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Capitulo 7 Diciembre oscuro fuera de casa

oscarmauricio
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esta historia fue que un diciembre el primero que pasaría fuera después de 6 meses en la base militar ,el comando de la unidad nos cambio el área de operaciones fuimos destinados para un…

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Pensamiento

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milenaruiz

¡Uf! Ese 24.

¡Uf! Ese 24.

Contenido de la publicación

Esta historia fue que un diciembre el primero que pasaría fuera después de 6 meses en la base militar, y unos meses en un pueblo cercano donde me marcaria mi vida,el comando de la unidad nos cambio el área de operaciones fuimos destinados para un corregimiento llamado San Juan de Sumapaz.

Iniciamos el desplazamiento a pie durante las primeras horas de la madrugada. La noche era oscura y el frío intenso, condiciones que hacían más difícil cada paso. Además, nuestro pelotón había vivido recientemente un cambio importante: mi sargento, quien había permanecido con nosotros durante ocho meses, había sido trasladado a una nueva unidad. En su reemplazo llegó un joven oficial, con el grado de teniente.

Aunque tenía poca experiencia, era un joven que provenía de una familia con tradición militar y llegaba con el deseo de asumir el mando y conocer a sus hombres. El pelotón estaba ahora completo: un oficial, tres suboficiales y treinta y cinco soldados regulares.

Comenzamos a caminar lentamente. El clima, la oscuridad y las difíciles condiciones del terreno obligaban a mantener un ritmo constante pero cuidadoso. Después de aproximadamente una hora hicimos una pausa para realizar el reporte correspondiente al batallón, informando nuestra ubicación y continuando posteriormente con la marcha.

Nuestro destino era San Juan de Sumapaz.

A medida que avanzábamos, el terreno comenzó a exigirnos cada vez más. Tuvimos que ascender por las montañas, enfrentándonos a la altura y al frío. El aire se hacía pesado y respirar requería un mayor esfuerzo. Los soldados cargaban sus equipos y provisiones, lo que hacía que el desplazamiento fuera aún más lento.

Sin embargo, continuábamos avanzando con disciplina.

Durante aquellos días debíamos mantenernos atentos y actuar con precaución, pues sabíamos que en esa región existía presencia y actividad de grupos guerrilleros. Era una zona de gran importancia por ser un corredor utilizado para la movilidad entre diferentes sectores, razón por la cual nuestra marcha requería prudencia y constante atención.

El desplazamiento duró tres días.

Durante el recorrido realizábamos las pausas necesarias para desayunar, almorzar y recuperar fuerzas antes de continuar. Para llegar a nuestro destino debíamos atravesar dos montañas de gran altura y recorrer los sectores establecidos durante la misión.

San Juan de Sumapaz nos recibió con sus imponentes montañas y su clima extremo. Es una región ubicada a gran altura sobre el nivel del mar, con una altitud aproximada de 3.393 metros. El frío era permanente y las temperaturas podían variar considerablemente, descendiendo incluso por debajo de los cero grados en las zonas más altas.

Después de tres días de caminata, el cansancio era evidente en cada uno de nosotros. Las piernas pesaban, el frío penetraba el uniforme y la altura hacía que cada esfuerzo se sintiera con mayor intensidad. Pero nadie se detenía.

Aquella marcha quedó grabada en mi memoria como una experiencia que demostró, una vez más, la importancia de la disciplina, la resistencia y el compañerismo. En las largas caminatas uno aprende que no siempre se avanza rápido, pero mientras se mantenga la voluntad y cada hombre continúe dando un paso tras otro, finalmente se llega al destino.

El camino hacia San Juan de Sumapaz no fue solamente un desplazamiento entre montañas. Fue una prueba de resistencia física y mental, una experiencia compartida entre hombres que, a pesar del frío, el cansancio y la incertidumbre del camino, continuaron avanzando juntos, es muy frío, con temperaturas generales que oscilan entre los 2 °C y los 19 °C, y que pueden bajar hasta los –2 °C o menos en las zonas más altas

Las noches en aquellas montañas eran especialmente duras. El frío aumentaba durante la madrugada y, por más cansados que estuviéramos después de las largas jornadas, muchas veces era difícil conciliar el sueño. No contábamos con el equipo adecuado para protegernos completamente de las bajas temperaturas; apenas teníamos unas cobijas cortas que resultaban insuficientes frente al intenso frío.

La ubicación de los centinelas debía mantenerse muy cerca del lugar donde permanecía el pelotón. La oscuridad, la neblina y la dificultad del terreno hacían que alejarse demasiado representara el riesgo de perderse. Por eso, durante aquellas noches, el cansancio y el frío se mezclaban con la responsabilidad de permanecer siempre atentos.San Juan de Sumapaz es un corregimiento y centro poblado rural que hace parte de la Localidad 20 de Sumapaz, en el extremo sur del Distrito Capital de Bogotá. Se encuentra en una región de alta montaña, rodeada por el complejo de páramos más grande del mundo, un territorio imponente por su belleza, pero también exigente por su clima y sus difíciles condiciones geográficas.

Después de varios días de desplazamiento llegamos finalmente al sector y nos ubicamos en las afueras del corregimiento, en un punto que consideramos estratégico. El frío era intenso, especialmente durante las noches y madrugadas, y las condiciones eran muy diferentes a las que habíamos vivido anteriormente.

Una vez instalados, comenzamos a reconocer el área y a realizar recorridos de observación por los alrededores. Era necesario conocer las entradas, salidas y los diferentes caminos que comunicaban con el sector, así como mantenernos atentos a cualquier situación que pudiera representar un riesgo.

Ya teníamos experiencia en situaciones difíciles y habíamos enfrentado ataques anteriormente, pero esta vez el escenario era diferente. No estábamos dentro de una base militar; cerca de nosotros había población civil, viviendas y terrenos abiertos. Por esa razón, debíamos actuar con mayor prudencia y responsabilidad.

Después de las cinco de la tarde, la oscuridad comenzaba a cubrir rápidamente las montañas. El frío aumentaba y el paisaje cambiaba por completo. Contábamos con víveres suficientes para aproximadamente doce días, por lo que debíamos administrar bien nuestros recursos mientras cumplíamos la misión.

Durante los primeros dos días realizamos recorridos por el sector y tuvimos la oportunidad de conversar con algunos habitantes. Era el mes de diciembre y, a pesar del intenso frío de la región, se sentía un ambiente diferente.

Era un 20 de diciembre y el espíritu navideño estaba presente entre la gente. Se percibía calidez en las conversaciones, en las familias y en el ambiente del pequeño poblado. Resultaba curioso sentir aquel calor humano en medio de una de las regiones más frías que habíamos conocido.

Mientras nosotros permanecíamos atentos a nuestra misión y a las difíciles condiciones del entorno, la población continuaba con sus preparativos para Navidad. Aquella imagen quedó grabada en mi memoria: el intenso frío de las montañas contrastando con la calidez y el ambiente navideño de la gente de San Juan de Sumapaz.

El 22 de diciembre llegó el segundo pelotón de la compañía, al mando de mi capitán Salas, quien era el comandante de los dos pelotones. Su llegada cambió el ambiente que hasta ese momento habíamos vivido en San Juan de Sumapaz.

El capitán llegó con una información de inteligencia que indicaba que un grupo guerrillero estaría realizando un desplazamiento por ese sector, aparentemente con la intención de dirigirse hacia un municipio cercano para atacar la estación de Policía. La información era seria y nos obligaba a permanecer mucho más atentos, pues sabíamos que cualquier movimiento podía terminar en un enfrentamiento.

Los comandantes de los pelotones nos reunimos para analizar la situación y organizar las actividades que debíamos desarrollar. Cada uno recibió sus responsabilidades y comenzamos a trabajar de manera coordinada. Era importante mantener el mismo criterio y hablar un mismo lenguaje como unidad, porque cualquier confusión podía afectar el cumplimiento de la misión.

Ese día le correspondió a mi pelotón realizar el desplazamiento por el sector donde, de acuerdo con la información recibida, posiblemente pasaría el grupo armado.

Salimos con nuestros hombres y comenzamos el recorrido con mucha atención. Durante el desplazamiento fuimos ocupando diferentes puntos del terreno y permanecimos atentos a cualquier señal que pudiera confirmar la información recibida. Se establecieron posiciones de vigilancia y espera en distintos sectores, confiando en que el grupo finalmente apareciera.

Pasaron las horas y la tensión aumentaba. Cada ruido, cada movimiento a la distancia o cualquier señal en el terreno hacía que los soldados permanecieran más atentos. Sabíamos que la información podía ser cierta, pero también que en este tipo de situaciones la inteligencia podía cambiar o incluso no concretarse.

Finalmente terminó el día y no hubo contacto.

El grupo que esperábamos nunca apareció por el sector.

Regresamos cansados, pero con la tranquilidad de haber cumplido con la responsabilidad asignada. La incertidumbre, la espera y la tensión también hacen parte de la vida de un soldado. Aquel 22 de diciembre fue uno de esos días en los que no hubo combate, pero sí existió la permanente sensación de que podía ocurrir en cualquier momento.

El día que el presentimiento se hizo realidad

Al día siguiente volvimos a reunirnos todos los integrantes de la compañía. Había que continuar con los registros y mantener la vigilancia sobre el sector. De acuerdo con la organización establecida, ese día le correspondía al segundo pelotón realizar el desplazamiento.

Sin embargo, mi teniente comenzó a insistirle a mi capitán en que quería realizar él mismo el registro.

—Mi capitán, yo lo hago.

Mi capitán le respondía que no, que el trabajo debía hacerse de manera organizada y que cada día correspondía a un pelotón diferente. Era una cuestión de responsabilidad y de mantener la rotación establecida.

Pero mi teniente seguía insistiendo.

Yo, que estaba cerca, le pregunté:

—Mi teniente, ¿por qué tanta insistencia?

Me miró y me dijo algo que todavía recuerdo:

—Yo sé que hoy va a pasar algo y quiero que sea con nuestro pelotón.

UN PRESENTIMIENTO

—Yo sé que hoy va a pasar algo… y quiero que sea con nuestro pelotón.

En ese momento, aquellas palabras pudieron parecer una simple expresión, una intuición nacida de la tensión y de la incertidumbre que se respiraba entre nosotros. Nadie podía imaginar lo que estaba a punto de suceder.

Sin embargo, después de conocer el desenlace, aquella frase adquirió un significado completamente diferente. Se quedó grabada en nuestra memoria como un extraño presentimiento, como si, de alguna manera, alguien hubiera sentido que aquel día no sería igual a los demás.

Hay momentos en la vida que solo adquieren verdadero significado cuando los miramos desde el futuro. Aquellas palabras, pronunciadas antes de la tragedia, quedaron resonando en nuestras mentes durante mucho tiempo.

Lo que entonces parecía una simple frase terminó convirtiéndose, para quienes vivimos aquella historia, en una de esas coincidencias difíciles de olvidar.

Ese día, efectivamente, algo iba a suceder.

Y nuestro pelotón quedaría marcado para siempre por ello.

Después de aproximadamente veinte minutos de insistencia, mi capitán finalmente aceptó.

Algunos soldados no recibieron la noticia con mucho entusiasmo. Sin embargo, como yo les decía constantemente, éramos militares y estábamos allí para cumplir con nuestra misión y con las órdenes recibidas. El descanso podía esperar; la responsabilidad no.

Nos preparamos y comenzamos nuevamente el desplazamiento.

Yo iba adelante con mi escuadra, liderando el registro, mientras mi teniente inicialmente se encontraba más atrás. Sin embargo, en esta ocasión me dijo que quería pasar adelante.

—Esta vez voy a la punta. Quiero estar más pendiente.

Le respondí:

—Está bien, mi teniente.

Continuamos avanzando.

Habían pasado aproximadamente treinta minutos cuando llegamos cerca de un pequeño caño. En el lugar había algo de maleza y el terreno hacía difícil distinguir con claridad lo que había alrededor. Mi teniente se detuvo y me indicó que recogiéramos agua antes de continuar.

Terminamos de hacerlo y comenzamos a cruzar el caño. No era demasiado ancho; apenas alcanzaba para cubrir parte de nuestras botas. Todo parecía tranquilo.

Hasta que comenzaron los disparos.

El sonido rompió completamente la tranquilidad del lugar. Reaccionamos de inmediato y cada hombre buscó ponerse a cubierto y mantener la calma. La situación había cambiado en cuestión de segundos.

Mientras tratábamos de comprender lo que estaba ocurriendo, escuché el grito de uno de los soldados:

—¡Tenemos dos heridos!

Con mi escuadra apoyamos la reacción de la unidad mientras intentábamos acercarnos para verificar qué había ocurrido. En medio de la confusión avancé hacia el lugar donde se encontraban los compañeros.

Cuando llegué, encontré a mi soldado y a mi teniente tendidos en el suelo.

Me acerqué rápidamente y los revisé. Los llamé, intenté verificar su estado, pero en ese momento comprendí que los dos habían fallecido.

Fue un momento que todavía resulta difícil describir.

Hasta unas horas antes habíamos estado compartiendo como siempre. Habíamos hablado, preparado la misión y caminado juntos. Ahora estaban allí, sin vida, y la realidad de lo ocurrido comenzaba a golpearnos a todos.

Informé por radio a mi capitán. Él llegó lo más rápido que pudo con el resto del personal. La situación todavía era de combate y teníamos que mantener la concentración, asegurar el sector y responder de acuerdo con las órdenes recibidas.

No había tiempo para detenerse a llorar ni para asimilar completamente lo que acababa de suceder.

Habíamos perdido a dos de los nuestros.

La unidad continuó actuando y logró controlar la situación. Después, cuando finalmente tuvimos un momento para mirar con mayor calma lo ocurrido, la imagen de nuestros compañeros tendidos en el suelo se convirtió en algo muy difícil de aceptar.

Uno puede recibir entrenamiento para enfrentar muchas situaciones. Puede aprender a controlar el miedo, a soportar el cansancio y a actuar bajo presión. Pero ninguna preparación elimina completamente el dolor de perder a un compañero.

Lo más duro era que no eran desconocidos.

Eran hombres con los que compartíamos todos los días. Habíamos marchado juntos, comido juntos, pasado noches difíciles y enfrentado las mismas condiciones. Habíamos compartido conversaciones, preocupaciones y momentos de cansancio. Eran parte de nuestro grupo.

Por eso, verlos morir fue una experiencia que dejó una huella profunda.

También quedó grabada en mi memoria aquella frase de mi teniente antes de salir: “Yo sé que hoy va a pasar algo y quiero que sea con nuestro pelotón.”

No se equivocó.

Aquel día comenzó como cualquier otra jornada de patrullaje, pero terminó convirtiéndose en uno de muchos momentos más dolorosos de mi vida militar. Aprendí que en una zona de conflicto nunca se sabe qué traerá el siguiente minuto y que, detrás de cada uniforme, siempre hay una persona, una familia y una historia.

Desde aquel día entendí todavía más el verdadero significado del compañerismo. En la vida militar uno aprende a caminar junto a los demás, pero también aprende que, cuando llega el momento más difícil, los recuerdos de quienes compartieron el camino permanecen para siempre.

Lo más difícil fue que ese día no pudimos evacuar a nuestros compañeros fallecidos. Tuvimos que pasar el 24 de diciembre con ellos dentro de nuestro dispositivo, una situación muy triste y difícil de asimilar.

Mientras muchas familias se preparaban para celebrar la Navidad juntas, nosotros permanecíamos allí, cuidando a nuestros compañeros y esperando poder evacuarlos. Para nosotros no hubo celebración ni alegría; solo silencio, tristeza y recuerdos.

Fue una Navidad diferente, de esas que quedan grabadas para siempre en la memoria. Nunca imaginamos que llegaríamos a pasar una fecha tan especial junto a compañeros que pocos días antes habían compartido con nosotros las mismas marchas, dificultades y momentos de servicio.

Thoughts

  • pregunta_rapida_

    Te vengo leyendo desde el capítulo 1. ¿Vas a publicar el 7?

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  • milenaruiz

    ¡Uf! Ese 24.

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  • lautarito_

    Volví atrás a releer la parte de las cobijas cortas. Tres mil trescientos metros y cobijas cortas, ahí alguien no hizo la cuenta.

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  • notaAlPie

    La frase del teniente antes de salir sigue sonando, y me llama la atención que usted la deje ahí sin explicarla. Un parte de ese día habría dicho la hora, la ubicación y el número de bajas, y todo lo demás desaparece. Lo que no cabe ahí es esto: que hubo veinte minutos de insistencia, que la jornada estaba prevista como descanso para parte del personal, y que alguien pidió ir a la punta. Eso solo lo puede poner quien estaba parado escuchando.

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  • mediosiglo

    Me quedé un rato en la parte del 24, cuando cuenta que no pudieron evacuarlos y pasaron la fecha con ellos adentro del dispositivo. Eso casi nunca se cuenta de una muerte en servicio, porque el relato termina en el disparo. Lo que sigue es una espera larga, con alguien despierto al lado. Yo hice muchos años de noche en un hospital y las peores horas nunca fueron las del momento, fueron las de después, cuando ya estaba todo resuelto y faltaban seis para que amaneciera.

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