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Latidos De Porcelana Capítulo 9 - Cortesía y Sangre

J_Khraucer
Pensamiento

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legacy2014

Cassandra es la única que piensa en lo que cuesta sostener el pacto con los Vigilantes mientras Mina lo patea cada noche, y por eso termina pagando ella. Lo que más me inquietó fue Lysander parando la bala con los dedos: si viene practicando eso a escondi

Cassandra es la única que piensa en lo que cuesta sostener el pacto con los Vigilantes mientras Mina lo patea cada noche, y por eso termina pagando ella. Lo que más me inquietó fue Lysander parando la bala con los dedos: si viene practicando eso a escondidas, los besos en las mejillas son pura espera. Apuesto a que no quiere vengarse de Mina, quiere estar cerca el día que la Orden sepa quién tiró a la bailarina, y ahí Cassandra queda en el medio por la cadena que la ata.

Contenido de la publicación

Cassandra Rosenverd.

La noche en Helsinki huele distinto cuando se caza desde las alturas: a hierro frío, al Báltico y a la porquería de la sociedad decadente.

Estábamos en la azotea de un edificio a medio terminar, frente al complejo industrial abandonado que se alzaba al otro lado de la calle. Mina se había sentado en el borde, meciendo los pies en el vacío. Yo, en cambio, mantenía la vista fija abajo, recorriendo una a una las mentes de los hombres que se movían entre los contenedores.

Marcados, los llamamos. Secuestradores, violadores, y esta vez, traficantes: todo lo que la sociedad prefiere no ver, aunque igual la pudra por dentro. Desde hace siglos existe un pacto con los Vigilantes —ellos son los intermediarios ante el mundo humano, y nosotros nos encargamos de la escoria que ese mundo no sabe cómo limpiarse de encima—. Un trato conveniente para ambos bandos.

Buscaba, entre esos hombres, algún rastro de un exiliado. Es un hábito que ya no sé quitarme.

—¿Podemos bajar ya y matarlos de una vez? —protestó Mina, dejándose caer un poco más hacia adelante, como si el vacío la tentara solo por aburrimiento—. Esto de mirar es aburridísimo, Cass.

Iba a responderle cuando el aire cambió.

En el edificio contiguo, cuatro figuras encapuchadas clavaron sobre nosotras sus ojos dorados, del color exacto del amanecer. La luz nocturna delineaba el filo de la plata que portaban, tan afilada como su propósito.

Ambas lo supimos de inmediato: eran Vigilantes.

—Exiliados —murmuré, sin apartar la mirada de los encapuchados—. Vigilantes que rompieron las reglas, condenados por la Orden a vagar sin nombre ni protección.

Un exiliado puede ser más peligroso que cualquier marcado; conozco el pacto, y conozco también lo que cuesta sostenerlo cuando algo así se cruza en el camino. Por eso estaba ahí, leyendo los recuerdos de los traficantes, antes de que cualquiera de los dos bandos decidiera que esta noche merecía más sangre de la necesaria.

Y esta maldita hija de puta se atrevió a provocarlos. En el instante exacto en que le expliqué que no había exiliados, dejó de escucharme. Ya no estaba sentada en la cornisa: caminaba hacia ellos. El pacto de Enrichetta empezó a arderme en las venas. Me puse en pie y le exijo que se detenga, pero la muy maldita comienza a danzar como una bailarina de ballet, sin apartar la mirada de los encapuchados. Me adelanto para detenerla, y es entonces cuando se deja caer al vacío de la oscuridad.

Los Vigilantes mantienen los ojos sobre mí, esperando una disculpa por la ofensa. Pero mi desprecio por ella no es nada comparado con el que les guardo a ellos. Sostengo intacto el insulto de Mina y me lanzo tras ella, a la oscuridad.

Esa misma danza —dejarse caer desde un edificio— fue el desastre que dejó hace catorce años: una Vigilante que se ocultaba bajo el disfraz de bailarina, considerada una diosa dentro de la Orden, murió de la forma más irónica posible, lanzada desde lo alto como cualquier mortal. Es el insulto favorito de Mina. Y la muy maldita no entiende, o no le importa, que la Orden aún ignora que fue ella quien mató a esa Vigilante; se atreve a esbozar la misma burla, arriesgándose, arriesgándome, a que la ejecuten si tan solo llegan a sospecharlo.

▬▬▬▬ஜ۩۞۩ஜ▬▬▬▬

Los galpones abandonados se llenaron de discusiones. Dos bandos, los del dinero y los de la mercancía, discutían el retraso de las entregas, pero las excusas parecían delirios de un demente: algo o alguien se había llevado al "cocinero" del producto. La discusión terminó con un golpe en la mesa de Yarko, el finlandés responsable de la baja producción, mientras Yuri, el ruso, medía si valía la pena seguir con el trato. Y así fue: las manos se estrecharon y las armas se escondieron, pero no por mucho tiempo.

Las luces murieron en un instante. La oscuridad y el miedo atraparon los sentidos de todos; las armas susurraron en los ecos de las paredes y los tejados. Uno de los hombres abrió las pesadas puertas de la entrada, dejando que una falsa paz los envolviera, disfrazada de luz lunar. Fue entonces que se evidenció lo frágil y efímero que es la vida mortal.

El hombre de la puerta yacía de pie, mientras su cabeza rodaba, besando los pies de los presentes.

También me robé su corazón.

La supervivencia nació en cuanto el cadáver cayó sobre sus rodillas, entorpeciendo la paz de la noche con preguntas e insultos sin respuesta. Elevaron sus inútiles armas entre ellos, buscando al culpable, mientras otro de los hombres echaba a correr, despavorido. No llegó lejos: la melodía de sus propios ropajes desgarrándose junto a su carne les robó la atención a los demás, pues había perdido las extremidades en un parpadeo, como si de ella tiraran hilos en todas direcciones.

El ruido ensordecedor de las armas no se hizo esperar.

Los destellos revelaban sus rostros deformados de terror, mientras uno de ellos aún observaba la cabeza a sus pies, que le devolvía una mirada oscura en un gesto grotesco.

Hasta que lo aferré desde abajo y lo jalé hacia arriba, aprisionando el tobillo.. Gritó y suplicó, mientras su cuerpo golpeaba las vigas una y otra vez, como una campana.

Los cargadores pronto murieron. Martillaron las cámaras vacías repetidamente. Quejidos y llantos entorpecían los dedos para volver a cargar — pánico que se aceleraba por el eco de lo que mi sed hacía crujir entre mis dientes desde las alturas.

Yuri tomó el arma ensangrentada del suelo, escuchó un eco a su izquierda, disparó hacia la oscuridad. La luz del disparo le mostró a su hombre de confianza, acribillado a causa de su propio pánico.

Volkov no esperó más, ordenó la huida de ese matadero, pero sus hombres ya no respondían: sus semblantes, a medio brillo de la luna, mostraban rostros desencajados como cadáveres, mientras llevaban sus propias armas a las sienes, apagando las últimas ráfagas de la noche.

Ambos hombres se aferraron como hermanos mientras arrastraban a un último rezagado hacia una de las camionetas. Yuri, entre pasos resbaladizos por el suelo ensangrentado, se subió a la cabina, pisó a fondo, pero el vehículo solo gritó.

Las ruedas giraron levantando una nube de vapor y polvo a su alrededor. Yo sostenía el parachoques mientras les devolvía una sonrisa.

La ventana lateral estalló. Mina aprisionó el volante mientras encajaba su mordida en el rostro de Yuri, obligando al vehículo a cambiar de rumbo.

El auto quedó libre luego de que lo soltara. La desesperación murió con el estruendo del impacto contra un pilar de acero.

El último hombre salió de la camioneta, arrastrándose entre los fierros torcidos, su cuerpo empapándose en los charcos restantes.

Mi Sire lo levantó del cuello de la camisa, y el mundo giró para dejarlo cara a cara con ella. El aroma a metal le llenó la boca antes de que pudiera suplicar —lo sentí en mi paladar— hasta que los dientes afilados de ella se clavaron en su tráquea.

El corazón le subió a la cabeza, con un ritmo ensordecedor, mientras sus manos luchaban por separarlo de ella. Poco a poco sus gritos se volvieron mentales, imaginando que aún luchaba. Un brillo borroso llamó su atención en lo alto: la luna aún seguía ahí, cada vez más luminosa.

▬▬▬▬ஜ۩۞۩ஜ▬▬▬▬

Tomé un pañuelo negro y comencé a secarme los labios, mientras ella parecía haber vomitado sangre: estaba empapada desde el mentón hasta el pecho, como si no supiera comer. Sostenía entre los brazos el cuerpo del último hombre, girando con él a modo de vals, mientras me decía:

—¡Mira, Cass! ¡Este aún rebosa de vitalidad! Aún puedo cogérmelo... jajaja.

Reía como el demonio.

—¡Ah, vamos, Cass! Antes te reías cuando te hacía de ventrílocuo a estas escorias.

—Debemos irnos... —musité.

Pero antes de que pudiera decidirme a avanzar, el regente de Finlandia llegó en persona. Lo percibí entre las camionetas que se detuvieron frente a nosotras; sus hombres empezaron a bajar para borrar todo rastro de nuestro breve deleite.

Lysander descendió del vehículo detrás de ellos.

Su cabello, plateado como el de mi pequeña, es un rasgo que ambos comparten por herencia: la marca visible de un linaje de ancestrales del que muy pocos pueden reclamar descendencia. Su rostro, sin embargo, esboza siempre la misma amabilidad templada, esa cordialidad perfecta que a mí, cada vez, me cuesta más sostener con la mirada. Sé que es una máscara. Él también fue, alguna vez, víctima de ella —tuvo con Mina un pasado que debería haberle dejado el mismo rostro que yo encuentro cada noche en mi espejo—, y sin embargo ha aprendido a esconderlo mejor que yo.

Es, quizás, el único ser al que respeto de verdad. Jamás intentaría asomarme a su mente. No solo porque la mantiene en blanco de forma deliberada, sino porque el mero instinto de hacerlo alertaría a alguien capaz de sentir las intenciones ajenas como quien respira. Es la única persona a la que me niego a insultar.

—¡Cassandra Rosenverd! Qué deleite volverte a ver, estás tan hermosa como siempre y ese corte de cabello... ¡te ves singularmente hermosa, querida! —me besó ambas mejillas mientras me sostenía de los hombros.

Entablamos una charla breve, excluyendo deliberadamente a Mina. A través de su mente, ya podía percibir cómo empezaba a hervir de indignación ante la audacia de no ser el centro de atención.

—¿Puedes sentirlo, Cassandra? ¿Cómo satura el aire ese... infantilismo salvaje de un ser sin riendas?

—¿Hablas de tu tétrica estandarte, Lucy? —espetó Mina, incapaz de mantenerse en silencio.

—¡Oh! ¿Estabas aquí? Ja, ja, ja. Claro, ¿Cómo no notarlo si pareces un hermoso cuadro de Franz Kline, pero en rojo? Y eso me lleva a preguntar: ¿Cómo es posible que termines así de inmunda si pudiste hacer que todos ellos se volaran la cabeza con sus armas desde una distancia prudente?

—Mi poder no sirve para actos deliberados como esos.

—¿Actos deliberados? Vaya —me miró, casi conteniendo la risa—. ¿Escuchaste eso, Cassandra? ¡Entonces lo de jugar a la estrella pop en verdad no es un acto deliberado, es un hecho importante para nuestra sociedad y la Orden!

Reí por cortesía; no quería poner a Mina en mi contra. Rodaba la cabeza de uno de los hombres bajo su pie, manteniendo la mirada fija, pero por primera vez su mente luchaba contra sí misma: también ella está bajo el pacto de Enrichetta, igual que yo, y no puede usar su poder contra otro ancestral sin que eso le provoque un dolor incontenible.

—Cassandra, ya que eres la única de las dos que conserva la cordura, prefiero preguntarte a ti: ¿hasta cuándo planean quedarse en mis dominios? Y por favor, no te ofendas; si no existiera esa tortuosa cadena invisible que te ata a ella, aquí serías bienvenida una eternidad...

—Mina piensa quedarse —le contesté.

—¿Piensa... quedarse? Mmm... —se llevó el dedo al labio, golpeándolo—. Bueno, es claro que el berrinche en algunas criaturas dura más que el sentido común.

—Es mi tierra, Lysander... Soy finlandesa y tú eres un mísero italiano que se esforzó en quitarme mi tierra. ¿En eso pierdes tu tiempo? ¿En tratar de vengarte de mí?

Las palabras de Mina fueron interrumpidas por un disparo. Un hombre que creíamos muerto fue el causante; la bala se detuvo frente a ella, atrapada entre los dedos de Lysander.

—¿Tratar de vengarme de ti?... ¡Cómo podría hacerlo! Eres mi creadora, Mina; tarde o temprano tú misma provocarás tus propias consecuencias sin que yo haga el más mísero y agotador esfuerzo.

Ella estaba tan sorprendida como yo. No es fácil detener una bala con las manos, mucho menos con los dedos. ¿Acaso Lysander llevaba tiempo practicando algo así? Fue la pregunta que nos rondó la cabeza a ambas.

Se acercó nuevamente a mí y me besó las mejillas, dándome su bendición en su propio país. Volví a esbozar una mueca de cortesía fingida —como ya dije, no quiero que Mina se desquite conmigo—, y así, para mi mala fortuna, llegó el auto de Alfred.

Caminamos hacia el vehículo. Alfred amagó con abrirme la puerta a mí primero. Al borde de una ira disfrazada de miedo, le espeté que debía abrírsela a su señora y aparté la mirada para no cruzarme con la suya. Mina se detuvo junto a la puerta; su mente se convirtió en una irritación casi incontenible.

—¡Iré a ver a mi chico! Haré algo divertido esta noche. ¿Quieres venir, Cass?

Negué con la cabeza, esbozando mi mejor sonrisa y las palabras más cálidas que pude reunir. Ella volvió la mirada hacia las cuatro figuras encapuchadas en la azotea. Tres de ellos se dieron la vuelta, pero el cuarto permaneció inmóvil. Desenvainó su espada, la giró entre las manos dejando que la luna destellara sobre la plata y la pasó suavemente por su propio cuello, sin romper el contacto visual con mi creadora.

—Vámonos, Cass... Esto se volvió aburrido.

Lo dijo con el rostro casi desfigurado, ahogándose en un asco visceral que apenas lograba disfrazar el terror que le provocaban los Vigilantes.

Thoughts

  • MonicaSerrano

    El vals con el muerto 😬

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  • legacy2014

    Cassandra es la única que piensa en lo que cuesta sostener el pacto con los Vigilantes mientras Mina lo patea cada noche, y por eso termina pagando ella. Lo que más me inquietó fue Lysander parando la bala con los dedos: si viene practicando eso a escondidas, los besos en las mejillas son pura espera. Apuesto a que no quiere vengarse de Mina, quiere estar cerca el día que la Orden sepa quién tiró a la bailarina, y ahí Cassandra queda en el medio por la cadena que la ata.

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