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Capitulo 4.- ECO PASADO QUE AUN RESUENA

CrimsonMoon21
Pensamiento

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AgustinFerrer

Garras hace la cuenta con la lección de la mujer: los dioses sin sangre piden la ajena, y este rey sangra por el picotazo de su propio guardia y encima lo perdona. Por eso se le arrodilla.

Garras hace la cuenta con la lección de la mujer: los dioses sin sangre piden la ajena, y este rey sangra por el picotazo de su propio guardia y encima lo perdona. Por eso se le arrodilla.

Contenido de la publicación

Esa noche, su mente fue transportada a un horrible paraje en las profundidades, a través del tiempo y la superficie del mar, más allá del horizonte del archipiélago.

La visión le mostró tres grandes objetos, parecidos a los barcos de las antiguas eras, pero los brillantes colores gris, negro y rojo no eran propios de alguna madera.

Tenían una extraña espada grabada en un costado y navegaban sin rumbo entre las aguas.

En ellos viajaban humanos que vestían de forma extraña, del mismo gris que el barco, pero con manchas azules oscuras. Y otros, de largas batas blancas.

Aunque le daba curiosidad ver cómo aquellos barcos parecían pequeñas islas, por qué estaban ahí era algo que no acababa de comprender.

También sobresalían gatos que, erguidos, no medían más de dos metros.

Algunos felinos tenían partes de su cuerpo rapadas, llenas de cables y otras cosas extrañas.

Otros eran destripados por los humanos de batas blancas, y sus órganos eran guardados en urnas aún más extrañas.

En su visión, los días se acumulaban muy rápido.

Algunos humanos eran malos con los felinos, pateándolos o regañándolos.

Con el baile del sol y la luna en el cielo de su visión, se dio cuenta de que también había excepciones.

Otros humanos parecían tener una especie de academia donde se les enseñaba a los pequeños el lenguaje humano y los dejaban jugar, sacando objetos entre metales y cajas de madera.

Una humana alta, de bata blanca, parecía tener una especie de cruz de madera en el pecho. Pasaba mucho tiempo junto a un gato negro de hocico y patas blancas.

Lo llamaba Garras.

Mientras le acariciaba la cabeza, sacó de sus bolsillos un bocado y se lo ofreció.

El gato lo tomó con su pata y, después de olerlo, lo comió.

La humana sonrió y aplaudió la astucia del felino.

El gato estaba sentado frente a ella, intentando comprender unas palabras que se negaban a dibujarse sobre el papel.

Solo eran garabatos.

Miró la cruz de madera en el pecho de la mujer y preguntó:

—¿Por qué, miauu? ¿Por qué Dios pide sangre?

La mujer sonrió. Le parecía graciosa la forma de hablar de los felinos.

—Garras, cuando amas a alguien con todo tu corazón —dijo, tocándose el pecho—, estarías dispuesto a dar todo por ellos, incluso tu propia sangre.

—¿Es miauu necesario?

La mujer, sorprendida por la pregunta del felino, lo pensó un momento antes de responder.

—Bueno, en algunas culturas se decía que los dioses no poseían sangre, así que pedían eso como tributo para la salvación o para conceder algún deseo. Pero yo creo que un buen dios es el que se sacrifica por otros, ¿no lo crees tú?

El felino ladeó la cabeza sin dejar de mirar a la mujer.

La mujer sonrió más abiertamente.

—Mira, si un dios está dispuesto a derramar su propia sangre antes que la de su pueblo, es un dios que merece ser venerado.

El gato se abrazó a la humana, ronroneando.

—¿Por eso miauu nos cuidas, miauu?

Ella acarició su pelaje y continuó explicándole que la sangre aparecía muchas veces en las historias de los humanos, en sus sacrificios, en sus guerras y en sus ritos.

El gato continuó preguntando.

Algunas de sus dudas no parecían tener sentido.

Pero a ella no le parecían motivo de burla.

Al contrario, el gato mostraba rasgos de personalidad, capacidad para cuestionar, así como comprensión.

Aunque la mayoría de los humanos podían ser crueles con ellos, aquella mujer siempre regresaba a enseñarles algo nuevo, como algunos otros de sus compañeros de bata blanca.

Un día desapareció, al igual que los demás humanos.

Solo sus ropajes y batas blancas quedaron por los pasillos fríos de los barcos.

Los felinos no acababan de comprender qué había ocurrido.

Cuando voltearon, los humanos ya no estaban allí. Algunas ropas se volaron con el viento, perdiéndose en el azul del mar.

El gato negro tenía un extraño libro, al cual se abrazaba con fuerza.

La silla de la mujer estaba vacía.

El barco estaba en calma.

—¿Por qué miauu Garras estar triste?

—Ya no haber miauu humanos, no exigir, no lastimar, ser libres, miau.

Garras parpadeó antes de observarlo. Miró las batas blancas en el piso y después abrazó su extraño libro, mirando hacia el mar, buscando alguna respuesta. Elevó la vista al firmamento, como si este le fuera a responder.

—Tampoco miauu quién abrazar, enseñar o miauu amar a los felinos. Esto es la libertad.

Miró el barco nuevamente.

Todo estaba vacío, sin humanos, solo maullidos y gatos correteando por todos lados.

Durante los primeros días, los barcos tenían comida.

Los depósitos estaban llenos.

Había agua, medicamentos y todo lo necesario para sobrevivir.

Pensaron que los humanos regresarían.

Pero no regresaron.

Intentaron manejar las embarcaciones.

No sabían cómo.

Algunos comprendían ciertas instrucciones que habían aprendido de los humanos, pero aquello no era suficiente para controlar barcos enormes en medio de un océano que parecía no tener fin.

Comenzaron a vagar, arrastrados por la corriente.

Al principio, el mar permaneció tranquilo.

Los gatos comían de los depósitos.

Los pequeños jugaban.

Algunos incluso creyeron que todo permanecería bien.

Pero los días transcurrieron, volviéndose semanas.

La comida comenzó a escasear.

Las aguas cambiaron.

Y las tormentas, como huracanes, azotaron las embarcaciones.

Y el mar comenzó a reclamar a los más débiles.

Varios gatitos pequeños caían al agua para ser devorados por las orcas que se aglutinaban bajo la superficie.

Los adultos gritaban.

Algunos intentaban saltar detrás de ellos, compartiendo su destino.

Otros se sujetaban al piso con sus garras, sin hacer nada más.

Y el gato negro comenzó a recordar las palabras de aquella mujer.

Recordó sus manos.

Recordó el libro.

Recordó la forma en que ella pronunciaba las palabras cuando le enseñaba a leer.

Y recordó aquella conversación sobre Dios.

Así que comenzó con un viejo ritual.

La mujer lo llamaba orar.

Ella le había enseñado que, cuando alguien sufría y no podía hacer nada más, solo podía orar y esperar.

No comprendía el porqué, pero estaba seguro de que algo debía pasar, algo debía salvarlos.

Tal vez Dios.

Los gatos, en su desesperación, comenzaron a hacer lo mismo.

Oraban a un dios que los ayudara a salir del agua.

Oraban para que los humanos que los habían abandonado regresaran.

Oraban, pidiendo ayuda como diera lugar.

La tormenta y los vientos nublaban su visión.

Las embarcaciones luchaban contra las olas feroces y los implacables vientos.

Entonces el gato negro levantó la mirada hacia el cielo.

Contempló los relámpagos.

Escuchó los truenos.

Era simplemente la ira de Dios, que les había arrebatado a los humanos y los había dejado ahí para morir.

—Pero si ella tenía razón... —murmuró—, alguien debería escucharnos.

La visión del rey terminó.

Este respiró profundamente, abrió su ojo, se levantó y salió del nido.

Pidió perdón por despertar a la reina y a las crías, y mandó llamar a su escolta personal: los búhos más rápidos de la isla.

Les ordenó seguirle.

La Reina le advirtió que los vientos no eran buenos para el vuelo, pero el Rey decidió ignorarla.

Comenzando el vuelo, sin decir una sola palabra, su guardia le siguió.

Volaron muchas leguas sobre el mar, más allá del archipiélago, abandonando el Uroboros.

Entonces el viento se calmó.

Las aguas se serenaron.

Y el sol se levantó.

Garras, agotado, miró el cielo.

Le pareció muy hermoso.

Su mirada capto varias sombras que se desplazaron velozmente por la cubierta, rodeando las embarcaciones.

El resto de los gatos los siguieron con la mirada.

Garras, en cambio, volvió su vista al sol

Vio algo que lo aterrorizó.

Una enorme sombra cubrió el sol.

Observó la gigantesca figura desplomarse sobre su barco, así como otras todavía más grandes en los barcos de sus compañeros; se sujetaban a los tubulares de barco sin emitir ruido alguno.

—¿Aves?... No, búhos... —murmuró.

Todos tenían su único ojo cerrado.

Al abrirlos, revelaron sus pupilas como si fueran cientos de renacuajos.

Salvo por uno.

El que estaba frente a Garras, de color blanco con gris, parecía tener un tinte dorado en la punta de sus alas y un ojo con siete anillos de pupilas, como si fueran las flechas de una brújula, que lo observaban atentamente.

Ese búho abrió la envergadura de sus alas, siendo imitado por su guardia.

—¡Arrodíllense! —dijeron los centinelas al unísono, como un graznido de guerra.

Los gatos, al no saber qué hacer, solo miraban estupefactos.

—¡Arrodíllense ante el Rey de los Búhos, protector de Shambala! ¡Arrodíllense ante la grandeza del soberano del tiempo!

Y entonces el gato negro lo entendió.

Y no solo se arrodilló.

Se doblegó.

Como si fuera una oración.

Como si diera una plegaria.

Y los demás gatos, poco a poco, le siguieron.

El rey búho no pudo evitar esbozar una sonrisa, recordando al rey humano, su forma de calmar su ira y hacerlo feliz.

—No es necesario —dijo el Rey Búho—. De pie.

Garras apenas comenzó a levantarse.

—¿Cómo nos encontró?

Uno de los centinelas se movió, como si hubiera distorsionado el tiempo, y sujetó el cuello del gato con sus garras.

—¡Esa no es manera de dirigirse al Rey de los Búhos! —recalcó mientras lo arrojaba bruscamente al suelo.

El felino cayó de pie sobre sus cuatro patas, siseando y dispuesto a pelear contra la enorme bestia.

Se lanzó contra el búho, rebotando de forma casi increíble sobre sus patas con ferocidad y velocidad.

Pero el rey no solo distorsionó el tiempo.

Se movió más allá de él para detenerlo.

Con delicadeza logró sujetar al gato.

Pero, repentinamente, fue golpeado por el pico de su centinela, lastimándole superficialmente cerca de su ojo.

El terror se reflejó en el ojo del guardia.

Sus pupilas se movían en todas direcciones, buscando una respuesta.

—Lo siento, alteza. No fui capaz de verlo. Desapareció por un momento.

No pudo más que hacer una reverencia de súplica, con el rostro en el suelo, pidiendo el perdón del Rey.

El jerarca del tiempo lo miró y bajó al gato con cuidado.

Todos los gatos quedaron anonadados, sin saber qué decir o hacer.

Su guardia, ansiosa, mordisqueaba el barandal.

Sabían que el rey búho no perdonaba las ofensas menores.

Garras solo sentía un sabor raro en su boca.

La sangre del monarca le había salpicado.

«No es un dios», pensó el gato mientras se relamía los bigotes.

Recordó las lecciones de aquella mujer.

La voz del rey le trajo de vuelta a la realidad.

—Levántate, mi guerrero —decía mientras con sus garras acariciaba la cabeza del búho tumbado—. Los accidentes suelen pasar.

Toda la guardia se quedó estupefacta.

¿Quién era este Rey?

No se veía molesto en lo absoluto.

El gato negro lo pensó un momento.

Recordó las lecciones de los humanos.

«Un dios que está dispuesto a sangrar por su pueblo es digno de veneración».

Y, reverenciando al Rey, el gato habló:

—Mi señor miau, disculpe lo ocurrido, pero ¿por qué llegó aquí, si puede saberse, miau?

—Tuve una visión en la cual sufrían. Por eso he detenido la tormenta y he calmado las aguas. Ya pueden estar más tranquilos.

—No tenemos a dónde ir, miau —dijo Garras—. Los humanos desaparecieron, miau, y nos dejaron a nuestra suerte. Hemos perdido a muchos de los nuestros, miau.

Garras inclinó la cabeza.

Una lágrima recorrió su hocico.

El rey búho le extendió un ala, acariciándolo para consolarlo.

—Agradezco su rescate, miau, pero podríamos volvernos una carga.

El rey lo miró e interrumpió:

—Los sacaremos de aquí. Tú y los tuyos pueden confiar en mí.

El rey sonrió y Garras le devolvió la sonrisa.

Las pupilas del rey giraron nuevamente, dándole un nuevo pasaje.

Una nueva visión.

En ella, los gatos llenaban las calles de Shambala.

La ciudad volvía a estar viva.

Los búhos jóvenes las recorrían en compañía de los felinos.

Se había borrado el río de sangre que amenazaba desde el templo.

El rey sonrió levemente.

Y empezó a explicar el plan de evacuación.

Para ello tendrían que llegar al archipiélago, atravesar el remolino del Uroboros y llegar al socavón, que era la entrada al mundo interno de Shambala.

Sería un viaje feroz.

Primero intentó que su guardia se colocara al frente de los barcos, sujetando los tubulares, abriendo las alas y emprendiendo el vuelo para moverlos hacia adelante.

Pero no lo consiguieron.

Apenas lograron moverlos cuando una violenta ola los hizo retroceder.

Volvieron a intentarlo.

El rey confiaba en que su guardia podría lograrlo.

Los búhos batieron las alas con todas sus fuerzas, intentando arrastrar las enormes embarcaciones.

Pero los barcos apenas se movieron.

Volvieron a intentarlo una vez más.

Nada.

Los centinelas terminaron exhaustos, aferrados a los tubulares.

—Majestad... es imposible —dijeron al unísono.

El rey miró las embarcaciones.

Luego miró a sus centinelas.

Finalmente, comprendió que su fuerza no era suficiente.

El gato reverenció al rey en forma de súplica para que no los abandonase.

Todo su pueblo gatuno lo siguió.

Entonces el rey miró al horizonte, más allá de las islas.

Sus pupilas comenzaron a girar lentamente.

—El Soberano del Equilibrio. Él puede resolverlo.

Y soltó un graznido agudo.

Uno que resonó en todo el mar, como si llamara a la naturaleza.

Su guardia entonces lo siguió, entonando el mismo graznido.

Los gatos, sin perder su postura, taparon sus oídos.

Parecía que podrían romperse en cualquier momento por el ruido ensordecedor.

El graznido paró lentamente.

El rey búho observó la adoración y le pidió al gato recomponerse.

—Disculpe, miau. ¿Y ahora qué haremos, mi señor?

—Esperar.

Thoughts

  • AgustinFerrer

    Garras hace la cuenta con la lección de la mujer: los dioses sin sangre piden la ajena, y este rey sangra por el picotazo de su propio guardia y encima lo perdona. Por eso se le arrodilla.

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  • selva_

    Las batas blancas tiradas por los pasillos y la ropa volando al mar, sin un solo cuerpo, me dejaron más fría que las orcas. Y ya pe, para mí los gatos son los centinelas que el rey pedía en el nido, aunque él todavía no lo diga.

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Esa noche, su mente fue transportada a un horrible paraje en las profundidades, a través del tiempo y la superficie del mar, más allá del horizonte del archipiélago.

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