Anna podría haberle dicho a Seraphina que no había nada que temer, y en cambio le cuenta que ella también le tuvo miedo a Lysandra. Eso calma más que cualquier consejo, porque le quita a la otra el peso de ser la única. Desde la niña escondida en la despensa con las tartas ya se veía que Anna nunca fue solo la tirana que describe Kaelen, y a mí me da que Lysandra lo vio pasar en esa mesa y lo va a pesar en contra de la orden que le acaban de dar.
Capítulo 68: Un mal presagio con aroma a rosa
Pensamiento
Anna podría haberle dicho a Seraphina que no había nada que temer, y en cambio le cuenta que ella también le tuvo miedo a Lysandra. Eso calma más que cualquier consejo, porque le quita a la otra el peso de ser la única. Desde la niña escondida en la despe
Contenido de la publicación
El enorme patio de la Academia Imperial, que hacía apenas unos minutos había sido escenario de presentaciones formales y silencio, poco a poco se fue llenando de un murmullo agradable y relajado. La luz del sol de la mañana se filtraba entre las ramas de los árboles centenarios, iluminando las fachadas de piedra blanca y dorada, mientras el sonido suave del agua de las fuentes se mezclaba con las risas y las conversaciones.
Como si siempre hubieran estado destinados a encontrarse, pequeños grupos empezaron a formarse de manera completamente natural, sin obligaciones ni formalidades.
Por un lado, cerca de uno de los macizos de flores, Brynja ya reía a carcajadas junto a Lyra y Eliana, mientras Durgan permanecía a su lado con los brazos cruzados, intentando mantener la compostura que parecía perder por momentos.
—¡No puede ser que esa sea tu cara normal! —decía Lyra, señalándolo con un dedo y conteniendo la risa—. Parece que te hubieras tragado un clavo oxidado y estás a punto de escupirlo.
El joven enano suspiró con resignación, pero no levantó la voz.
—Se los aseguro. Así me veo cuando estoy tranquilo. Si me enfado, se pone mucho peor.
—¡Pues no quiero imaginarlo! —añadió Eliana, apoyándose en el hombro de Brynja—. Parece que estuvieras enfadado con el mundo entero sin motivo.
Brynja se llevó una mano al estómago, riendo con tanta fuerza que se le saltaron unas pequeñas lágrimas.
—¡Se los dije! ¡Nadie le cree cuando dice que está tranquilo! Hasta cuando era pequeño, mi madre pensaba que le había hecho algo malo solo por verlo así.
—No exageres tanto… —murmuró Durgan, aunque se le notaba que ya estaba acostumbrado a sus bromas.
—¡Y apuesto a que incluso cuando naciste tenías esa misma expresión! —siguió su hermana sin darle tregua—. Seguro que saliste mirando a todos con ese ceño fruncido.
Durgan cerró los ojos con calma, como si estuviera pidiendo paciencia a los antepasados.
—Empiezo a pensar que cometí un error al venir aquí contigo. Me habría ido mejor en la montaña, solo con las piedras.
Las tres mujeres estallaron nuevamente en carcajadas, y hasta el propio Durgan terminó soltando una pequeña sonrisa que intentó ocultar de inmediato.
No muy lejos de allí, junto a una de las columnas de piedra que sostenían el pórtico, Garoum y el Director Cassien observaban con evidente interés la enorme complexión de Grokhar, quien se mantenía de pie con cuidado para no chocar contra nada, como si midiera cada movimiento.
—Dime, Grokhar —preguntó Garoum con tono amable—, ¿hasta qué peso puedes levantar sin que te cueste demasiado?
El ogro se rascó la nuca con una mano enorme, sin saber muy bien qué responder.
—Nunca lo he medido con números… —admitió con su voz grave y profunda, que hacía vibrar un poco el aire a su alrededor—. En mi aldea, si había que mover una roca para construir una casa, o levantar un tronco caído, yo lo hacía. Nadie me dijo cuánto pesaba.
Cassien sonrió con complicidad.
—Eso significa que probablemente sea más de lo que cualquier balanza podría registrar aquí.
—Mi padre siempre decía —añadió Grokhar con orgullo— que si una roca no se mueve a la primera, es porque no has empujado con suficiente fuerza.
Garoum soltó una carcajada abierta y sincera.
—¡Esa es una filosofía que me gusta! Directa y clara.
—Pero Lady Anna me dijo que antes de empujar hay que pensar un poco —añadió el ogro de inmediato, bajando un poco la mirada—. Que si empujo demasiado fuerte sin saber, puedo derribar toda la pared en lugar de mover solo la piedra.
—Y tiene toda la razón —confirmó el director con una sonrisa—. La fuerza es una herramienta, no un fin en sí mismo.
Grokhar asintió con total seriedad, abriendo los ojos como si acabara de entender algo muy importante.
—Sí. Todavía estoy aprendiendo esa parte. Pensar antes de actuar.
Los tres terminaron riendo, con una complicidad que nacía de la sencillez y la buena voluntad.
Mientras tanto, Maelys caminaba junto a Rhaegar y Marien, recorriendo los senderos de grava que rodeaban el patio. La joven demonio no paraba de hablar, contando anécdotas, historias de la Rosa Blanca y todo lo que habían vivido desde que llegaron allí.
—¡Y luego Anna se puso a intentar cocinar y casi quemó la cocina entera! —explicaba con entusiasmo—. Dijo que era fácil, pero terminamos pidiendo comida a los vecinos.
Marien, sin embargo, apenas escuchaba las palabras. Tenía la mirada fija en otra cosa: primero en las grandes orejas del hombre bestia, luego en su cola, y volvía a las orejas una y otra vez, con una curiosidad inocente y fascinada.
Rhaegar, que tenía los sentidos mucho más agudos que los demás, notó aquella atención constante casi al instante. Giró ligeramente la cabeza hacia ella.
—¿Ocurre algo? —preguntó con su voz tranquila y grave.
Marien dio un pequeño salto en su sitio, sonrojándose de inmediato por haber sido descubierta.
—¡Perdón! No quería mirar de esa forma… —bajó un poco la cabeza, avergonzada—. Es solo que… nunca había conocido a un hombre bestia en persona. Solo había leído sobre ellos en los libros.
Rhaegar ladeó ligeramente la cabeza, y sus orejas se movieron suavemente hacia adelante.
—¿De verdad? ¿Ninguno había pasado por aquí?
—Nunca —respondió Marien con entusiasmo, olvidando por un momento la timidez—. Siempre tuve mucha curiosidad. ¿Es cierto que sus orejas se mueven solas cuando escuchan algo? ¿Pueden girar en todas direcciones?
Como si quisiera responderle sin palabras, las orejas de Rhaegar giraron suavemente hacia un lado, luego hacia el otro, y finalmente se inclinaron hacia ella, como si quisieran captar cada palabra que decía.
Marien abrió mucho los ojos, sorprendida y encantada.
—¡Se movieron! ¡De verdad se mueven solas!
Maelys soltó una risa alegre, recordando su propia reacción la primera vez que lo había visto.
—Es la misma cara que puse yo hace unos meses. Quería preguntarle todo al mismo tiempo.
Rhaegar dejó escapar un pequeño suspiro resignado, pero en sus ojos se notaba que no le molestaba en absoluto.
—Supongo que tendré que acostumbrarme. Al menos en esta Academia, no seré el único que despierte curiosidad.
Bajo la sombra fresca de un gran roble que dominaba el centro del patio, Anna y Lysandra compartían una mesa de piedra pulida, y entre ellas se encontraba Seraphina. Sobre la mesa descansaban tres tazas de porcelana fina con té caliente, que desprendía un aroma suave y relajante.
La joven lamia sostenía la suya con ambas manos, con cuidado de no derramar ni una gota. Su larga cola de escamas blancas nacaradas permanecía cuidadosamente enrollada alrededor de las patas del banco de piedra, como si quisiera ocupar el menor espacio posible, ocultándose un poco de la vista de los demás. Su postura era recta pero tensa, y cada vez que miraba a su alrededor lo hacía con cautela, como si esperara que alguien la señalara o le lanzara una mirada de desaprobación.
No era para menos: a su lado estaban sentadas dos de las mujeres más reconocidas, respetadas y temidas en todo el continente.
Anna D’Valrienne, la antigua tirana que había cambiado el rumbo de su destino, la mujer que había creado un refugio donde nadie más se atrevía y que ahora era la mano derecha del Imperio.
Y Lysandra Solis, la Heroína de la Iglesia, aquella que había luchado contra las fuerzas oscuras durante años, símbolo de justicia y fe para millones de personas.
Estar entre ambas era como estar frente a dos leyendas vivas, y Seraphina sentía que no tenía nada que hacer allí, que era demasiado pequeña y desconocida para sentarse a su altura.
Anna bebió un pequeño sorbo de té antes de sonreírle con calma, intentando que se sintiera más cómoda.
—¿Cómo te sientes hasta ahora? —le preguntó con suavidad, sin presionarla.
Seraphina tardó unos segundos en responder. Primero miró a Anna, luego desvió la mirada hacia Lysandra, y finalmente bajó la vista hacia el líquido de su taza, girándola lentamente entre sus manos.
—¿Puedo… ser completamente sincera? —preguntó con voz suave, casi un susurro.
—Claro que sí —respondió Anna al instante—. Aquí no hay juicios, solo palabras.
La lamia respiró hondo, llenando los pulmones de aire fresco para reunir valor.
—La verdad es que… pensé muchas veces en no venir. Incluso en el último momento, en el carruaje, tuve ganas de dar media vuelta y volver a mi casa en las montañas.
Hubo un breve silencio, y ambas mujeres la escucharon con total atención, sin interrumpirla.
—¿Por qué? —preguntó Lysandra con voz tranquila y serena, sin rastro de autoridad.
Seraphina acarició distraídamente con una yema de dedo una de sus escamas, brillantes y frías al tacto.
—Porque… —levantó la mirada un instante para ver su propia cola, que ocupaba casi todo el espacio bajo la mesa— …no encajo en ningún sitio que esté hecho para los demás. Todos tienen piernas para caminar, para subir escaleras, para sentarse en sillas normales. Yo no. Tengo que arrastrarme, tengo que buscar lugares donde mi cola quepa, tengo que tener cuidado de no romper nada o golpear a alguien sin querer. Pensé que, al final, solo sería una molestia para todos. Que tendrían que hacer todo especial para mí, y nadie quiere cargar con una carga extra.
Hizo una pequeña sonrisa triste, llena de inseguridad.
—Además… —continuó, y su voz se volvió aún más baja, como si temiera decirlo en voz alta— …sinceramente, cuando me dijeron que las dos vendrían a recibirme, las dos me daban mucho miedo.
El silencio se hizo absoluto en aquel rincón del patio.
Seraphina abrió mucho los ojos, se llevó ambas manos a la boca y su rostro se tiñó de un rojo intenso, desde el cuello hasta las mejillas.
—¡A-Ah! ¡Lo dije en voz alta! —exclamó aterrorizada, mirando primero a Anna y luego a Lysandra con pánico— ¡Perdón! ¡No quise decirlo de esa forma! ¡Yo…! ¡Es que cuando me pongo muy nerviosa se me van las palabras y digo exactamente lo que pienso sin querer! ¡No es que quiera ofenderlas ni nada!
Se quedó en silencio, esperando cualquier reacción, cualquier gesto de enfado o desaprobación. Pero en lugar de eso…
Anna fue la primera en soltar una risa suave y cálida, que no tenía nada de burla.
Lysandra la siguió casi al instante, soltando una risa más contenida pero igual de sincera, relajando por completo su postura seria.
Seraphina las observó completamente confundida, parpadeando sin entender.
—¿N-No están… enojadas?
Anna negó con la cabeza entre pequeñas risas.
—Para nada. Al contrario, me parece muy valiente que lo digas con tanta sinceridad.
Lysandra sonrió con una calidez inesperada, alejando por completo esa imagen de heroína imponente que todos conocían.
—Y además, se nota perfectamente que no estabas intentando faltarnos al respeto. Solo decías lo que sentías. Si hubieras querido insultarnos, habrías buscado palabras mucho más elaboradas.
Seraphina parpadeó varias veces, como si no pudiera creer que no la habían regañado. Luego dejó escapar un largo suspiro, que pareció sacarle todo el peso de encima.
—¿De verdad? —preguntó aún con cierta duda.
—Claro que sí —respondió Anna, inclinándose un poco hacia adelante con amabilidad—. Y te diré algo: yo también le tuve mucho miedo a ella la primera vez que la vi. Pensé que venía a arrestarme o a juzgarme por todo lo que había hecho en el pasado.
Señaló a Lysandra con una sonrisa traviesa.
La heroína asintió, divirtiéndose con el recuerdo.
—Y yo pensé que Lady Anna, en cuanto bajara la guardia, me echaría del carruaje por la ventana antes de llegar a la capital. Teníamos más miedo la una de la otra de lo que tú podrías imaginar.
Las tres terminaron riendo, y aquel sonido rompió la tensión que había rodeado a Seraphina desde que había llegado.
Por primera vez en mucho tiempo, la joven lamia sintió que podía relajar los hombros, que podía dejar de enrollar su cola con tanto cuidado como si fuera un defecto que debía ocultar.
Miró a su alrededor, vio a los demás hablando, riendo y conviviendo sin importar su aspecto, y volvió a mirar a las dos mujeres frente a ella: dos leyendas que, en ese momento, parecían simplemente dos personas que escuchaban, entendían y acogían.
Quizá…
Solo quizá…
Aquel lugar, que le parecía inmenso, frío y ajeno al principio, realmente podía convertirse en un hogar donde no tuviera que sentirse fuera de lugar.
En la gran puerta de entrada principal al Imperio Valtheris, donde las murallas de piedra blanca se alzaban imponentes y las banderas imperiales con el águila dorada ondeaban con fuerza bajo el viento, el ambiente era ordenado y solemne. Estaban recibiendo a los últimos emisarios y delegaciones que llegaban para asistir a la celebración del cumpleaños de la Emperatriz Seleneia.
Allí, bajo el arco más alto y ornamentado, esperaban Lyssandra Valtheris, comandante Suprema del Ejército Imperial e hija mayor del Emperador, y a su lado Adrian Valtheris, el hijo menor, heredero oficial al trono y futuro gobernante de todo el Imperio. Junto a ellos, en silencio pero con una postura firme y vigilante, permanecía Sylwen, la guardia personal de Lady Anna D’Valrienne.
Sylwen recorría con la mirada cada carruaje que entraba, pero su atención se desviaba constantemente hacia el camino que venía desde el sur: esperaba la llegada de su propia madre, que viajaba junto a Demian y Selene tras haber revisado los últimos asuntos y leyes de la nueva ciudad de La Rosa Blanca.
Mientras aguardaban, Adrian aprovechó para entablar una conversación más tranquila, ya que era la primera vez que hablaban con calma.
—Por fin tenemos un momento sin tanta prisa —comentó con una sonrisa amable, aunque con la seriedad propia de quien lleva el peso de ser el heredero—. Sylwen, ¿verdad? Sé que estás al servicio directo de Lady Anna. Dime con total sinceridad: ¿qué opinas de ella?
Sylwen tardó unos instantes en organizar sus ideas, buscando ser lo más honesta posible.
—Es difícil de explicar —respondió con franqueza—. Todavía no logro entenderla del todo. Es una persona muy… extraña. Un día parece no tener ninguna preocupación en el mundo, y al siguiente toma decisiones que cambian el rumbo de todo un territorio. Se queja de los papeles, las reglas y las formalidades, pero es capaz de estructurar un sistema de leyes justo y funcional en cuestión de semanas. Nunca sé qué esperar de ella ni cómo piensa realmente.
Lyssandra y Adrian soltaron una risa suave y cómplice, como si aquellas palabras les resultaran muy familiares.
—Te entiendo perfectamente —dijo Lyssandra, negando con la cabeza—. Nosotros llevamos mucho más tiempo tratándola y seguimos pensando lo mismo. Es la persona más impredecible que hemos conocido en años.
—Pero a pesar de todo —añadió Adrian con voz tranquila y firme, como quien habla desde la experiencia—, ninguno de los dos cree que sea alguien malintencionado. Al contrario: aunque sus métodos no sigan los caminos habituales, todo lo que hace termina beneficiando a quienes están a su alrededor y a la estabilidad del Imperio.
Sylwen asintió lentamente, confirmando lo que ya había comprobado por sí misma.
—Es verdad. Esa es la parte que más me confunde. Por más que intento encontrar respuestas claras sobre quién es ella realmente, cada vez que creo tener una idea, aparece algo nuevo que me hace tener aún más preguntas. Pero sí… estoy segura de que no es mala. Eso lo tengo más que claro.
Estaban en medio de esa charla cuando el sonido de cascos de caballos y ruedas sobre el camino de piedra interrumpió el momento. Un carruaje lujoso, pintado de tonos oscuros con adornos de plata pulida, se acercó a la entrada. En sus laterales lucía un escudo con la figura de un sol atravesado por una espada: el emblema del Imperio de Solvaria.
En cuanto lo vieron, la sonrisa desapareció por completo de los rostros de Lyssandra y Adrian. Ambos fruncieron el ceño al instante, reconociendo de inmediato aquella insignia.
—No esperaba que enviaran a nadie —murmuró Adrian con voz baja y tono de claro disgusto—. Y menos a él.
—Conocemos bien sus costumbres y sus creencias —añadió Lyssandra con frialdad—. Nada bueno suele venir de ese lugar.
El carruaje se detuvo y descendió un hombre vestido con ropas excesivamente lujosas, bordadas con hilos dorados y piedras preciosas que parecían querer impresionar más que protegerlo. Tenía el cabello peinado con esmero, una expresión de altanería permanente y una mirada que recorría todo a su alrededor con evidente desdén. Se trataba del Conde Valerius, enviado oficial del Imperio de Solvaria.
Caminó directamente hacia Lyssandra y Adrian, ignorando por completo la presencia de Sylwen a su lado, como si fuera un mueble o algo sin valor.
—Comandante, Príncipe Heredero —saludó con una voz que sonaba más a exigencia que a cortesía—. He llegado tal como se nos indicó. Espero que todo esté preparado para recibirnos con la dignidad que corresponde a nuestro Imperio.
Su actitud era la de un hombre arrogante y narcisista de manual, convencido de que su origen y su posición lo hacían superior a cualquier otra persona.
Adrian respondió con la compostura y la frialdad que exigía la diplomacia, mordiéndose la lengua para no decir lo que realmente pensaba.
—Todo está dispuesto. Se les ha asignado las dependencias correspondientes. Pueden pasar.
Fue entonces cuando el conde desvió la mirada por casualidad y sus ojos se posaron en Sylwen. La observó de arriba abajo con una expresión de asco tan marcada que no necesitó palabras para dejar ver su rechazo.
—¿Y esto? —preguntó con tono desdeñoso—. No sabía que el Imperio Valtheris permitía que salvajes y desperdicios de los bosques anduvieran sueltos por sus puertas principales. ¿Es que ya no tienen suficientes personas de “verdadera cuna” para elegir a sus guardias?
Las palabras cayeron como una chispa sobre hierba seca. Sylwen sintió cómo su sangre se calentaba al instante, sus manos se cerraron en puños a los costados y sus ojos se entrecerraron llenos de ira. Estaba a punto de dar un paso al frente para responder como se merecía, cuando sintió una mano firme pero suave sobre su hombro.
Era Lyssandra, que le habló en voz muy baja, solo para que ella pudiera escuchar:
—No lo hagas. Si le pones una sola mano encima, lo usará como excusa para crear un conflicto diplomático. Y recuerda: tú eres la guardia personal de Anna. Cualquier problema que surja aquí pondría en riesgo su posición, su reputación y todo lo que ha construido. No le des esa satisfacción.
Sylwen apretó los dientes con fuerza, pero respiró hondo y obligó a sus músculos a relajarse. Tenía toda la razón: no podía actuar por impulso, por más ganas que tuviera de romperle la nariz.
Adrian dio entonces un paso al frente, y aunque mantuvo la cortesía necesaria, en su voz se notaba claramente la autoridad de quien será el futuro emperador y una advertencia seria.
—Le ruego que modere sus palabras y no insulte a nadie que esté bajo mi protección y la de mi familia. Esta joven pertenece al círculo más cercano de Lady Anna D’Valrienne, quien en estos momentos es la mano derecha de mi padre el Emperador y la persona de mayor confianza e influencia en todo el territorio. Estoy seguro de que usted no querrá enemistarse con alguien con tanto peso y respaldo, ¿verdad?
El Conde Valerius era arrogante, pero no estúpido. Sabía calcular muy bien a quién podía ofender y a quién no. Al escuchar el nombre de Anna y saber que contaba con el respaldo de la familia imperial, su expresión cambió ligeramente: no quería meterse en problemas que pudieran perjudicar sus propios intereses.
Aun así, no pudo evitar lanzar una última mirada llena de desprecio hacia Sylwen antes de dar media vuelta y marcharse hacia el interior del palacio, murmurando algo entre dientes que nadie quiso escuchar.
En cuanto se alejó lo suficiente, todos soltaron el aire que habían estado conteniendo. Sylwen todavía tenía la mirada fija en su espalda, con los músculos en tensión.
—¿Quién es ese desgraciado? —preguntó con voz contenida, queriendo entender qué clase de persona se atrevía a hablar así.
Adrian negó con la cabeza, visiblemente disgustado.
—Es el representante del Imperio de Solvaria. Allí sus leyes son totalmente contrarias a las nuestras: la esclavitud es legal y está permitida, especialmente con personas de razas que ellos consideran “inferiores”. Siguen la corriente más antigua y extremista de la Iglesia, que defiende la superioridad absoluta de unos sobre otros y cree que todo lo que no se ajusta a sus reglas debe ser sometido o eliminado.
Lyssandra cruzó los brazos, mirando con desagrado en la dirección por donde se había ido el conde.
—Son el tipo de enemigos que Anna tendrá que enfrentar tarde o temprano, ya que lo que ella representa va totalmente en contra de todo lo que ellos defienden. Por eso, por ahora, lo mejor que podemos hacer es mantener la calma. Si nos dejamos llevar por la ira, solo les daremos argumentos para atacar.
Sylwen apretó los puños una vez más, pero asintió con decisión.
—Entiendo. Pero que no se cruce en mi camino de nuevo, porque no prometo aguantar tanto tiempo.
Adrian soltó una pequeña risa cargada de amargura.
—No te preocupes. No eres la única que tiene ganas de ponerlo en su sitio. Si no fuera por las reglas de la diplomacia, ya habría sido echado de aquí a patadas.
Justo en ese momento, desde el camino que venía del sur apareció la figura de tres carruajes elegantes, acompañados por una escolta de caballeros bien armados. En sus banderas brillaba el emblema de la Rosa Blanca.
Sylwen enderezó la espalda al instante, y su expresión se relajó por completo.
—Al fin llegan —dijo con alivio—. Ahí vienen mi madre, Demian y Selene.
Y con ellos, sabía que pronto llegarían también las novedades sobre la nueva ciudad, y quizás un poco más de claridad sobre la persona que todos seguían tratando de entender.
El sonido de los cascos de los caballos y el chirrido de las ruedas sobre la piedra se fue haciendo más fuerte hasta que tres carruajes se detuvieron justo frente a la puerta principal. Los caballeros de escolta desmontaron con agilidad y se colocaron en posición de guardia, mientras el conductor del primer vehículo bajaba rápidamente para abrir la puerta y colocar la escalerilla.
Sylwen dio un paso al frente con la intención de ir a recibir a su madre de inmediato, pero de repente se detuvo en seco, con los ojos muy abiertos y la boca entreabierta.
Había bajado primero Demian D’Valrienne. Se ajustó el abrigo con movimientos habituales, pero cuando se giró para ofrecer la mano y ayudar a bajar a Lythariel Aelthir, todo cambió.
La forma en que la miró, la forma en que sostuvo su mano con más suavidad y cuidado del que jamás le había visto usar con nadie, la forma en que se inclinó ligeramente para escucharla cuando ella le hablaba… incluso la expresión en su rostro, que ya no era la de siempre, ni la de nerviosismo de antes, sino algo mucho más cálido, más cercano. Y por su parte, Lythariel respondía con una sonrisa tranquila, hablaba con él sin ninguna distancia, como si estuviera hablando con alguien que conocía de toda la vida y en quien confiaba plenamente.
“¿Qué… qué es esto?”, pensó Sylwen, sin poder apartar la vista. “¿Se dan cuenta ellos mismos? ¿No ven que hay algo diferente, algo que no estaba ahí hace unos meses?”
Estaba a punto de dar otro paso, con la intención de preguntar directamente, cuando sintió una mano en su brazo. Se giró y vio a Selene, que había bajado del segundo carruaje y se había acercado sin hacer ruido, con una sonrisa de complicidad y un brillo en los ojos que lo decía todo.
—No digas nada todavía —le susurró con calma—. Si lo haces ahora, solo vas a asustarlos y a arruinar todo lo que se está formando poco a poco. Déjalos que sigan así sin darse cuenta, es mucho mejor así.
Detrás de ella, los dos soldados elfos que formaban parte de la escolta asintieron con la cabeza, con expresiones que iban desde la diversión hasta la resignación.
Sylwen los miró a todos, confundida y con una mezcla de sorpresa y curiosidad.
—¿Desde cuándo está pasando esto? —preguntó en voz baja, señalando con la mirada hacia donde estaban Demian y Lythariel.
Uno de los soldados, que conocía a ambos desde hacía años, respondió con una media sonrisa:
—Si me lo preguntas a mí… probablemente empezó mucho antes de que ninguno de los dos se diera cuenta. Llevan años actuando así sin querer, solo que ahora ya no lo pueden ocultar ni siquiera ante los demás.
En ese momento, Adrian y Lyssandra se acercaron también, y cada uno puso una mano sobre un hombro de Sylwen con un aire de quien ya lo sabía todo y no tenía esperanzas de cambiar nada.
—Mejor ve haciéndote a la idea —dijo Adrian con tono de broma, intentando sonar serio—. Ya no hay vuelta atrás.
—Exacto —añadió Lyssandra, conteniendo la risa—. Resígnate, Sylwen. Cuando estas dos cosas empiezan, no hay quien las detenga.
Sylwen se giró hacia ellos con los ojos muy abiertos, sintiéndose traicionada por todos.
—¡¿Ustedes también lo sabían?! —les gritó en voz baja pero llena de indignación— ¡Están todos confabulados contra mí! ¡Nadie me dijo nada!
Pero justo en ese momento, Lythariel se giró, habiendo escuchado su nombre y el tono de voz, y se acercó con curiosidad.
—¿Sylwen? —preguntó con su voz suave y tranquila— ¿Te pasa algo? ¿Por qué gritas así?
Sylwen se quedó paralizada por un segundo, y en lugar de responder con claridad, actuó como una niña que reclama algo sin saber muy bien cómo explicarlo, señalando primero a su madre, luego a Demian y moviendo las manos sin saber qué decir exactamente.
—¡Tú… y él…! —balbuceó, roja de la frustración— ¡No se dan cuenta de nada! ¡Los dos caminan como si nada, hablan como si nada, pero hay algo que está ahí y ustedes no lo ven! ¡Es imposible que no lo noten!
Demian, que también se había acercado, frunció el ceño con total confusión.
—¿De qué estás hablando, Sylwen? ¿Qué es lo que no vemos? ¿Pasa algo malo?
Lythariel también la miró con extrañeza, sin entender nada de lo que decía su hija.
—¿Algo entre nosotros? —repitió, sonriendo con inocencia— Solo somos amigos de hace mucho tiempo, ¿verdad, Demian?
Demian asintió con la misma naturalidad, sin cambiar ni un ápice de su expresión.
—Claro que sí. ¿Qué otra cosa iba a ser?
Sylwen se llevó las manos a la cara, desesperada, mientras a su alrededor todos los presentes —Selene, los soldados, Adrian, Lyssandra— tenían que aguantar la risa con todas sus fuerzas, algunos incluso con lágrimas en los ojos por el esfuerzo.
“¡Son ciegos!”, pensó Sylwen. “¡Los dos son ciegos y el resto lo sabe y se calla! ¡Esto no tiene remedio!”
El silencio en la habitación de Lysandra era profundo. Había dejado su armadura pulida y reluciente apoyada en un rincón, junto con su capa bordada con el emblema de la Iglesia de la Luminaria Eterna. Ahora, vestida solo con una túnica cómoda y ligera, se dejó caer en una silla cerca de la ventana, soltando un suspiro largo y pesado que parecía llevar consigo toda la confusión del día.
—No lo entiendo… —murmuró para sí misma, pasándose una mano por el rostro—. Cada vez que creo tener una idea clara de quién es Anna D’Valrienne, hace algo que lo cambia todo. ¿Es una amenaza? ¿Es una aliada? ¿O simplemente es alguien que no encaja en ninguna de las reglas que nos enseñaron?
Estaba sumida en sus pensamientos, revisando mentalmente todo lo que había visto y escuchado en las últimas horas, cuando una voz tranquila pero firme rompió el silencio de golpe.
—Parece que tienes muchas dudas, Lysandra.
Ella se puso de pie de un salto, llevando la mano instintivamente hacia la empuñadura de su espada, pero se detuvo al ver quién estaba allí.
En el borde de la ventana, con una postura relajada y tranquila como si estuviera sentado en un trono y no en un alféizar a varios metros de altura, se encontraba Kaelen Voss, otro de los Héroes de la Iglesia, con el mismo rango y reconocimiento que ella. Vestía ropas sencillas pero de calidad, y en su pecho brillaba el mismo símbolo sagrado que marcaba su condición de elegido.
—¿Tú? —preguntó Lysandra, recuperando la compostura pero sin ocultar su sorpresa—. ¿Cómo has entrado aquí sin que te vieran?
—Es lo que hacemos —respondió él con media sonrisa, bajando de un salto con agilidad y cerrando suavemente la ventana tras él—. Pero no he venido de visita. He venido a recordarte cuál es tu verdadero propósito aquí.
Se acercó un paso, mirándola fijamente a los ojos.
—Se supone que llegaste a este lugar para investigar qué está haciendo Anna D’Valrienne. Para averiguar si sus acciones van en contra de la voluntad de la Diosa y de las enseñanzas de nuestra fe. Sin embargo, lo único que veo es que te acercas a ella, que la escuchas, que incluso convives con ella como si fuera alguien digno de confianza. ¿Se te ha olvidado por qué estás aquí?
Lysandra apretó los labios, pero respondió con calma, aunque con firmeza:
—No me he olvidado de nada. Estoy haciendo exactamente lo que me ordenaron: observar de cerca lo que es capaz de hacer, sin dejarme llevar por rumores ni juicios apresurados. Solo así podré saber si lo que hace es peligroso o no.
Kaelen negó con la cabeza, con una expresión que mezclaba decepción y advertencia.
—No te confundas, Lysandra. No te dejes engañar por palabras bonitas ni por cambios aparentes. ¿Se te ha olvidado quién fue antes esta mujer? ¿La crueldad con la que gobernó sus tierras, el daño que causó y el poder que acumuló? Y ahora mira lo que hace: va directamente contra todo lo que nos enseñaron.
Su voz se volvió más grave y autoritaria.
—Desde hace siglos, la Iglesia enseña que la Diosa otorgó a la humanidad el deber de guiar este mundo. Las demás razas tienen su lugar, pero no uno de igualdad con los hombres.camino, no para convivir en igualdad. Y ella no solo las trata como iguales: las acoge, les da derechos, les enseña a vivir entre nosotros y ahora incluso las trae al corazón del Imperio. Eso no es un cambio, es una blasfemia contra nuestras enseñanzas.
Se acercó más, bajando un poco el tono pero sin perder la severidad.
—Si la Iglesia determina que sus acciones son una amenaza para la fe y para el orden establecido, entonces tú serás la encargada de ponerle fin. O bien la detienes tú misma, o la llevas ante el Consejo Sagrado para ser juzgada y condenada. No olvides tu juramento, Lysandra. Tu lealtad es primero a la Diosa y a la Iglesia, no a una mujer que cambia de máscara según le convenga.
Lysandra lo escuchó en silencio, sintiendo cómo la confusión que ya tenía se hacía aún más pesada en su interior. Sabía que las palabras de Kaelen eran las mismas que había escuchado toda su vida, las reglas que le habían enseñado desde niña… pero al mismo tiempo, en su mente aparecían las imágenes de lo que había visto: los jóvenes de distintas razas hablando y riendo sin miedo, Seraphina confiando en ella, la forma en que Anna defendía a los más débiles.
—No lo he olvidado —respondió finalmente, con voz firme pero vacilante—. Pero tampoco voy a juzgar sin conocer toda la verdad.
Kaelen la miró un momento más, como si quisiera asegurarse de que sus palabras habían calado, antes de retroceder hacia la ventana.
—Haz lo que debas hacer, pero recuerda: cuando llegue el momento, no habrá lugar para dudas. Si te dejas llevar por lo que ves en la superficie, podrías traicionar todo aquello por lo que hemos luchado.
Y sin esperar respuesta, saltó de nuevo hacia la oscuridad de la noche, desapareciendo tan rápido como había aparecido.
Lysandra se quedó sola de nuevo, pero esta vez el silencio ya no era solo confusión: ahora tenía también el peso de una orden que, tarde o temprano, tendría que cumplir.
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