Me duró tres descansos este, ¡pero el lobo ganando la discusión porque no tiene manos valió cada uno! jaja
Capítulo 66: piso 4 (3)
Al pasar el tiempo, entreno.
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Me duró tres descansos este, ¡pero el lobo ganando la discusión porque no tiene manos valió cada uno! jaja
Contenido de la publicación
Al pasar el tiempo, entreno.
Y vuelvo a entrenar.
No existe el amanecer dentro del espacio blanco.
Tampoco hay una noche que anuncie cuándo debería descansar.
La luz nunca cambia.
No hay sombras.
No hay un sol sobre mi cabeza ni estrellas que me permitan contar los días. Al principio utilizo el sistema para medir las horas. Después empiezo a marcar ciclos con la cantidad de veces que completo una rutina.
Mil cortes verticales.
Mil horizontales.
Mil estocadas.
Diez recorridos completos de Flujo del universo.
Combate contra el Lobo del bosque hasta agotar mi Resistencia.
Descanso.
Repetir.
No siento hambre.
No siento sed.
Mi cuerpo tampoco necesita dormir, aunque la mente sí requiere pausas. Cuando noto que mis movimientos comienzan a repetirse sin intención, me siento junto a la espada y permanezco en silencio.
El Lobo del bosque no descansa conmigo al principio.
Camina.
Da vueltas alrededor del espacio que utilizamos para entrenar, aunque no existe ningún límite visible.
Se aleja hasta convertirse en un pequeño punto verde dentro de la blancura y después regresa.
Nunca encuentra nada.
El lugar no tiene final.
Tampoco un centro.
Solo existimos nosotros.
Durante los primeros meses, el lobo se comporta como siempre.
Ataca cuando se lo ordeno.
Se detiene cuando levanto la mano.
Utiliza Paso de raíces para cambiar de dirección y Mordida de savia cuando permito que alcance la espada.
No habla demasiado.
Sus pensamientos llegan a mí como intenciones simples.
Atacar.
Esperar.
Dolor.
Otra vez.
Con el tiempo, eso cambia.
No sé en qué momento exacto ocurre.
Tal vez después de repetir el mismo combate diez mil veces.
Tal vez porque lleva demasiado tiempo manifestado fuera de la espada.
La recuperación aumentada de Resistencia permite mantenerlo durante periodos que antes habrían sido imposibles. Cada hora consume parte de mí, pero el piso devuelve la energía con suficiente velocidad para equilibrar el gasto cuando no utilizo otras habilidades.
El lobo empieza a recordar.
No solo los últimos movimientos.
Días completos.
Después semanas.
Una vez, cambio la dirección de un corte que utilizaba siempre para sorprenderlo.
El lobo no intenta bloquearlo.
Salta antes de que empiece.
-Aprendiste -digo.
Me mira desde varios metros.
-Repetías.
Su voz dentro de mi cabeza es más clara que antes.
Ya no es una sensación convertida en palabra.
Es una respuesta.
-Vos también repetías.
-Yo cambié.
-Eso significa aprender.
El lobo se sienta.
Sus patas delanteras están cubiertas de raíces nuevas. Las zonas dañadas durante la batalla contra Avarn ya no parecen heridas abiertas. La corteza creció sobre ellas, más oscura que el resto de su cuerpo.
-Aprender -repite.
Inclina la cabeza.
-¿Es crecer?
-A veces.
-Las raíces crecen.
-Sí.
-Los árboles también.
-Sí.
-Entonces aprender es bosque.
No sé cómo responder.
El lobo parece satisfecho con su conclusión y vuelve a atacarme.
Los meses se acumulan.
El silencio deja de sentirse vacío.
La presencia del lobo ocupa una parte.
El sonido de sus garras sobre el suelo invisible.
El crujido de la madera que forma su cuerpo.
Las hojas que caen de su lomo y desaparecen antes de tocar el blanco.
También empieza a hacer preguntas.
Al principio son sencillas.
-¿Por qué la espada corta?
-Porque tiene filo.
-La rama también puede tener filo.
-Sí.
-Entonces una rama es espada.
-Puede convertirse en una.
Piensa durante varios segundos.
-¿La espada puede convertirse en rama?
Miro la Espada del bosque.
-Esta sí.
Otro día pregunta por el dolor.
Después por la muerte.
Después por qué sigo entrenando una técnica cuando ya puedo realizarla correctamente.
-Porque hacer algo bien una vez no significa dominarlo.
-¿Dominar es no equivocarse?
-No.
-Entonces, ¿qué es?
Observo el espacio blanco.
-Equivocarse de tantas formas que ya sabés cómo continuar después de cada error.
El lobo permanece inmóvil.
-Vos te equivocaste mucho.
-Muchísimo.
-Entonces sos maestro.
-El sistema piensa lo mismo.
No entiende la ironía.
O quizá sí, porque su cola golpea el suelo una vez.
La conversación más larga ocurre después de varios meses.
Estoy sentado con la Espada del bosque apoyada sobre las piernas. El lobo se encuentra frente a mí. Entre sus garras creció una pequeña raíz.
No sé cómo.
No hay tierra.
La raíz no está conectada a ningún lugar. Nace directamente de su pata, se extiende sobre el suelo blanco y termina formando un brote con dos hojas.
Es lo primero que aparece en este lugar que no pertenece a mi inventario ni al sistema.
El lobo lo observa.
Yo también.
-¿Qué es el bosque para vos? -pregunto.
Tarda mucho en responder.
Sus ojos verdes permanecen sobre el pequeño brote.
-Es mi significado.
La respuesta ya no llega como una palabra aislada.
Tiene ritmo.
Duda.
Una intención propia detrás.
-Mi esencia -continúa-. No sabría explicarlo exactamente.
Después de tantos meses conviviendo, podemos mantener conversaciones de este tipo.
No siempre correctas.
No siempre completas.
Pero conversaciones.
-¿El bosque es un lugar?
-Sí.
-¿Solo eso?
El lobo mira alrededor.
El blanco continúa extendiéndose hasta donde alcanza la vista.
-No.
-Entonces, ¿qué más?
Las ramas que forman su cuello se mueven cuando inclina la cabeza.
-Es donde las cosas no están solas.
La respuesta me sorprende.
El lobo levanta una pata y la coloca junto al brote.
-Árbol.
Después señala su propio cuerpo con el hocico.
-Raíz.
Mueve una oreja hacia mí.
-Lobo.
Finalmente mira la espada.
-Espada.
-¿Todo eso forma el bosque?
-Sí.
-¿Y una roca?
-También.
-¿Un río?
-También.
-¿Una persona?
El lobo me mira.
-Si se queda.
La palabra permanece entre nosotros.
Quedarse.
Durante siglos, yo nunca permanecí en ningún sitio.
Me movía de batalla en batalla.
De una ciudad destruida a otra.
Dormía donde podía y partía antes de que el suelo se enfriara.
Incluso cuando tenía compañeros, una parte de mí ya estaba preparada para abandonarlos.
No por crueldad.
Por costumbre.
Todos terminaban desapareciendo.
Era más sencillo no echar raíces.
-Entonces yo no sería parte del bosque -digo.
El lobo se aproxima.
Apoya la cabeza contra mi hombro.
Su corteza es dura.
Las hojas rozan mi mejilla.
-Vos sos manada.
No dice bosque.
No necesita hacerlo.
Mi mano se apoya sobre su cabeza.
-¿Cuál es la diferencia?
-El bosque puede existir sin mí.
Piensa.
-La manada no.
El pequeño brote se abre un poco más.
Continúo entrenando el segundo estilo.
En mi vida anterior lo utilicé muchas veces, pero nunca lo convertí en una técnica completa.
Era una respuesta nacida durante batallas donde no podía retroceder.
Cuando el enemigo era demasiado rápido para seguir su ritmo.
Cuando la formación detrás de mí no tenía otro lugar al que escapar.
Cuando moverme significaba abrir una ruta hacia los heridos.
Entonces dejaba de fluir.
Me detenía.
Recibía la tormenta.
Durante años llamé a esa posición Postura contra la tormenta.
No era una habilidad.
Solo un nombre.
Una forma de recordar qué debía hacer.
Ahora intento perfeccionarla.
El lobo ataca desde el frente.
Permanezco quieto.
No utilizo Flujo del universo.
No desvío la fuerza mediante pasos.
La recibo sobre la espada.
El impacto recorre mis brazos.
Mis pies se deslizan.
-Otra vez.
El lobo retrocede.
Ataca desde la derecha.
Bloqueo.
El golpe cambia el ángulo de mi cuerpo.
Pierdo la postura.
-Otra vez.
Ataca desde arriba.
La fuerza me obliga a bajar una rodilla.
-Otra vez.
Durante semanas no avanzo.
Mi cuerpo sabe cómo moverse con un ataque.
No cómo permanecer frente a él.
Flujo del universo convirtió el movimiento en mi defensa principal. Cada golpe podía formar parte de un recorrido mayor.
La segunda forma exige lo contrario.
No debo escapar de la presión.
Debo aceptarla.
Comprenderla.
Permitir que atraviese mi postura sin destruirla.
Al principio intento resistir mediante fuerza.
Fracaso.
Después utilizo Resistencia.
También fracaso.
El lobo no es más fuerte que yo, pero no ataca siempre desde el mismo ángulo. A veces utiliza el cuerpo. Otras, las raíces. En ocasiones muerde la hoja y tira hacia un lado mientras golpea con una pata desde el opuesto.
-No peleás como una tormenta -digo después de caer otra vez.
-¿Cómo pelea una tormenta?
-No decide.
-Yo sí.
-Ese es el problema.
El lobo se sienta.
-Puedo no decidir.
-Eso también sería una decisión.
Piensa.
-Complicado.
-Sí.
Empiezo a utilizar ilusiones simples producidas por la Espada del bosque.
No son verdaderas ilusiones.
Solo proyecciones de raíces y ramas capaces de golpear con una fuerza limitada.
Creo diez.
Después veinte.
Las distribuyo alrededor.
Atacan sin un patrón consciente.
La primera vez recibo cuatro golpes antes de perder la postura.
La segunda, seis.
Después ocho.
No intento bloquear cada ataque.
Eso sería imposible.
En cambio, construyo un espacio alrededor de mi cuerpo.
La espada protege el centro.
Los hombros absorben aquello que no puedo desviar.
Las rodillas mantienen la altura.
Los pies no permanecen clavados. Se ajustan apenas, sin abandonar el lugar.
Un movimiento pequeño.
No un paso.
Una corrección.
Comprendo lentamente que permanecer quieto no significa ser inmóvil.
Un árbol no abandona el suelo.
Aun así, se mueve con el viento.
Las ramas ceden.
El tronco gira.
Las raíces distribuyen la fuerza.
Miro al lobo.
-Bosque.
Levanta la cabeza.
-¿Qué?
-Atacame.
Lo hace.
No bloqueo la mordida de frente.
La espada gira lo suficiente para cambiar el punto de contacto.
La fuerza baja por mis brazos.
Modifico los hombros.
La presión llega a la cadera.
Después a las piernas.
Mis pies no se deslizan.
El lobo intenta tirar.
En lugar de resistirlo únicamente con los brazos, devuelvo la fuerza acumulada desde el suelo.
La hoja avanza.
No es un corte.
Es un empuje breve.
El lobo pierde el equilibrio.
Cae de costado.
Se levanta inmediatamente.
-Otra vez -dice.
Ataca.
Esta vez con raíces.
Recibo tres.
La cuarta intenta rodear mi pierna.
Giro el pie.
La raíz pasa junto a mí.
No abandoné el centro.
El quinto golpe cae desde arriba.
La espada lo recibe.
La fuerza desciende.
La retengo.
El sexto llega desde el frente.
Libero todo.
El corte parte ambas proyecciones.
El suelo blanco vibra.
Una ventana aparece.
[Felicidades.]
[Ha desarrollado una habilidad no registrada.]
[Analizando estructura...]
[Analizando intención...]
[Analizando continuidad con técnicas anteriores...]
El lobo deja de atacar.
Las proyecciones desaparecen.
La ventana permanece frente a mí durante casi un minuto.
[El título Maestro - S ha intervenido en el análisis.]
[La técnica ha sido reconocida.]
[Ha adquirido:]
[Segundo estilo: Postura contra la tormenta - SS]
[Descripción]
[El usuario establece un centro defensivo y recibe ataques sin abandonar un radio de un metro.]
[Los impactos bloqueados o desviados correctamente distribuyen parte de su fuerza por la postura del usuario.]
[La presión acumulada puede liberarse mediante un único contraataque.]
[La potencia almacenada depende de la estabilidad, el ángulo de recepción y la diferencia de fuerza.]
[Ataques abrumadoramente superiores, fuerzas absolutas, daño interno, destrucción del terreno o pérdida de equilibrio pueden romper la postura.]
[La habilidad termina si el usuario abandona voluntariamente el centro establecido.]
[Tiempo de reutilización: 30 minutos.]
La ventana desaparece.
Miro la espada.
Después al lobo.
-Lo logramos.
-Vos.
-Entrenaste conmigo.
-Entonces nosotros.
La corrección me hace sonreír.
Esta vez lo noto.
-Nosotros.
El lobo se aproxima al lugar donde permanecí durante la técnica.
Lo huele.
-Tormenta.
-Sí.
-No parece tormenta.
-Yo soy lo que queda frente a ella.
El lobo piensa.
-Árbol.
-Algo así.
-Entonces también es bosque.
Todo termina siendo bosque para él.
Quizá no esté equivocado.
El primer año termina sin ningún anuncio.
Solo lo sé porque llevo la cuenta.
Trescientos sesenta y cuatro ciclos.
Después otro.
Y otro.
La Torre no confirma el tiempo transcurrido.
No intenta animarme.
Tampoco entrega recompensas por mantener la cordura.
Solo observa.
El lobo continúa cambiando.
Su vocabulario aumenta.
También su capacidad para decidir.
Durante los primeros meses obedecía cualquier orden.
En el segundo año, eso deja de ocurrir.
-Atacá el cuello -le digo durante un entrenamiento.
El lobo avanza.
Se detiene antes de saltar.
-No.
Bajo la espada.
-¿Por qué?
-Tu postura está mal.
-Precisamente por eso tenés que atacar.
-Vas a herirte.
-La recuperación está aumentada.
-Igual duele.
Lo miro.
El lobo sostiene mi mirada.
No existe rebeldía en su postura.
Tampoco miedo.
Solo una decisión.
-Antes lo habrías hecho.
-Antes no sabía.
-¿Qué cosa?
-Que puedo decir no.
La respuesta me deja inmóvil.
El lobo se sienta.
-¿Está mal?
-No.
-Entonces corrijo tu postura.
-¿Cómo?
Golpea mi tobillo con la cola.
-Ese pie.
Miro hacia abajo.
Está demasiado abierto.
Si recibiera un impacto directo, la rodilla absorbería la rotación.
Corrijo el ángulo.
-Ahora sí -dice.
Ataca mi cuello.
Bloqueo.
La fuerza baja correctamente.
El contraataque lo obliga a retroceder.
-Mejor -admite.
No es una extensión de la espada.
No completamente.
El vínculo continúa.
Puedo sentir su energía y convocarlo.
Pero ya no se mueve solo porque yo lo deseo.
Algo dentro de él elige responder.
Esa noche -aunque aquí no existe la noche-, me siento frente al pequeño brote.
Ahora hay cinco.
Las raíces se extendieron desde el cuerpo del lobo y crearon un círculo de pasto espiritual de unos pocos metros.
El blanco continúa alrededor.
Pero tenemos un pequeño territorio verde.
El lobo yace entre las hojas.
-¿Sos parte de la espada? -pregunto.
-Sí.
-¿Podrías existir sin ella?
Tarda en responder.
-No sé.
-¿Y sin mí?
Sus ojos se abren.
-No sé.
-¿Te preocupa?
-Sí.
La respuesta llega sin demora.
-Antes no.
-Antes no sabía que podía dejar de existir.
Me apoyo sobre las manos.
-Todos los seres conscientes terminan aprendiendo eso.
-¿Vos tenés miedo?
-A veces.
-Mentís.
Lo miro.
El lobo levanta la cabeza.
-Tenés miedo muchas veces.
-Eso fue innecesario.
-Pero real.
No puedo discutirlo.
-¿Qué querés hacer con ese miedo? -pregunto.
El lobo observa el pasto.
-Crecer.
-¿Para no morir?
-Para elegir antes.
Su respuesta es más madura de lo que esperaba.
Quizá más que la mía cuando descubrí el miedo a la muerte.
-Eso es vivir -digo.
-¿Elegir antes de morir?
-Elegir mientras podés.
El lobo baja nuevamente la cabeza.
-Entonces vivo.
-Sí.
-¿Desde cuándo?
Observo la espada.
El bosque pequeño.
Los ojos conscientes frente a mí.
-No lo sé.
-Quiero saber.
-¿Por qué?
-Porque es mío.
No tengo una respuesta capaz de darle una fecha.
El sistema tampoco aparece.
Quizá la conciencia no tenga un momento exacto.
Tal vez sea una acumulación de decisiones pequeñas hasta que una de ellas pregunta cuándo empezó.
-Entonces elegí vos -digo-. ¿Cuál fue el primer momento que sentiste como tuyo?
El lobo permanece inmóvil durante mucho tiempo.
Finalmente responde:
-Cuando dije no.
Asiento.
-Entonces empezaste ahí.
Cierra los ojos.
-Bien.
El tercer estilo resulta más difícil.
No porque lo haya olvidado.
Porque nunca fue una técnica estable.
Forma del desastre.
El nombre nació en una batalla donde nada se mantenía en pie.
Edificios cayendo.
Demonios explotando.
El suelo abriéndose.
Aliados y enemigos mezclados.
No había una línea que defender ni una corriente que seguir.
Solo destrucción.
En esas situaciones dejaba de intentar conservar la forma correcta.
Utilizaba cada impacto.
Cada caída.
Cada fragmento.
No como parte de un flujo elegante.
Como una acumulación de rupturas.
El problema es que aquí no existe un entorno capaz de destruirse.
El espacio blanco absorbe los cortes.
No se agrieta.
No crea escombros.
Tengo que construir el desastre.
Invoco raíces.
Troncos.
Proyecciones.
Utilizo objetos del inventario.
Armas comunes.
Piezas de armaduras rotas.
Los distribuyo alrededor.
Después le pido al lobo que destruya todo mientras intento avanzar.
El primer intento dura segundos.
Una raíz golpea una caja.
La caja sale despedida.
Intento incorporarla al ataque.
Pierdo el control.
La espada corta en un ángulo inútil.
Una pieza de metal golpea mi espalda.
Caigo.
El lobo se acerca.
-Eso fue malo.
-Lo sé.
-Muy malo.
-También lo sé.
-¿Otra vez?
Me levanto.
-Otra vez.
La Forma del desastre no busca controlar el entorno.
Tampoco adaptarse a él.
Busca romper suficiente orden para que solo el usuario comprenda qué está ocurriendo.
Es peligrosa.
No solo para el enemigo.
Para todos.
Por eso nunca conseguí utilizarla cerca de aliados sin reducir su efectividad.
Cada movimiento genera otro.
La espada golpea una superficie para cambiar su dirección.
El cuerpo recibe un impacto para ganar impulso.
Una caída se convierte en un corte bajo.
Una pared destruida oculta una estocada.
El problema es que una secuencia caótica puede convertirse rápidamente en caos verdadero.
Y entonces tampoco yo tengo control.
Durante meses intento crear patrones dentro del desorden.
Fracaso.
Después comprendo que ese es el error.
No debo crear un patrón.
Debo crear principios.
El primero: nunca perder de vista el objetivo real.
El segundo: toda destrucción debe abrir una posibilidad.
El tercero: ningún movimiento necesita ser hermoso.
El cuarto: si una acción no puede controlarse, debe poder abandonarse.
El quinto: el desastre no es furia.
Seolhwa habría comprendido esta técnica de una manera diferente.
Para mí, no puede depender de emoción.
Tiene que ser fría.
Una destrucción calculada que parezca incontrolable para todos menos para quien la produce.
El lobo participa.
Al principio intenta seguir mis movimientos.
Le ordeno que no lo haga.
-Atacame como quieras.
-Puedo herirte.
-Ese es el objetivo.
-No.
-Podés detenerte antes de algo mortal.
-Eso es difícil.
-Aprendé.
El lobo gruñe.
-Vos también.
Ataca.
Cada vez que creo entender su dirección, cambia.
Utiliza raíces para empujar objetos.
Muerde la espada.
Golpea mis piernas.
Se aleja y deja que las proyecciones hagan el trabajo.
En ocasiones se queda quieto, obligándome a crear el desastre sin su ayuda.
Empiezo a mejorar.
Un tronco cae frente a mí.
No lo corto.
Golpeo uno de sus extremos.
La rotación barre tres proyecciones.
Subo sobre la superficie.
El lobo salta.
Me dejo caer antes de que alcance mi pecho.
Su cuerpo pasa por encima.
La espada golpea una pieza de metal durante la caída.
La hoja cambia de dirección.
El lobo gira demasiado tarde.
La punta se detiene junto a su cuello.
-Ganaste -dice.
-No.
Miro el espacio alrededor.
El tronco bloquea la salida.
Dos raíces continúan activas.
Una proyección podría golpearme desde atrás.
La técnica habría terminado con mi muerte si hubiera sido una batalla real.
-Solo alcancé el objetivo.
-Eso es ganar.
-No si no puedo sobrevivir después.
El lobo observa los restos.
-Entonces el desastre también debe terminar.
La frase se queda conmigo.
Hasta ese momento siempre pensé en cómo iniciar la forma.
Cómo mantenerla.
Nunca en cómo cerrarla.
Un desastre sin final consume todo.
También a quien lo provoca.
Empiezo a trabajar la salida.
Cada secuencia debe terminar en una de tres condiciones.
Distancia segura.
Postura contra la tormenta.
O transición hacia Flujo del universo.
Las tres formas empiezan a conectarse.
Flujo del universo para moverse con la batalla.
Postura contra la tormenta para resistir cuando moverse no es posible.
Forma del desastre para destruir el orden cuando ninguno de los anteriores basta.
No son habilidades separadas.
Son respuestas a tres estados del combate.
Movimiento.
Permanencia.
Ruptura.
Esa comprensión acelera el entrenamiento.
Los años pasan.
El bosque espiritual crece.
Primero cubre diez metros.
Después cincuenta.
Aparecen árboles pequeños.
No son reales.
No completamente.
Nacen de la energía del lobo y de la Espada del bosque. La recuperación aumentada del piso permite que mantengan su forma.
Con el tiempo, algunos permanecen incluso cuando el lobo regresa al arma.
Él los llama recuerdos.
-¿Recuerdos de qué? -pregunto.
-De nosotros.
-Los árboles no recuerdan.
-Estos sí.
Camino entre ellos.
Cada uno marca algo.
El primer bloqueo perfecto.
La primera vez que el lobo dijo no.
El día en que desarrollé la segunda forma.
Una discusión.
Una caída.
Una conversación.
No hay placas ni nombres.
Aun así, el lobo distingue cada árbol.
Empiezo a hacerlo también.
El lugar blanco ya no está completamente vacío.
Creamos un bosque dentro de la soledad.
En el sexto año, el lobo me pregunta por mi nombre.
-Cheonro -respondo.
-No.
Mi cuerpo se tensa.
-Ese es mi nombre.
-También otro.
La causalidad no reacciona.
Estamos solos.
El lobo no es un participante humano.
Tal vez el sistema no lo considera alguien capaz de alterar el futuro.
O quizá ya lo sabe por el vínculo.
-Byeolha -digo finalmente.
El lobo repite la palabra.
-Byeolha.
Su pronunciación es extraña dentro de mi cabeza.
-¿Cuál sos?
-Ambos.
-No se puede ser dos.
-Vos sos lobo y bosque.
Piensa.
-Entonces se puede.
-Sí.
-¿Cuál es el verdadero?
La pregunta se parece demasiado a la del apóstol.
Pero no tiene la misma intención.
Mimic preguntaba para negar que existiera una diferencia entre identidad e imitación.
El lobo pregunta porque intenta comprenderme.
-Los dos son verdaderos -respondo-. Byeolha es quien fui. Cheonro es quien soy ahora.
-Pero recordás como Byeolha.
-Sí.
-Y vivís como Cheonro.
-Sí.
-Entonces sos el lugar donde se encuentran.
Observo al lobo.
-¿De dónde sacaste eso?
-Bosque.
No explica nada.
Tal vez para él sea suficiente.
-¿Y vos? -pregunto-. ¿Quién sos?
-Lobo.
-Eso describe lo que parecés.
-Bosque.
-Eso describe tu esencia.
Sus orejas se mueven.
-Manada.
-Eso describe tu vínculo.
El lobo parece molesto.
-Entonces no sé.
-Podés elegir un nombre.
-¿Para qué?
-Para tener algo que sea tuyo.
Camina alrededor de uno de los árboles.
-Los árboles no tienen nombre.
-Algunos sí.
-¿Ellos lo eligen?
-Casi nunca.
-Entonces no quiero.
-Está bien.
-Quiero elegir cuando entienda.
-También está bien.
El lobo vuelve a acercarse.
-Hasta entonces, Lobo.
-Hasta entonces.
No necesita un nombre para ser consciente.
Solo la posibilidad de elegirlo algún día.
La Forma del desastre termina de nacer durante el octavo año.
No ocurre en un gran combate.
No hay una revelación repentina.
Solo un intento más.
El bosque espiritual ocupa ahora varios cientos de metros.
Le pedí al lobo que utilizara todo.
Raíces.
Árboles.
Proyecciones.
Su cuerpo.
La Espada del bosque crea ramas adicionales.
Cuando comienza el combate, el entorno entero se mueve.
Una raíz golpea desde abajo.
Salto.
El lobo aparece delante.
No bloqueo.
Giro el cuerpo y permito que su hombro golpee el mío.
La fuerza me lanza hacia un árbol.
La espada corta el tronco antes del impacto.
No por completo.
Solo lo suficiente.
El árbol cae detrás de mí.
Las ramas bloquean cinco raíces.
Utilizo una de ellas como apoyo.
Cambio de dirección.
El lobo muerde.
Golpeo su mandíbula con la empuñadura.
No intento dañarlo.
Utilizo la resistencia de su cuerpo para girar.
El corte alcanza una proyección.
La destruye.
Los fragmentos de energía ocultan mi siguiente paso.
Una raíz se enrolla alrededor de mi tobillo.
No la corto.
Tiro de ella.
El lobo pierde parte de su estabilidad.
Ambos caemos.
Mi hombro golpea el suelo.
La espada sigue moviéndose.
Un corte bajo atraviesa las raíces centrales.
El lobo salta hacia atrás.
Yo continúo.
No existe un ritmo.
Tampoco una secuencia repetible.
Cada movimiento destruye una posibilidad y crea otra.
Los árboles caen.
Las raíces se cruzan.
El suelo se cubre de hojas.
El lobo pierde mi posición durante una fracción de segundo.
Eso basta.
Golpeo el tronco de un árbol caído.
La fuerza lo hace rodar.
El lobo salta por encima.
Me espera detrás.
No estoy allí.
Utilicé el movimiento del tronco para ocultar una transición.
Flujo del universo toma el control.
Dos pasos.
Uno sobre una raíz.
Otro sobre el tronco.
Aparezco a su lado.
El lobo gira.
Cambio otra vez.
Abandono el flujo.
Clavo un pie.
Postura contra la tormenta.
Recibo su cuerpo.
La fuerza atraviesa la postura.
La almaceno.
El contraataque no golpea al lobo.
Golpea el suelo.
Todo el entorno espiritual se levanta.
Raíces.
Hojas.
Fragmentos.
Durante un instante, el lobo no puede ver.
Entro.
La espada queda contra su pecho.
No hay ataques detrás.
No hay raíces activas.
El tronco terminó de rodar y bloqueó la última proyección.
Mi postura es estable.
Existe una ruta de salida.
El desastre terminó.
El lobo observa la hoja.
Después el campo destruido.
-Ahora sí ganaste.
Antes de que pueda responder, el sistema aparece.
[Felicidades.]
[Ha desarrollado una habilidad no registrada.]
[Analizando...]
La ventana tarda mucho más que la anterior.
[Se ha detectado la combinación de tres principios incompatibles.]
[Movimiento.]
[Permanencia.]
[Ruptura.]
[La técnica mantiene una identidad propia.]
[El título Maestro - S ha intervenido.]
[Ha adquirido:]
[Tercer estilo: Forma del desastre - SS]
[Descripción]
[El usuario abandona patrones convencionales y transforma la destrucción del entorno, los impactos recibidos y las interrupciones del combate en oportunidades ofensivas.]
[Los objetos, enemigos, escombros y alteraciones del terreno pueden incorporarse temporalmente a la secuencia.]
[Cada ruptura controlada aumenta la dificultad de predecir el siguiente movimiento.]
[La técnica no distingue automáticamente entre aliados y enemigos.]
[El usuario debe establecer una condición de salida antes de activar la forma.]
[Si pierde de vista el objetivo real, no encuentra una salida o permite que el caos supere su capacidad de interpretación, sufrirá una pérdida grave de control.]
[Tiempo de reutilización: 1 hora.]
La ventana desaparece.
El bosque queda destruido a nuestro alrededor.
Algunos árboles comienzan a reconstruirse lentamente.
El lobo continúa observándome.
-¿Estás bien? -pregunto.
-Sí.
-Te golpeé demasiado fuerte.
-No.
Se aproxima.
-Estoy orgulloso.
La frase me sorprende más que la habilidad.
-¿De mí?
-De nosotros.
Apoya la cabeza contra mi pecho.
-El desastre también fue bosque.
Esta vez no discuto.
Los últimos dos años pasan más rápido.
No porque el tiempo cambie.
Porque ya tenemos una vida dentro del blanco.
Entrenamos.
Hablamos.
Reconstruimos el bosque.
El lobo desarrolla preferencias.
Le gusta permanecer debajo del primer árbol que creció.
No le gusta que utilice fuego durante las prácticas, aunque las llamas no dañen de manera permanente el bosque espiritual.
Prefiere atacar por la izquierda.
Dice que la derecha "se siente vacía".
Aprende a bromear, aunque no siempre comprendo cuándo lo intenta.
Una vez pregunta:
-¿Por qué los humanos necesitan casas?
-Para protegerse.
-El bosque protege.
-No todos viven en un bosque.
-Error humano.
Otra vez me observa entrenar durante horas.
-Te movés mal.
-Estoy probando algo.
-Entonces probás mal.
-¿Querés hacerlo vos?
-No tengo manos.
Parece satisfecho con su argumento.
Yo también cambio.
Al principio hablaba solo para conservar la costumbre.
Después empiezo a hablar porque quiero escuchar su respuesta.
Le cuento sobre Eunji.
Sobre Eunbyeol.
Sobre el grupo.
No revelo todo.
Pero suficiente.
El lobo aprende sus nombres.
Mujin es Escudo.
Kwon es Sombra ruidosa, una contradicción que le parece divertida.
Jiwon es Manos enojadas.
Doyun es Flecha.
Hejin es Ojo.
Seolhwa es Hacha que protege.
Eunbyeol es Estrella.
Eunji es Cachorra.
-¿Y yo? -pregunto.
El lobo me mira.
-Manada.
No necesito otra respuesta.
El décimo año termina mientras practico la transición entre los tres estilos.
Flujo del universo.
Avanzo entre los árboles.
El movimiento es continuo.
Postura contra la tormenta.
Me detengo.
Recibo las raíces.
Devuelvo la presión.
Forma del desastre.
Rompo el orden.
Cambio el terreno.
Creo una salida.
Cuando termino, el lobo permanece sentado frente a mí.
El bosque guarda silencio.
Una ventana dorada aparece en el cielo blanco.
[Misión principal completada.]
[Ha permanecido diez años dentro de La soledad.]
Dejo caer la punta de la espada.
No siento alivio.
Tampoco tristeza.
Solo la certeza de que el tiempo terminó.
[Analizando estado del participante...]
La ventana cambia.
[Identidad: estable.]
[Pérdida de memoria: 0 %.]
[Alucinaciones persistentes: 0.]
[Deterioro de lenguaje: 0 %.]
[Conductas autodestructivas: no detectadas.]
[Dependencia de entidades imaginarias: no detectada.]
La última línea parpadea.
El sistema mira al lobo.
[Compañero espiritual consciente detectado.]
[La entidad no es producto de una alucinación.]
El lobo muestra los dientes.
-Obvio.
La ventana continúa.
[Estabilidad emocional: óptima.]
[Capacidad de adaptación: excepcional.]
[Desarrollo de habilidades: superior al parámetro esperado.]
[Resultado preliminar: SSS]
Debería aparecer el transporte.
No ocurre.
El blanco permanece.
El bosque no desaparece.
Una nueva ventana surge debajo de la primera.
Es negra.
[Condición oculta cumplida.]
[El participante completó el periodo obligatorio sin deterioro mental.]
[El participante utilizó la soledad para desarrollar una identidad más estable.]
[El participante creó un vínculo consciente sin reemplazar la realidad exterior.]
[El participante continúa mostrando voluntad de crecimiento.]
[Misión oculta desbloqueada.]
[El que eligió permanecer.]
El lobo se coloca a mi lado.
Leo las condiciones.
[Objetivo]
[Permanezca dentro de La soledad durante un periodo indefinido.]
[La Torre determinará cuándo la misión ha alcanzado su conclusión.]
[No existe una duración máxima conocida.]
[El participante conservará la posibilidad de desarrollo de habilidades.]
[La recuperación de Resistencia permanecerá aumentada en un 100 %.]
[La tasa de asimilación de habilidades aumentará un 20 % adicional.]
La siguiente línea aparece lentamente.
[Recalibración temporal de la ruta oculta.]
[Cincuenta años dentro del piso equivaldrán a un día en el mundo exterior.]
Permanezco inmóvil.
Diez años representaron apenas unos días para ellos.
Ahora cincuenta años serán uno.
La Torre no ofrece una fecha de salida.
Podrían ser cincuenta años.
Quinientos.
Miles.
No lo sé.
Miro el bosque.
Los árboles nacidos durante nuestra estancia.
El lobo.
La espada.
Después pienso en el grupo.
Desde su perspectiva, un siglo aquí serían dos días.
No los perdería.
No en tiempo exterior.
Pero cada año seguirá siendo real para mí.
Cada día.
Cada silencio.
El sistema muestra la última pregunta.
[¿Desea aceptar la misión oculta?]
[Y/N]
El lobo mira la ventana.
-¿Más tiempo?
-Mucho más.
-¿Ellos esperan?
-Para ellos no será tanto.
-Para vos sí.
-Sí.
Camina hasta el primer árbol.
El pequeño brote de hace diez años se convirtió en un tronco ancho, lleno de hojas.
-El bosque puede crecer.
Miro las técnicas que todavía no completé.
Masacre de masas.
Absoluto.
Nada.
La cuarta, quinta y última forma.
En mi vida anterior tardé siglos en acercarme a ellas.
Aquí tengo una oportunidad que no volverá a existir.
Un espacio sin hambre.
Sin envejecimiento visible.
Sin interrupciones.
Con el sistema observando cada movimiento.
No sé si es un premio.
Tal vez sea otra prueba.
Pero las dos cosas nunca estuvieron demasiado separadas dentro de la Torre.
Presiono Y.
[Misión oculta aceptada.]
[El transporte ha sido cancelado.]
[La salida permanecerá bloqueada hasta nueva evaluación.]
[La Torre observa.]
Las ventanas desaparecen.
El blanco continúa.
El bosque también.
El lobo regresa a mi lado.
-¿Qué sigue?
Clavo la Espada del bosque en el suelo.
-La cuarta forma.
-¿Cuál?
Miro los árboles.
Durante siglos, utilicé Masacre como una habilidad para enfrentar ejércitos.
Pero Masacre de masas no podía limitarse a matar muchos enemigos.
Tenía que convertir mi presencia en el centro de un campo completo.
Una técnica que funcionara incluso rodeado por aliados.
Una forma capaz de distinguir cada vida dentro del caos sin depender de la vista.
Después vendría Absoluto.
Una espada que no respondiera al movimiento, la defensa ni la destrucción.
Solo a una decisión.
Y al final...
Nada.
La técnica que nunca pude completar.
La que existía en el espacio entre una intención y el corte.
El lobo observa mi postura.
-¿Va a ser difícil?
-Sí.
-¿Cuánto?
Miro el espacio blanco más allá del bosque.
Ahora cincuenta años son un día.
No existe un contador.
No existe una fecha.
Solo tiempo.
-Lo descubriremos.
El lobo baja el cuerpo.
Las raíces de todo el bosque comienzan a moverse.
Miles de proyecciones nacen entre los árboles.
No atacan todavía.
Esperan.
Tomo la espada.
El año once comienza.
Y con él, el entrenamiento de las formas que nunca logré completar.
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PermalinkMe duró tres descansos este, ¡pero el lobo ganando la discusión porque no tiene manos valió cada uno! jaja
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