Capítulo cero: Pesadilla de una adolescente
El recuerdo de todo lo vivido con Patricia me persiguió por años, pero gracias a algunas pláticas posteriores que tuve con ella, logré reconstruir sus pensamientos.
(Por ejemplo, la sonrisa de Maritza evitó que saliera corriendo del salón).
Al día siguiente, todavía sintiendo la carga de la culpabilidad y la desvelada, llegué al Colegio de Ciencias y Humanidades.
Mi mente, sin saber por qué, recordaba una canción de Angélica María y la relacionaba con Patricia.
—Siempre sola, y llorando, envidiando a todo aquel que se enamora… (♫).
Sí, siempre sola... Así fue como la vi cuando llegó a la escuela. Pidió la parada del autobús y descendió, pensativa.
—¡Dios mío, otra vez empieza mi sufrimiento…!
Entrando apenas al plantel, su cuerpo se puso tenso y un sudor frío recorrió su espalda porque sucedió lo que temía. Una voz exclamó:
—¡Miren, llegó La Chuleta, je, je, je!
Mortificada entre las risas crueles, bajó la cabeza, se mordió los labios y apresuró sus pasos hacia el salón, pensando:
—¡Señor, dame paciencia para soportarlos!
Patricia se dirigió hacia su pupitre y los cuchicheos aumentaron. Uno alcanzó a empujarla con el hombro, haciéndola trastabillar.
A otro, al hablar, se le salieron unas gotas de saliva espesa que le salpicaron el rostro.
Patricia tenía en la mano un lápiz con punta e hizo un tremendo esfuerzo para contenerse, ya que tuvo el impulso de enterrárselo en la cara o en un ojo.
Yo, al ver eso, me asusté y las voces siguieron:
—¡Abran paso, que una gordita viene rodando!
—¿Rodando…? ¡Pero si está rebotando!
Cuando ella estaba a punto de tener un ataque de furia, en ese momento entró un profesor que nos aplicó un examen y el acoso cesó.
Acabó la clase y los murmullos reiniciaron con fuerza, pero los ignoró, tratando de evitar aquel juego de las provocaciones.
La observé sin poder hacer nada y, lleno de rabia, pensé:
—¡Cómo quisiera defenderla de todos estos malditos!
Una mano anónima le arrojó una goma de borrar, pero Maritza, la chica hippie, se percató y, de un manotazo, la desvió hacia la pared.
Tomó la goma y se la arrojó en la cara a ese cobarde, pues le dio coraje lo que hizo y él se quedó quieto al ver su mirada incendiaria.
Renato se burló haciendo señas; lo miré con seriedad y le dije:
—Si sigues mofándote de Patty, vamos a tener problemas.
Él guardó silencio... Cuando terminó la clase, le dije a ella:
—¡Patricia, ya ponles un alto para que dejen de humillarte!
—Alfonso, prefiero alejarme sin pelear y llevo la fiesta en paz.
Maritza se acercó, la miró y le dijo:
—¿Por qué te dejas? Te insultan, te humillan y bajas la cabeza.
—¿Y qué quieres que haga? ¿Que me pelee con todos?
—Quiero que dejes de esquivar y que los pares en seco.
Nos vio preocupados y bajó la mirada. Maritza continuó:
—Mira, lo que te destrozó… ya fue, entiéndelo, pero esto tú lo estás permitiendo. ¡Rompe con esta situación de una vez y por todas!
Yo le dije estas palabras que la dejaron pensando:
—El día que te canses de verdad, esto se acaba. Piénsalo.
Patricia sabía que se lo decíamos por su bien y solo exclamó:
—Gracias.
Mas aquellos siniestros ojos que ayer la habían observado, otra vez estaban clavados en ella, enmarcados en una rubia cabellera.
Cuando terminaron las clases, Patricia se alejó pronto del CCH.
Llegó a su casa y vio que estaba sola. Sus padres habían salido y corrió a su recámara, dejándose caer sobre su cama, llorando:
—¡Cómo quisiera quitarme la vida, pero si lo hago, esto sería un tremendo dolor para mis papacitos!
Esta aflicción hizo que apretara los dientes hasta que le dolió la mandíbula, y susurró:
—Me duele recordar el día que sufrí esa dolorosa decepción, cuando perdí mi motivo para vivir; ahora todos hieren mi autoestima.
En su calvario se acordó de la hippie y de mí, y suspiró:
—Los únicos que me han comprendido son Alfonso y Maritza. Me he negado a contarles lo que me pasó, pues ni ellos deben saberlo.
Dejó escurrir sus amargas lágrimas y sus ojos se le hincharon, y su cansada mente le suplicó hacer algo drástico y definitivo.
Esa idea le dio vueltas en su cabeza durante horas y, al final, con desesperación, Patricia tomó una temeraria alternativa; esa convicción hizo que le viniera un poco de calma:
—Me defenderé sin medir las consecuencias, así tenga que herir a alguien, ya que quiero rescatar mi dignidad.
Mirando al frente con firme decisión, se aferró a una esperanza al saber que había tocado fondo y, sin tener nada que perder, pensó:
—¡Acabaré con esto aunque me expulsen de la escuela, y lo haré por mis papacitos y por amor a mí misma!
Recordó un texto anotado en el pizarrón: “El valiente vive hasta que el cobarde quiere”, y eso la impactó y la hizo reaccionar.
—¿Quién lo habrá escrito? En verdad tiene mucha razón…
Con determinación suspiró y, levantándose de su cama, tomó un baño caliente. El agua, al correr por su cuerpo, la reanimó.
Esbozando una sonrisa, sentenció:
—Llegaré al CCH y esperaré a que se presente la oportunidad, y pondré un alto a este asunto de manera radical y definitiva.
Y con este pensamiento bajó las escaleras; don Ernesto y doña Ana habían llegado y los recibió como si nada hubiera sucedido.
Sus padres se alegraron al verla optimista y él le comentó:
—¡Hija, me da mucho gusto ver que tu ánimo ha mejorado!
Su madre agregó:
—Ya hasta te bañaste; disfrutemos de una deliciosa comida.
Patricia pensó para sus adentros:
—Ya quiero que sea el nuevo día. Me niego a seguir humillada.
Cerca, en un radio de transistores, se escuchaba una canción que estaba llena de optimismo, alegría y esperanza…
—Una paloma blanca luce tan bella al volar… (♫).
(¿Tú qué hubieras hecho si estuvieras en el lugar de Patricia? ¿Conoces algún caso de bullying tan brutal como el que ella ha estado sufriendo? ¿Qué piensas de las reacciones de Alfonso y de Maritza? ¿Crees que Patricia reaccionará?).
#rock and roll