El filo de la espada descansaba con precisión milimétrica sobre el cuello de Kaelen. La hoja fría apenas rozaba su piel, pero bastaba con el movimiento más leve para atravesarla y cortar la arteria. No había espacio para errores, ni para dudas.
Frente a él, de pie con el cuerpo tenso como una cuerda a punto de romperse, estaba Lysandra. Su respiración era pesada y agitada, y en sus ojos —habitualmente serenos, fríos y calculadores— brillaba ahora una furia contenida, oscura y profunda, que amenazaba con estallar en cualquier instante.
Sin embargo, Kaelen permanecía completamente inmóvil. Ni siquiera parpadeaba ante la hoja que apuntaba directamente a su garganta. Su expresión seguía siendo la de siempre: tranquila, impasible, como si estuviera escuchando una conversación sin importancia.
—Respóndeme, Kaelen —dijo Lysandra con voz helada, cortante como el acero que sostenía—. ¿La Iglesia sabía que esto iba a ocurrir durante la celebración del cumpleaños de la Emperatriz? ¿Tenían conocimiento de lo que iba a hacer Valerius?
Kaelen sostuvo su mirada fijamente durante unos segundos, sin apartarla ni un instante. Luego respondió con una calma absoluta, sin que su tono cambiara ni un ápice:
—Lo sospechábamos.
Lysandra apretó con tanta fuerza la empuñadura de su espada que los nudillos se le pusieron blancos.
—¿Lo… sospechaban? —repitió, incrédula y furiosa.
Kaelen asintió despacio.
—Pero no teníamos la certeza absoluta de cuándo ni cómo actuaría.
Esa respuesta fue suficiente para encender todavía más la rabia en el pecho de Lysandra. Dio un paso al frente, acercándose más, y la punta de la espada presionó suavemente contra la piel de su cuello. Al instante, apareció una fina línea roja, donde comenzó a asomar una gota de sangre.
—¡Entonces debieron intervenir de inmediato! —gritó ella, y su voz retumbó por toda la habitación vacía, rebotando en las paredes de piedra—. ¡Todo esto pudo haber terminado en un conflicto abierto, en una guerra entre dos Imperios! ¿No se dan cuenta del riesgo que corrían?
Kaelen guardó silencio unos instantes, observando la pequeña herida en su cuello sin mostrar ninguna reacción. Luego, esbozó una sonrisa casi imperceptible.
—Qué extraño —murmuró.
Lysandra frunció el ceño, confundida y molesta.
—¿Qué tiene de extraño?
Kaelen clavó sus ojos en los de ella, con una mirada que parecía ver más allá de su furia.
—Desde cuándo te preocupa lo que ocurra entre los Imperios y sus gobernantes —preguntó con calma.
Aquellas palabras no hicieron vacilar a Lysandra. Respondió al instante, con una convicción inquebrantable:
—Que los Imperios caigan o se destruyan entre ellos mañana mismo me daría exactamente igual —afirmó con firmeza—. Lo que me importa son los miles de inocentes que quedarían atrapados en medio de una guerra. Los niños que morirían sin entender por qué, las familias que perderían sus hogares, las personas que jamás empuñaron una espada ni causaron daño a nadie.
Apretó aún más la empuñadura, y su voz se tornó más grave, cargada de amargura:
—Ellos serían quienes pagarían el precio de las decisiones estúpidas y egoístas de unos pocos poderosos.
Kaelen permaneció callado por un momento más. Su pequeña sonrisa desapareció por completo, dejando su rostro impasible y serio.
—Entonces… —dijo finalmente, con voz suave pero contundente— ya sabes exactamente por qué la Iglesia decidió no intervenir.
Un mal presentimiento heló la sangre de Lysandra. Sintió cómo el estómago se le contraía, como si algo pesado cayera dentro de ella.
—¿Qué quieres decir con eso? —preguntó, esta vez con un tono más bajo, inquieto.
Kaelen dio un paso hacia ella, sin importarle que la hoja de la espada siguiera rozando su cuello, sin retroceder ni un milímetro.
—Lady Anna D’Valriene —pronunció aquel nombre con una calma que resultaba inquietante— está construyendo algo que pone en peligro los cimientos mismos sobre los que se asienta la autoridad de la Iglesia.
Lysandra se quedó en silencio, escuchando con creciente alarma.
—Una ciudad donde todas las razas conviven bajo las mismas leyes —continuó Kaelen, explicando cada detalle con claridad—. Donde un noble y un campesino reciben el mismo trato ante la justicia. Donde incluso quienes fueron esclavos encuentran un lugar seguro, un trabajo digno y un hogar propio.
Su mirada se volvió intensa y completamente seria.
—¿No lo entiendes todavía, Lysandra?
Ella no respondió. Sentía cómo las palabras le golpeaban en el pecho como golpes de martillo.
—Si Lady Anna sigue aumentando su influencia y su ejemplo —prosiguió Kaelen—, si cada vez más personas ven que es posible vivir de otra forma, empezarán a cuestionar nuestras enseñanzas. Porque ella demuestra con hechos, con obras reales, que ese mundo justo y equitativo que nosotros solo predicamos… realmente puede existir.
Lysandra sintió un escalofrío recorrerle toda la espalda.
—Exactamente —asintió Kaelen lentamente—. Y cuando la gente empieza a creer más en lo que ve y en lo que funciona, que en los sermones y en las reglas antiguas… la autoridad de la Iglesia comienza a desvanecerse.
La comprensión golpeó a Lysandra con toda su crudeza.
—¿Estás diciendo… —susurró, con la voz entrecortada por la rabia y la decepción— que permitieron que todo esto ocurriera deliberadamente? ¿Que dejaron que la tensión subiera, que el conflicto estallara, con el único fin de perjudicarla?
Kaelen cerró los ojos durante un instante, como si aceptara una verdad incómoda pero irrefutable.
—Lady Anna D’Valriene debía ser apartada del camino —respondió con frialdad, sin intentar ocultarlo—. Cuanto antes se viera obligada a retirarse, a caer en desgracia o a ser juzgada, mejor para la estabilidad de la Iglesia.
Cada una de esas palabras cayó sobre Lysandra como piedras pesadas, destruyendo todo lo que había creído durante años.
—Eso… —negó con la cabeza lentamente, incapaz de asimilarlo— eso no es proteger a la gente. Eso no es luchar por la justicia.
Kaelen la miró sin mostrar ninguna emoción, sin culpa ni arrepentimiento.
—Es proteger a la Iglesia —fue su única respuesta.
Un silencio denso y helado llenó toda la habitación. Lysandra sintió cómo la fuerza le abandonaba poco a poco. Bajó lentamente la punta de la espada, hasta que la hoja dejó de tocar el cuello de Kaelen y quedó apuntando al suelo. Sus manos temblaban, pero no por miedo, sino por una decepción profunda, dolorosa y devastadora.
Kaelen acomodó con calma el cuello de su túnica, limpiando con un paño la pequeña herida y la mancha de sangre, como si nada hubiera ocurrido momentos antes. Luego dio media vuelta y comenzó a caminar hacia la puerta.
Antes de cruzar el umbral, se detuvo en seco, sin girarse para mirarla.
—Si no estás de acuerdo con esta decisión —dijo con voz completamente serena, sin rastro de tensión—, ve a hablar con Su Eminencia. Presenta tus quejas y tus dudas directamente ante el Arzobispo.
Hubo una breve pausa, en la que solo se escuchó el sonido de la respiración agitada de Lysandra.
—Porque esta medida —añadió con firmeza— no fue idea mía, ni de nadie de mi rango. Fue tomada por quienes dirigen la Iglesia desde hace décadas.
La puerta comenzó a abrirse lentamente.
—Y por lo tanto —terminó de decir antes de salir—, es la voluntad de la institución a la que juraste servir.
Kaelen abandonó la habitación y la puerta se cerró de nuevo tras él, dejando a Lysandra en la oscuridad y el silencio absolutos.
Ella permaneció inmóvil en el mismo sitio, con la espada todavía en la mano, la mente en blanco y el corazón lleno de confusión. Por primera vez en toda su vida, desde que recibió el título de Comandante General y el respeto de todos, empezó a hacerse una pregunta que le helaba el alma:
¿Seguía luchando por la justicia, por los débiles y por los ideales en los que creía… o solo estaba sirviendo a una institución que haría cualquier cosa, incluso arriesgar vidas inocentes, con tal de conservar su propio poder?
Los pasos de Sylwen resonaban suavemente sobre las losas de piedra fría de los pasillos de la prisión imperial. Desde hacía horas, no podía dejar de darle vueltas a las palabras que su madre, Lythariel, le había dicho antes de salir:
“Ya tienes la respuesta que tanto buscabas. Ahora solo te toca ir a hablar con ella.”
No quiso darle más explicaciones, solo le dedicó una de esas sonrisas tranquilas y sabias que siempre dejaban a Sylwen con más dudas que respuestas.
La joven elfa suspiró, negando con la cabeza.
—Siempre hace lo mismo… —murmuró para sí misma mientras seguía caminando.
Al llegar frente a la puerta de la celda, los dos guardias que hacían la vigilancia se enderezaron y le hicieron una reverencia respetuosa.
—Lady Sylwen.
Ella respondió con un leve movimiento de cabeza, y uno de los soldados sacó las llaves para abrir el cerrojo.
—Puede pasar, milady.
Pero justo antes de cruzar el umbral, Sylwen notó algo extraño. Los dos hombres parecían estar haciendo un esfuerzo titánico por no soltar la risa: uno tenía la cabeza girada hacia la pared, los hombros temblando levemente; el otro mantenía los labios tan apretados que parecían a punto de romperse.
Sylwen frunció el ceño, confundida.
—¿Qué ocurre aquí?
—N… nada en absoluto, milady —respondió el primero con una voz que sonaba forzada y aguda.
El otro carraspeó con fuerza para recuperar la compostura.
—Le recomendamos… entrar y verlo usted misma.
Sylwen los miró con desconfianza, pero no insistió. Entró en la celda y, apenas dio dos pasos en el interior, comprendió perfectamente por qué los guardias luchaban por no reírse.
Sentada sobre la pequeña cama de madera, con la espalda apoyada contra la pared, estaba Anna. Miraba distraídamente por la estrecha ventana enrejada, con una expresión de absoluta resignación, como si ya hubiera aceptado cualquier destino que le esperara.
Pero no estaba sola.
Sobre su regazo, arropada con un trozo de manta, dormía plácidamente Lira. La pequeña había apoyado toda la cabeza sobre las piernas de Anna y abrazaba con fuerza uno de sus brazos, como si fuera el juguete más suave y seguro del mundo. Anna, con mucho cuidado, le acariciaba el cabello con las puntas de los dedos para no despertarla.
Hasta ahí, todo parecía normal y tierno.
Entonces Sylwen desvió la mirada hacia el otro lado y… parpadeó dos veces, como si sus ojos le estuvieran jugando una mala pasada.
—¿Eh…?
Apoyada completamente sobre el hombro derecho de Anna, con la cabeza inclinada y la respiración lenta y profunda, dormía profundamente Lyrielle, la princesa del Reino Bestia. Parecía tan cómoda que usaba a Anna como si fuera el respaldo más mullido y acogedor que existía en el mundo.
Anna permanecía completamente inmóvil, rígida como una estatua, con una expresión que gritaba claramente: “Ni yo entiendo cómo terminé en esta situación”.
Sylwen tardó unos segundos en procesar la escena, sin saber si reír o quedarse asombrada. Finalmente, habló con voz suave para no interrumpir el sueño de las dos niñas.
—¿Qué… pasó aquí exactamente?
Anna giró apenas la cabeza hacia ella, con una mirada cargada de un cansancio infinito.
—Ojalá pudiera responderte con claridad.
Sylwen señaló con la mirada hacia la princesa dormida.
—¿Y por qué está durmiendo sobre tu hombro?
Anna suspiró, moviendo solo los labios para no hacer ruido.
—Entró hace un rato, se sentó a mi lado y empezó a hacerme preguntas de todo tipo. Luego, de repente, dijo con esa voz despreocupada que la caracteriza: “mamá”.
Sylwen abrió los ojos un poco más, sorprendida.
—Y acto seguido —continuó Anna, moviendo apenas el hombro— se recostó aquí y, en menos de cinco minutos, ya estaba profundamente dormida.
Se hizo un breve silencio. Sylwen volvió a mirar primero a Lyrielle, luego a Anna y después otra vez a la princesa, sin poder evitar una sonrisa que se le escapaba.
—¿Y… no intentaste moverla o levantarte?
Anna levantó muy despacio las manos, mostrándole la situación.
—Tengo a una niña pequeña dormida sobre mis piernas —señaló con la mirada a Lira— y a una princesa de otro reino recostada sobre mi hombro. Si intento cambiar de postura o levantarme, estoy casi segura de que despertaré algo mucho peor que un simple llanto… probablemente un incidente diplomático.
Sylwen no pudo contenerse más. Se llevó una mano a la boca, y sus hombros empezaron a temblar con la risa que intentaba reprimir.
Anna la miró con fingida severidad.
—No te rías.
—L-lo siento, de verdad… —respondió Sylwen con la voz entrecortada.
—Te estás riendo —insistió Anna, entrecerrando los ojos.
—N-no es verdad…
En ese instante, Lyrielle murmuró algo entre sueños, movió un poco la cabeza y se acomodó más cómoda, abrazando con más fuerza el brazo de Anna.
—Mamá… —susurró con voz adormilada.
Anna cerró lentamente los ojos y soltó un suspiro profundo.
—Sylwen…
—Dime.
—Por favor… sácame de aquí.
Esa fue la gota que colmó el vaso. Sylwen se dio media vuelta, salió rápidamente al pasillo y se tapó la boca con ambas manos para no despertarlas.
En cuanto la puerta se cerró tras ella, los dos guardias que aguantaban la risa desde hacía rato estallaron en carcajadas ahogadas, golpeándose las rodillas con las manos.
Dentro de la celda, Anna dejó caer la cabeza hacia atrás, apoyándola contra la pared, y murmuró con una resignación absoluta:
—Creo que mi dignidad… también quedó arrestada junto conmigo.
Sylwen dejó escapar una pequeña sonrisa antes de moverse con total sigilo. Se sentó con cuidado en el borde opuesto de la cama, asegurándose de no hacer el menor ruido que pudiera despertar a Lira ni a Lyrielle, que seguían sumidas en un sueño profundo.
Anna giró apenas la cabeza para mirarla, con esa expresión de agotamiento y resignación que la acompañaba desde hacía horas. Tras observarla unos segundos, habló en un susurro bajo:
—Por favor… no me digas que tú también vas a usarme de almohada.
Sylwen no respondió de inmediato. Simplemente levantó una mano y, con una delicadeza que Anna jamás habría imaginado en ella, sostuvo suavemente la nuca y la parte trasera de su cabeza.
Anna abrió un poco más los ojos, sorprendida, y antes de que pudiera preguntar qué hacía, Sylwen la acercó despacio, sin prisas ni brusquedad, hasta que su cabeza quedó apoyada suavemente sobre su pecho.
Anna se quedó completamente inmóvil, como si el tiempo se hubiera detenido. A través de la fina tela de la túnica, sentía el latido constante y tranquilo del corazón de la elfa, un ritmo regular que parecía calmar la tensión que llevaba acumulada en el pecho.
Entonces, una mano comenzó a acariciarle el cabello con movimientos lentos y suaves, sin apuro, con la misma ternura con la que una madre intenta tranquilizar a un niño asustado.
Anna permaneció en silencio. No esperaba un gesto así, ni mucho menos viniendo de Sylwen: alguien que había sido su enemiga, que había intentado matarla y con quien siempre había mantenido una distancia fría y cautelosa.
—Solo quería hablar contigo —dijo la elfa con voz suave y serena, sin dejar de acariciarla—. Nada más.
Anna no respondió. Se limitó a quedarse allí, con la mirada perdida en la oscuridad de la celda, como si por fin pudiera soltar un poco del peso que cargaba sobre sus hombros.
Sylwen continuó con suavidad:
—Sinceramente… —soltó una pequeña risa contenida— todavía no logro entenderte del todo.
Anna esbozó una sonrisa muy leve, casi imperceptible.
—No eres la única. A veces ni yo misma me entiendo.
—Para mí —prosiguió Sylwen— sigues siendo un completo misterio. Una persona que actúa de formas que nadie esperaría, que toma decisiones que parecen ir en contra de su propio bien.
Se detuvo un instante, suspirando con suavidad.
—Y debo admitir algo…
Anna levantó apenas la vista, sin separarse de su pecho.
—En la fiesta… —la mano de Sylwen se detuvo un segundo, como si buscara las palabras exactas— …me diste miedo. Mucho miedo.
Anna volvió a bajar la cabeza, con un tono de disculpa en la voz:
—Lo siento, no quería…
—Déjame terminar —la interrumpió con calma, volviendo a mover su mano con suavidad sobre su cabello—. Cuando te vi levantarte y golpear a Valerius, cuando vi la furia que brillaba en tus ojos… por un momento pensé que la antigua Anna había regresado. Esa mujer fría, despiadada y peligrosa que conocí años atrás.
Anna cerró los ojos con fuerza. Aquellas palabras dolían, pero sabía que eran sinceras, que no había malicia en ellas.
—Fue exactamente la misma sensación —continuó Sylwen— que tuve la primera y también la última vez que vi a la Anna de antes.
Se hizo un silencio profundo en la celda. Solo se escuchaba la respiración suave y acompasada de Lira y Lyrielle, que seguían durmiendo ajenas a todo lo que ocurría.
—Pero después —añadió Sylwen abriendo los ojos— Daeron nos contó toda la verdad. Nos explicó quién era realmente esa mujer, qué le habían hecho y por qué perdiste el control de esa forma.
Esperó unos segundos, dejando que sus palabras calaran en Anna.
—¿Sabes lo único que sentí en cuanto lo entendí todo? —preguntó con voz cálida.
Anna negó apenas con la cabeza, sin atreverse a hablar.
—Orgullo. Sentí un orgullo inmenso.
Anna abrió lentamente los ojos, sorprendida. No esperaba escuchar eso.
Sylwen soltó una risa suave y tranquila.
—También pensé que era una locura cuando decidiste aceptarme y ponerme al mando de tu guardia personal —confesó con sinceridad—. Después de todo, yo fui quien intentó matarte con mis propias manos. Tener a alguien así siempre a tu lado parecía absurdo, imprudente. Cualquiera habría pensado que en cualquier momento podría volver a intentarlo.
Su voz se mantuvo firme, sin ocultar ni arrepentirse de ese pasado.
—Eso era lo lógico, lo que todos esperarían —continuó—. Pero ahora… después de conocerte de verdad, de ver cómo actúas y en qué crees…
Se inclinó un poco más, con una sonrisa que Anna nunca le había visto: una sonrisa sincera, libre de desconfianzas o máscaras.
—Solo puedo decir una cosa: no podría sentirme más orgullosa de servir a alguien como tú.
Anna se quedó inmóvil, sintiendo cómo el pecho le temblaba levemente, como si todas las barreras que había construido para protegerse empezaran a resquebrajarse.
—Y desde hoy —añadió Sylwen con un tono firme y decidido, sin dejar de acariciarla— yo también voy a protegerte. Con mi vida si hace falta. Porque realmente quiero ver en qué clase de persona te convertirás cuando todo esto termine.
Anna no respondió. Seguía con la vista fija en el suelo, como si esas palabras tardaran en llegar a su corazón, o como si no supiera cómo reaccionar ante tanta sinceridad.
Pero Sylwen no necesitaba que hablara ni que mostrara nada. Lo sintió enseguida: una humedad tibia comenzó a extenderse sobre su pecho, empapando poco a poco la tela de su ropa.
Su mano se detuvo un instante, pero no bajó la mirada ni hizo ningún comentario. No preguntó si lloraba, no le dijo que se calmara ni le pidió que explicara lo que sentía. Simplemente comprendió que, después de tanto tiempo cargando con todo en silencio, por fin podía dejar salir lo que llevaba dentro.
Una sonrisa tranquila y llena de ternura apareció en su rostro. Volvió a pasar su mano por el cabello de Anna con la misma suavidad de antes, como si le dijera sin palabras: No tienes que esconderte. No tienes que ser fuerte todo el tiempo.
Anna siguió sin levantar la cabeza, sin soltar ningún sollozo ni hacer el menor ruido. Las lágrimas caían en silencio, calientes y liberadoras, perdiéndose entre las fibras de la ropa de la elfa.
Y Sylwen se limitó a permanecer allí, sosteniéndola con firmeza pero con ternura, sin prisas ni juicios. Porque entendía perfectamente que, a veces, la mejor forma de proteger a alguien no era darle consejos ni soluciones… sino simplemente quedarse a su lado, sin irse, sin pedir nada a cambio.
La noche ya había caído completamente sobre la capital imperial, envolviendo las calles en una calma silenciosa. Dentro de una antigua residencia noble, de altos techos y muebles de madera oscura que guardaban el paso de generaciones, Daeron permanecía de pie frente a sus padres.
Ambos eran ya ancianos; las arrugas que surcaban sus rostros contaban cada año vivido, cada alegría y cada dolor. Pero aquella noche parecían haber envejecido todavía más, como si el peso de una verdad oculta durante años hubiera caído finalmente sobre sus hombros.
En el centro de la mesa de roble, bajo la luz tenue de las lámparas de aceite, descansaba el pequeño colgante de plata. Ninguno de los tres podía apartar la vista de él, como si aquel objeto fuera el único hilo que los unía a lo que había ocurrido hacía tanto tiempo.
Daeron acababa de contarles con detalle todo lo sucedido en el Senado: la revelación, las acusaciones, la intervención de la Emperatriz y, sobre todo, las palabras que Lord Valerius había pronunciado en público durante la fiesta.
Un silencio denso y cargado de emoción reinó en la habitación durante varios minutos. Los guardias que vigilaban la entrada permanecían inmóviles, con la mirada baja; muchos de ellos habían servido a la familia durante décadas, habían visto crecer a Daeron y también habían conocido a la pequeña Elara. Por eso, nadie intentaba ocultar la tristeza que se reflejaba en sus ojos.
Finalmente, fue el padre de Daeron quien rompió el silencio con voz grave y apagada.
—¿Qué ocurrirá ahora?
Daeron levantó lentamente la vista, con la mirada firme y resuelta.
—Solvaria tendrá que responder por lo que ha hecho —afirmó sin dudar—. Y si realmente quieren evitar que esto derive en una crisis grave entre ambos imperios, no tendrán otra opción que entregar lo que les pido.
Desvió la mirada hacia el colgante y apretó suavemente el puño sobre la mesa.
—Quiero que devuelvan los restos de Elara. Quiero traerla de regreso a casa, para que descanse por fin entre los suyos.
Su madre cerró los ojos con fuerza y dejó escapar un suspiro largo y tembloroso, como si con él saliera parte de la angustia acumulada durante años.
—Al menos… —murmuró, con la voz quebrándosele por momentos— al menos podremos darle el descanso y el entierro digno que siempre mereció.
Las lágrimas amenazaban con brotar con facilidad, pero hizo un gran esfuerzo por contenerse. Habían esperado aquel momento demasiado tiempo para derrumbarse antes de tiempo.
El padre de Daeron guardó silencio unos segundos, sumido en sus pensamientos, antes de hacer una pregunta que tomó a su propio hijo por sorpresa.
—Y dime… ¿cómo está la señorita Anna?
Daeron levantó la cabeza de golpe, sin esperar escuchar ese nombre en medio de una conversación tan personal y dolorosa. Tras unos instantes de confusión, respondió con calma:
—Todo indica que no recibirá un castigo severo. Las circunstancias han quedado claras para todos, así que estará bien.
Ambos ancianos dejaron escapar un suspiro de alivio, relajando levemente la tensión de sus hombros.
Daeron los miró con expresión de perplejidad.
—¿Les preocupa… Anna? —preguntó, sin entenderlo del todo—. Yo puedo comprender mis propios sentimientos hacia ella: he vivido a su lado, he visto cómo actúa y sé quién es realmente. Pero ustedes… solo conocen lo que yo les he contado en estos meses. Eso no debería ser suficiente para sentir tanta preocupación por ella.
Su madre sonrió con dulzura y tristeza al mismo tiempo, y fue ella quien respondió con suavidad:
—No, hijo. No podemos juzgar a esa muchacha por lo que ocurrió hace años, ni por lo que otros dicen de ella.
Volvió a fijar la mirada en el colgante, como si en él pudiera ver el rostro de su hija.
—Aunque nos contaran toda la verdad sobre lo que sucedió en el pasado… la Anna que tú nos has descrito, la que construye hogares para los desamparados, la que defiende a los más débiles… no se parece en nada a la persona que se dice fue responsable de aquella tragedia.
Su esposo asintió lentamente, apoyando sus palabras.
—Y todo eso terminó de quedar claro durante la fiesta —añadió con voz serena.
La madre continuó, dejando que sus emociones salieran con más libertad:
—Nosotros también vimos ese colgante, lo vimos en manos de ese hombre. También escuchamos cada una de sus palabras, cuando hablaba de nuestra hija como si fuera un objeto, cuando se burlaba de sus últimos momentos y de su esperanza de volver a casa.
Las lágrimas comenzaron a deslizarse por sus mejillas, sin poder contenerse ya.
—En ese instante solo sentí una impotencia terrible —confesó, llevándose una mano al pecho—. Quise levantarme, quise gritar, quise hacer algo para callarlo… pero no pude. Estaba paralizada por el dolor y la rabia, sin saber qué hacer.
Bajó la mirada un momento, para luego volver a levantarla con una expresión extraña, mezcla de tristeza y gratitud.
—Y entonces… la señorita Anna hizo lo que ninguno de nosotros fue capaz de hacer.
Daeron se quedó completamente inmóvil, escuchando cada palabra como si le revelaran algo que no había visto del todo.
—No lo hizo por orgullo ni para demostrar que tenía más fuerza que nadie —siguió su madre con firmeza—. Lo hizo por lo que ese hombre representaba, por el daño que había causado, por la memoria de nuestra hija.
Sonrió entre lágrimas, con una calma que le devolvía un poco de paz.
—Golpeó a ese hombre porque alguien tenía que hacerlo. Porque nadie más se atrevía a defender lo que era justo.
El padre de Daeron puso una mano sobre el hombro de su esposa para darle consuelo, y luego miró directamente a su hijo con ojos claros y sinceros.
—Si esa es la mujer en la que se ha convertido Anna D’Valriene —dijo con voz suave pero segura—, ¿cómo podríamos no confiar en ella? ¿Cómo no sentirnos agradecidos con ella?
Daeron sintió cómo una sonrisa sincera y tranquila se dibujaba lentamente en su rostro. Por primera vez en muchos años, sintió que el peso inmenso que su familia había cargado desde la desaparición de Elara empezaba a volverse un poco más ligero, como si al fin hubiera un motivo para seguir adelante con esperanza.