Valeria me cae fatal, pero los dos viejos que se santiguan y deciden no meterse me parecen peores. Esos son los que sostienen la barrera de verdad, y apuesto a que nadie les planta cara en toda la novela.
Capitulo 69: una noche de unidad
Pensamiento
Valeria me cae fatal, pero los dos viejos que se santiguan y deciden no meterse me parecen peores. Esos son los que sostienen la barrera de verdad, y apuesto a que nadie les planta cara en toda la novela.
Contenido de la publicación
La noche había caído sobre la capital imperial, pero el Palacio Real brillaba con más luz que ninguna otra parte de la ciudad. Miles de antorchas, candelabros de cristal y lámparas mágicas iluminaban el inmenso salón de recepciones, cuyas paredes de mármol blanco estaban decoradas con tapices bordados en oro y esculturas que representaban la historia del Imperio Valtheris. La música suave de la orquesta llenaba el aire, mezclándose con el murmullo de cientos de voces, el tintineo de copas de cristal y el aroma a flores exóticas y vinos selectos.
Era la noche del cumpleaños de la Emperatriz Seleneia, uno de los eventos más importantes del año, donde se reunían nobles de todas las regiones del Imperio, embajadores de reinos lejanos, altos cargos de la Iglesia y también profesores y estudiantes destacados de la Academia Imperial.
En uno de los extremos del salón, un pequeño grupo llamaba la atención inevitablemente. Todos los ojos se desviaban hacia ellos de vez en cuando, algunos con curiosidad, otros con desconfianza, y muchos con una clara incomodidad.
Eran los nuevos alumnos.
Brynja y Durgan vestían sus trajes ceremoniales tradicionales: tejidos de lana gruesa de tonos oscuros, bordados con hilos de plata y acero, y adornados con símbolos de sus clanes y montañas. Durgan llevaba una capa corta sobre los hombros y una hebilla con forma de martillo, mientras que Brynja había trenzado su larga cabellera roja con cintas de cuero y pequeños anillos de hierro pulido, luciendo con orgullo el atuendo que su familia le había enviado.
Grokhar destacaba por su tamaño imponente, pero se movía con una delicadeza inesperada. Llevaba una túnica de lino grueso de color marrón oscuro, reforzada en los hombros y el pecho con placas de cuero endurecido y acero oscuro, con bordados que representaban montañas y rocas, el símbolo de su tribu.
Rhaegar lucía el atuendo de gala de su pueblo: una camisa de cuero suave y oscuro, sobre la que llevaba una capa ligera hecha de pieles de lobo y venado, con adornos de colmillos pulidos y correas grabadas con runas antiguas. Se veía majestuoso, tranquilo y seguro de sí mismo.
Maelys había cambiado su uniforme por un vestido de gala que combinaba su elegancia y su origen demoníaco: de terciopelo negro con bordados en hilo rojo y plata, con mangas amplias y un escote moderado, además de joyas de obsidiana que resaltaban el color de sus ojos.
Y Seraphina… su vestido había sido confeccionado especialmente para ella, pensado con mucho cuidado. Estaba hecho de seda blanca y tela iridiscente que cambiaba de tono según la luz, abierto en la parte inferior para adaptarse a su larga cola de escamas nacaradas, sin ocultarlas ni disimularlas, sino integrándolas con el diseño. El resultado era una prenda elegante, única y hermosa, que le permitía moverse con naturalidad.
Ninguno intentaba parecerse a los demás. No llevaban ropas comunes de gala humana, sino que vestían con orgullo lo que representaba a sus tierras y a su gente. Junto a ellos estaban Eliana, Lyra y la pequeña Lira, quienes tenían una sola orden clara de Anna: “No permitan que se sientan solos”. Y estaban decididas a cumplirla.
Sin embargo, la realidad era más difícil.
La mayoría de los invitados se mantenían a distancia. Muchos los miraban de reojo, cuchicheaban entre ellos y desviaban la vista si alguien del grupo se volvía hacia ellos. El silencio alrededor de aquel rincón se volvía cada vez más pesado e incómodo.
Hasta que una voz fría y cortante rompió el murmullo general.
—Realmente es una farsa verlos aquí.
Todos se giraron al instante.
Avanzando con paso firme y porte impecable, llegó Valeria Duvall, la hija mayor de una de las casas nobles más antiguas e influyentes del Imperio. Vestía un elegante vestido de gala blanco y dorado, con detalles en verde oscuro, joyas de esmeralda y una postura que respiraba superioridad y educación estricta. La seguían dos estudiantes nobles de segundo año, que la miraban con admiración.
Se detuvo frente al grupo, mirándolos de arriba abajo sin ocultar su desdén.
—¿Es esto lo que se ha convertido la fiesta de la Emperatriz? Un lugar donde se permite la entrada a seres que no tienen lugar entre la verdadera nobleza y la gente decente —dijo con voz clara, lo suficientemente alta para que varios nobles cercanos pudieran escucharla—. Todos sabemos lo que dictan las enseñanzas de la Iglesia: la Diosa bendijo a los humanos y nos otorgó el orden y la autoridad. Estas razas son seres que no siguieron el camino correcto, que no fueron elegidos. No tienen por qué estar aquí, ni recibir educación, ni tratarse como si fueran iguales.
Sus ojos se posaron con especial dureza sobre Seraphina, que se encogió levemente sobre sí misma, sintiendo cómo se le aceleraba el corazón.
—Y tú en particular —añadió Valeria con tono desdeñoso—. Una lamia. Criaturas de las leyendas, asociadas a la mentira, el veneno y la traición. ¿Cómo se atreven a dejarte caminar libremente entre nosotros? Esto es una ofensa, una farsa que debería haberse rechazado desde el principio para que terminara pronto.
Brynja apretó los puños y abrió la boca para responder, pero Durgan la detuvo con un gesto de la mano. Grokhar frunció el ceño, dispuesto a ponerse de pie si era necesario, y Rhaegar dejó que sus orejas se inclinaran hacia atrás, mostrando su desagrado. Maelys se adelantó un paso, lista para responder con la misma dureza.
—¿Y quién eres tú para decir quién puede estar aquí y quién no? —le espetó Maelys con voz fría.
Valeria solo sonrió con arrogancia.
—Soy alguien que conoce su lugar en el mundo, algo que ninguno de ustedes parece entender. Pero no se preocupen, esto no durará mucho. La Iglesia no aceptará esta locura, y cuando llegue el momento, veremos quién tiene la razón.
Justo en ese instante, un murmullo de respeto y sorpresa recorrió a los nobles que estaban cerca.
—La Heroína Lysandra…
Valeria se giró al oír el nombre, con una expresión de satisfacción. “Al fin alguien que entiende la verdad”, pensó. “Ella representará la voluntad de la Iglesia y pondrá orden en esta situación”.
Pero lo que ocurrió a continuación fue totalmente distinto a lo que esperaba.
Lysandra avanzó con paso sereno, vestida con un traje de gala elegante pero sobrio, en tonos azules y plateados, con el símbolo de la Iglesia bordado discretamente en el pecho. No se detuvo frente a Valeria ni le dirigió la mirada. Pasó a su lado como si fuera una sombra, y se dirigió directamente hacia el grupo, deteniéndose frente a Seraphina.
La joven lamia abrió mucho los ojos, se puso tensa y bajó la cabeza, esperando lo peor.
—Buenas noches, Seraphina —dijo Lysandra con voz suave y serena, sin rastro de desdén ni juicio—. Espero que esta noche te sientas cómoda. Si hay algo que necesites o si alguien te hace sentir incómoda, no dudes en buscarme.
Seraphina tardó unos segundos en reaccionar, confundida y sin creer lo que escuchaba. Levantó la vista lentamente, vio la sinceridad en los ojos de la Heroína y respondió con una voz temblorosa pero aliviada:
—G-Gracias… muchas gracias, Heroína Lysandra.
Valeria se quedó paralizada, con la boca entreabierta y la expresión congelada en el rostro.
—¿Qué… qué significa esto? —preguntó, sin poder contenerse—. ¿Usted representa a la Iglesia, ¿no es así? ¿Cómo puede tratarla con tanta amabilidad? ¿No ve que esto va en contra de todo lo que creemos?
Lysandra se giró hacia ella, y aunque su mirada seguía siendo tranquila, en ella había una firmeza que no admitía discusiones.
—Yo represento a la Iglesia y a la voluntad de la Diosa tal como yo la entiendo, Valeria —respondió con calma—. Y si ella nos enseñó algo, es que debemos juzgar a las personas por sus actos y su corazón, no por su apariencia o su origen. Nadie ha demostrado que estas personas sean malas, ni que sean una blasfemia. Solo son diferentes. Y en esta fiesta, bajo el techo de este palacio, son invitados al igual que usted.
Aquellas palabras cayeron como un balde de agua fría sobre todos los presentes. Una Heroína de la Iglesia, alguien que simbolizaba la fe y la autoridad sagrada, acababa de desmentir con claridad lo que Valeria acababa de decir.
El silencio se apoderó de ese rincón del salón. Valeria se quedó sin palabras, con el rostro sonrojado de rabia y confusión, incapaz de responder.
Fue entonces cuando dos figuras más se acercaron con paso decidido, rompiendo la tensión.
—¡Maelys! ¡Por fin te encontramos!
Todos se giraron de nuevo. Eran Clarisse y Lucien, estudiantes de la Academia que ya habían conocido a Anna y a su grupo. Clarisse vestía un vestido de gala azul claro con encajes, y Lucien llevaba un traje formal impecable, aunque con la misma expresión seria y tranquila de siempre.
Ambos saludaron con respeto, sin la menor duda ni desdén.
—Buenas noches a todos —dijo Lucien con una leve inclinación de cabeza, dirigiéndose a cada uno por igual—. Esperamos que no les importe si nos unimos a ustedes un rato.
Clarisse ya se acercaba con una sonrisa amable hacia Seraphina.
—¡Qué vestido tan hermoso llevas! Los detalles de la tela son increíbles, y combinan perfecto con el color de tus escamas —comentó con naturalidad, sin tocar el tema anterior ni hacer preguntas incómodas—. ¿Te lo confeccionaron aquí en la capital?
En pocos minutos, la conversación comenzó a fluir. Brynja contaba con entusiasmo sobre los adornos de su ropa, Durgan explicaba con calma el significado de cada símbolo, y hasta Grokhar respondía con voz profunda pero tranquila cuando le preguntaban sobre su tierra.
Aún quedaban muchas miradas desconfiadas, y la gran mayoría de los invitados seguía manteniéndose a distancia. Pero ya no importaba tanto.
Porque en ese momento, justo en ese rincón del salón, la barrera invisible que separaba a unos de otros acababa de agrietarse.
Y ninguno de los presentes imaginaba que, apenas unos minutos más tarde, aquella misma fiesta sería recordada en todo el continente como el momento en que el orden establecido empezó a cambiar para siempre.
La intervención de Lysandra había hecho algo que ninguna discusión o discurso habría logrado: romper la barrera invisible que mantenía a todos separados. Cuando una Heroína de la Iglesia, símbolo de fe y autoridad, se mostraba tan natural y respetuosa con ellos, muchos nobles y estudiantes empezaron a ver la situación con otros ojos.
Poco a poco, con más cautela al principio y luego con mayor soltura, más personas se fueron acercando. No eran los más altos en la escala social, ni los más estrictos con las tradiciones antiguas, sino aquellos que en sus propias tierras ya habían convivido con otras razas durante generaciones: señores de zonas fronterizas, dueños de minas donde trabajaban enanos, terratenientes de bosques donde vivían clanes de hombres bestia o asentamientos de elfos. Para ellos, ver a alguien de otra raza no era algo extraño ni aterrador, simplemente era algo cotidiano.
Entre ellos llegaron Lord Arman y Lady Elara, los padres de Clarisse. Eran nobles de rango medio, pero con una gran reputación por ser justos y abiertos. Al ver a su hija hablando con tanta naturalidad con los nuevos alumnos, se acercaron con sonrisas amables y sin ningún gesto de desconfianza.
—Buenas noches —saludó Lord Arman con una leve inclinación—. Nuestra hija nos ha hablado mucho de la Academia y de los nuevos estudiantes que han llegado. Nos alegra poder conocerlos en persona.
—En nuestras tierras del oeste convivimos con clanes enanos desde hace más de cien años —añadió Lady Elara con calidez—. Sabemos que el trabajo y la lealtad no tienen nada que ver con la apariencia. Esperamos que se sientan bienvenidos aquí.
Aquellas palabras, sencillas pero sinceras, ayudaron a que el ambiente se relajara aún más.
En ese momento, una voz alegre y familiar se escuchó entre la multitud.
—¡Por fin los encontramos!
Se abrieron paso entre los invitados Cedric Valcrest y Evelyne Solhaven, dos de los antiguos compañeros de estudios de Anna en la Academia, acompañados de Marien. Cedric vestía un traje oscuro de corte elegante con detalles plateados, mientras que Evelyne lucía un vestido de color azul marino con bordados que reflejaban su afinidad con la magia del agua. Ambos seguían siendo jóvenes, pero ya se habían convertido en magos respetados y con cargos importantes en el cuerpo de hechiceros imperiales.
—¡No saben cuánto nos alegra verlos aquí! —dijo Cedric, estrechando la mano de Durgan y luego de Rhaegar con firmeza—. Cuando nos enteramos de que el programa de integración se pondría en marcha, pensamos que tardarían mucho en llegar.
Evelyne se acercó con delicadeza, saludando a Seraphina con una sonrisa suave.
—Recuerden que si necesitan ayuda con cualquier asignatura, o tienen dudas sobre la magia o las reglas de la Academia, pueden buscarnos cuando quieran. Nosotros también aprendimos mucho más allá de lo que dicen los libros, y sabemos que lo importante es lo que hay en el interior.
Marien asintió con entusiasmo, mirando a todos con curiosidad y amabilidad, especialmente a Rhaegar y a Seraphina, a quienes ya había visto antes.
—Y yo también estoy aquí para ayudar en lo que haga falta —añadió con voz animada—. ¡Seguro que lo pasan mucho mejor de lo que creen!
Justo cuando las presentaciones se sucedían con naturalidad, un anuncio resonó con fuerza por todo el salón, amplificado por magia para que todos lo escucharan:
—¡Su Excelencia Daeron Vaelor, Gobernador del Territorio del Sur y representante de la Casa Vaelor!
El murmullo de los invitados aumentó al instante. La Casa Vaelor era una de las familias más antiguas, ricas e influyentes de todo el Imperio, con tierras extensas y una tradición de servicio a la corona que se remontaba siglos atrás.
Por la escalinata principal entraron Lord Theron y Lady Elowen Vaelor, ya mayores, con el cabello plateado y rostros marcados por los años pero con una postura digna y firme. Caminaban despacio, apoyándose en bastones ornamentados y acompañados por cuatro guardias de confianza, todos vestidos con uniformes oscuros y el emblema del águila dorada de su casa.
Entre ellos, caminaba Daeron. Vestía un traje de gala de terciopelo verde oscuro con bordados en hilo dorado, su porte era sereno y seguro, y su mirada recorría el salón con calma y atención. Había crecido mucho desde sus días de estudiante, y ahora llevaba sobre sus hombros la responsabilidad de gobernar sus propias tierras.
Al avanzar, sus ojos se detuvieron en el grupo reunido en un extremo. Al ver a Lira y Eliana, que lo habían reconocido al instante y le hacían señas con la mano con alegría, una sonrisa sincera apareció en su rostro.
Se inclinó brevemente hacia sus padres para decirles unas palabras, y ambos asintieron con una leve sonrisa, dejándolo ir con confianza.
—Voy a saludar a unos viejos conocidos —les dijo Daeron con respeto—. Volveré en unos minutos.
Sin dudarlo, se dirigió directamente hacia donde estaban todos, ignorando las miradas de sorpresa de muchos nobles que esperaban que fuera a saludar primero a las familias más importantes.
Al llegar, se detuvo con elegancia y saludó con una inclinación de cabeza, sin hacer distinciones entre nadie.
—Buenas noches a todos —dijo con voz clara y amable—. Me alegra mucho verlos aquí. No esperaba encontrarme con tantas caras nuevas y también tan queridas en un mismo lugar.
Lira corrió hacia él y le tomó suavemente de la mano, con la confianza de quien ya lo conocía.
—¡Daeron! ¡Qué bueno que hayas venido! Pensamos que estarías ocupado con los asuntos de tu territorio.
—Los asuntos pueden esperar —respondió él con una sonrisa, acariciando con suavidad la cabeza de la niña—. La fiesta de la Emperatriz es también un buen momento para ver amigos y saber cómo van las cosas.
Eliana también le dio un saludo afectuoso.
—Te ves muy bien, Daeron. Se nota que ya llevas las riendas de tus tierras con firmeza.
—Intento hacerlo lo mejor posible —respondió él, y luego dirigió su mirada hacia los nuevos estudiantes, presentándose con total naturalidad—. Soy Daeron Vaelor. Si alguna vez viajan hacia el sur, no duden en buscarme. En mis dominios convivimos con gentes de muchos orígenes, y sabemos que la fuerza de un territorio está en la unión de todos sus habitantes.
Aquellas palabras, dichas por alguien con tanto peso y respeto en el Imperio, fueron como otro empujón más para romper los prejuicios.
Valeria Duvall, que seguía observando desde unos metros más atrás con los labios apretados de rabia y frustración, no podía creer lo que veía. Primero la Heroína de la Iglesia, luego nobles de diferentes regiones, y ahora incluso el representante de una de las familias más poderosas del Imperio se acercaba a ellos con tanta confianza.
Para muchos de los presentes, esa noche estaba dejando claro algo que nunca habían imaginado: quizás, después de todo, el mundo podía cambiar.
El ambiente en el salón había cambiado, pero no de forma unánime. Mientras un pequeño círculo se abría y conversaba con naturalidad, la gran mayoría de los invitados observaba la escena desde lejos con miradas que iban desde la desconfianza hasta el horror silencioso.
Para ellos, ver a una Heroína de la Iglesia, a nobles respetados y a representantes de familias influyentes tratar como iguales a enanos, ogros, hombres bestia, demonios y lamias era algo que no encajaba con lo que habían aprendido toda su vida. En sus mentes, aquello rayaba en la blasfemia.
—¿Cómo es posible que permitan esto? —murmuraba un anciano noble a su compañero, haciendo la señal sagrada sobre su pecho—. Es ir contra el orden establecido por la Diosa. Si nos acercamos, podríamos contaminarnos o atraer alguna desgracia sobre nuestra casa.
—Mejor no meterse —respondió el otro, apartando la vista—. Que hagan lo que quieran, pero que no nos arrastren a nosotros. Ya verán cómo la Iglesia pone las cosas en su sitio tarde o temprano.
Había otros, sin embargo, que en el fondo sentían curiosidad o incluso deseaban acercarse; comerciantes que habían negociado con gentes de otras tierras, jóvenes estudiantes que solo veían personas en lugar de etiquetas, pero el miedo era más fuerte. Sabían que, si se mostraban demasiado abiertos, podrían ser señalados por los sectores más estrictos de la fe o por las familias más conservadoras. Así que se quedaron dónde estaban, observando con la esperanza de que nada malo sucediera, pero sin atreverse a dar el paso.
Y en un rincón más oscuro, apartado del resto pero con la vista fija en el grupo, estaba el Conde Valerius. Su expresión ya no era de simple asco o rechazo, sino que había cambiado por completo; ahora brillaba en sus ojos un cálculo frío y codicioso.
No veía allí a personas, ni a estudiantes, ni a invitados. Veía mercancía.
“Un ogro de ese tamaño… cuánto trabajo podría arrancar de él en las minas o en las construcciones. Los enanos son expertos en metales y piedra, su mano de obra valdría una fortuna. El hombre lobo sería un guardia o un cazador sin igual. Y la lamia…”
Una sonrisa torcida y cruel se dibujó en sus labios.
“Una criatura tan rara, tan exótica… en los mercados negros del sur o en los palacios de reinos lejanos, alguien pagaría una suma descomunal por poseerla. Me pregunto cómo gritaría cuando entienda que ya no es libre…”
Mantuvo esos pensamientos en silencio, sin dejar que nadie leyera nada en su rostro. Sabía que en ese momento no podía hacer nada, pero ya empezaba a trazar planes en su mente, calculando cuándo y cómo podría sacar provecho de aquella situación.
Pero justo cuando la tensión parecía crecer más y más, el sonido de trompetas solemnes y profundas resonó por todo el salón, haciendo que todos los murmullos se apagaran al instante.
La música se detuvo.
Todos los ojos se volvieron hacia la escalinata principal.
—¡Su Majestad el Emperador Aurelian Valtheris! ¡Su Majestad la Emperatriz Seleneia Valtheris! ¡Y los miembros de la Casa Imperial!
La multitud se inclinó en una sola reverencia profunda y respetuosa.
Primero apareció Adrian, el príncipe heredero, con su porte digno y tranquilo, vestido con un traje de gala azul oscuro bordado con hilos dorados y el águila imperial en el pecho. A su lado caminaba Lyssandra, la Comandante Suprema del Ejército, con un atuendo elegante pero que no perdía la presencia de quien lleva el peso de la defensa del reino.
Detrás de ellos avanzaba Aurelian Valtheris, el Emperador. Un hombre de mediana edad, de cabello cano en las sienes, mirada firme y serena, vestido con ropas de estado que reflejaban su autoridad.
Pero quien captó todas las miradas, quien parecía iluminar el salón con su sola presencia, fue Seleneia, la Emperatriz.
Iba vestida con un vestido majestuoso de marfil real, púrpura imperial y dorado, con encajes finos y bordados que parecían hechizos de luz. Sobre su cabeza lucía una corona delicada pero imponente, incrustada con amatistas y diamantes, y su cabello plateado estaba recogido con elegancia. Su postura era impecable, digna de quien gobierna, pero en su rostro había una calidez y una serenidad que tranquilizaban incluso a los corazones más inquietos. Era conocida como “La Luz del Imperio”, y en ese momento, todos entendían por qué.
Caminaron despacio, saludando con un gesto leve a los nobles y embajadores que los saludaban. Pero cuando los ojos de la Emperatriz se posaron en el grupo donde estaban los nuevos estudiantes, no mostró ni sorpresa ni desaprobación. Al contrario, una sonrisa suave y sincera apareció en sus labios.
Sin dudarlo, cambió ligeramente su rumbo y se dirigió directamente hacia allí, seguida por el Emperador y sus hijos.
Y en ese instante, el salón entero contuvo el aliento. Si la propia Emperatriz, la figura más respetada del Imperio, se acercaba y los recibía con amabilidad, entonces todo lo que se creía hasta ese momento empezaba a tambalearse desde sus cimientos.
La Emperatriz Seleneia, seguida de cerca por el Emperador Aurelian, el Príncipe Adrian y la Comandante Lyssandra, avanzó con paso sereno hasta detenerse frente al grupo. Su mirada recorría a cada uno con amabilidad, sin distinción de raza ni apariencia, como si solo viera a jóvenes con ganas de aprender y un lugar que ocupar en el mundo.
—Bienvenidos sean todos al Palacio Imperial —dijo con voz suave pero clara, que se extendió lo suficiente para ser escuchada por los más cercanos—. Me alegra mucho verlos aquí esta noche. Espero que se sientan cómodos y disfruten de la celebración con total libertad. Son invitados de honor, y bajo este techo todos tienen el mismo valor.
El Emperador asintió con firmeza, agregando:
—Así es. La Academia existe para formar mentes y corazones, no para separar por nacimiento. Confiamos en que este nuevo camino dará frutos para el bien de todo el Imperio.
Los jóvenes respondieron con inclinaciones y reverencias, con una mezcla de respeto y nervios que se notaba en sus gestos.
—Gracias, Su Majestad… —alcanzó a decir Durgan, mientras Seraphina asentía con la cabeza sin atreverse a levantar mucho la vista, y Grokhar intentaba no chocar con nada por el tamaño de sus manos.
—Muchas gracias por recibirnos —añadió Rhaegar con voz tranquila, logrando mantener la compostura mejor que los demás.
Con una última sonrisa, la familia imperial siguió su camino hacia la zona principal reservada para ellos, dejando al grupo con una sensación de alivio y asombro. Poco a poco, esa recepción abierta sirvió de señal para muchos nobles que esperaban el momento adecuado: uno tras otro, comenzaron a acercarse para saludar, presentarse o simplemente intercambiar unas palabras breves.
El grupo seguía sintiéndose un poco fuera de lugar, especialmente los nuevos alumnos, que no esperaban que los recibieran con tanta cortesía. Fue entonces cuando Daeron, que permanecía cerca, habló con calma para tranquilizarlos:
—No se pongan así —dijo con una sonrisa—. La familia imperial es así: juzgan por lo que uno hace, no por lo que es. Si les han dado la bienvenida, es porque realmente los consideran parte de este lugar.
Luego, dirigiéndose a Rhaegar con interés genuino, añadió:
—De hecho, quería preguntarte algo más. Conozco bien las historias sobre los hombres bestia de las tierras del norte. Se dice que son un pueblo de honor, que cumplen su palabra mejor que cualquier contrato escrito y que su lealtad es inquebrantable. En mis territorios del sur, las fronteras son amplias y necesito guardianes en quienes pueda confiar sin reservas. Me gustaría saber si, en el futuro, podría contar con la posibilidad de establecer un acuerdo con tu pueblo para que una unidad de ellos forme parte de la guardia de mis tierras.
Rhaegar abrió un poco más los ojos, sorprendido por la propuesta.
—Es la primera vez que alguien me lo pide con respeto —respondió con calma—. No somos mercenarios, pero si hay confianza y un trato justo, la lealtad se gana y se devuelve. Cuando termine mis estudios, podré hablar con los ancianos de mi manada y plantearlo.
El murmullo que recorría el salón se detuvo en seco cuando el pregonero elevó la voz para anunciar a los siguientes invitados. Las trompetas sonaron con un tono más solemne, y todas las cabezas se giraron hacia la entrada principal, curiosas y expectantes.
—¡La ilustre Casa D’Valriene!
Primero hicieron su aparición Selene, con su porte elegante y tranquilo, seguida de Demian, que caminaba con la compostura de quien ya lleva años gestionando asuntos importantes, y a su lado Lythariel, la madre de Sylwen. La presencia de la elfa no pasó desapercibida: sus rasgos finos, su piel pálida y su cabello plateado que brillaba bajo la luz de los candelabros captaron la mirada de casi todos. Era sabido que los elfos poseían una belleza que desafiaba al paso del tiempo, pero ver a alguien con tanta serenidad y elegancia, que parecía moverse sin apenas rozar el suelo, provocó susurros de admiración entre los presentes.
—Es una elfa de sangre pura… —murmuró un noble anciano, ajustándose las gafas—. Hace años que no veía a uno de su linaje caminar por estos salones.
—No es solo su apariencia —respondió otro a su lado—, es la presencia que irradia. Se nota que no es alguien común.
Pero la atención se intensificó cuando el pregonero continuó con un tono que hizo que hasta los más altos cargos se inclinaran un poco más:
—¡Y su Excelencia Anna D’Valriene, Señora de la Ciudad Libre de la Rosa Blanca, ¡Mano Derecha de Su Majestad el Emperador y representante de la Casa D’Valriene!
Hubo una pausa breve, y en ese instante, cada uno de los presentes tuvo en mente la misma imagen: la que recordaban de años atrás.
La Anna que conocían era la que llegaba con un séquito de más de veinte sirvientes, con vestidos que costaban lo mismo que una finca entera, cubierta de joyas que brillaban con tanta intensidad que resultaban casi cegadoras, y una expresión de orgullo y arrogancia que dejaba claro que se creía superior a todos los que la rodeaban. Habían escuchado rumores de que había cambiado, que había abandonado sus viejos hábitos y que ahora gobernaba un territorio nuevo bajo reglas distintas… pero la mayoría se había negado a creerlo. “Una leopardo no cambia sus manchas”, pensaban muchos. “Solo está esperando el momento para volver a ser la misma”.
Sin embargo, en cuanto cruzó el umbral de la puerta, todo lo que esperaban se desmoronó por completo.
Allí estaba Anna, caminando con paso firme, tranquilo y decidido, pero sin prisa ni ostentación. Llevaba un vestido de gala de seda de color blanco marfil, con un escote elegante y mangas amplias y ligeras que caían con gracia sobre sus brazos. El vestido estaba adornado con bordados de hilo dorado que dibujaban formas suaves, y en el centro de su pecho, en lugar de un collar cargado de piedras preciosas, lucía una única rosa blanca fresca, acompañada de un pequeño broche con el mismo emblema. Su cabello oscuro estaba recogido con sencillez, dejando caer algunos mechones sueltos sobre su rostro, y en su mirada no había arrogancia ni desdén: solo seguridad, calma y una seriedad que inspiraba respeto sin necesidad de imponerse.
A su derecha, avanzaba Garoum Ironhart, el hombre que todos conocían como el escudo inquebrantable. Pero esta noche no vestía su armadura de combate habitual, sino una versión ceremonial diseñada con un cuidado exquisito. Estaba forjada en acero pulido de color blanco plateado, con refuerzos en los hombros, el pecho y las piernas con detalles en oro y esmeralda. En el centro del peto, el emblema de la Rosa Blanca estaba grabado con tanta precisión que parecía crecer sobre el metal. Sostenía su lanza larga con firmeza, pero con la calma de quien no espera un ataque, sino que está ahí para proteger. Su presencia seguía siendo imponente, con sus más de dos metros de altura y sus músculos marcados, pero la armadura le daba un aire majestuoso que nadie había visto antes.
A su izquierda, con la misma sincronía, caminaba Sylwen. La elfa lucía una armadura ceremonial hecha especialmente para ella, adaptada a su agilidad y elegancia: más ligera, con placas de acero blanco que cubrían los puntos vitales, combinadas con detalles en verde oscuro y dorado que realzaban sus rasgos. En su espalda colgaba una capa corta que ondeaba levemente con cada paso, y en su cintura llevaba su espada, con la empuñadura decorada con el mismo símbolo de la Rosa Blanca. Sus orejas apuntaban ligeramente hacia los lados, atentas a cada sonido, y su mirada recorría todo el salón con una vigilancia tranquila pero infalible.
Los tres formaban un conjunto que nadie en el salón esperaba ver. No era el séquito de una señora que quiere demostrar poder por la cantidad de personas que la siguen, sino un equipo: Anna en el centro, y a sus lados dos figuras que no parecían sirvientes, sino pilares de confianza y protección.
El silencio se extendió por todo el salón, y luego comenzaron a correr los susurros, llenos de sorpresa, confusión y admiración.
—¿Es ella realmente? —preguntó una dama joven, sin apartar la vista—. No se parece en nada a lo que nos contaban.
—Y mira a sus guardias —añadió otro noble—. Esas armaduras no son de los ejércitos habituales. Son trabajos de forja de muy alto nivel, hechos con un propósito especial.
—Dicen que en su nuevo territorio han creado una guardia propia —murmuró un embajador de otro reino—. Pero no imaginé que tendrían este aspecto.
En el grupo donde ya estaban reunidos todos los amigos y alumnos, la reacción fue inmediata.
—¡Allí vienen! —dijo Lira con una sonrisa amplia, levantando la mano para saludar.
Daeron observaba la escena con los brazos cruzados y una media sonrisa divertida, sacudiendo la cabeza con incredulidad.
—Es increíble —comentó en voz baja para que solo los que estaban cerca pudieran escucharlo—. Anna siempre se queja de que no quiere llamar la atención, que prefiere pasar desapercibida… y mira ahora. En cuanto cruza la puerta, todo el salón deja de respirar para mirarla. Ha logrado ser el centro de todas las miradas sin siquiera intentarlo.
Eliana asintió con la misma diversión, sin dejar de mirar las armaduras de Garoum y Sylwen con atención profesional.
—Esas armaduras no son cualquier cosa —explicó, señalándolas con la mirada—. Son el uniforme oficial de la Guardia de la Rosa Blanca, la fuerza que se ha formado en el nuevo territorio de la Casa D’Valriene. Las diseñó Demian personalmente, y se forjaron con materiales que protegen tanto contra armas físicas como contra la magia. No son solo para verse bien: son funcionales, resistentes y llevan el emblema de su tierra para que todos sepan a quién sirven.
Lyra se inclinó un poco hacia adelante, observando con interés.
—Parecen hechos a medida, hasta en el más mínimo detalle. Se nota que no son simples soldados, sino que forman parte de algo mucho más importante para ella.
Seraphina miraba a Anna con una mezcla de respeto y gratitud, mientras Brynja daba un golpe suave en el hombro de Durgan.
—¿Lo ves? —le dijo—. Ahora entiendes por qué dicen que no es lo que solía ser. Mira cómo camina, cómo la siguen. Nadie podría tener una guardia así si no se han ganado su lealtad.
Durgan asintió lentamente, con una expresión seria pero de acuerdo.
—Tienes razón. No hay arrogancia en sus gestos. Hay propósito.
Mientras tanto, en otros rincones del salón, las reacciones eran muy distintas.
Valeria Duvall apretó los dedos hasta que sus nudillos se pusieron blancos, incapaz de ocultar su frustración. Esperaba ver a alguien ridícula, fuera de lugar o cubierta de lujos excesivos… y en cambio, tenía ante sí a una joven que irradiaba una autoridad natural que ella, con toda su educación y linaje, no lograba alcanzar.
—Es una farsa —murmuró entre dientes—. Solo está actuando para engañar a todos. No puede haber cambiado tanto en tan poco tiempo.
Detrás de ella, sus dos acompañantes asintieron por pura costumbre, aunque en el fondo también se sentían impresionados.
El Conde Valerius, por su parte, seguía mirando con esa frialdad calculadora que lo caracterizaba. Ya no veía solo a los estudiantes, sino también a Anna y a sus dos guardias. “Esa elfa tiene una agilidad y reflejos que valdrían una fortuna en el mercado de esclavos especiales”, pensaba para sí mismo, mientras observaba a Sylwen. “Y ese gigante… sería una fuerza imparable si se le pudiera controlar. Pero esa Anna… parece más difícil de manejar que el resto. Habrá que tener cuidado con ella”.
Más cerca de la zona principal, Lysandra miraba la escena con una expresión compleja. A un lado tenía las enseñanzas de la Iglesia, lo que le habían ordenado investigar y las dudas que tenía en su mente… pero por otro lado, veía a la joven que llegaba con su gente, sin ocultarse, sin pedir favores, simplemente presentándose tal cual era. Y por primera vez, se preguntó si realmente había algo de malo en lo que estaba construyendo.
Adrian, el príncipe heredero, sonrió con satisfacción y le dijo a su padre en voz baja:
—Ha cumplido su palabra. Dijo que volvería diferente, y así es. La gente ya no la ve como una amenaza, sino como alguien que tiene un lugar propio.
El Emperador asintió con calma.
—Y eso es lo que más importa. Que sus acciones hablen más fuerte que cualquier rumor o juicio pasado.
Mientras Anna avanzaba por el salón, saludando levemente a los nobles que se inclinaban ante ella, no parecía notar la intensidad de todas esas miradas. Caminaba con la misma naturalidad que si estuviera en su propio hogar, y sus ojos buscaban directamente al grupo de amigos y alumnos que la esperaban. Sabía que muchos seguían dudando, que muchos seguían juzgándola por lo que había sido, pero ya no le importaba tanto como antes. Lo único que tenía en mente era reunirse con los suyos y seguir demostrando que su camino, aunque fuera diferente al de todos, también era válido.
Y así, bajo la luz de las lámparas mágicas y las miradas de todo el Imperio, la Señora de la Rosa Blanca avanzó hacia su lugar, acompañada de sus dos escudos, lista para enfrentar todo lo que la noche tenía preparado.
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PermalinkValeria me cae fatal, pero los dos viejos que se santiguan y deciden no meterse me parecen peores. Esos son los que sostienen la barrera de verdad, y apuesto a que nadie les planta cara en toda la novela.
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Capítulo 71: Presagios de una catástrofe.
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