Vaya pues, la montaña de bolsas y Goro con las manos vacías ofreciéndose. Ese cipote no se ofreció solo por amable, va.
Capítulo 36: pequeños momentos, grandes recuerdos
Yuuto salió de la estación y respiró profundamente.
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Vaya pues, la montaña de bolsas y Goro con las manos vacías ofreciéndose. Ese cipote no se ofreció solo por amable, va.
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Yuuto salió de la estación y respiró profundamente.
El aire fresco de la mañana, cargado con el olor leve a asfalto húmedo y el perfume de los árboles que bordeaban la acera, golpeó su rostro con suavidad mientras las puertas automáticas se cerraban detrás de él con un sonido metálico y breve. El sol brillaba alto, pero una brisa ligera hacía que el calor no resultara molesto, y por un instante, todo pareció estar en calma.
—Estoy bien...
Apretó ligeramente la correa de su bolso contra su hombro, sintiendo la textura del tejido entre sus dedos.
—Estoy bien.
Lo repitió más para sí mismo que para convencer a nadie, como si esas dos palabras fueran un pequeño hechizo que pudiera mantener a raya su propia inseguridad.
Aquella era la primera vez en mucho tiempo que salía solo a un lugar tan concurrido. Las calles estaban llenas de gente: personas apresuradas que iban al trabajo, turistas mirando los letreros, grupos de amigos que caminaban riendo. Y él estaba allí, en medio de todo eso.
Sin Reika.
Sin Ayaka.
Sin Goro.
Sin nadie que caminara a su lado, sin nadie que le tomara la mano o le dijera que no pasaba nada.
Solo él.
Y aunque había decidido hacerlo por voluntad propia, eso no significaba que los nervios hubieran desaparecido por completo.
Todavía sentía esa pequeña presión en el pecho, como si un nudo suave pero persistente se hubiera instalado allí desde que salió de casa. Ese miedo irracional que le susurraba al oído que todos lo estaban mirando, que todos estaban pensando algo sobre él, que todos podían verlo de una forma que él no quería ser visto.
Yuuto bajó un poco la mirada, fijando sus ojos en el suelo, en las líneas del pavimento, en sus propios zapatos que avanzaban despacio, uno tras otro. Se pasó una mano por un lado del cabello, acomodándolo sin darse cuenta, un gesto que le salía siempre que se sentía expuesto.
Entonces escuchó algunas voces.
No estaban dirigidas a él. Eran simples conversaciones ajenas, que flotaban en el aire mezcladas con el ruido de los coches y los pasos de la gente. Pero aun así llegaron claramente a sus oídos.
—Oye, ¿viste a esa chica? —dijo una voz femenina, alegre y cercana.
—¿Cuál? —respondió la otra, con curiosidad.
—La del cabello plateado. La que pasó hace un momento.
Yuuto sintió que sus hombros se tensaban de golpe, su cuerpo se puso rígido y sus pasos se hicieron más cortos, casi detenidos. Su corazón dio un salto, esperando lo que viniera después.
—Debe usar un tinte carísimo. No es un color común.
—¿Tinte? —dijo la otra, con tono de duda—. Se ve demasiado natural, brillante y suave. No parece pintado.
—Entonces será una peluca. De esas de buena calidad.
—¿Dónde compras una peluca así? Si es así, se ve increíblemente real.
—Ni idea. Pero si descubres dónde, avísame, que yo también quiero una así.
Las dos mujeres siguieron caminando, alejándose cada vez más, sus voces perdiéndose entre el ruido de la calle. Ni siquiera parecían haber detenido el paso ni haberlo mirado directamente. Simplemente estaban comentando entre ellas, como se comenta algo que llama la atención, sin malicia, sin intención.
Yuuto las observó alejarse por el rabillo del ojo, soltando el aire que había estado reteniendo sin darse cuenta.
Y por primera vez se dio cuenta de algo importante.
Nadie estaba burlándose. Nadie estaba señalándolo con el dedo. Nadie estaba diciendo cosas crueles, ni susurrando cosas horribles, ni mirándolo con desprecio.
Simplemente... sentían curiosidad. Nada más.
Aquello era extraño, nuevo, y todavía no sabía muy bien cómo sentirse al respecto. Pero la presión en su pecho se aflojó un poquito, muy despacio.
Así que siguió caminando.
Poco a poco. Paso a paso. Controlando su respiración, mirando al frente, aunque sin atreverse todavía a sostener la mirada de nadie.
Hasta que finalmente, el enorme centro comercial apareció frente a él, con su fachada brillante y los letreros luminosos que anunciaban todo tipo de tiendas. Las puertas de cristal se abrieron automáticamente al acercarse, emitiendo un sonido suave, y el bullicio del interior lo recibió de inmediato, envolviéndolo por completo
Había de todo. Tiendas de ropa con maniquíes en los escaparates, locales de comida con aromas que se mezclaban en el aire, música de fondo que sonaba bajita pero alegre, conversaciones que se entrecruzaban por todos lados. Familias enteras paseando, parejas tomadas de la mano, niños corriendo de un lado a otro persiguiéndose, ancianos que caminaban despacio mirando todo con calma.
Yuuto permaneció quieto unos segundos justo en la entrada, sintiendo cómo el aire acondicionado le acariciaba la piel y cómo el ruido lo rodeaba todo. Se quedó allí, inmóvil, observando el ir y venir de la gente, esperando que apareciera ese miedo otra vez... pero no fue tan fuerte como antes.
Luego soltó lentamente el aire que no sabía que había estado conteniendo desde que salió de la estación.
—Llegué... —susurró casi sin voz.
Una pequeña sonrisa, tímida y leve, apareció en sus labios.
Lo había logrado. Parecía algo insignificante para cualquiera, algo que todos hacían a diario sin pensarlo. Pero para él no lo era en absoluto.
Había llegado solo. Había caminado entre la gente. Y seguía estando bien.
Nadie lo había perseguido. Nadie se había reído de él. Nadie había intentado lastimarlo, ni decirle nada malo. Solo había caminado hasta allí, como cualquier otra persona, comprando tiempo y confianza con cada paso.
Y por alguna razón, aquello le dio un poco más de fuerza. Una pequeña chispa que le hizo sentir que, quizás, no era tan diferente al resto.
Yuuto ajustó de nuevo la correa de su bolso, enderezó un poquito la espalda y comenzó a recorrer los pasillos, avanzando entre la gente con paso más seguro, aunque todavía manteniéndose un poco apartado, pegado a los laterales, sin cruzarse demasiado en el camino de nadie.
Sabía exactamente lo que estaba buscando. No había venido a pasear sin rumbo.
Hacía años que no dibujaba en serio. Años enteros. Desde que todo cambió, desde que se había encerrado tanto en sí mismo que había dejado de lado todo lo que le gustaba. Pero últimamente había sentido unas ganas extrañas, casi urgentes, de volver a intentarlo.
Quizás porque finalmente tenía cosas que quería recordar. Pequeños momentos, sensaciones, personas que quería guardar para siempre. Quizás porque quería llenar páginas con algo más que palabras, con algo que saliera de sus manos y de su imaginación. Quizás porque simplemente quería recuperar una parte de sí mismo que había abandonado en algún momento, sin querer.
Mientras caminaba entre los estantes altos y llenos de productos de la sección de papelería, el ruido del centro comercial comenzó a desvanecerse poco a poco en su mente. Sus ojos recorrían todo con atención, deteniéndose en cada objeto, en cada color, en cada textura.
Cuadernos de todos los tamaños y grosores, con tapas de cartón, de plástico, lisas o decoradas. Lápices de colores, de grafito, de distintas durezas. Portaminas de diseños sencillos y otros más elaborados. Gomas de borrar de todas las formas. Marcadores, rotuladores, tizas, reglas, compases...
Sus dedos rozaron las superficies mientras caminaba despacio, buscando, comparando, pensando en lo que necesitaba. Se detuvo frente a una estantería más baja, donde estaban los materiales para dibujo artístico.
Allí estaban.
Tomó con cuidado un cuaderno de hojas gruesas, de papel rugoso y resistente, del tamaño perfecto para llevarlo consigo. Lo sostuvo entre sus manos, sintiendo su peso, su solidez. Lo abrió lentamente, y el sonido de las hojas al separarse fue suave y agradable. Pasó los dedos con delicadeza por la superficie del papel, notando la textura, la calidad, pensando en cómo se deslizaría el lápiz allí.
Y una sonrisa mucho más amplia, mucho más sincera y tranquila, apareció en sus labios.
Sí. Esto era exactamente lo que estaba buscando. Lo que necesitaba.
Sin darse cuenta, por primera vez desde que había salido de casa... ya no estaba pensando en las miradas de los demás, ni en si lo estarían observando, ni en si hablaban de él.
Estaba pensando en qué sería lo primero que dibujaría cuando regresara. En cómo empezaría, en qué colores usaría, en qué forma le daría a lo que tenía en su mente.
Por primera vez en mucho tiempo, se sentía completamente él mismo.
Yuuto ya había llenado casi la mitad de la canasta que llevaba colgada del brazo. El plástico ligero se marcaba contra su piel, pero apenas lo notaba, tan absorto estaba en lo que había ido reuniendo.
Un bloc de dibujo de hojas gruesas, de ese papel áspero que tanto le gustaba.
Lápices de grafito de distintos grosores y durezas, desde los más finos para detalles hasta los más suaves para sombras.
Portaminas de diseño sencillo, pero que se sentían cómodos al tacto.
Borradores de distintos tipos: unos suaves como goma de borrar clásica, otros más duros para trazos intensos.
Difuminos de diferentes tamaños, esos pequeños rollos de papel prensado que tanto usaba para mezclar tonos.
Un par de cuadernos de tapas duras, con hojas lisas, que le habían parecido perfectos para bocetos rápidos o apuntes.
Y varias cosas más: reglas flexibles, un sacapuntas pequeño y metálico, incluso unos lápices de tinta que le habían llamado la atención al pasar.
Era más de lo que había planeado comprar al salir de casa. Mucho más. Pensaba llevarse solo lo esencial, lo justo para empezar de nuevo. Pero no podía evitarlo. Cada vez que sus ojos se posaban en algo, su mente viajaba automáticamente hacia atrás, hacia años atrás.
Cada objeto despertaba un recuerdo nítido, vivo.
Horas enteras dibujando en silencio, en su habitación, con la luz del atardecer entrando por la ventana.
Bocetos escondidos entre las páginas traseras de cuadernos escolares, para que nadie los viera.
Personajes imaginarios a los que él ponía nombre, historias completas que nacían solo de la punta de su lápiz.
Paisajes que inventaba, lugares que nunca había visitado pero que podía ver con claridad en su cabeza.
Hacía años que no tocaba materiales así. Años en los que había dejado todo eso guardado, olvidado, como si fuera una parte de él que ya no le pertenecía. Y aunque sabía que probablemente estaba totalmente oxidado, que sus manos ya no tendrían la misma soltura ni sus ojos la misma agudeza de antes... no le importaba en absoluto.
Al contrario. Se sentía bien. Extrañamente bien. Liviano, casi. Por primera vez en mucho tiempo estaba haciendo algo solo para sí mismo, sin pensar en si gustaría, si estaría bien, si alguien lo juzgaría. Solo por el placer de hacerlo.
Mientras recorría el último pasillo, sus ojos se detuvieron en una estantería baja. Allí, en una esquina, había una caja de lápices de colores. No eran los baratos de la escuela, sino unos de buena calidad, con tonos intensos y una caja de cartón elegante.
Yuuto se acercó despacio, se inclinó y la tomó entre sus manos. La giró suavemente, observando el diseño, el brillo de los colores impresos en la tapa. Una sonrisa suave y nostálgica se dibujó en sus labios.
—Quizás... —murmuró bajito, como si le estuviera preguntando a la caja misma.
No estaba seguro de si realmente los usaría. Al fin y al cabo, su costumbre siempre había sido dibujar solo con grafito, con líneas y sombras, sin color. Pero la idea de volver a dar color a algo, de llenar una hoja con tonos vivos, le resultó de pronto irresistible.
Sin dudarlo más, terminó colocándolos en la canasta, encima de todo lo demás.
Justo entonces, cuando estaba a punto de seguir caminando hacia la caja, escuchó una voz que le resultó demasiado familiar, demasiado conocida, como para ser casualidad.
—Vaya...
Yuuto se quedó inmóvil en el acto. Sus dedos se aferraron un poco más al asa de plástico de la canasta. El corazón le dio un pequeño salto dentro del pecho, acelerándose de golpe.
Conocía esa voz. Demasiado bien. Había hablado con ella, había reído con ella, había confiado en ella más de lo que había hecho con casi nadie.
Giró lentamente la cabeza, con el cuerpo todavía tenso por la sorpresa.
Y la vio.
Shiori.
Estaba de pie a pocos metros de él, frente a un estante de regalos, sosteniendo varias bolsas de compras colgadas de sus muñecas, que parecían pesarle un poco. Tenía el cabello un poco despeinado por el movimiento y una expresión de total sorpresa en el rostro.
Y junto a ella...
Goro.
El enorme estudiante de cuerpo ancho y mirada tranquila, aquel chico que había conocido apenas unos días atrás, y que todavía no sabía absolutamente nada sobre él, sobre su vida, sobre quién era en realidad.
Yuuto sintió cómo la sangre le subía un poco a las mejillas, y al mismo tiempo un alivio repentino le recorrió el cuerpo.
Por suerte llevaba aquella ropa: una blusa de corte suelto, unos jeans que le quedaban bien, y sobre todo, llevaba los lentes de montura fina que usaba para disimular un poco sus rasgos.
Por suerte llevaba ese aspecto que usaba cuando no quería ser reconocido, o cuando quería ser simplemente "alguien más".
Y por suerte, Goro jamás había visto su verdadero aspecto. Nunca lo había visto sin esa apariencia, sin esa forma de presentarse al mundo que él había construido con tanto cuidado.
—¿Shiori? —preguntó, con la voz un poco más suave y aguda de lo habitual, tal como la usaba en estas ocasiones, totalmente sorprendido de verdad.
Shiori parpadeó un par de veces, y luego sonrió de inmediato, una sonrisa amplia y natural, como si de verdad no se lo creyera.
—¡Qué casualidad! —exclamó, acercándose un par de pasos.
Goro miró de Shiori a Yuuto, con esa calma pesada y tranquila que parecía caracterizarlo. Sus ojos grandes y redondos pasaron de uno a otro, analizando, sin malicia, solo curiosidad.
Luego volvió a mirar a Shiori y señaló con la cabeza hacia Yuuto.
—¿La conoces? —preguntó con su voz grave y pausada.
Yuuto ya estaba preparándose, con el alma en un hilo, para escuchar su nombre verdadero salir de la boca de ella. Ya estaba pensando en cómo reaccionar, en qué decir, en cómo explicarlo si todo se revelaba allí mismo.
Pero Shiori no lo dijo. Ni siquiera por accidente. Ni siquiera titubeó.
—Sí —respondió con total naturalidad, como si fuera la cosa más obvia del mundo—. Es una vieja amiga. Nos conocemos hace mucho.
Yuuto entendió inmediatamente, en ese instante breve en que sus miradas se cruzaron. Shiori también había recordado. Había recordado que Goro no sabía nada, que él mantenía esa identidad oculta, y que ahora mismo lo estaba ayudando, protegiéndolo, sin que nadie se diera cuenta.
Una pequeña sensación cálida, suave y agradable, apareció en su pecho, disolviendo toda la tensión que había sentido segundos antes.
—¿Amiga? —repitió Goro, asintiendo despacio con la cabeza, procesando la información—. Ya veo. Qué coincidencia encontrarse aquí.
Luego, Goro dirigió toda su atención hacia Yuuto, mirándolo con respeto y educación, sin sospechar absolutamente nada.
—Mucho gusto —dijo, inclinando un poco la cabeza.
Yuuto hizo una pequeña reverencia, muy cortés, manteniendo la mirada baja un instante, tal como solía hacer.
—Igualmente —respondió con voz suave.
Por un instante dudó. Se quedó callado, pensando qué decir, cómo presentarse. Sabía que no podía decir su nombre real. No aquí, no ahora, no frente a él.
Luego tomó aire y habló con firmeza, aunque su corazón seguía latiendo rápido.
—Mi nombre es Mika.
—¿Eh? —Goro parpadeó, como si fuera lo más normal del mundo.
—Me llamo Mika —repitió, sonriendo apenas.
Shiori tuvo que desviar la mirada bruscamente hacia un lado, mirando hacia los estantes vacíos. Se llevó una mano a la boca, tosió disimuladamente y apretó los labios con fuerza. Claramente estaba haciendo un esfuerzo enorme por no soltar una carcajada, por no dejar ver lo divertido que le resultaba todo aquello.
—Mucho gusto, Mika-san —dijo Goro, totalmente ajeno a todo, asintiendo otra vez.
—El gusto es mío —respondió Yuuto, tratando de mantener la compostura.
Goro asintió de nuevo, tranquilo, y se quedó allí parado, con esa calma suya que parecía llenar todo el espacio.
Yuuto tuvo que contener una pequeña risa que le subía por la garganta. Era una sensación extraña, casi mágica: presentarse con otro nombre, ser otra persona por un momento, saber que nadie sabía la verdad. Pero también resultaba un poco divertido, una especie de juego secreto que solo él y Shiori entendían.
—¿Qué haces aquí, Mika? —preguntó Shiori, recuperando la compostura y volviendo a mirarlo con esa sonrisa cómplice que solo él podía leer.
Yuuto levantó ligeramente la canasta que llevaba en el brazo, dejando ver todo lo que había reunido: el bloc, los lápices, la caja de colores, todo brillando bajo las luces del techo.
—Quería comprar algunas cosas para dibujar —explicó, sintiendo cómo sus ojos se iluminaban solo de decirlo.
Los ojos de Shiori se abrieron un poco más, brillando con sorpresa y alegría genuina.
—¿Volverás a hacerlo? —preguntó, casi emocionada.
—Eso espero —respondió él, bajando un poco la mirada hacia sus manos, con timidez—. Hace muchísimo tiempo que no lo hago.
—Me alegra muchísimo escucharlo —dijo ella, con tono sincero—. De verdad me alegra.
Yuuto sonrió, con esa mezcla de vergüenza y satisfacción que le provocaba hablar de esto.
—Aunque seguramente estoy oxidada —añadió, usando el género femenino con total fluidez, como si fuera lo más natural, mientras miraba a Shiori a los ojos—. Seguro que ahora me sale todo mal.
—Lo dudo mucho —respondió ella de inmediato, negando con la cabeza.
—Créeme, es verdad. Han pasado años.
—No. Seguro que lo haces igual de bien o mejor.
—Te digo que no.
—Que sí.
—Que no.
—Que sí.
Los dos se quedaron mirándose unos segundos, en silencio, sonriendo, retándose con la mirada, como si hubieran olvidado completamente que había alguien más presente, como si estuvieran solos allí en medio de la tienda.
—¿Se conocen desde hace mucho, entonces? —preguntó Goro, rompiendo ese pequeño momento con su voz grave y tranquila, sin entender nada pero con curiosidad.
—Bastante —respondió Shiori al instante.
—Mucho tiempo —añadió Yuuto a la vez.
—Ya veo —dijo Goro, asintiendo, satisfecho con la respuesta. Se quedó mirando las bolsas que cargaba Shiori, luego miró a Yuuto, y finalmente volvió a mirar a Shiori con esa mirada directa y sencilla suya
Yuuto inclinó ligeramente la cabeza, confundido por la pregunta, pero también curioso.
—¿por sierto? —dijo, mirando alternativamente a ambos—. ¿Por qué están juntos?
Por alguna razón, al escuchar esa pregunta, la expresión de Shiori se volvió un poco rígida. Sus hombros se tensaron levemente, y apartó la mirada hacia los estantes.
Y Goro, por su parte, se rascó la mejilla con el dedo índice, mirando hacia el techo, como si de repente hubiera encontrado algo muy interesante allí arriba.
—Bueno... —empezó a decir él, arrastrando la palabra.
—Nos encontramos por casualidad —se adelantó a decir Shiori, muy rápido, casi cortándole la palabra.
—Sí —confirmó Goro, también muy rápido, bajando la vista de golpe.
—Solo coincidimos en el camino —añadió ella, con una sonrisa que parecía un poco forzada.
—Exacto. Pura coincidencia —repitió él, asintiendo con demasiada energía.
Yuuto levantó una ceja, observándolos con atención.
Demasiado sincronizados.
Demasiado rápidos para responder.
Demasiado nerviosos para ser solo un encuentro casual.
—¿Y entonces? —insinuó él, con una pequeña sonrisa juguetona que no se le escapó a Shiori.
Ella levantó las bolsas que llevaba, mostrándolas con dramatismo.
—Compré más cosas de las que esperaba —dijo.
—Muchas más —corrigió Goro.
—Demasiadas, la verdad.
—Sí, muchas más.
—Y Goro se ofreció amablemente a ayudarme a cargar todo esto hasta la salida —explicó ella.
—No podía dejar que cargara todo eso sola —dijo él, con esa ingenuidad y caballerosidad que parecían ser parte de su naturaleza—. Son muchas bolsas y pesan bastante.
Yuuto observó la montaña de bolsas que colgaban de las muñecas de Shiori. Eran muchas, de distintos tamaños, algunas llenas hasta el borde.
Luego observó a Goro: alto, fuerte, con las manos vacías y la espalda recta, totalmente dispuesto a lo que fuera.
Después observó a Shiori: con las mejillas ligeramente sonrosadas, mirando a todos lados menos a él, con una sonrisa que no le llegaba a los ojos del todo.
Y finalmente volvió a mirar las bolsas, muy despacio, muy lentamente, como si estuviera analizando cada detalle.
Una pequeña sonrisa, traviesa y comprensiva, apareció en sus labios.
—Qué amable de tu parte, Goro —dijo, con tono suave y divertido.
—¿Verdad? —respondió él, totalmente convencido—. Solo hice lo que cualquiera haría.
—Muy, muy amable —repitió Yuuto, mirando a Shiori directamente a los ojos.
Ella apartó la mirada de golpe, mirando hacia el suelo, hacia el techo, hacia cualquier lado menos hacia él. Las puntas de sus orejas comenzaban a ponerse de un rojo intenso, que se extendía poco a poco por sus mejillas.
Y por primera vez desde que los había visto juntos allí, de pie, hablando, con esa complicidad extraña y esa forma de actuar tan nerviosa...
Yuuto empezó a sospechar que quizás aquella "casualidad" no era tan casual como ambos intentaban hacerle creer.
Al final terminaron saliendo juntos de la tienda, caminando lado a lado entre la gente que iba y venía por los pasillos del centro comercial.
Bueno. Más o menos juntos.
Porque apenas cruzaron las puertas automáticas que daban al pasillo principal, Goro, que caminaba un poco detrás cargando la mayor parte de las bolsas de Shiori, pareció darse cuenta de algo. Se detuvo en seco, miró a Shiori, luego miró a Yuuto —a quien todavía veía como Mika— y después señaló con la cabeza hacia una pequeña cafetería que había al otro lado del pasillo, donde el olor a café recién hecho se mezclaba con el de los dulces.
—Voy a comprar algo para beber —anunció con su voz tranquila y profunda.
—¿Eh? —preguntó Shiori, parpadeando un poco confundida, sin entender por qué se separaba justo ahora.
Goro ya había dado un par de pasos hacia allá, pero se giró un instante y les hizo un gesto relajado con la mano.
—Tómense su tiempo. No se apuren por mí.
Y antes de que ninguno de los dos pudiera responder o decirle que esperara, el enorme muchacho ya se había alejado, abriéndose paso entre la gente con facilidad, alto como era, hasta perderse entre las mesas de la cafetería.
Shiori lo observó alejarse unos segundos, con una sonrisa pequeña y comprensiva. Luego soltó un pequeño suspiro, de esos que se sueltan cuando te das cuenta de que alguien es mucho más listo de lo que aparenta.
—Es más atento de lo que parece —dijo despacio, mirando hacia donde había desaparecido.
Yuuto asintió, acomodando mejor la bolsa con sus materiales de dibujo que llevaba colgada del brazo.
—Lo sé. Se dio cuenta de que queríamos hablar a solas.
—Y más observador también —añadió ella, volviendo a mirarlo, con esa complicidad que solo existía entre ellos.
—También lo sé —repitió él, sonriendo con suavidad.
Ambos se quedaron en silencio un momento, mirándose. Por primera vez desde que se habían encontrado allí, podían hablar con total normalidad. Sin preocuparse por nombres falsos, sin tener que inventar explicaciones extrañas, sin tener que cuidar cada palabra que salía de su boca. Simplemente hablaban como siempre lo habían hecho: Shiori y Yuuto.
Caminaron unos pasos más, alejándose un poco del flujo principal de gente, hacia un lado más tranquilo, cerca de unos grandes ventanales que daban al exterior.
Y entonces, sin previo aviso, Shiori se acercó de golpe a él.
Yuuto apenas tuvo tiempo de reaccionar, ni de preguntar nada. Sintió cómo unos brazos delgados pero firmes lo rodeaban suavemente, apretándolo con cariño contra ella. Se quedó totalmente inmóvil, sorprendido, con las manos levantadas un poco en el aire sin saber muy bien dónde ponerlas.
—¿Shiori? —murmuró, con la voz un poco atascada por la sorpresa.
El abrazo fue corto. Suave. Cálido. Y profundamente cariñoso. Fue suficiente para dejarlo sin palabras, para hacerle sentir todo lo que ella quería decirle sin necesidad de usar palabras.
Cuando ella se separó, se quedó mirándolo a los ojos, con una sonrisa tan cálida y sincera que pocas personas llegaban a ver. Era esa sonrisa que guardaba para las personas que realmente le importaban.
—Estoy orgullosa de ti —le dijo simplemente, con un tono tan suave que parecía un susurro.
Yuuto parpadeó un par de veces, sintiendo cómo una sensación extraña le subía por la garganta.
—¿Eh? ¿Orgullosa... de mí? —preguntó, sin entender muy bien por qué.
—Muy orgullosa —repitió ella, asintiendo con firmeza.
—Pero... no he hecho nada especial —se defendió él, bajando un poco la mirada hacia sus propios zapatos, sintiéndose un poco avergonzado—. Solo salí a comprar cosas. Cualquiera hace eso.
—Claro que sí es especial —dijo ella, negando con la cabeza, y le puso una mano suavemente sobre el hombro para que la mirara—. Saliste solo. Te atreviste a caminar entre mucha gente, a estar en un lugar lleno de personas, sin nadie que te acompañara.
Yuuto bajó un poco más la mirada, jugando con la correa de su bolso.
—Eso... eso no es gran cosa para la mayoría.
—Para ti sí lo es —respondió ella de inmediato, con total seguridad. No había reproche en su voz, ni lástima, ni nada que pudiera hacerlo sentir mal. Solo había sinceridad, mucha sinceridad—. El Yuuto que conocí hace unos años jamás habría hecho esto. Ni en mil años.
Aquellas palabras lo hicieron detenerse en seco. Porque sabía, en el fondo, que tenía toda la razón.
—Antes habrías buscado cualquier excusa para volver a casa —continuó ella, con suavidad—. Habrías dicho que te dolía la cabeza, que se te olvidó algo, que tenías prisa... cualquier cosa con tal de no quedarte.
—Probablemente... sí —admitió él en voz baja, recordando bien cómo era antes, lo mucho que le costaba solo salir a la calle.
—Y ahora estás aquí —insistió ella, señalando con la mirada la bolsa llena de materiales que llevaba en el brazo—. Comprando cosas para volver a dibujar. Algo que habías dejado completamente de lado por miedo, por inseguridad, por todo lo que te pasaba.
Una pequeña sonrisa, tímida pero verdadera, apareció en el rostro de Yuuto.
—Supongo que sí... he cambiado un poco.
—Y me alegra muchísimo —dijo ella, y su voz se volvió aún más suave, casi tierna—. Me alegra verte tan libre. Tan tú mismo.
Yuuto sintió una extraña calidez expandirse por todo su pecho, una sensación reconfortante que le llegaba hasta el alma. Porque ella era una de las pocas personas —quizás la única— que conocía toda la historia. Conocía las dudas que lo habían atormentado durante años. Conocía los miedos que lo habían paralizado tantas veces. Conocía todas las veces que había querido rendirse, que había sentido que no podía más, que todo era demasiado difícil.
Por eso, esas palabras que acababa de decirle significaban para él mucho más de lo que podía explicar.
—Gracias, Shiori —susurró, sintiendo que se le llenaban los ojos de lágrimas, pero de emoción, de felicidad.
—No me agradezcas —respondió ella, sonriendo y dándole un golpecito suave en el brazo—. Solo sigue así. Sigue caminando, sigue intentando, sigue siendo tú.
—Lo intentaré. Te lo prometo.
—Y una cosa más —añadió ella, con tono de advertencia, aunque con una sonrisa—: tendrás que enseñarme todos los dibujos cuando termines. No se aceptan negativas.
Yuuto sintió cómo el calor le subía de golpe a las mejillas, poniéndose ligeramente rojo.
—¿Es... es obligatorio? —preguntó, tratando de ganar tiempo.
—Completamente obligatorio. Sin excepciones.
—Eso suena mucho a chantaje, ¿sabes? —dijo él, fingiendo estar ofendido.
—Lo es —reconoció ella sin ningún tipo de vergüenza, riéndose bajito.
—Entonces... supongo que no tengo opción.
—Ninguna en absoluto.
Ambos rieron, y la risa de ellos dos se mezcló con el ruido de fondo del centro comercial, haciéndolo todo parecer más ligero, más feliz.
—Está bien, está bien —terminó cediendo Yuuto, levantando las manos en señal de rendición—. Es un trato. Te enseñaré todo lo que haga.
—Perfecto. Sabía que llegaríamos a un acuerdo —dijo ella, muy satisfecha.
Shiori parecía genuinamente feliz, de esa felicidad tranquila y profunda que pocas cosas le provocaban.
Y entonces, viéndola así, tan relajada y contenta, Yuuto decidió vengarse un poco. Solo un poco. Solo lo suficiente para devolverle el susto y las risas que ella le había dado siempre.
—Por cierto... —empezó a decir, con el tono más inocente y tranquilo que pudo fingir.
—¿Hm? —ella lo miró distraída, ajustándose un mechón de cabello detrás de la oreja.
—Cuando llegue el momento... también tendrás que invitarme a la boda.
Hubo un silencio.
Un silencio absoluto, total, en el que incluso pareció que el ruido de alrededor se apagaba.
Shiori se congeló en el acto. Sus ojos se abrieron como platos. Su cerebro pareció dejar de funcionar de golpe, incapaz de procesar lo que acababa de escuchar.
Las puntas de sus orejas comenzaron a ponerse rojas, muy rápido. Luego el color subió a sus mejillas, tiñéndolas de un rojo intenso. Después le llegó a todo el rostro, hasta la frente. En menos de cinco segundos parecía haberse convertido en un tomate humano.
—¿Q-Qué? —balbuceó, tartamudeando sin poder evitarlo.
—La boda —repitió Yuuto, manteniendo la cara más seria del mundo, aunque por dentro ya se estaba riendo.
—¿Q-Qué boda? ¿De qué estás hablando? —preguntó ella, casi sin voz, mirando a todos lados menos a él.
—La tuya, claro —dijo él con total naturalidad, encogiéndose de hombros—. Con Goro, supongo.
—¡N-No hay ninguna boda! ¡Ni va a haberla! —exclamó ella, tapándose la cara con las manos, totalmente avergonzada.
—Todavía —corrigió él, bajando la voz como si le estuviera contando un secreto—. Pero ya se verá.
—¡YUUTO! —gritó ella, quitándose las manos de la cara y mirándolo indignada, aunque seguía roja como una cereza.
—¿Qué? —preguntó él, haciéndose el desentendido—. Solo dije lo que todo el mundo piensa.
—¡NO DIGAS ESAS COSAS TAN TRANQUILAMENTE! ¡Por favor, cállate ya!
Yuuto intentó mantener una expresión seria. De verdad que lo intentó con todas sus fuerzas. Pero la sonrisa traicionera ya estaba apareciendo en la comisura de sus labios, y al verla tan alterada, no pudo aguantar más.
Y Shiori lo notó. Por supuesto que lo notó.
—¡Te estás burlando de mí! —acusó, señalándolo con el dedo.
—Jamás —dijo él, mientras una risita se le escapaba.
—¡Mentiroso! ¡Eres un mentiroso!
¡Toc!
Un coscorrón fuerte y bien dado aterrizó directamente sobre la parte superior de su cabeza.
—¡Ay! —Yuuto se llevó ambas manos al lugar del impacto, frotándose con cara de dolor—. ¡Eso dolió!
—Te lo merecías y te mereces más —dijo ella, con las manos en la cintura, aunque ya se le estaba pasando el enojo.
—Solo hice una observación muy lógica —se defendió él, todavía frotándose la cabeza.
—¡No era una observación! ¡Era una insinuación horrible!
—Parecía una observación normal para mí.
—¡YUUTO! —volvió a gritar ella, y esta vez fue él quien empezó a correr un poco alejándose, riéndose.
La risa de ambos terminó resonando por todo el pasillo, mezclada con sus voces, con las quejas de ella y las bromas de él.
Y desde la distancia, apoyado en una columna y sosteniendo dos vasos de café caliente entre las manos, Goro observaba toda la escena con mucha calma.
No podía escuchar la conversación, ni sabía de qué se estaban riendo ni por qué se perseguían un poco. Pero sí podía ver claramente las sonrisas. Podía ver lo relajados que estaban, lo bien que se entendían, la confianza absoluta que había entre ellos.
Y por primera vez, Goro se preguntó quién era realmente aquella misteriosa amiga llamada Mika.
Porque por la forma en que Shiori la miraba, por la forma en que hablaban, por la forma en que se trataban...
Parecía alguien muy, muy importante para ella. Alguien que ocupaba un lugar especial que nadie más tenía.
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PermalinkVaya pues, la montaña de bolsas y Goro con las manos vacías ofreciéndose. Ese cipote no se ofreció solo por amable, va.
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PermalinkYuuto presentandose como Mika delante de Goro y Shiori tosiendo para no reirse me hizo reir mucho. Apuesto a que esa mentira chiquita va a pesar mas de lo que parece, porque Goro ya se quedo mirando desde la columna con los dos cafes en la mano. Gracias por seguir subiendo esta historia @DNavarrete!
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PermalinkMirá cómo Shiori y Goro contestan a la vez lo de la pura coincidencia, rojos los dos. Lo vengo diciendo desde los capítulos anteriores: apuesto a que las bolsas eran la excusa de él y no de ella.