Que en el gremio Aria cuente como parte del arsenal de su hijo, sin rango propio, es lo más real del capítulo. Lo que no cabe en la casilla queda escrito como otra cosa. Me suena a que ese registro va a pesar el día que alguien del imperio lo lea.
Capítulo 5: Una insignia para un Invocador
Pensamiento
Que en el gremio Aria cuente como parte del arsenal de su hijo, sin rango propio, es lo más real del capítulo. Lo que no cabe en la casilla queda escrito como otra cosa. Me suena a que ese registro va a pesar el día que alguien del imperio lo lea.
Contenido de la publicación
La recepcionista terminó de registrar los datos de Haruki y Rei. Comprobó por última vez sus placas, sacó dos tarjetas metálicas y las colocó sobre el mostrador.
—Listo. Su registro como aventureros está completo.
Haruki tomó la suya: una placa pequeña con su nombre grabado, el emblema del gremio y una letra E que indicaba su rango. La examinó por ambos lados, como si esperara algo más.
—Así que esta es mi insignia…
—Exactamente —explicó ella—. Debes portarla en cada misión. Si la pierdes, deberás solicitar un duplicado.
Haruki asintió distraído y miró a su lado. Aria contemplaba su tarjeta con curiosidad… o mejor dicho, contemplaba la de él. Porque ella no tenía ninguna.
—Disculpe —dijo Haruki—, ¿no hay una para mi madre? Ella también nos acompañará.
La recepcionista parpadeó.
—Para su madre?
—Sí. Debería tener su propia insignia.
La mujer consultó los documentos antes de responder.
—Lo siento, pero no es posible. La señorita Aria está registrada como una invocación vinculada a usted. Administrativamente, se considera parte de sus capacidades de combate, no una aventurera independiente.
Haruki se quedó inmóvil.
—¿Parte de mis capacidades…?
—Así es. Las criaturas invocadas no reciben rango propio. Todo queda bajo el registro de su invocador.
Bajó la mirada. Su expresión se ensombreció.
—Pero ella es mi mamá.
La recepcionista guardó silencio; no tenía respuesta para eso. Rei, que observaba su propia tarjeta, suspiró suavemente y se acercó.
—Haruki, ya sabes cómo funciona este mundo. Para el gremio, Aria es la entidad que tú has invocado. No van a cambiar las reglas por un vínculo familiar.
—¡Pero no es solamente una invocación!
—Lo sé.
—¡Es mi mamá!
—También lo sé —le dio unas palmaditas suaves en el hombro—. Pero las normas no contemplan esto. Para ellos no somos una familia, somos un equipo y sus recursos.
Haruki apretó los labios. Tenía sentido… y aun así, no le gustaba en absoluto.
Aria se acercó y le acarició la cabeza.
—No pongas esa cara, mi niño…
—Quería que tuvieras la tuya… —murmuró él.
—Lo sé, y gracias por pensarlo —sonrió con ternura—. Pero no me molesta. Técnicamente no estoy equivocada: no nací en este mundo. Aunque tenga mi voluntad, mis recuerdos y mi vida, mi presencia aquí está ligada a ti. Si me ven como algo tuyo… no están tan equivocados.
—¿De verdad no te importa que te vean como mi arma?
Aria soltó una risita.
—Bueno, puedo ser bastante letal si hace falta…
—¡Mamá!
—¿Qué? Es la verdad —le pellizcó la mejilla cariñosamente—. Pero escúchame: mientras pueda estar a tu lado, no me importa cómo me llamen. No necesito tarjeta ni título para cuidarte. Ya tengo lo más importante.
—¿Qué cosa?
—A ti.
Haruki sintió que las mejillas se le calentaban.
—No digas eso delante de la gente…
—¿Te avergüenzas de tu mamá?
—¡No es eso!
—Entonces no hay problema —lo acarició de nuevo, satisfecha.
Rei sonrió.
—Bueno, asunto resuelto.
—Supongo que sí… —suspiró Haruki, mirando su tarjeta—. Rango E. Al menos soy aventurero.
La recepcionista continuó con la explicación:
—Los rangos van desde F hasta S. Se asciende demostrando capacidad. Normalmente se empieza en F, pero en su caso se ha decidido empezar en E.
—¿Por el lobo negro?
—Exactamente. Es una criatura que muchos aventureros veteranos evitarían. Contribuir a vencerlo demuestra que están por encima del nivel de principiantes.
Haruki recordó la escena: la bestia, el ataque… y sobre todo, la cara de su madre al ver su comida destrozada.
Técnicamente… mamá lo derrotó sola. Miró a Aria, que sonreía orgullosa. Sí. Definitivamente fue ella.
—¿Alguna duda?
—No, gracias.
Se apartaron del mostrador. Haruki guardó su insignia y miró el salón lleno de gente: espadas, arcos, armaduras, mapas, risas, discusiones… todo tan familiar.
—Esto parece increíblemente conocido…
—¿Familiar? —preguntó Rei.
—Como sacado de una novela o un anime de isekai.
—Vaya, no sabía que eras tan aficionado.
—¡¿Cómo que no lo sabías?! —se ofendió—. ¡Siempre lo he sido! ¡Tú lo sabes!
—Sí, pero no esperaba que lo reconocieras tan rápido.
—He leído y visto suficientes historias como para saber cómo funciona esto —dijo mirando su tarjeta—. Si ignoramos que me expulsaron, que casi nos comen y que mi mamá me abraza hasta asfixiarme…
—¡Haruki, mira! —lo llamó Aria desde el tablón de anuncios.
Giró la cabeza. Hacía un momento estaba a su lado… y ahora estaba examinando misiones con una concentración impresionante.
—¿En qué momento…?
—Se mueve muy rápido tu madre —rio Rei.
—A veces se me olvida lo veloz que es…
—Parece emocionada.
—Eso es lo que me preocupa…
Se sentaron en una mesa libre. Haruki pidió algo de beber y la observaron: retiraba anuncios, los leía, los devolvía… como si eligiera ropa.
—¿Deberíamos vigilarla?
—Déjala disfrutar —dijo Rei.
En silencio, Haruki sostenía su vaso entre las manos. Rei lo miró con atención.
—Estás demasiado tranquilo…
—¿Lo estoy?
—Considerando todo lo que ha pasado, esperaba verte más inquieto.
Haruki miró hacia Aria.
—Cuando nos echaron… tuve miedo. Pensé que estaría solo, que no sabría sobrevivir, que quizá tenían razón y no servía para nada. Pero entonces apareció mamá… —sonrió suavemente—. Y ahora tengo una madre que derrota monstruos y me obliga a comer verduras.
Rei soltó una risa.
—Una combinación única.
—Y… no estaba del todo solo —la miró a los ojos—. Tú también viniste. Podrías haberte quedado, podrías haber buscado tu propio camino… pero decidiste acompañarme. Gracias, sensei.
Rei se quedó sin palabras. No esperaba que lo dijera.
—Haruki…
—Me alegra que estuvieras conmigo desde el principio.
Ella estiró la mano y le estiró la mejilla con cariño.
—¡Ay!
—No digas esas cosas de repente… me haces sentir mal por no ser tan ejemplar como pareces creer.
—¡Pero lo eres!
—¡No tanto! Me fui también porque no soportaba a Riku —confesó—. Ese chico me trataba como si fuera su posesión. No tenía ganas de quedarme.
—Eso no quita que elegiste venir conmigo.
—Lo sé, lo sé —siguió estirándole la mejilla—. Pero si sigues mirándome así de sincero, voy a creer que soy la mejor profesora del mundo.
—¡Pero lo eres!
—¡Y esa expresión! —rio ella, soltándolo finalmente—. En serio, no tienes que agradecerme tanto.
Se frotó la mejilla.
—Eso es fácil decirlo cuando no eres tú quien recibe el castigo…
—¿Castigo? Solo te estiré un poquito.
—¡Eso dicen todos los que torturan!
Rei soltó una carcajada y luego sonrió con picardía.
—Sabes… si sigues diciéndome cosas tan bonitas, podrías terminar conquistándome.
Haruki abrió los ojos como platos.
—¡¿QUÉ?!
—Pero te aviso: no soy una chica fácil. Tendrás que esforzarte mucho más.
—¡Esa no era mi intención!
—¿Ah, no? Qué pena. Ya me sentía especial.
—¡REI-SENSEI!
Ella estalló en risas. Haruki se cubrió la cara con las manos.
Genial. Me expulsan, descubro que mi mamá es una heroína… y ahora mi profesora se burla de mí.
—Definitivamente este isekai no es como los de la tele…
—¡La encontré!
La voz de Aria se abrió paso entre el murmullo del gremio. Haruki levantó la cabeza: ahí venía su madre, sosteniendo un papel como si fuera el tesoro más grande del mundo, con una sonrisa tan radiante que le dio de inmediato un mal presentimiento.
—¡Miren esto! —lo puso sobre la mesa, emocionada.
Rei se inclinó a leerlo. Haruki se acercó con su bebida en la mano.
Recolección de plantas medicinales
Solicitante: Orfanato de la ciudad
Objetivo: Reunir hierbas para preparar pociones
Recompensa: 5 monedas de plata
Haruki lo leyó. Lo volvió a leer. Luego miró a su madre, sin saber si reír o suspirar.
—Mamá… de verdad. ¿De todas las misiones que había?
—¡Sí! —respondió ella, tan entusiasta que no pareció notar su expresión—. ¡Es perfecta!
—Pues a mí me parece una muy buena elección —intervino Rei—. No hay peligro, empezamos suave y conocemos los alrededores.
—¡Exactamente! —Aria juntó las manos—. Y además ayudamos a los niños.
Haruki soltó un suspiro, pero ya estaba sonriendo. Claro que sí. No podía esperar otra cosa. Su madre siempre había sido así: si alguien necesitaba una mano, ella era la primera en ofrecérsela, sin importarle lo que le costara. Y ahora que por fin podía estar con él, parecía tener aún más ganas de hacerlo.
—Está bien —dijo—. Vamos. Pero oye… ¿por qué la recompensa es tan baja?
—Porque es trabajo lento —explicó Rei—. Tienes que saber qué buscar, distinguir las que sirven de las que no, recolectar sin dañarlas… son muchas horas para muy poco dinero. La mayoría prefiere otras cosas.
Aria frunció un poco el ceño.
—Qué triste. Que ayudar a unos niños valga tan poco para todos.
—El dinero hace falta —dijo ella suavemente—, pero no es lo único.
Haruki sonrió.
—Lo sabía. En cuanto leíste «orfanato» ya decidiste que era esta.
—¡Haruki! —le dio un toque cariñoso en la mejilla—. ¡No te burles de tu madre!
—No me burlo, es verdad.
—Bueno, sea como sea, vámonos —se levantó Rei, sonriendo—. Si queremos volver antes de que caiga el sol, no nos queda mucho tiempo.
—¡De acuerdo! —Aria le tomó la mano—. Vamos, mi niño. ¡Nuestra primera misión!
—Vamos, mamá —dijo él, tomándola.
El bosque estaba tranquilo. Los árboles altos dejaban pasar la luz del sol entre las hojas, y de vez en cuando se escuchaba algún pájaro. No era un sitio peligroso, pero casi nadie se detenía ahí: todos iban a lo que daba más dinero.
Haruki llevaba la cesta. Aria caminaba a su lado, mirando cada planta como si fuera algo mágico. Y Rei…
—Esta vale. Esta otra no —se agachó y separó dos hierbas que a simple vista parecían idénticas—. Ten cuidado con esa: se confunde mucho con la buena, pero si la tomas sin preparar te sienta fatal.
—¿Cómo te das cuenta tan rápido? —preguntó Haruki, sorprendido.
—Es mi habilidad como Guía. Percibo cosas que a simple vista no se ven. Al principio pensé que no servía para nada… pero aquí está la diferencia.
—¡Es increíble! —dijo él—. Así no perdemos el día recogiendo lo que no es.
—Me alegra que alguien lo diga —rio ella.
Un poco más adelante, Rei se detuvo junto a una roca. Apartó un poco de tierra, miró un instante y sonrió.
—Mira esto. Un mineral pequeño. No es nada del otro mundo, pero se puede vender.
Haruki la miró. Luego miró la roca. Y luego la miró a ella.
—Oye… ¿no decían en el castillo que tu profesión no servía para nada?
Rei se quedó quieta. Aria giró la cabeza despacio. Las dos lo miraron al mismo tiempo.
—Haruki… —dijo Rei, con una sonrisa que no le prometía nada bueno—, ¿puedes repetir eso?
—¡No! Quise decir que estaban equivocados. Muy equivocados.
—Más te vale —le dio un golpecito en la cabeza, pero sonriendo—. Bueno, vamos. Todo lo que encuentre de valor lo guardamos. Me gustaría aprender alquimia: con el tiempo podemos preparar pociones y ungüentos nosotros mismos.
Sus ojos brillaban. Haruki pensó que quizá Rei estaba disfrutando esto incluso más que ellas dos.
—¡Haruki, la cesta pequeña! —llamó ella de inmediato—. Estas hojas también sirven.
—Ya voy —suspiró él, pero sonriendo.
Pasaron las horas y no pararon. Gracias a Rei no desperdiciaron nada, y lo que parecía un trabajo lento iba viento en popa. Quizá demasiado.
—¿Cuánto llevamos? —preguntó Haruki, estirándose la espalda.
Rei revisó mentalmente.
—Casi cinco veces lo que piden.
—¿Cinco veces? ¡Pero si ya habíamos terminado hace rato!
—Mientras más lleven, mejor —dijo Aria, sin dejar de recoger unas flores azules—. Seguro que nunca les sobra nada.
—Pero… —se volvió hacia Rei buscando apoyo—, sensei, dígale algo.
—Bueno… —Rei lo pensó—. Técnicamente nadie dijo cuánto era el límite. Y lo que sobre nos sirve para estudiar.
—Estamos ayudando a un orfanato, no montando un laboratorio —dijo él.
—¿Y por qué no las dos cosas? —le sonrió ella.
Haruki abrió la boca. La cerró. Volvió a abrirla. Y se rindió.
—No tengo nada que decir contra eso.
Aria se acercó con un puñado de flores.
—Ayúdame con estas, cariño.
—Claro —las tomó—. Oigan… sé que no lo hacen por el dinero. Con lo del lobo estamos bien. Pero… de verdad quieren hacerlo, ¿no?
Se quedaron calladas. Aria jugó con una flor entre los dedos. Rei miró hacia los árboles.
—Bueno… —empezó Aria—. Los niños de un orfanato nunca tienen de sobra.
—Y si podemos darles más de lo justo… —añadió Rei.
—Pues se lo damos —terminó Aria, sonriendo.
Haruki sonrió también.
—Eso pensaba.
—¡No me mires así! —le dio un empujón cariñoso—. Parece que acabas de descubrir mi secreto.
—Lo he descubierto —rio él.
—Está bien, sí —lo abrazó por un instante—. Quiero que tengan de sobra. ¿Contento?
—Mucho. Yo también.
—Además —dijo Haruki—, si podemos hacer algo bueno mientras aprendemos, no veo por qué no.
—Tienes razón —asintió Rei.
—¡Ese es mi niño! —lo apretó.
—¡Mamá! —se quejó, pero sin zafarse—. Estamos trabajando.
—Solo un abrazo.
—¡Y llevas todo el día diciendo eso!
—¡Y lo seguiré diciendo!
Rei se rio. Haruki suspiró. A veces, pensó, lo más difícil no sería enfrentarse a monstruos. Sería sobrevivir al cariño de su madre.
Cuando el sol empezó a bajar, decidieron volver. Las cestas iban llenas hasta arriba. Rei llevaba además varias bolsas con minerales y raíces que había encontrado.
—¿De verdad cinco veces? —repitió Haruki.
—Casi —confirmó ella—. Y me sobra material para empezar con la alquimia. A ver si sacamos nuestra primera poción.
—Oye, sensei… —dijo él—, ¿no querrás dejar de ser Guía para dedicarte a la alquimia?
Rei se quedó pensativa un momento.
—La verdad no suena mal.
—Era una broma…
—Pero da para pensarlo.
—¡SENSEI!
Aria soltó una carcajada.
—Le acabas de dar una meta.
—¡No la animes!
—Bueno, primero entregamos todo —decidió Rei—. Después vemos qué hacemos con el resto.
—Volvamos antes de que decidamos recoger todo el bosque —dijo Haruki, tomando las cestas.
—¡Mañana podemos volver! —soltó Aria alegremente.
Haruki se detuvo.
—¿Mañana?
—¡Claro! Todavía hay mucho por descubrir.
Caminaron de regreso. No habían ganado una fortuna ni derrotado a nadie. Pero Haruki sentía que eso no importaba. Hicieron algo bueno, juntos. Quizá las mejores aventuras no siempre terminan en batalla. A veces empiezan simplemente ayudando.
—Mamá… —dijo él, cargando lo que parecía demasiado—. La próxima vez, ¿me ayudas con alguna?
Aria le sonrió dulcemente.
—¡Pero eres un chico fuerte y capaz!
Haruki se paró en seco. Rei se tapó la boca para no estallar en risas.
—…Soy rango E.
—¡Y confío en ti plenamente!
—¡ESO NO ES AYUDA!
Las risas de las dos lo acompañaron todo el camino. Haruki, cargando más de lo que le correspondía, pensó que cualquier monstruo daba menos miedo que esto. Al menos ellos no le pedían que cargara el doble.
Haruki ya había aprendido que había muchas formas de pasarlo mal en aquel mundo.
Podías enfrentarte a un monstruo gigante. Podías perderte en un bosque lleno de peligros. O podías ser expulsado de un castillo solo porque nadie consideraba útil lo que sabías hacer.
Pero lo que no se esperaba era esto: terminar cargando una montaña de plantas mientras las dos que debían acompañarlo se iban de paseo.
—No puedo creerlo… —murmuró frente a la puerta del orfanato.
Tenía las manos llenas de bolsas, la mochila a punto de reventar y la esperanza de entrar, dejar todo, cobrar y volver a la posada. Un plan sencillo. Un plan que no incluía que su madre y su profesora decidieran aprovechar para darse una vuelta por la ciudad.
—No te preocupes —le había dicho Rei con una sonrisa antes de marcharse—. Es solo entregar. No necesitas que vayamos.
—¡Pero son cinco veces lo que pedían! ¿Cómo voy a cargar con todo yo solo?
—Eres fuerte y capaz —le había acariciado la cabeza Aria—. Confío en ti, mi niño.
—¡Hace diez minutos dijiste lo mismo y me dejaste con todo!
—Y estoy muy orgullosa de ti.
Y así se habían ido las dos, como dos amigas que se escapaban de las tareas. Él se había quedado solo con las bolsas.
—Las voy a castigar… —miró al cielo—. No sé cómo, pero lo haré.
Lo malo era que no tenía ni idea de cómo. Ni siquiera lograba imponerle que comiera verduras sin que ella terminara ganando. Suspiró y llamó a la puerta.
Poco después abrieron: un hombre amable con túnica sencilla y una joven que llevaba el hábito de religiosa.
—¿Hola? —dijo él—. Soy Haruki, aventurero. Vengo a dejar las plantas que pidieron en el gremio.
Se miraron entre sí, sorprendidos.
—¿Tan pronto? —sonrió el hombre—. Pasen, por favor. Soy Andrés, ella es Selene.
Entró y dejó todo sobre la mesa. El lugar era humilde: muebles que pedían reparación, dibujos de niños pegados en las paredes, juguetes de madera gastados. Todo limpio, pero se notaba que les faltaban recursos.
—Muchas gracias —dijo Andrés mientras revisaba—. Hasta hace poco nos ayudaba un grupo de aventureros, conocían bien el bosque. Pero tuvieron que irse por la guerra. Desde entonces nadie aceptaba el encargo.
—¿Nadie?
—La mayoría está ocupada con cosas de la guerra. Y salir fuera de las murallas da miedo si no sabes defenderte.
Haruki bajó la mirada. Él tampoco sabía defenderse bien. De hecho, lo habían echado del castillo por ser considerado inútil. Y sin embargo ahí estaba, entregando plantas a personas que parecían agradecidas de verdad.
—Con lo que has traído —continuó Andrés— podremos preparar pociones para un mes, quizá menos. Pero nos da tiempo.
—¿Cuántos niños hay? —preguntó Haruki.
—Más de veinte —respondió Selene suavemente—. La guerra ha dejado a muchos solos. No los podemos rechazar. Si llega alguien que necesita ayuda, compartimos lo que tenemos.
En ese momento vio caritas asomándose por la puerta. Cuando se dieron cuenta de que los miraba, la mayoría se escondió. Solo una niña se quedó ahí, con el pelo en dos coletas y un muñeco en la mano. Dudó un instante y levantó la mano despacio. Haruki le sonrió y le devolvió el saludo. La niña se escondió detrás del marco, pero siguió mirándolo.
—Les has caído bien —dijo Selene.
—No he hecho nada.
—A veces eso basta.
Andrés lo miró.
—Si tienes tiempo, nos vendría muy bien que volvieras. Te pagaremos lo que podamos, no será mucho, pero…
—Padre —lo interrumpió Haruki—, ¿de verdad con esto solo llegan para un mes?
—Si lo administramos bien… sí.
Haruki miró la mesa. Al principio pensó entregar solo lo justo. Quería ver si de verdad se preocupaban por los niños o si usaban su nombre para aprovecharse. En aquel mundo había aprendido a desconfiar. Pero ahora veía cómo trataban cada planta con cuidado, cómo hablaban de los niños sin quejarse. Y sintió vergüenza por haber dudado.
Suspiró, se quitó la mochila y la puso sobre la mesa.
—Falta esto.
Empezó a sacar paquetes. Uno, dos, tres… hasta que la mesa se llenó y tuvieron que usar otra. Andrés se quedó sin palabras. Selene tenía una planta en la mano, congelada.
—Hay mucho más —dijo Haruki—. Lo recogimos pensando que podría servirles.
—Pero… —Andrés la examinó, asombrado—. Está todo perfecto. Bien recolectado, fresco… Con esto podríamos aguantar meses. Quizá medio año.
—¿Por qué no lo entregaste todo junto? —preguntó Selene con suavidad.
Haruki se rascó la nuca, avergonzado.
—Porque no los conocía. Quería asegurarme de que de verdad se preocupaban por los niños antes de confiarles más. Pero ya veo que sí. Siento haberlos puesto a prueba.
Andrés sonrió y le puso una mano en el hombro.
—No tienes por qué disculparte. En este mundo es bueno desconfiar hasta saber quiénes son las personas. No te culpo.
—Lo importante —añadió Selene— es que ahora sabemos que podemos contar contigo.
—Tenemos que pagarte todo esto —dijo Andrés, tomando una bolsa—. Aquí tienes lo del encargo. En cuanto vendamos las pociones te pagaremos el resto.
Haruki tomó la bolsa, la sostuvo un instante y se la devolvió.
—No. Eso es por el encargo cumplido. Lo demás es un regalo.
—¡No podemos aceptarlo así! —exclamó Andrés—. Es muchísimo. Podrías venderlo y conseguir dinero.
—Lo sé. Pero quiero que se queden con él.
—¿Por qué?
Haruki se encogió de hombros, con total naturalidad.
—Si le cobro más, mi madre me va a regañar.
Se quedaron mirándolo, confundidos.
—¿Tu madre? —repitió Selene.
—Sí. Es muy cariñosa, pero cuando se enfada da bastante miedo. Y además… —sonrió— ya recibí lo acordado. No necesito más. Cuídense mucho. Si necesitan más plantas, dejaré que lo sepa en el gremio.
Y salió. Andrés se quedó en la puerta mirándolo ir.
—¿Crees que alguien más habría hecho lo mismo? —preguntó Selene suavemente.
—No lo sé —respondió él—. Pero espero que él encuentre gente tan buena como lo es él.
Mientras tanto, en el mercado…
—¡¿Dónde están?! —Haruki caminaba entre los puestos, mirando a todos lados, cada vez más decidido—. Las voy a encontrar y las voy a castigar.
Pasó frente a un puesto de dulces. Miró los pastelillos. Recordó que Aria siempre le compraba uno cuando salían. Su expresión se ablandó sin querer.
—Bueno… si me compra uno quizá pueda perdonarlas… —se enderezó— ¡No! No voy a dejarme sobornar.
Apretó el paso. Sabía que cuando las encontrara, su madre lo abrazaría, Rei se reiría de él y terminaría perdonándolas.
—Soy demasiado blando —suspiró.
Pero siguió buscando.
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PermalinkQue en el gremio Aria cuente como parte del arsenal de su hijo, sin rango propio, es lo más real del capítulo. Lo que no cabe en la casilla queda escrito como otra cosa. Me suena a que ese registro va a pesar el día que alguien del imperio lo lea.
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PermalinkÓrale, Haruki se guarda la mochila hasta ver cómo tratan cada planta y luego suelta todo. Así se le da al que menos tiene, con ojos abiertos
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