.

Patricia recordó, mientras luchaba con otra uña:

—Lo callaba dejándolo humillado y me fortalecía pensando en mi mejor amigo Eusebio Álvarez. Estudiamos en la Secundaria 117, y siempre estábamos juntos, conviviendo y haciendo nuestras tareas.

Cuando salieron de la secundaria, a él le tocó la Preparatoria 7 y a ella el CCH Oriente; mas se frecuentaban para conservar su amistad.

Eusebio también tenía sobrepeso, y Patricia se fijó en él para personificar a su príncipe azul, que era el dueño de su corazón.

Ese muchacho era quien en sus sueños llegaba a su castillo de princesa y montado en su caballo blanco para amarla.

Eusebio era tímido y la quería muchísimo, pero se cohibió, sin tener el valor de confesarle sus sentimientos o robarle un beso.

Ella evitó dar el primer paso por el miedo a que ese sueño se le desvaneciera de las manos como una pompa de jabón.

Acordarse de Eusebio le daba fuerzas para resistir y enfrentar el acoso que empezaba a sufrir en la escuela, porque era su aliciente que necesitaba.

Terminó el primer semestre del CCH y en el segundo, en junio de 1976, ocurrió un suceso que alteró de manera completa su vida.

Recordó el mágico instante cuando estuvo a punto de recibir su primer beso de Eusebio, su amor platónico, pues lo vio en un parque. 

Patricia se extrañó porque, desde que llegó, estaba muy serio… Él le dijo con angustia, con voz quebrada y a punto de llorar:

—Oye, Patty, tengo una mala noticia, y tengo miedo de contarla, porque lo que sucede es… es que…

Patricia lo miró interrogante y angustiada:

—¿Qué es lo que está pasando, Eusebio…? 

—Voy a tener que irme a trabajar con mi padre en su rancho en San Bernardino, California, y voy a obedecer, pues me está obligando.

Apesadumbrado y agachando la cabeza, sin atreverse a verla a los ojos, dejó escurrir sus lágrimas y exclamó:

—¡Y es por eso que he venido a despedirme de ti!       

Al escucharlo, el rostro de Patricia se ensombreció porque esa sorpresiva noticia le cayó como una bomba.

—¡Qué estás diciendo, Eusebio! ¿Por qué me lo ocultaste?

—Porque me lo acaba de decir, pues de que se propone algo, lo hace, así el mundo esté en contra, e ignoró lo que yo pudiera pensar.

Patricia se quedó sin habla, y el muchacho susurró:

—¡Mi padre se negó a escucharme! ¡Hasta hizo que abandonara la preparatoria y ahora me está forzando a obedecerlo!

Eusebio balbuceó, sintiéndose abatido: 

—Mañana me voy a ir, trabajaré con él en su rancho y quiero aprender a administrarlo… En dos años vendré a verte.

Las lágrimas de Patricia surcaron sus mejillas ante esa noticia que jamás se hubiera imaginado, y con nerviosismo gimoteó: 

—Si te vas a ir, ¿por qué quieres regresar para verme?

Sabiendo que se iba a alejar mucho tiempo, Eusebio hizo a un lado su timidez y le dijo:

—Sinceramente, me arrepiento de mi cobardía e indecisión por haberme callado tanto tiempo y te confieso que, Patricia, te amo.

Sus ojos se abrieron enormes ante estas palabras… ¿Era posible que su príncipe azul por fin se atreviera a decirle que la amaba?

Ella, al escuchar su declaración, tuvo el impulso de arrojarse a sus brazos, pero la detuvo la amarga realidad que estaba viviendo.               

Patricia se puso a llorar y le dijo con desesperación:

—¿Pero por qué te tardaste tanto en decírmelo? ¡Siempre te he amado y soñaba con el día en que me correspondieras! ¿Por qué, si ahora te vas, me lo dices, Eusebio? 

Amargamente arrepentido, Eusebio la tomó de los hombros y le pidió perdón por su cobardía y exclamó:

—¡Perdóname, Patty, créeme que lo lamento de corazón, pues debí haberte dicho que te amo, pero me niego a perderte!

Patricia gimoteaba y él prosiguió:

—Regresaré en dos años, cuando seamos mayores de edad, y te prometo que nos casaremos en California, pues viviremos donde serás la dueña del ranchito que voy a hacer para ti.

El amor que sentía por Eusebio la venció y, con melancolía, dejó que le secara sus lágrimas y la abrazara.

Lo miró esperanzada y le preguntó:

—¿Regresarás? ¿Te casarás conmigo?

El muchacho respondió, refugiándose en la mirada de Patricia:

—Regresaré y nos casaremos; te juro por mi madre que formaré tu patrimonio y vendré por ti; tendremos familia y seremos felices.       

Ella se dejó abrazar y cerró los ojos ante la cercana inminencia de un tierno beso, el cual tanto anhelaba. ¡De su primer beso de amor! 

Estaba ruborizada, y él, con torpeza, se acercó para besarla y así sellar un pacto de espera para poder casarse.

¡Los cuerpos se fundieron y él vio en sus ojos el gran amor que ella sentía por su príncipe azul!

De pronto, cuando sus labios ya se iban a unir, la bocina de un auto sonó en forma escandalosa y ambos se separaron asustados.

Era el Valiant de don Jaime, padre de Eusebio, quien, molesto, se asomó y le gritó:

—¡Vámonos, muchacho, porque todavía hay mucho por hacer!

Una niña pequeña estaba en el asiento trasero y, con inocencia, se asomó por la ventanilla y comenzó a cantar:

—¡Son novios…! ¡Son novios…! ¡Son nooovios…!

Eso avergonzó a Patricia, quien se separó de Eusebio, y él dijo:

—Ya me tengo que ir, Patty, vamos a ir a recoger las visas y te hablaré por teléfono cuando llegue a San Bernardino, te lo prometo.

Pasmada, agachó su cabeza con tristeza:

—¡Sí, como tú digas…! ¡Está bien…!

El padre de Eusebio volvió a tocar la bocina por segunda vez: 

—¡Apúrate, muchacho, que todavía tenemos que pasar a recoger las actas a la Embajada!

Patricia vio con desolación cómo Eusebio se alejaba en el auto y su beso de despedida voló, sin haberse concretado en sus labios.

 

Los recuerdos la sacudieron y luchó para regresar a la realidad, y bastó con evocar lo ocurrido un año atrás para que todo regresara.

Se puso sus pantuflas, bajó las escaleras y entró a la cocina. Su madre, doña Ana, le dijo extrañada:

—¿Qué tienes, hija? ¡Te ves como si hubieras llorado!

Patricia le contestó, esbozando una débil sonrisa:

—Estoy cansada, han sido varios exámenes seguidos y tareas… 

Don Ernesto, su padre, la miró comprensivamente y exclamó:

—Mi pequeña, deja de presionarte porque te vas a enfermar, y cuando acabes de cenar, subes a dormir.

Tratando de parecer optimista, charló con sus padres y disfrutó de sus alimentos. Ella era hija única, la consentida y reina del hogar.

En breve, Patricia subió a su recámara, se lavó los dientes y se recostó en su cama, dejando que los recuerdos volvieran a su mente.

Evocó los días difíciles que siguieron a la partida de Eusebio, y cuando llegó a San Bernardino, él le habló por teléfono.

Durante más de una hora lloraron e hicieron muchas promesas.

En los dos años de lejanía, ninguno iba a tener otra pareja y ella esperaría hasta que él regresara.

La rosa roja que estaba en su buró le recordaba las promesas de Eusebio. Él se la regaló en una kermés, y la secó para preservarla.

Estuvieron platicando largo rato y don Jaime comenzó a gritar:

—¡Muchacho bueno para nada, corta la llamada de inmediato! ¡Llevas más de una hora y la larga distancia me va a salir carísima!

Eusebio colgó, y Patricia, quien había escuchado los gritos, se sintió grandemente mortificada.

Pasó el tiempo, se enviaban cartas y se hablaban por teléfono en llamadas breves, evitando así los berrinches de don Jaime.

Las cartas que Patricia recibía las ponía en una cajita de madera y al lado de la rosa seca, por lo que así las tenía siempre a la mano.

Ilusionado, Eusebio le contaba lo que su padre le enseñaba en la granja, y ella hablaba de sus estudios y de lo mucho que lo extrañaba.

Venciendo varias dificultades, convenció con grandes trabajos a don Jaime, quien aceptó la relación que su hijo tenía con Patricia.

Don Jaime pensó que si ‘sentaba cabeza’, iba a ser responsable para administrar el rancho, y podría mantener a su nueva familia.

Patricia se guardó sus problemas del colegio para evitar que se preocupara por culpa de esas cosas.

Para esa época, Renato le había puesto el sobrenombre de La Chuleta y se burlaban de ella en el salón de clases.

 

Llegó 1977, y ella, con paciencia, soportaba las burlas y, cuando la atacaban, su mente viajaba al lado de Eusebio.

En ese momento, Patricia se acordó de Maritza y de mí, y pensó:

—Los únicos que han estado en contra del acoso son Alfonso, mi querido amigo, que se ha enfrentado contra Renato, y Maritza, la hippie que estoy comenzando a apreciar.

Había una canción llamada “Juegos en mi mente”, de Roberto Jordán, y se la dedicó a su amado, y la cantaba cuando se sentía sola.

Se refugiaba en ese tema para sentirse fortalecida y reanimada, pensando en Eusebio.

—Ya somos novios, nos casaremos, tal vez tendremos un niño o tres… (♫).

Ella evocó la kermés, donde le regaló la rosa roja y un payasito de barro. Comieron helado de fresa, buñuelos, y atesoró este recuerdo en su corazón.

Pero de pronto, su mente voló hacia un suceso que cambió por completo sus sueños y se secó las lágrimas con su pañuelo de encaje.

Patricia recordó un hecho que ocurrió en el tercer semestre…

Ahí, la nostalgia se transformó en otra cosa, al recordar algo que había tratado de olvidar durante meses. 

A medio año de la despedida, Patricia se encontró en el Gran Mercado con su amiga Verónica.

Coincidieron con sus carritos de la compra y tenían un año y medio que dejaron de verse; se abrazaron y Verónica exclamó:

—¡Patty, mi hermosa amiga, me da mucho gusto verte! 

Con una enorme sonrisa, Patricia le contestó:

—¿Dónde te habías metido? Pregunté a algunos de la secundaria y nadie me dio razón de ti.

Verónica la tomó de los hombros, la miró a los ojos y le dijo:

—Estuve todo el tiempo con mis padres en San José, California, y hace poco regresé, y nos invitaron a una fiesta en San Bernardino. ¿Y a quién crees que me encontré?

El corazón de Patricia le dio un vuelco porque su mente viajó hacia ese lugar y, aparentando tranquilidad, preguntó:

—¿A quién viste, Vero? ¡Cuéntame, por favor! 

—¿Te acuerdas de Eusebio, el muchacho que se juntaba contigo, con Elsa y Esteban, para hacer los trabajos y tareas de la secundaria?

Patricia disimuló su turbación; con una sonrisa forzada comentó:

—S-sí, me acuerdo de Eusebio. ¿Qué fue lo que te platicó?

—Yo quise platicar con él, pero estuvo con una chica. ¡Ah, pero cómo lo abrazaba y él se veía feliz!

Al escucharla, se quedó paralizada y sin saber cómo reaccionar.

Patricia hubiera preferido recibir la cachetada de Glenda que oír eso, y sin darse cuenta del efecto de sus palabras, Verónica prosiguió:

—Solamente estuve un rato en la fiesta; Eusebio bailaba y lo vi tan divertido y le tomé varias fotos. Ven, las traigo en el coche.

Se dirigieron a las cajas y pagaron lo que llevaban, salieron y, en el estacionamiento, Verónica le mostró las imágenes una por una.

Eusebio vestía una camisa blanca y la chica lo abrazaba melosa. Se contuvo al ver que la muchacha lo besaba en las mejillas. 

Verónica se las entregó en sus manos y le dijo:

—Toma, te las regalo; guárdalas de recuerdo del pícaro Eusebio y de lo bien que le va en los Estados Unidos. ¡Me da mucho gusto que nuestro amigo esté tan contento! 

Su amiga notó que le empezaban a temblar ambas manos y le preguntó:

—¿Qué tienes, Patty, te sientes bien? ¡De repente te has puesto muy pálida!...

—Sí, lo que pasa es que estoy “en mis días” y me vino un fuerte cólico, pero ya se me está pasando.

—¡Esos cólicos son horribles, yo sufro con ellos! Te dejaré en tu casa para que descanses un poco. 

En breve, se despidieron y Patricia cerró la puerta. Sus padres habían salido de casa y lloró con las fotografías en sus manos…

 

Los recuerdos se desvanecieron y Patricia volvió a la realidad. Fue al baño a refrescar su rostro con agua fría para despejarse.

Regresó hasta su recámara, se sentó en un sillón y aquel cúmulo de amargos recuerdos volvió a chocar en su cabeza.

Recordó que revisó varias veces esas fotos, y en todas Eusebio se veía feliz y la chica lo trataba con ternura y con mucho amor.

En ninguna lo besó en la boca, pero le dio varios en las mejillas; sintió que una venda se cayó de sus ojos y quiso morirse.

La ira la invadió; estuvo a punto de romperlas, pero se contuvo para echarle en cara su traición si llegara a verlo algún día.

Todo se derrumbó, sin entender por qué rompió su juramento, si con ilusión había estado esperando a que regresara.

Patricia contaba los días, extrañando su regreso y soñando que él la iba a llevar de blanco al altar…

Abrió el clóset, sacó una caja de zapatos y metió las fotos y las cartas de Eusebio, la cerró y la arrojó en un rincón alejado y oscuro.

Y de ahí en adelante, las cartas que le fueron llegando acabaron en aquella caja sin abrirlas, quedando en el más absoluto olvido.

Patricia buscó el apoyo de su madre y le contó la traición que Eusebio le había hecho, mostrándole las fotos.

—¡Qué barbaridad, ese hombre es un ingrato!

Doña Ana la abrazó comprensiva mientras que, acurrucada en su regazo, su hija desfogaba con abundantes lágrimas su decepción.

Doña Ana habló con don Ernesto y cambiaron el número de teléfono para que Eusebio dejara de hablarle.

Él exclamó con ira contenida:

—¡Esto es lo mejor para nuestra hija, y si ese infeliz se atreve a venir, yo mismo le rompo la cara!

Patricia se derrumbó y dejó de ser la misma, porque su alegría se apagó, volviéndose retraída y buscando la soledad. 

Antes participaba en el salón, pero desde que recibió la noticia que Verónica le dio, todo cambió de manera drástica. 

Eso lo aprovecharon Glenda, Renato y todos los demás para caer como buitres; dejó de defenderse, y de Patricia, ni su sombra quedó… 

Llegó el cuarto semestre del CCH, y sin ánimos de enfrentarse, dejó que se burlaran de ella y la hicieran su mascota y su diversión. 

 

Así transcurrió todo hasta hoy, pero el golpe que le dio a la rubia fue el inicio de su liberación…

Animada por su demostración de coraje, levantó con dignidad sus ojos y pensó:

—¡Esto se acabó para mí, ahora seré más precavida con el amor y durante mucho tiempo a nadie le entregaré mi corazón!

Sintió que su alma comenzaba a tener paz, y era lo mejor. Hizo suya la canción de Angélica María: “Amar y ser amada”.

—Siempre sola y llorando, envidiando a todo aquel que se enamora… (♫).

Si algún día él quisiera ir a verla, le restregaría en su cara las fotos y lo despediría. Ese episodio de su vida había muerto.

Al haber cambiado de número telefónico, dejó de molestarla y sus cartas sin abrir estaban en el closet, en la sombra del abandono.

Con respecto al acoso, este día fue decisivo porque marcó un alto, un parteaguas con el contundente golpe que le dio a Glenda.

Demostró que se iba a defender, a enfrentarse, así tuviera que recurrir a sus puños de nuevo, hasta en contra de Renato. 

La rosa seca se quedó ahí en el florero y le restó importancia. Su mente estaba todavía ofuscada y se le olvidó en ese momento.

Se levantó del sillón, alzó la mirada y vio hacia el presente.

Decidió enfrentarse a Renato, a Eusebio, a los del salón y a sus propios temores y fantasmas… 

Con esa esperanza recordó un tema de Palito Ortega, llamado “Yo tengo fe”, y en su mente resonaron las notas de aquella canción:

—Yo tengo fe en que todo cambiará, que triunfará por siempre el amor… (♫). 

La demostración de valentía contra Glenda la iba a aprovechar para provocar ese cambio. Con esa convicción levantó su cabeza.

Miró el reloj y eran las cuatro de la mañana; tenía que dormir porque a las siete debía levantarse para ir a sus clases al CCH Oriente.

Le quedaban tres horas para descansar; se metió a su cama y en breve se quedó dormida…

 

En otro punto de la ciudad, Glenda, acostada en su cama, se sentía bastante adolorida, y su madre le aplicó una inyección.

La señora arropó y besó a su hija en la frente y salió apagando las luces, dejando la recámara en penumbras.

La rubia estaba boca arriba, su mente estaba hecha un caos y vio su nariz, que estaba cubierta con gasas y cinta quirúrgica.

—¡Qué humillación acabo de pasar y enfrente de los idiotas del salón! ¡Qué vergüenza, y nadie salió a defenderme de esa bestia!

Glenda estaba convencida de que Patricia pudo haber aguantado un poquito de bullying sin reaccionar de esa explosiva manera.

Ante sus ojos, ella era un salvaje demonio y se hizo la víctima, negándose a reconocer ante sí misma su arrogante comportamiento.

—¡Ni el estúpido de Renato hizo nada por defenderme! ¡Es un cobarde asqueroso y cuando lo vea, se lo voy a recriminar!

Glenda sabía que tenía las de perder si se atrevía a enfrentarse con ella, ya que todo el salón le iba a dar la razón a Patricia.

Además, tenía mucho miedo al imaginarse siquiera el volver a encararla frente a frente.

¡La amenaza de que la próxima vez la iba a golpear con el puño cerrado era suficiente para abstenerse de decirle cosas malas!

—¡Esto va a tener consecuencias y me voy a vengar; se atrevió a maltratar mi rostro, que es lo que más amo en la vida!

Una amarga lágrima rodó por su mejilla; con su dedo índice tocó suavemente su nariz adolorida y la rubia sentenció:

—¡Voy a encontrar cuál es su punto débil y se lamentará más de lo que estoy sufriendo! ¡Entonces sabrá quién es Glenda del Valle!

Afuera, pasó un solitario auto que se perdió en las sombras y en su radio se alcanzó a escuchar una canción de Los Apson…

—A veces lloro estando solo… (♫).

 

(¿Crees que lo que sufrió Patricia es motivo para que se haya dejado derrotar? ¿Qué piensas acerca de Eusebio? ¿Crees que Verónica debió de quedarse callada? ¿Y con respecto a Renato, cuál es tu opinión?).

#rock and roll #decepción #acoso juvenil #drama estudiantil

Thoughts

  • malevaje

    Dos veces le tocó la bocina don Jaime y el beso se quedó en el aire. Ese señor no deja ni despedirse, y después en la otra casa cambian el número de teléfono. Entre los dos papás le cortaron la línea al chango, pues.

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  • Casilda

    Ay no, las cartas sin abrir en la caja de zapatos. Apuesto que ahí está la explicación y que la chica de las fotos es pariente, porque en ninguna lo besa en la boca. Verónica habló de más.

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