Pum, pum. Jajaja.
Capítulo 55: El juicio de la mala conciencia
Pensamiento
Pum, pum. Jajaja.
Contenido de la publicación
La mañana siguiente.
Anna descubrió, no sin cierto pesar, que existían destinos mucho peores que la muerte.
La muerte era rápida. La muerte era silenciosa. La muerte, en el peor de los casos, solo dolía un instante.
Pero lo que le esperaba ahora... eso dolería mucho más, y duraría mucho más tiempo. Y todo comenzó con una frase que le anunció uno de los sirvientes apenas terminó de desayunar, con una cara de compasión absoluta, como si estuviera leyendo su sentencia de muerte:
—Lady Altheria desea verla inmediatamente. Y... le sugiero que vaya preparando el alma, señora.
Unos minutos después, Anna comprendió que no se trataba de una simple visita.
Había caído en una trampa.
Una emboscada perfectamente planificada.
Una ejecución pública.
Una conspiración urdida en su contra por las personas en las que más confiaba.
Porque en cuanto abrió la puerta de la habitación de Lady Altheria, sintió que acababa de entrar en la guarida de los lobos.
O peor: en la sala de los verdugos.
El silencio en la habitación era aterrador. De ese tipo de silencio que hace que los pelos se ericen en la nuca.
Lady Altheria descansaba sentada sobre la cama, cubierta con su manta de lana debido a su delicado estado de salud, pero hoy no parecía cansada. Al contrario, sus ojos brillaban con una intensidad que Anna conocía demasiado bien: era la mirada de quien está a punto de disfrutar mucho de algo.
A su lado, rígido y con una expresión que intentaba ser neutral pero que fracasaba estrepitosamente, se encontraba el representante de la Rosa Demoníaca. El hombre miraba fijamente un punto en la pared, muy interesado en la decoración, decidido a no intervenir... o a no reírse demasiado pronto.
Y frente a ella...
Anna sintió cómo un escalofrío helado le recorría la espalda de los pies a la cabeza.
Eliana.
Lyra.
Las dos estaban allí. De pie. Erguidas. Impecables.
Esperándola.
Y sonriendo.
Y aquello, absolutamente aquello, era mucho más aterrador que cualquier monstruo, cualquier guerra o cualquier maldición que hubiera conocido en su vida. Esas dos mujeres conocían cada uno de sus secretos, cada una de sus debilidades, y hoy tenían la intención de usarlas todas en su contra.
—Ah... —Anna se detuvo en seco en el umbral, dio un paso atrás y ya tenía un pie fuera de la puerta—. Creo... creo que me equivoqué de habitación. Sí, eso es. Iba a... a ver los caballos. O a regar las flores. Adiós.
—No lo hiciste.
La respuesta de Eliana fue tan rápida, tan dulce y tan cortante que parecía haberla tenido preparada desde hacía tres horas.
Detrás de ella, la puerta se cerró lentamente.
Clic.
El sonido fue inconfundible. Era el mismo ruido que hacían las puertas de las celdas de las prisiones imperiales al cerrarse.
Anna tragó saliva, haciendo un ruido bastante audible.
—Lady Altheria... —gimió, girando la cabeza hacia la anciana, buscando ayuda, buscando misericordia, buscando un milagro.
La anciana simplemente desvió la mirada hacia la ventana, observando los jardines con gran interés. Pero sus hombros comenzaron a temblar ligeramente. De una forma muy sospechosa.
La traidora. —pensó Anna, sintiéndose la mujer más desdichada del mundo—. Me ha entregado al enemigo.
—Siéntese —ordenó Lyra, señalando una silla vacía en el centro de la sala.
Anna obedeció al instante, moviéndose casi por inercia, con las manos sudando frío.
—De rodillas.
Lyra corrigió la orden con una dulzura peligrosa.
Anna se deslizó de la silla hasta quedar arrodillada sobre la alfombra, con la cabeza gacha y las manos juntas como si estuviera confesando sus pecados ante un tribunal divino. Y en cierto modo, así era. Las dos jóvenes la observaban desde arriba, con esa mezcla de cariño y severidad que solo tienen las madres cuando pillan a sus hijos haciendo una travesura monumental.
Eran jueces. Eran verdugos. Eran depredadores observando a una presa herida que ni siquiera intentaba huir.
—Lady Anna —empezó Eliana, dando un paso hacia ella, con esa sonrisa que ahora mismo le parecía la cosa más aterradora del universo—. ¿Tiene usted la más mínima idea de por qué está aquí?
—No —mintió Anna, sin levantar la vista, estudiando los dibujos de la alfombra con una atención excesiva.
—¿Segura? —insistió Lyra, cruzándose de brazos y mirándola con esa expresión que decía: te conozco mejor que tú misma.
—Completamente segura —volvió a mentir Anna, sintiendo que su corazón latía tan fuerte que seguro lo escuchaban en la habitación de al lado.
Hubo un silencio breve, cargado de una presión insoportable.
—Entonces... —dijo Lyra, arrastrando las palabras— supongo que no tiene nada que decirnos sobre el pequeño incidente de anoche. ¿Sobre el intento de asesinato? ¿Sobre la elfa que casi le corta el cuello? ¿Sobre la barrera mágica que activó en el último segundo... o que no activó hasta el último segundo?
Anna cerró los ojos con fuerza.
La atraparon. Saben todo. Estoy perdida.
—Bueno... técnicamente... —empezó a decir con voz muy bajita.
—Lady Anna —la cortó Eliana al instante, poniéndose en cuclillas frente a ella para quedar a su altura, con los ojos brillando de diversión y regaño—. ¿Sabía usted, aunque fuera un poquito, que esa elfa, la señorita Sylwen, tenía la intención de atacarla?
Anna miró hacia la pared más lejana de la habitación, buscando inspiración o una grieta por la que desaparecer.
—Lo sospechaba un poco... —susurró.
—¿Un poco? —repitió Lyra, y se escuchó el sonido de alguien golpeando suavemente la mesa con los dedos—. ¿Dijo un poco?
—Bueno... quizás... —Anna se aclaró la garganta— quizás bastante.
—¿Bastante? —ahora fue Eliana la que alzó una ceja, con esa sonrisa que ya empezaba a darle pesadillas—. ¿Bastante, Lady Anna?
—...Mucho —confesó Anna, sintiendo que sus orejas debían estar rojas como tomates—. Sí. Mucho. Lo sabía.
Eliana respiró profundamente, tomando aire como si estuviera contando hasta diez para no desesperarse.
—Entonces, para dejarlo claro: usted sabía. Sabía que alguien podía intentar matarla. Sabía que venía con odio. Y aun así... se quedó ahí parada. Sin protegerse. Sin llamarnos. Sin moverse. ¿Es correcto?
—Técnicamente... —empezó a decir Anna, intentando encontrar una escapatoria legal en sus palabras.
—Lady Anna —la advirtieron ambas al mismo tiempo, con una voz que no admitía réplicas—. No use la palabra "técnicamente". Hoy no. Por favor.
—Entendido —susurró Anna, encogiéndose sobre sí misma.
Lyra se pasó una mano por la frente, fingiendo un agotamiento extremo, aunque sus ojos brillaban de pura diversión.
—Increíble. De verdad, es usted capaz de superarse a sí misma cada día.
—Yo tampoco estoy muy orgullosa de ello, ¿saben? —se defendió Anna, levantando las manos en un gesto de inocencia que no convenció a nadie.
—No estamos hablando de orgullo, señora. Estamos hablando de cordura. Estamos hablando de supervivencia. Estamos hablando de que nos dio un infarto a todos —replicó Lyra, tajante—. ¿Coincidimos en eso al menos?
—En eso... sí, en eso coincidimos totalmente —admitió Anna, derrotada.
Detrás de ellas, Lady Altheria tuvo que llevarse el pañuelo a la boca para ahogar un sonido. Sus hombros temblaban con tanta fuerza que parecía que tenía fiebre.
El representante de la Rosa Demoníaca seguía mirando la pared, pero ahora tarareaba muy bajito, intentando desesperadamente no mirar hacia el centro de la sala porque, como él mismo pensaba, si la miro, me río, y si me río, me echan, y me estoy perdiendo lo mejor del año.
—Y ahora... la pregunta del millón —dijo Eliana, inclinándose más hacia ella, con una sonrisa aterradora—. ¿Qué habría pasado si su barrera mágica hubiera fallado, Lady Anna? ¿Si por casualidad, por un error, o porque usted misma la debilitó a propósito... no hubiera funcionado?
—Pero no falló —se apresuró a decir Anna, levantando la cabeza con rapidez—. Ahí está el detalle importante. No falló. Todo salió bien.
—¡Y si fallaba! —insistió Lyra, alzando un poco la voz, aunque se le notaba que estaba disfrutando demasiado—. ¿Qué pasaba si fallaba?
—Es que no lo hizo... —repitió Anna, poniendo cara de cachorro abandonado.
—¡Lady Anna! —gritaron las dos al unísono.
—¡Está bien, está bien! —Anna bajó la cabeza lentamente, como si le estuvieran pidiendo que confesara un crimen atroz—. Probablemente... probablemente habría muerto.
Un silencio sepulcral invadió la habitación.
Eliana cerró los ojos y suspiró largamente.
Lyra cerró los ojos y suspiró con más fuerza.
Lady Altheria cerró los ojos y se llevó una mano al pecho.
El representante de la Rosa Demoníaca dejó de mirar la pared y miró al techo, mordiéndose el labio inferior con mucha fuerza.
—¿Escuchaste eso, Lyra? —preguntó Eliana, con voz dramática.
—Lo escuché perfectamente, Eliana —respondió Lyra, con el mismo tono de tragedia.
—¿Escuchó eso, Lady Altheria? —volvió a preguntar Eliana, girándose hacia la cama.
—Lo escuché, hija mía... lo escuché y casi me muero de nuevo —respondió la anciana, con la voz fingidamente temblorosa.
—¿Y usted? —preguntó Eliana al representante, señalándolo con el dedo—. ¿Usted lo escuchó también?
El hombre las miró con cara de inocencia absoluta, y respondió sin dudar:
—Yo no estoy aquí. Recuerden. Yo no vi nada, no escuché nada, y no existo en esta habitación.
—Excelente decisión —asintió Lyra, muy seria.
Anna observaba la escena, sintiéndose la persona más pequeña, más regañada y más ridícula de todo el continente. Levantó lentamente una mano, muy despacito, como si estuviera pidiendo permiso para ir al baño en medio de una clase.
—¿Puedo... puedo defenderme ahora? —preguntó con voz tímida.
—No —dijeron las dos al instante.
—¿Puedo explicar mi punto de vista?
—No.
—¿Puedo huir por la ventana? —señaló la ventana que estaba a dos metros de altura.
—Definitivamente no —cortó Eliana—. Y no lo intente, que no llegaría viva al suelo.
Anna bajó la mano despacio, volviendo a su postura sumisa.
Derrotada. Absolutamente derrotada.
—Esto es injusto... —se quejó en un susurro, mirando sus propias rodillas.
—¡Injusto es que usted intente dejarse asesinar cada vez que tiene oportunidad! —exclamó Lyra, perdiendo un poco la compostura, aunque una sonrisa empezaba a asomar en sus labios—. ¡Intentó dejar que esa elfa la matara! ¡Lo sabemos! ¡Se le notaba en la cara! ¡Estaba esperando a ver si ella se atrevía!
—Eso... eso tampoco es exactamente así... —empezó a decir Anna, levantando la vista para intentar buscar una salida lógica.
Las dos mujeres la miraron con tanta intensidad que Anna se encogió de nuevo.
—...Bueno, vale, quizás un poquito sí —suspiró, rindiéndose por completo—. Pero entiéndanme...
Y fue entonces, justo en ese momento, cuando Lady Altheria, que había estado conteniéndose hasta el límite de sus fuerzas, soltó una carcajada.
No fue una risa pequeña ni discreta. Fue una carcajada sonora, alegre, incontrolable y contagiosa. La anciana se retorcía entre las mantas, llorando de risa, señalando a Anna con el dedo como si fuera la cosa más graciosa que hubiera visto en su vida.
—¡Ay, niña! ¡Ay, pobre de mí! —decía entre risas—. ¡Tienes más miedo a estas dos que a toda la corte imperial junta! ¡Y qué bien te lo mereces, por tonta!
Y verla reír así, después de tantos días de estar enferma, pálida y preocupada, fue tan inesperado y tan hermoso que incluso Anna olvidó por un momento que estaba siendo ejecutada verbalmente por sus dos mejores amigas. Se quedó mirándola, con una sonrisa triste y aliviada a la vez, feliz de verla así.
Aunque solo fue un momento.
Porque Eliana volvió a acercarse a ella, se inclinó de nuevo y le dio un golpecito suave pero firme en la frente con el dedo índice.
—No se confunda, Lady Anna —le dijo, con esa sonrisa que prometía que el castigo sería largo y doloroso—. Lady Altheria se ríe ahora, pero nosotras todavía no hemos terminado con usted. Aún tenemos que hablar de por qué llevó a esa elfa a la Academia. Y de por qué cree que puede seguir jugando con su vida.
Anna sintió que se le caía el mundo encima.
Esto no ha hecho más que empezar... —pensó, cerrando los ojos y preparándose para el resto del juicio.
Definitivamente, hay destinos peores que la muerte.
El juicio de Anna D'Valrienne continuó durante varios minutos más.
Y cada segundo que pasaba era peor que el anterior. Si antes se sentía juzgada, ahora se sentía descuartizada... verbalmente.
—Lady Anna, ¿comprende ahora por qué lo que hizo fue una auténtica irresponsabilidad, una locura y una falta de respeto a su propia vida? —insistió Eliana, cruzada de brazos con una paciencia fingida que daba miedo.
—Sí... —murmuró Anna, mirando las costuras de la alfombra con una atención fascinante.
—¿Y si volviera a encontrarse en una situación igual o parecida, volvería a hacerlo? ¿Volvería a quedarse ahí parada esperando ver si la matan?
—No... —dijo Anna, sin levantar la vista.
—Está mintiendo —afirmó Lyra con total seguridad, sin dudarlo ni un segundo.
—...Un poquito —admitió Anna, levantando dos dedos muy juntos para marcar la medida.
—¡Lady Anna! —exclamaron ambas al unísono, poniendo los ojos en blanco.
—¡Está bien, está bien! ¡Ya entendí! —se quejó Anna, alzando las manos en gesto de rendición—. ¡Fui una imprudente, una temeraria y una tonta! ¡Ya lo confesé! ¿Puedo irme al cielo ahora o me falta algo más?
Ya ni siquiera intentaba defenderse. Había aceptado su destino. Había sido derrotada. Absolutamente derrotada. Por sus dos sirvientas. Lo cual, para una antigua noble y poderosa señora, era el colmo de la humillación.
Fue entonces, justo cuando Lyra estaba tomando aire para empezar otra lección de moralidad, cuando una voz salvadora, dulce y serena resonó en la habitación.
—Creo que ya es suficiente por hoy.
Anna levantó el cabeza tan rápido que casi se lastima el cuello por el movimiento brusco. Sus ojos se llenaron de un brillo de esperanza que parecía el de un náufrago viendo un barco de rescate.
Lady Altheria.¡Su salvadora! ¡Su heroína! ¡Su única y verdadera aliada en este mundo cruel!
La anciana observó a Eliana y Lyra por encima del borde de sus gafas, con esa autoridad tranquila que nadie en la casa se atrevía a discutir.
—Les agradezco profundamente la preocupación que sienten por ella —dijo con calma—. Es muy bonito ver cuánto le importa a sus personas más cercanas. Pero... Anna y yo tenemos asuntos importantes que discutir. Asuntos de estado, de planes futuros y de... otros temas.
Las dos jóvenes intercambiaron una mirada cómplice. Claramente no habían terminado con ella. Ni remotamente. Se habían quedado a la mitad del regaño y parecían dispuestas a retomarlo en cualquier momento. Pero tampoco había nada que hacer: nadie discutía una orden de Lady Altheria.
—Entendido, Lady Altheria —respondió Eliana, haciendo una reverencia. Luego miró a Anna y sonrió con malicia—. Nosotras... volveremos más tarde. Cuando terminen.
—Mucho más tarde —añadió Lyra, con una sonrisa que sonaba sospechosamente como una amenaza de muerte lenta.
Anna sintió un escalofrío que le recorrió la espalda de arriba abajo. Esto no se ha acabado... pensó con desesperación.
Ambas hicieron una reverencia perfecta, se giraron y abandonaron la habitación cerrando la puerta tras de sí.
Silencio.
Un silencio maravilloso, bendito, sagrado... que duró exactamente dos segundos.
Porque en cuanto el cerrojo hizo clic, Anna se puso de pie de golpe, tan rápido que casi tira la silla al suelo.
—¡¡Lady Altheriaaaaa!! —gritó con la voz entrecortada por la indignación, lanzándose hacia la cama.
La anciana apenas tuvo tiempo de parpadear. Anna llegó hasta ella y comenzó a golpearle los brazos y el hombro con sus puños cerrados... aunque con una fuerza absolutamente nula. Eran los golpes de una niña pequeña enfadada con su madre, esos golpes que no duelen nada pero que expresan mucha rabia.
—¡Me tendió una trampa! —pum, pum—. ¡Lo sabía! ¡Lo sabía desde el principio! —pum, pum—. ¡Usted organizó todo esto con ellas! —pum, pum—. ¡Y no me ayudó ni una sola vez! —pum, pum—. ¡Ni una sola palabra en mi defensa! —pum, pum—. ¡Ni siquiera intentó salvarme! ¡Se quedó ahí mirando y conteniendo la risa! —pum, pum, pum.
Lady Altheria simplemente la observaba, parpadeando despacio, dejando que la joven se desahogara mientras sonreía con una ternura divertida.
—¡La miré como veinte veces pidiendo auxilio! —continuó Anna, sin parar de golpear suavemente—. ¡Veinte veces! ¡Y usted solo miraba por la ventana como si no fuera con usted! ¡Hasta el señor Garoum habría tenido más compasión que usted!
—Eso es mentira —se escuchó una voz tranquila desde el rincón.
Anna se giró bruscamente, con las mejillas infladas por el enfado. El representante de la Rosa Demoníaca seguía en su sitio, cómodamente sentado, mirándola con una diversión absoluta.
—¡Usted tampoco me ayudó! —le recriminó Anna, señalándolo con el dedo.
—Claro que no —respondió él con total naturalidad—. ¿Cómo iba a perderme el espectáculo? Era demasiado divertido para intervenir.
—¡Traidor! —le gritó Anna.
—Culpable —admitió él, inclinando la cabeza con una sonrisa.
Fue entonces cuando Lady Altheria finalmente perdió la batalla contra sí misma. Se echó hacia atrás en la cama y comenzó a reír. Y no fue una risita elegante ni refinada. Fue una carcajada auténtica, sonora, profunda y sincera. De esas que pocas veces permitía que nadie viera, sacudiendo los hombros y limpiándose una lagrimita que le asomó en el ojo.
Y aquello solo hizo que Anna inflara aún más las mejillas, poniendo un puchero gigante y muy digno.
—No tiene gracia... —murmuró, cruzándose de brazos y mirando hacia la pared como si estuviera ofendida de verdad.
—Tiene muchísima gracia, niña, muchísima —respondió la anciana entre risas, intentando recuperar el aliento—. Casi te comen viva y te lo tenías más que merecido.
—¡Casi me ejecutan verbalmente! ¡Fue humillante!
—Y te lo merecías —repitió Lady Altheria con firmeza, aunque con una sonrisa inmensa—. ¿Quién le dice a esta vieja que tú vas por ahí desafiando a la muerte cada dos por tres y esperando a ver si alguien tiene valor para matarte? Te hicieron falta. Y te seguirán haciendo falta.
Anna suspiró largamente, dejándose caer de nuevo en la silla junto a la cama, derrotada por segunda vez en menos de una hora.
Pasaron unos minutos hasta que la anciana logró recuperar la compostura y el representante demoníaco dejó de sonreír cada vez que le miraba la cara a Anna. Entonces, el ambiente cambió poco a poco. Las sonrisas se borraron, las posturas se enderezaron y Lady Altheria aclaró su garganta con suavidad.
—Bien... —dijo, bajando un poco el tono de voz y volviéndose seria—. Ahora sí... ahora sí podemos hablar del asunto que realmente nos traía aquí. El asunto importante.
Anna se inclinó hacia adelante, olvidando por un momento su enfado.
—¿Qué ocurre? ¿Hay algún problema?
La anciana señaló al hombre sentado frente a ellas.
—Permíteme que te lo presente correctamente. Él es quien ha venido a pedirnos ayuda.
El hombre se incorporó un poco en su asiento. Era un demonio de aspecto imponente, de estatura alta, cabello oscuro y unos cuernos cortos y pulidos que nacían en su frente. Vestía ropas elegantes pero sencillas, de telas oscuras y de buena calidad, y tenía una presencia tranquila y serena que inspiraba confianza y respeto al instante.
—Mi nombre es Varzek Arkhon —dijo con voz grave y profunda, realizando una leve inclinación de cabeza—. Soy uno de los representantes elegidos por la comunidad demoníaca que vive en este asentamiento. Y... soy padre de familia.
Anna devolvió el saludo con educación y respeto.
—Es un placer conocerlo, señor Varzek. Dígame, ¿en qué puedo servirle?
—El placer es mío, Lady Anna. Más del que imagina —respondió él, guardando silencio unos segundos, como si estuviera organizando con cuidado sus palabras—. He venido porque... necesito ayuda. Una ayuda muy grande. Y solo usted puede dármela.
Anna inclinó ligeramente la cabeza, interesada.
—¿Ayuda? ¿De qué tipo? Diga lo que sea, si está en mi mano, se lo prometo.
El demonio suspiró, un suspiro cargado de orgullo, pero también de profunda preocupación.
—Mi hija... —empezó a decir, y su voz se suavizó al instante—. Mi hija recibió una carta hace unos días.
Eso llamó inmediatamente la atención de Anna, que abrió los ojos con curiosidad.
—¿Una carta? ¿De quién?
—Una invitación oficial —aclaró Varzek, sacando un sobre cuidadosamente guardado entre sus documentos de cuero y colocándolo sobre la mesa, justo donde ella podía verlo.
Anna reconoció el sello lacrado en el acto. El sello dorado, la forma del águila y la estrella...
La Academia Mágica Imperial.
Sus ojos se abrieron ligeramente, sorprendida y complacida.
—¿Fue seleccionada? ¿Por méritos propios? —preguntó, mirando a Lady Altheria buscando confirmación.
—Sí —respondió la anciana, asintiendo con una sonrisa tranquila—. La solicitud que enviamos fue aceptada sin dudas. La evaluaron por sus habilidades, su inteligencia y su talento. Y la eligieron.
Varzek asintió, y por un momento el orgullo brilló en sus ojos rojizos.
—Siempre fue una niña excepcional. Aprende rápido, tiene una magia muy fuerte y un corazón muy bueno. Sabía que tenía posibilidades, pero... —la sonrisa se le borró de golpe y la preocupación volvió a apoderarse de su rostro—...pero hay un problema. Un gran problema.
—¿Cuál es? —preguntó Anna, sintiendo que ya se imaginaba la respuesta.
El demonio bajó la mirada hacia sus manos entrelazadas sobre sus rodillas.
—Que ella no quiere ir.
Anna parpadeó, confundida.
—¿No quiere? ¿Por qué? ¡Es una oportunidad única! Es el lugar más prestigioso de todo el Imperio, es el futuro que todos deseamos para nuestros jóvenes...
—Tiene miedo —dijo Varzek, y esas dos palabras cayeron pesadas sobre la habitación.
El silencio se hizo de nuevo, pero esta vez fue un silencio lleno de comprensión.
—Miedo de la Academia... —continuó él, con voz suave—. Miedo de los nobles. Miedo de los humanos. Miedo de ser la única de su especie, o de una de las pocas. Miedo de ser rechazada, de ser señalada, de ser tratada como algo extraño o inferior. Miedo de fracasar y decepcionarnos. Miedo de descubrir que todo este esfuerzo, todo este camino que hemos recorrido hasta aquí... fue un error.
Anna permaneció en silencio.
Porque comprendía perfectamente ese sentimiento. Lo conocía de memoria. Probablemente mejor que nadie en esta habitación. Sabía exactamente qué se siente al pensar que no perteneces a ningún sitio, al pensar que todos te miran mal, al tener terror de que todo se derrumbe por ser quién eres.
Lady Altheria sonrió levemente, mirando a Anna con esa mirada que lo sabía todo.
—Y pensé que tal vez... —empezó a decir la anciana despacio—...que tal vez la persona que logró reconstruir una ciudad entera desde las ruinas, que logró unir a razas que se odiaban y que logró caminar sola entre sus enemigos y salir victoriosa... podría ser la única capaz de convencer a un joven demonio de que merece una oportunidad. De que tiene derecho a estar ahí. De que su lugar es ese, y que nadie puede quitárselo.
Anna abrió la boca para responder.
Luego volvió a cerrarla.
Y suspiró profundamente, mirando el sobre que estaba sobre la mesa.
Porque en ese momento, comprendió muchas cosas. Comprendió por qué Lady Altheria quería que ella fuera a la Academia. Comprendió por qué le dijo que llevara a Sylwen. Y comprendió que aquel viaje de regreso a la Academia, que ella pensaba que sería solo para cumplir con sus deberes, iba a llevar consigo muchos más acompañantes, muchas más historias y muchas más responsabilidades de las que jamás había imaginado.
—Bien... —dijo Anna finalmente, levantando la vista hacia Varzek con una sonrisa suave y decidida—. Creo que tengo mucho que explicarle a su hija. Y mucho que contarle sobre lo que significa pertenecer a un lugar... y sobre lo que significa construir el propio lugar donde uno quiere estar.
Varzek levantó la mirada, y en sus ojos brilló la esperanza.
—¿Lo hará?
—Lo haré —aseguró Anna—. Pero le advierto... creo que ahora mi viaje se va a convertir en una expedición. Y que no voy a ir sola.
La conversación pareció relajarse después de aquello. Varzek volvió a guardar con cuidado la carta de la Academia entre sus documentos, como si guardara el tesoro más preciado. Lady Altheria tomó un pequeño sorbo de su té, saboreándolo con calma. Y por unos instantes, reinó una tranquilidad agradable, suave, dentro de la habitación.
Sin embargo, Anna conocía demasiado bien a la anciana. Y sabía perfectamente que esa calma no duraría mucho.
Fue algo sutil. Un cambio casi imperceptible en el aire. La taza bajó lentamente hasta apoyarse en el platillo. La sonrisa tranquila que había en los labios de Lady Altheria se desvaneció por completo, desapareciendo como la niebla ante el sol, y en sus ojos volvió a instalarse esa seriedad profunda, antigua y sabía que hacía que hasta el aire se volviera más pesado.
—Ahora debemos hablar del segundo asunto —dijo, bajando la voz hasta convertirla en un susurro grave.
Anna sintió cómo un escalofrío helado le recorría la espalda. Ese mal presentimiento que había tenido desde la mañana regresó con el doble de fuerza, apretándole el estómago.
—¿Segundo asunto? —preguntó, aunque ya sabía la respuesta.
Lady Altheria asintió lentamente, sin apartar la mirada de ella.
—Sylwen.
El nombre cayó en la habitación como una piedra pesada lanzada al agua. El ambiente se volvió denso, frío y cargado de electricidad al instante. Incluso Varzek, que hasta ese momento había mantenido una expresión tranquila y agradecida, dejó de sonreír y se enderezó en su asiento, entendiendo de inmediato la gravedad del tema.
Anna lo sabía. Sabía que este momento llegaría tarde o temprano. Lo había estado esperando, lo había estado temiendo y, sinceramente, había estado haciendo todo lo posible por evitar pensar en ello desde la noche anterior.
—Lady Altheria... —empezó a decir Anna, intentando adelantarse, buscando las palabras adecuadas para explicarlo todo, para hacerle entender que estaba bien, que ya estaba resuelto, que ella ya había decidido qué hacer.
Pero la anciana levantó una mano delgada, de dedos largos y venas marcadas, en un gesto tranquilo pero absoluto. Un gesto que ordenaba silencio sin necesidad de palabras.
—No —dijo simplemente. Su voz seguía siendo suave, pero tenía una firmeza de hierro que atravesaba cualquier intento de réplica—. Antes de que digas nada, antes de que me cuentes tus intenciones o tus deseos... escúchame bien. Porque lo ocurrido ayer no es algo pequeño, Anna. No es algo que se pueda barrer debajo de la alfombra y olvidar.
La habitación quedó sumida en un silencio absoluto.
—Sylwen intentó asesinarte —pronunció esas palabras despacio, claramente, como si quisiera que se grabaran en la pared—. Lo hizo con todas sus intenciones. Con odio. Con rabia. Y con una espada desenvainada.
—Lo sé —respondió Anna bajando la cabeza, con la voz apagada.
—No —la cortó Altheria, negando con la cabeza lentamente. Su mirada se endureció tanto que parecía la de una jueza sentenciando a un culpable—. Creo que aún no comprendes la magnitud real del problema. Creo que sigues viéndolo solo como un asunto personal, entre tú y ella, entre el pasado y el presente. Y te equivocas.
Se inclinó un poco hacia adelante, apoyando los brazos sobre la cama.
—No atacó a una ciudadana cualquiera. No atacó a una vecina. No atacó a una comerciante del mercado ni a un soldado de la guardia. Atacó a ti.
Hizo una pausa dramática, dejando que el peso de eso cayera sobre ella.
—Atacó a Anna D'Valrienne. A una noble de una de las familias más antiguas, ricas e influyentes de todo el Imperio. A una figura reconocida públicamente en cada rincón del continente. A alguien que actualmente trabaja directamente con el Emperador, que tiene su confianza y que representa, ante todos, la estabilidad y el orden en estas tierras.
Anna permaneció inmóvil, rígida. No podía negar nada. Sabía que cada una de esas palabras era verdad. Una verdad que ella misma había olvidado o ignorado al pensar solo en el dolor de la joven elfa.
—Y eso significa que esto ya no es un asunto privado —continuó la anciana—. Esto significa que no es algo que pueda desaparecer simplemente porque tú lo desees, o porque tú decidas perdonar. Tu nombre ya no es el mismo que hace dos años, Anna. Y precisamente por eso, el problema es mil veces mayor.
Varzek asintió lentamente desde su rincón. No intervino, no dijo nada, pero su expresión seria dejaba claro que comprendía perfectamente lo que la anciana intentaba explicar, y que estaba totalmente de acuerdo.
—Si esto sale de estas tierras, si llega a oídos de alguien que no sea de nuestra confianza... la reacción será inmediata —dijo Altheria, y suspiró profundamente, como si le doliera tener que decirlo—. Y lo más extraño de todo... es que no me preocupa el Emperador.
Anna levantó la cabeza, sorprendida.
—¿No?
—No —respondió sin dudar ni un segundo—. Aurelian es un hombre justo. Él te conoce. Sabe quién eras y sabe quién eres ahora. Si esto llegara a él, te llamaría, te escucharía, te pediría tu versión de los hechos y actuaría basándose en lo que tú le dijeras. Pero... hay otras personas. Personas que no actúan con tanta calma, ni con tanta justicia, ni con tanta paciencia.
Anna ya comenzaba a sospechar a quién se refería. Un escalofrío distinto, más antiguo y más profundo, le recorrió el cuerpo.
—Tus hermanos —dijo Lady Altheria.
Y ahí estaba. Los nombres cayeron sobre la habitación como una losa de piedra pesada.
Demian.
Selene.
—Demian es el gobernante legítimo de estas tierras, el cabeza de familia, el encargado de que el nombre de los D'Valrienne siga siendo sinónimo de poder y respeto —explicó la anciana con voz grave—. Selene es su principal consejera, la mujer que se encarga de que nada manche el prestigio de la familia, la que vigila que todo esté en orden. Y ambos tienen la obligación, por ley y por sangre, de proteger la seguridad y el honor de los suyos.
La mirada de Altheria se clavó en ella, dura y penetrante.
—¿Crees de verdad que se quedarían de brazos cruzados, que mirarían hacia otro lado y que dejarían pasar el asunto tranquilamente si se enteran de que alguien intentó asesinarte? ¿De que una extranjera, una elfa, una refugiada a la que tú diste cobijo, intentó clavarte una espada en el pecho?
Anna no respondió. No podía. Porque conocía la respuesta de sobra. Conocía a sus hermanos mejor que nadie.
—No lo harán —dijo la anciana por ella, negando lentamente con la cabeza—. Ni Demian. Ni Selene. Y sinceramente... —hizo una pausa dolorosa, mirándola a los ojos—... no deberían hacerlo.
Aquellas palabras quedaron suspendidas en el aire, incómodas, difíciles, duras como el acero, pero absolutamente ciertas.
—Aunque tú la perdones —continuó, marcando cada frase—. Aunque tú no quieras presentar cargos. Aunque tú decidas olvidar lo que pasó y seguir adelante como si nada hubiera ocurrido... la ley existe por una razón. Las normas existen por una razón. Y las consecuencias... las consecuencias existen para todos, incluso para quienes tienen buen corazón.
Nadie habló.
Ni Anna.
Ni Varzek.
Ni la propia Altheria.
Durante varios segundos, solo existió el silencio y el peso de la realidad que se estaba abriendo paso entre ellas.
Finalmente, la anciana volvió a hablar, suavizando un poco el tono, aunque sin quitarle fuerza.
—No estoy diciendo que Sylwen deba morir, Anna. No estoy diciendo que sea una criminal irredimible. Ni que no haya alternativas, caminos o formas de solucionar esto sin derramamiento de sangre. Pero sí estoy diciendo una cosa muy clara: no saldrá impune. No puede salir impune. Y tú sabes que tengo razón.
Anna sintió cómo el peso de aquellas palabras se asentaba lentamente sobre sus hombros, añadiéndose a la carga inmensa que ya llevaba. Por primera vez desde el incidente de la noche anterior, comprendió que su perdón, su deseo de reparar daños y su buena voluntad no eran suficientes. Comprendió que aquello ya no dependía únicamente de ella, ni de lo que ella quisiera hacer. Había fuerzas, leyes y nombres que pesaban mucho más que sus deseos.
—Por eso... —Lady Altheria la observó con una atención absoluta, con esa mezcla de dureza y cariño que solo ella sabía usar— ...por eso, desde ahora mismo, debes empezar a pensar qué harás. Qué solución vas a darle. Qué precio estás dispuesta a pagar para que ella salga ilesa de esto.
La habitación volvió a quedar en silencio.
Y esta vez, nadie intentó romperlo.
Porque incluso Lady Altheria sabía, y así se lo hizo entender con su mirada, que aquella era una decisión que solo Anna podía tomar. Y que, fuera cual fuera esa decisión, tendría consecuencias que marcarían el futuro de todos.
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