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Capítulo 73: lo hare por ella

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Daeron separa dos cosas que Anna venía mezclando: la culpa por lo que hicieron Valerius y los suyos, y la responsabilidad por la Anna de antes. Esa celda me convenció más que todo el banquete, y apuesto a que el juicio va por ahí: castigo por el acto, no

Daeron separa dos cosas que Anna venía mezclando: la culpa por lo que hicieron Valerius y los suyos, y la responsabilidad por la Anna de antes. Esa celda me convenció más que todo el banquete, y apuesto a que el juicio va por ahí: castigo por el acto, no por quién es.

Contenido de la publicación

El gran salón del Palacio Imperial había quedado sumido en un silencio tan profundo que parecía haber quedado suspendido en el tiempo tras la suspensión de la celebración. Pero esa calma aparente no duró mucho; en cuanto las puertas se cerraron tras los últimos invitados, la realidad comenzó a caer sobre todos como una losa pesada y fría.

 

—¡Su Majestad! —exclamó un sanador imperial al irrumpir con paso apresurado en la sala de reuniones, con el rostro cubierto por una expresión agotada y preocupada—. Tenemos noticias sobre Lord Valerius… sigue con vida.

 

Aunque no había nadie en esa sala que deseara su muerte, las palabras no trajeron alivio alguno. Al contrario: solo sirvieron para que la atmósfera se volviera aún más opresiva y cargada. La vida de aquel hombre no era la cuestión; lo que realmente importaba era lo que su supervivencia significaba para el Imperio entero.

 

—¿Cuál es su estado exacto? —preguntó el Emperador con voz grave, contenida, como si hablara con el mayor de los esfuerzos.

 

El anciano sanador se humedeció los labios con nerviosismo y tragó saliva antes de responder, sabiendo que sus palabras definirían el rumbo de lo que vendría:

 

—Su vida ya no corre peligro inmediato… pero… —se detuvo, consciente de que ese “pero” era lo único que todos esperaban escuchar—. El daño en su rostro fue de una gravedad extrema. Hemos detenido la hemorragia, hemos logrado reconstruir gran parte de la estructura ósea mediante magia de restauración avanzada y hemos sellado las heridas más profundas… sin embargo, las cicatrices son permanentes. Incluso si recurriéramos a los hechizos sagrados más potentes que existen, jamás recuperará su aspecto anterior. Quedará marcado para siempre.

 

Un silencio pesado e incómodo se extendió por toda la estancia. No había compasión por Valerius; todos sabían quién era, cómo pensaba y qué tipo de trato daba a los demás. Pero ese hecho no servía de consuelo: la magnitud de las consecuencias era lo que pesaba en el aire. Habían transformado a un diplomático extranjero en una víctima con heridas visibles e imborrables.

 

Horas más tarde, cuando la noche ya avanzaba en el cielo, las luces de la sala del consejo seguían encendidas. Las enormes puertas de roble macizo estaban cerradas con llave, sellando el interior para que nadie más pudiera escuchar lo que se decía. En el recinto, la tensión era tan densa que casi podía palparse con las manos; la discusión llevaba ya varios minutos, pero en lugar de encontrar respuestas, solo parecía agravar la gravedad de la situación.

 

El Emperador permanecía sentado en su alto trono de piedra y oro, con el ceño profundamente fruncido y la mirada fija en el vacío, como si estuviera cargando sobre sus hombros el peso de todos sus dominios. A su derecha, la Emperatriz Seleneia mantenía una postura serena, pero sus ojos delataban la misma inquietud que el resto. Más abajo, alrededor de la gran mesa de consejo, se sentaban Adrian, Lysandra, el director Cassien, el Gran Canciller Cassius y los senadores más influyentes del Imperio.

 

Las voces se alzaban y se superponían unas a otras, llenas de alarma y preocupación:

 

—¡Esto es sencillamente inadmisible! —gritó uno de los senadores, golpeando con fuerza la madera de la mesa—. ¡Jamás en toda la historia del Imperio ha ocurrido un ataque semejante dentro de estas mismas paredes!

 

—¡Y peor aún: ocurrió en plena celebración oficial, ¡en honor al cumpleaños de Su Majestad! —añadió otro, con la voz temblorosa por la preocupación—. Delante de reyes, embajadores, nobles y representantes de cada rincón del continente. ¡Nadie podrá negar lo que vio con sus propios ojos!

 

—Lo más grave —intervino un tercero— es que se trataba de un invitado protegido por nuestras leyes de hospitalidad. Si no somos capaces de garantizar la seguridad de quienes cruzan nuestras fronteras, ¿qué credibilidad tendremos ante el resto de las naciones?

 

—El Imperio de Solvaria no dejará pasar esto —advirtió un senador de relaciones exteriores, moviendo la cabeza con pesadumbre—. Utilizará este incidente como la mejor excusa que podían desear para exigir compensaciones, y no serán cosas pequeñas. Pedirán una disculpa pública solemne, sumas de oro y recursos que nos costarán años reunir, y muy probablemente presionarán para obtener concesiones territoriales o comerciales que perjudiquen nuestra economía.

 

—Y si intentamos defender a Lady Anna o minimizar lo ocurrido —agregó otro con tono sombrío—, nos acusarán de encubrir el delito y de romper los tratados de paz. Entonces el conflicto pasará de ser un asunto personal a un enfrentamiento entre imperios.

 

El ambiente se volvió asfixiante. Todos en esa sala conocían muy bien la reputación de Valerius. Sabían de su crueldad, de su desprecio por otras razas y de sus negocios oscuros. Habían escuchado sus palabras ofensivas y habían sentido la misma rabia que Anna en el fondo de su propio pecho. Pero todo eso, por doloroso que fuera, no cambiaba la realidad: una noble del Imperio había atacado y herido de gravedad a un representante oficial de otro reino, en pleno salón, ante cientos de testigos. No había forma de ocultarlo, ni de borrarlo, ni de darle la vuelta a la situación.

 

El Gran Canciller Cassius, un hombre de edad avanzada y mente fría, apoyó lentamente ambas manos sobre la mesa, buscando imponer un poco de calma entre todos. Su voz era baja y pausada, pero cada palabra resonaba con la fuerza de una sentencia:

 

—Desde el punto de vista diplomático y legal, la situación es extremadamente delicada. No importa cuál haya sido la provocación, por más grave que esta haya sido. No importa qué clase de hombre sea Valerius ni cuánto mereciera ser castigado. A los ojos del resto del mundo, lo único que verán es que bajo el techo de este palacio, bajo la protección de nuestras leyes, un invitado fue agredido brutalmente. Y esa es la versión que nos obligarán a defender o asumir.

 

Nadie respondió. Sabían que tenía razón, aunque aceptarlo doliera en lo más profundo.

 

El director Cassien cerró lentamente los ojos, suspirando con cansancio. A lo largo de su vida había visto innumerables disputas, conflictos de intereses y crímenes entre la nobleza. Pero esto era algo distinto: tocaba principios, reputación y el futuro de todo un territorio.

 

—Si Solvaria decide usar esto como herramienta política —añadió con voz grave—, nos esperan meses, quizá años, de negociaciones tensas. Cada decisión que tomemos ahora determinará si mantenemos la paz o si encaminamos al Imperio hacia un conflicto que nadie desea.

 

Adrian permanecía completamente inmóvil, con el rostro impasible, pero sus manos apretadas sobre sus rodillas revelaban la lucha interna que libraba. A su lado, Lysandra tenía los brazos cruzados con fuerza sobre el pecho, la mandíbula tensa y la mirada oscura; más de una vez, durante la escena, había deseado desenvainar su espada y acabar con Valerius con sus propias manos. Pero incluso ella, acostumbrada a actuar con firmeza, comprendía que en este caso no bastaba con la justicia personal: estaban en juego el destino de miles de personas.

 

Fue entonces cuando Seleneia, que había permanecido en silencio hasta ese momento, levantó la mirada y recorrió con la vista a todos los presentes, uno por uno, con una calma que parecía casi imposible en ese ambiente.

 

—Quiero preguntarles algo —dijo con voz suave pero firme—: ¿Alguno de ustedes cree realmente que Anna actuó movida por el orgullo, por un arrebato de mal genio o por capricho?

 

Nadie respondió de inmediato, porque en el fondo, nadie lo creía. Habían visto cómo su expresión cambiaba al ver aquel colgante. Habían sentido la ira antigua y profunda que despertó en ella, una ira que no nacía de la soberbia, sino de una herida vieja, de un dolor que creía olvidado y que acababa de abrirse de golpe. Habían presenciado que no atacó por ofensa propia, sino por algo que había roto lo más íntimo de su ser.

 

Cassius negó lentamente con la cabeza, reconociendo la verdad:

 

—No, no lo creemos. Pero… eso tampoco cambia lo que ocurrió, ni lo que verán los demás, ni lo que exige la ley.

 

El Emperador cerró lentamente los ojos, como si con ese gesto pudiera apartar por un instante el peso de su cargo. Durante décadas había gobernado este territorio; había enfrentado guerras devastadoras, hambrunas, conspiraciones en su propia corte e incluso intentos de asesinato. Y sin embargo, ninguna de esas decisiones le había resultado tan amarga y difícil como esta.

 

Porque no se trataba de juzgar a un criminal cualquiera, a un ladrón o a un traidor. Se trataba de Anna D’Valriene: la joven que, en apenas unos meses, había levantado una ciudad de entre las ruinas, que había logrado reunir bajo una misma bandera a razas que durante siglos habían vivido separadas y perseguidas, que había demostrado con hechos que era posible construir un futuro más justo y digno para todos. Precisamente por todo lo que ella representaba, precisamente por lo mucho que valía, la caída de la ley sobre ella resultaba mucho más dolorosa.

 

Cuando volvió a abrir los ojos, ya no había duda en su mirada. Habló con la voz firme de quien ha tomado una decisión que sabe que le costará caro:

 

—Nadie en esta sala desea castigar a Anna. Todos reconocemos su valor, su esfuerzo y las razones que la llevaron a actuar. Pero si este Imperio pretende seguir hablando de justicia, de igualdad ante la ley y de respeto a los acuerdos, entonces esa misma justicia debe alcanzar a todos por igual. No puede haber excepciones, ni siquiera para quienes más admiramos.

 

Hizo una pausa, y sus palabras resonaron en cada rincón de la sala:

 

—Si permitimos que el sentimiento nos ciegue, estaremos diciendo que la ley solo sirve para los débiles o para quienes no tienen protección. Y entonces, todo lo que hemos construido durante generaciones se vendría abajo. Anna misma sería la primera en rechazar ese trato especial. Porque ella siempre ha creído que la justicia debe ser para todos.

 

Nadie fue capaz de discutir lo dicho. Era una verdad incómoda, dura y dolorosa, pero innegable. Y precisamente por ser cierta, cada uno de ellos sentía que el peso sobre sus hombros aumentaba un poco más. Sabían que el juicio que se avecinaba no sería solo para determinar un castigo: sería una prueba definitiva, tanto para Anna como para el Imperio entero.

 

La oscuridad del calabozo imperial era densa, pesada y fría, como si el propio aire se hubiera congelado entre los muros de piedra antigua. Solo un hilo tenue de luz provenía de una antorcha colocada al final del pasillo, muy lejos, que apenas lograba filtrarse entre los gruesos barrotes de hierro. Esa luz insuficiente dibujaba sombras alargadas y retorcidas que parecían deslizarse lentamente por las paredes húmedas, como si tuvieran vida propia. El olor a humedad, a hierro viejo y a polvo acumulado flotaba en el ambiente, cerrando el espacio como una tumba abierta.

 

En el suelo de la celda, Anna permanecía sentada con la espalda apoyada contra la pared helada, las piernas recogidas contra su pecho y las manos descansando sobre las rodillas. Los guardias le habían permitido lavarse y cambiarse de ropa antes de encerrarla, pero por más agua que hubiera usado, ella seguía sintiendo esa sensación pegajosa y cálida entre los dedos: la sangre de Valerius. Cerró los ojos con fuerza, intentando borrar esa imagen, pero el recuerdo seguía allí, nítido y vivo.

 

—...Lo arruiné todo... —susurró con voz apagada, que se perdió en la oscuridad sin eco alguno.

 

Entonces, una risa suave, relajada y cargada de burla resonó justo dentro de la celda, como si hubiera estado esperando el momento exacto para aparecer.

 

—¿Eso es todo lo que tienes que decir?

 

Anna no levantó la cabeza. No hacía falta mirar para saber quién estaba allí. Podía sentirla en cada rincón del espacio, en la forma en que el aire parecía volverse más pesado y en esa sensación de superioridad que la envolvía.

 

Frente a ella, sobre la estrecha cama de madera y paja, estaba sentada su propia sombra: la antigua Anna D’Valriene. Tenía las piernas cruzadas con total comodidad, como si estuviera en un salón de fiestas en lugar de en una celda oscura y fría. Su postura era elegante, relajada, casi perezosa, y en sus labios brillaba una sonrisa lenta, burlona y llena de desprecio, como si todo lo que ocurría fuera una farsa ridícula que ella observaba desde una posición mucho más alta.

 

—Qué patético —dijo con voz suave, pero con un tono que parecía acariciar cada palabra solo para después escupirla con desdén—. Tanto esfuerzo, tantas lágrimas, tantas promesas solemnes... Tantas palabras sobre cambiar el mundo, construir una nueva era, ser mejor que lo que fuimos...

 

Se inclinó ligeramente hacia un lado, apoyó el codo en la rodilla y sostuvo su barbilla con la mano, mirando a Anna como quien observa a un niño que intenta levantar una piedra demasiado pesada.

 

—Y mira lo que lograste. Duraste exactamente un par de minutos antes de dejar que todo se desmoronara. Antes de volver a convertirme en mí.

 

Anna apretó los puños con tanta fuerza que las uñas volvieron a clavarse en su piel, buscando dolor físico para ahogar el dolor interior.

 

—Cállate...

 

La sombra sonrió más ampliamente, mostrando una sonrisa relajada y triunfante.

 

—¿Por qué callarme? ¿Acaso porque digo la verdad? —preguntó con un tono de falsa inocencia que solo aumentaba su burla—. ¿Te molesta que alguien te recuerde en lo que te has convertido en cuestión de segundos?

 

Comenzó a balancear lentamente una pierna, con movimientos pausados y elegantes, como si no tuviera ninguna prisa, como si supiera que tenía toda la eternidad para hablar.

 

—¿Sabes lo que más me divirtió de todo esto? Que ni siquiera tuve que hacer nada —continuó, con esa misma voz suave, casi dulce, que sonaba más venenosa que cualquier veneno conocido—. Solo apareció una basura miserable como Valerius, abrió su asquerosa boca y mostró lo que siempre ha sido este mundo... y tú, tan obediente, tan fiel a tu propia naturaleza, hiciste el resto sola.

 

Se inclinó un poco más hacia adelante, y sus ojos, idénticos a los de Anna pero mucho más fríos y brillantes, clavaron su mirada en ella con una sensación de absoluta superioridad.

 

—Golpe tras golpe, sin dudar, sin detenerte, sin escuchar nada más que la furia. Sin pensar en consecuencias, en leyes, en amigos, en el futuro que tanto decías querer construir. Solo actuaste, igual que siempre he actuado yo. Fue... hermoso de ver.

 

Anna cerró los ojos con fuerza, pero las imágenes volvieron a inundar su mente: el primer impacto, el crujir de los huesos, la sangre salpicando el mármol, los ojos llenos de vacío, y luego los brazos de Daeron sujetándola, sus lágrimas, sus palabras desesperadas. Su respiración se aceleró, volviéndose agitada y superficial.

 

—No... no soy como tú...

 

—¿No? —la sombra se rió con suavidad, una risa que resonó por toda la celda—. Pero aquí estoy, ¿verdad? Siempre estuve aquí, en lo más hondo de ti, esperando pacientemente. Sabía que llegaría el momento en que tus bonitas intenciones se quedarían cortas. Porque este mundo no cambia con discursos ni con buenos sentimientos. Este mundo es duro, sucio y cruel, y solo sobreviven quienes saben ser igual o peores que él.

 

Se levantó de la cama con movimientos lentos y gráciles, y comenzó a caminar alrededor de Anna, dando vueltas a su alrededor como un depredador que ya tiene a su presa acorralada. No mostraba agresividad, sino esa calma absoluta de quien sabe que lleva todas las de ganar.

 

—Está lleno de personas como Valerius —susurró justo al lado de su oído, y su voz parecía helar la sangre de Anna—. Personas que compran vidas, que destruyen hogares, que se ríen mientras otros sufren, que pisotean todo lo que consideras sagrado. Y cada vez que te encuentres con uno de ellos, cada vez que veas lo que hacen... ¿de verdad crees que podrás quedarte de brazos cruzados? ¿Que podrás actuar con esa justicia fría y tranquila que tanto te gusta imaginar?

 

Hizo una pausa y volvió a detenerse frente a ella, mirándola desde arriba, con una sonrisa que gritaba superioridad.

 

—Volverás a hacerlo. Porque tú eres demasiado débil para soportar el dolor. Demasiado débil para aguantar la injusticia sin reaccionar con violencia.

 

Anna negó con la cabeza una y otra vez, pero sus movimientos eran lentos, vacilantes, como si ya estuviera perdiendo la batalla.

 

—Quieres salvar a todos —continuó la sombra con tono burlón—. Quieres levantar ciudades, unir razas que se odian entre sí, hacer que todos vivan en paz... Qué sueño tan adorable, tan ingenuo, tan propio de alguien que aún no entiende cómo funciona todo.

 

Su expresión cambió entonces, perdiendo la burla para mostrar una frialdad absoluta, casi divina en su seguridad.

 

—Pero mientras existan monstruos como él en este mundo... siempre necesitarás recurrir a mí. Yo soy la fuerza que no se detiene ante nada. Yo soy la que no llora, ni duda, ni siente remordimientos. Yo soy la que sobrevive.

 

Anna sentía que el pecho se le cerraba, que le faltaba el aire, que sus propios pensamientos comenzaban a confundirse con las palabras de esa voz. Todo lo que había hecho, todo lo que había construido en meses, parecía reducirse a polvo bajo esa mirada superior y burlona.

 

—Admítelo de una vez —dijo la sombra, acercándose hasta quedar casi pegada a su rostro—. Jamás podrás cambiar este mundo mientras siga siendo como es. Y tú no sobrevivirás siendo tan bondadosa, tan humana, tan frágil... —se señaló a sí misma con una sonrisa triunfante—. Yo sí sobreviviré. Porque yo soy la verdadera Anna D’Valriene. Tú solo eres un disfraz temporal, un intento patético de ocultar lo que siempre has sido.

 

El silencio volvió a caer sobre la celda, pero ahora parecía aún más opresivo. Solo se escuchaba la respiración agitada y entrecortada de Anna. La sombra seguía allí, observándola con total satisfacción, sabiendo exactamente dónde atacar: no en el cuerpo, sino en la confianza, en la fe en sí misma, en todo aquello que ella consideraba su identidad.

 

—Puedes seguir fingiendo todo lo que quieras —susurró con voz suave, casi cariñosa, pero cargada de desprecio—. Puedes llorar, arrepentirte, prometer que no volverá a pasar... pero mientras yo siga viviendo dentro de ti, nunca podrás escapar de lo que eres. Cada golpe, cada rabia, cada momento en que pierdas el control... seré yo quien tome las riendas. Y tú, con el tiempo, dejarás de luchar y me dejarás gobernar para siempre.

 

Anna permanecía inmóvil, con la mirada perdida en la oscuridad, sin fuerzas para responder. Por primera vez desde que había comenzado ese nuevo camino, una duda profunda y helada se abría paso en su mente: ¿Es verdad? ¿Tiene razón esta voz? ¿No hay forma de ser diferente?

 

Y en la oscuridad, la sombra sonreía, segura de que ya había comenzado a ganar.

 

El sonido metálico de unas llaves girando en la cerradura rompió el silencio pesado y quieto que envolvía la celda. El chirrido de los goznes oxidados resonó por todo el pasillo subterráneo, agudo y frío, como un aviso de que la soledad se había roto.

 

Anna ni siquiera levantó la cabeza. Había pedido expresamente a los guardias que no permitieran visitas. No quería ver a nadie, no quería hablar con nadie, no quería enfrentar las miradas de compasión, de juicio o de lástima. Después de lo que había ocurrido en el salón, sentía que tenía una deuda de sangre imposible de saldar.

 

La pesada puerta de hierro se abrió lentamente, dejando entrar un poco más de luz tenue desde el pasillo. El eco de unos pasos suaves y medidos resonó sobre las losas de piedra húmeda, acercándose poco a poco.

 

Anna suspiró con cansancio, sin levantar la vista.

 

—Le dije a los guardias que no deseaba recibir visitas…

 

Su voz se apagó por completo antes de terminar la frase.

 

Frente a ella, en el marco de la puerta, estaba Daeron.

 

No vestía su uniforme de oficial, ni llevaba armadura, ni espada al cinto. Solo traía ropa sencilla y oscura, como si hubiera querido pasar desapercibido para llegar hasta allí. No había rastro de ira descontrolada, ni de reproches a gritos, ni de prisa. Simplemente permanecía allí, de pie, observándola en silencio, con una mirada tranquila pero cargada de un peso profundo.

 

Anna sintió cómo el pecho se le apretaba con tanta fuerza que le costó respirar. Bajó aún más la cabeza, ocultando el rostro entre sus rodillas. No era capaz de sostener sus ojos; tenía la certeza absoluta de que si lo hacía, vería en ellos la razón de su propio dolor.

 

Durante varios segundos ninguno de los dos habló. Solo se escuchaba el goteo lento y constante del agua que se filtraba por las grietas de las paredes, y el lejano crepitar de las antorchas del pasillo.

 

Sin apresurarse, Daeron avanzó unos pasos, cruzó el espacio reducido de la celda y se sentó en el suelo, justo a su lado. Apoyó la espalda contra la misma pared helada, a la misma altura, con la misma calma, como si estuviera esperando a que ella estuviera lista para hablar.

 

El silencio volvió a instalarse entre ellos, denso y cargado de una verdad que ambos conocían, pero que Anna necesitaba pronunciar en voz alta. Pasaron varios minutos, y ninguno se movió.

 

Finalmente, fue ella quien rompió el silencio, con una voz tan baja y temblorosa que casi se perdía entre la humedad de la estancia:

 

—…Por favor… —murmuró, cerrando los ojos con fuerza para retener las lágrimas—. No me digas que viniste a agradecerme por lo que le hice a Valerius. Porque, aunque lo golpeé llena de rabia, en el fondo no fue solo por justicia. Fue por culpa. Una culpa que llevo clavada en el alma desde hace años.

 

Daeron no respondió de inmediato. Se limitó a escuchar, con la mirada fija al frente, dejando que ella soltara todo lo que tenía atrapado.

 

Anna continuó hablando, y cada palabra le costaba más que la anterior, como si arrastrara cadenas:

 

—Sé perfectamente que fue Valerius quien le puso la mano encima, quien la tuvo encerrada y quien le quitó la vida. Pero… —su voz se quebró por completo, y un sollozo quedó atrapado en su garganta— yo fui la causa de todo. La antigua Anna D’Valriene fui yo. Fui yo quien sembró el terror, quien generó tantos enemigos, quien levantó tanto odio y codicia a mi alrededor que, cuando buscaban una forma de herirme o vengarse, no dudaron en apuntar a lo más débil.

 

Las lágrimas comenzaron a rodar libremente por sus mejillas frías, calientes al principio para luego enfriarse al contacto con el aire helado.

 

—Si yo no hubiera actuado con tanta crueldad, si no hubiera convertido mi nombre en sinónimo de poder y peligro, si no hubiera dejado un vacío lleno de rencor a mi alrededor… nadie habría pensado en secuestrar a tu hermana para usarla como moneda de cambio. Yo fui quien provocó que existiera esa oportunidad. Yo creé el entorno, el caos y los motivos que llevaron a que ella terminara en manos de esa basura.

 

Levantó lentamente las manos, mirándolas con horror, como si todavía viera la sombra de lo que hicieron en el pasado.

 

—Puede que no haya sido yo quien la vendiera, ni quien la golpeara, ni quien le diera el golpe final… pero el origen de todo está en mí. Hay sangre de Elara en mis manos, aunque sea de forma indirecta. Por eso perdí el control. Por eso golpeé a Valerius hasta casi matarlo: en ese momento quería pagar con su dolor la culpa que yo arrastro, como si destrozarlo pudiera borrar lo que yo hice tiempo atrás.

 

Negó una y otra vez con la cabeza, sintiéndose hundida bajo el peso de su propia verdad.

 

—Pero no sirve de nada. No cambia el pasado. Tu hermana sigue muerta. Y yo… sigo siendo la responsable de que esa cadena de dolor comenzara.

 

Se cubrió el rostro con ambas manos, dejando que el llanto saliera por fin, libre y desgarrador. En lo más profundo de su ser esperaba que Daeron, al escucharla confesarlo todo, se levantara con desprecio, le escupiera su rencor y le dijera que nunca podría perdonarla, que tenía todo el derecho a odiarla.

 

Pero no ocurrió nada de eso.

 

Lo único que sintió fue cómo un brazo fuerte pero suave rodeaba lentamente su espalda, acariciándola con una ternura que no tenía nada que ver con la dureza del lugar. Antes de que pudiera reaccionar o apartarse, Daeron la atrajo hacia sí con suavidad, hasta que su cabeza quedó apoyada contra su pecho, escuchando el latido firme y constante de su corazón.

 

Anna abrió los ojos, totalmente sorprendida, inmóvil entre sus brazos.

 

Daeron seguía mirando al frente, pero su voz sonaba tranquila, serena y firme, como una verdad que había procesado mucho tiempo atrás:

 

—Ya lo sabía. Siempre lo supe.

 

Anna levantó la cabeza de golpe, con los ojos muy abiertos y llenos de confusión y dolor.

 

—¿Qué…? ¿Sabías que yo fui la causa de que se la llevaran? ¿Y aun así…?

 

Daeron dejó escapar una sonrisa triste, pequeña pero sincera, y asintió lentamente:

 

—Desde que empecé a investigar qué pasó realmente, lo entendí. Entendí que el odio que se acumuló contra el nombre de Valriene fue lo que llevó a que buscaran cualquier forma de atacar. Sí, la Anna de entonces, la que gobernaba con miedo y destruía todo lo que se interponía en su camino, fue la que creó el escenario donde ocurrió todo. No hay forma de negarlo, ni de endulzarlo: esa versión de ti fue la responsable de abrir el camino para que sucediera lo peor.

 

Anna sintió que el suelo se le hundía bajo los pies, esperando el golpe final. Pero Daeron continuó hablando, mirándola directamente a los ojos, sin rencor, sin ira, pero con una claridad absoluta:

 

—Pero hay algo que también sé, y que tú te niegas a ver: esa Anna ya no existe.

 

Se acercó un poco más, para que sus palabras quedaran grabadas en lo más hondo de su mente:—La mujer que causó tanto dolor, que sembró el odio y que fue la causa de que mi hermana fuera arrancada de mi lado… esa persona murió el día en que decidiste dejarlo todo atrás. La que está aquí ahora, en esta celda, llorando por la culpa, intentando arreglar lo que se rompió, construyendo hogares, protegiendo a los más débiles y cargando con un peso que no le toca llevar sola… esa es una mujer distinta.

 

Levantó una mano y secó con mucha suavidad las lágrimas que rodaban por sus mejillas:

 

—No te confundas: el error fue real, las consecuencias son irremediables, y nada traerá de vuelta a Elara. Pero yo no puedo condenar a la persona que eres hoy por los actos de quien fuiste ayer. Si lo hiciera, estaría cometiendo el mismo error que todos los que te juzgan sin mirar más allá del nombre que llevas.

 

Su voz se volvió más firme, llena de convicción:

 

—Yo vi a la antigua Anna en los libros, en los relatos de quienes sufrieron bajo su mando. Pero te conozco a ti. Conozco a la que despierta cada día queriendo ser mejor, a la que llora por el dolor ajeno, a la que asume sus errores en lugar de esconderse detrás de excusas. Esa es la Anna que elijo ver.

 

—Sí —añadió con seriedad—. Fuiste la causa indirecta de su desaparición. Pero quien le puso las cadenas, quien la golpeó y quien le quitó la vida fue Valerius y quienes lo acompañaron. Ellos decidieron actuar con maldad. La culpa de lo que ellos hicieron no es tuya, aunque la responsabilidad de tu pasado sí te pertenezca. Y esa responsabilidad no se paga repitiendo el mismo ciclo de violencia, sino cambiando el rumbo para que nada de eso vuelva a ocurrir jamás.

 

Anna rompió a llorar con más fuerza, pero esta vez no era solo por el dolor de la culpa; era por el alivio de que alguien separara claramente quién era ella de lo que había hecho. Daeron volvió a rodearla con sus brazos, apretándola con fuerza, como si quisiera transmitirle toda su seguridad.

 

—Escúchame bien —le dijo, apoyando su frente contra la de ella, mirándola a los ojos sin dejar lugar a dudas—. No voy a decirte que olvides el pasado ni que no asumas lo que hiciste, porque eso sería mentira. Pero sí te digo: la que me quitó a mi hermana ya no está aquí. La que está aquí ahora es la única persona capaz de hacer que su muerte no sea en vano. Y mientras sigas siendo esa persona… mientras luches por ser mejor… yo no te voy a dar la espalda. Estoy aquí. Pase lo que pase.

 

En la oscuridad de esa celda fría y húmeda, por primera vez desde que todo comenzó, Anna sintió que la culpa no tenía que definirla para siempre. El peso seguía ahí, pero ya no lo cargaba sola. Ya sabía la verdad completa: la antigua Anna fue la responsable de crear el camino, pero la Anna de hoy tenía el poder de elegir hacia dónde seguir.

 

Las lágrimas seguían resbalando lentamente por las mejillas de Anna, pero ya no eran amargas ni desesperadas. Eran lágrimas que alivianaban el pecho, que lavaban parte de la culpa acumulada. Respiró hondo, llenando sus pulmones del aire frío de la celda, y con el dorso de la mano se secó cada una de ellas, con movimientos suaves.

 

Cuando levantó la vista hacia Daeron, apareció en sus labios una sonrisa pequeña, temblorosa pero real, la primera que le salía sin esfuerzo en todo el día.

 

—Daeron… gracias…

 

—Ni se te ocurra terminar esa frase —le cortó él al instante, levantando una ceja con esa expresión entre seria y burlona que ya le era familiar.

 

Anna parpadeó, sorprendida por la interrupción.

 

—Pero…

 

—Todavía tengo mucho que enseñarte sobre el control de la magia, ¿recuerdas? —añadió cruzándose de brazos, manteniendo ese tono firme pero relajado—. Y te aviso: no pienso ser nada amable durante los entrenamientos. Vas a sudar, a equivocarte y a querer tirar la toalla más de una vez.

 

Anna soltó entonces una pequeña risa, genuina y ligera, como si una pesada losa se hubiera levantado de sus hombros.

 

—Eso suena más a amenaza que a promesa de ayuda.

 

—Lo es —respondió él sin dudar, y también sonrió.

 

Por primera vez desde que había cruzado las puertas de aquel calabozo, Anna volvió a reír con el corazón más liviano. La oscuridad de la celda parecía menos densa, el frío menos cortante.

 

De pronto, un sonido metálico rompió el momento: clack. La cerradura volvió a moverse y la puerta de hierro se abrió con suavidad.

 

Ambos levantaron la vista al mismo tiempo.

 

—¿Puedo pasar?

 

En el marco de la puerta estaba Eliana. Vestía ropa sencilla, sin adornos, y entre sus brazos llevaba una pequeña caja de madera, bien cerrada, que contenía vendas limpias, ungüentos y frascos con remedios. Al ver a Daeron allí, en el suelo junto a Anna, se detuvo un instante con una leve sorpresa en el rostro.

 

—¿Interrumpo algo?

 

Daeron negó con la cabeza, manteniendo su sonrisa tranquila.

 

—En absoluto. Ya me iba.

 

En cuanto sus ojos se posaron en ella, la expresión de Anna cambió de inmediato. Apareció una sonrisa más amplia, totalmente espontánea, sin máscaras ni reservas. Era la sonrisa de quien ve llegar a alguien de su confianza, a alguien que ha estado a su lado durante años, en lo bueno y en lo malo.

 

Daeron no pasó por alto ese brillo especial en su mirada, y una chispa de diversión cruzó sus ojos.

 

Eliana cerró la puerta detrás de sí y caminó con pasos seguros pero suaves hasta llegar frente a Anna. Sin ceremonias, se arrodilló en el suelo de piedra, igual que ella, con la misma naturalidad con la que lo haría una amiga de toda la vida.

 

—Vine a ver tus manos —dijo simplemente, sin necesidad de explicaciones. Conocía bien a Anna: sabía que nunca diría cuánto le dolía ni cuánto se había hecho daño.

 

Anna, sin embargo, retiró levemente las manos hacia atrás, escondiéndolas entre sus rodillas con un gesto casi infantil.

 

—De verdad estoy bien, Eliana. Solo unos golpes…

 

Eliana soltó un suspiro, pero no había reproche en él, solo ese cansancio cariñoso de quien conoce sus costumbres al dedillo.

 

—Anna… ya sabes que no me engañas.

 

Con suavidad, pero con firmeza, tomó una de sus muñecas y la llevó hacia la luz tenue que entraba por la puerta. La observó con atención: los nudillos estaban abiertos y amoratados, la piel tenía cortes superficiales y, en las palmas, se veían claramente las marcas profundas que habían dejado sus propias uñas al cerrar los puños con tanta fuerza y rabia.

 

—Dices que solo son rasguños, pero aquí hay más dolor del que quieres admitir —comentó con suavidad, pero con tono inapelable.

 

Anna se encogió de hombros, intentando restarle importancia, pero no retiró la mano. Sabía que no serviría de nada.

 

Eliana abrió la caja y sacó primero un paño limpio humedecido en agua con hierbas. Con movimientos lentos, precisos y muy delicados —como si estuviera tocando algo muy frágil— comenzó a limpiar cada herida con paciencia infinita.

 

Anna hizo una mueca cuando el líquido entró en contacto con las heridas.

 

—Arde…

 

—Ya lo sé —respondió Eliana sin dejar de mirar lo que hacía, con la concentración de quien ha repetido ese mismo gesto cientos de veces a lo largo de los años—. Pero es necesario para que no se infecten. Quédate quieta.

 

A continuación, aplicó el ungüento, extendiéndolo con suavidad sobre cada zona lastimada, y luego comenzó a envolver los nudillos con tiras de venda limpia, ajustando lo suficiente para proteger sin apretar demasiado.

 

Mientras ella trabajaba, Daeron observó la escena unos segundos más, con una sonrisa tranquila en los labios. Era evidente la relación entre ambas: no había distancia, ni formalidad, ni trato de superioridad. Solo había comprensión mutua y un cariño que había resistido el paso del tiempo y los cambios más duros.

 

—Será mejor que las deje solas un rato —dijo Daeron poniéndose de pie con lentitud.

 

Anna levantó la vista hacia él.

 

—¿Te vas ya?

 

—Sí, pero volveré —respondió con calma.

 

Daeron ya estaba en la puerta cuando se detuvo.

 

Sonrió sin girarse completamente.

 

—Ah...

 

Casi lo olvido. —comentó con un tono despreocupado, casi como si estuviera hablando del clima—. Mis padres me dieron un consejo bastante curioso en la fiesta.

 

Anna inclinó la cabeza, confundida.

 

—¿Ah sí? ¿Y qué decía?

 

Daeron se giró lo justo para dejar ver esa sonrisa traviesa que ya le conocía.

 

—Me dijeron: “Si algún día piensas en buscar una mujer para compartir tu vida, intenta convencer a Anna D’Valriene. Con ese carácter, esa fortaleza y esa forma de ver el mundo, seguro que logra enderezar tus tonterías”.

 

Anna abrió los ojos de par en par, sorprendida y azorada.

 

—¡¿QUÉ?! ¡Eso no tiene ningún sentido! —exclamó, sintiendo cómo las mejillas se le calentaban de golpe—. ¡Yo no tengo nada que ver con eso!

 

Daeron soltó una risa suave, disfrutando de verla perder esa compostura que siempre intentaba mantener.

 

—Según ellos, es la verdad. Aunque… —añadió haciendo una pequeña pausa, y desvió la mirada hacia donde estaba Eliana, concentrada aún en terminar de vendar la otra mano de Anna, sin prestar atención aparente a la conversación— lástima que sea imposible.

 

Anna frunció el ceño, confundida aún más.

 

—¿Por qué dices eso?

 

—Porque el corazón de Anna… —repitió lentamente, con intención— ya tiene dueña. Y creo que nadie más tendría oportunidad de entrar ahí.

 

El rostro de Anna pasó de rojo intenso a un tono escarlata que le subió hasta las orejas. Siguió la dirección de la mirada de Daeron y sus ojos se clavaron en Eliana, que seguía ajustando con cuidado la última vuelta de la venda, con la mirada baja y totalmente concentrada en su trabajo.

 

—Ya está —murmuró Eliana entonces, alzando la cabeza por fin para mirarla a los ojos—. Ya te las he dejado bien protegidas, no las mojes ni las aprietes mucho en estos días.

 

Se detuvo al ver la expresión de Anna: inmóvil, boquiabierta, con el rostro ardiendo y la respiración un poco acelerada. Inclinó la cabeza con curiosidad, sin entender qué pasaba.

 

—¿Te duelen mucho? ¿He apretado demasiado?

 

—N-no... No son las manos...

 

—¿Entonces qué le duele?

 

Anna abrió la boca para responder, pero no le salió ninguna palabra coherente. Solo pudo esconder el rostro entre sus manos recién vendadas, sintiendo que se le iba la cabeza por la vergüenza.

 

Daeron, desde el otro lado del marco de la puerta, no pudo evitar soltar una carcajada bajita mientras cerraba con cuidado y se alejaba por el pasillo oscuro.

 

—Supongo que ya era hora de devolverle una de todas las veces que ella me dejó sin saber qué decir —murmuró para sí mismo con una sonrisa—. Al menos hoy le he dado algo en qué pensar, además de culpas y juicios.

 

Y por primera vez en mucho tiempo, el peso que también llevaba él en el pecho pareció aligerarse un poco más. Mientras tanto, en la celda, solo quedaban las dos amigas: una intentando ocultar su confusión y vergüenza, y la otra mirándola con una sonrisa tranquila, esperando pacientemente a que volviera a ser la misma de siempre.

 

Thoughts

  • la_duda_metodica

    Daeron deja caer lo de Eliana desde la puerta y se larga, lo más cruel que ha hecho en toda la novela 😂

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  • agnosticocordial

    Daeron separa dos cosas que Anna venía mezclando: la culpa por lo que hicieron Valerius y los suyos, y la responsabilidad por la Anna de antes. Esa celda me convenció más que todo el banquete, y apuesto a que el juicio va por ahí: castigo por el acto, no por quién es.

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