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Capítulo 30: El peso de una memoria

DNavarrete
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El motor del auto se apagó con un suave zumbido que se desvaneció poco a poco, dejando dentro un silencio extraño. No era el tipo de silencio incómodo que se produce cuando no hay nada de qué…

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Neta, capítulo treinta y recién ahora sabemos por qué nunca se cortó el pelo. Me late que el siguiente trae a alguien del colegio viejo, el de las amenazas con las tijeras.

Neta, capítulo treinta y recién ahora sabemos por qué nunca se cortó el pelo. Me late que el siguiente trae a alguien del colegio viejo, el de las amenazas con las tijeras.

Contenido de la publicación

El motor del auto se apagó con un suave zumbido que se desvaneció poco a poco, dejando dentro un silencio extraño. No era el tipo de silencio incómodo que se produce cuando no hay nada de qué hablar… pero tampoco era natural. Era ese silencio cargado, denso, el que surge cuando todas tienen algo en mente, algo que quieren decir, pero ninguna sabe por dónde empezar sin romper algo delicado.

 

Reika estaba en el asiento delantero, mirando fijamente hacia la puerta de la casa. Tenía los brazos cruzados sobre el pecho, pero no era una postura defensiva; era la de alguien que está ordenando pensamientos, analizando cada detalle que había notado durante el día. Detrás de ella, Ayaka se movía sin parar: golpeaba suavemente el suelo con el talón, cambiaba de postura, como si la energía acumulada y la inquietud no le permitieran estar quieta ni un segundo. A su lado, Shiori tenía el teléfono en la mano, pero sus ojos apenas recorrían la pantalla; su mente estaba muy lejos de lo que veía ahí. Y Airi… Airi solo observaba. Observaba a sus amigas, observaba el ambiente, y sobre todo, repasaba en su memoria cada gesto, cada palabra, cada mirada de Yuuto desde esa mañana.

 

—…Está raro todo —murmuró Ayaka de repente, rompiendo el silencio con una voz baja, como si temiera que alguien más pudiera escucharlas.

 

Nadie le preguntó a qué se refería. No hacía falta. Todas habían sentido lo mismo, desde mucho antes de subir al auto.

 

Shiori soltó un suspiro largo, bloqueó la pantalla de su teléfono y lo dejó con cuidado a un lado, como si ya no tuviera ninguna importancia.

 

—Sí… —respondió con calma, pero con un tono que revelaba que había estado pensando en ello todo el tiempo—. Yo también lo noté. Desde temprano.

 

Reika tardó unos instantes en contestar. Sus ojos se entrecerraron apenas, como si estuviera buscando las palabras exactas para describir lo que todas veían, pero no sabían nombrar.

 

—No es como antes —dijo finalmente, con voz suave pero firme—. Ya no hay ese miedo que solía tener, el que se le notaba en todo el cuerpo, el que lo hacía parecer tan pequeño y vulnerable. Ese, afortunadamente, casi ha desaparecido.

 

Hizo una pausa, y la palabra “miedo” quedó flotando en el aire, pero con un significado totalmente nuevo. Todas sabían muy bien a qué se refería: durante mucho tiempo, el miedo había sido algo constante en él, algo que las hacía querer protegerlo con todas sus fuerzas. Pero hoy era diferente.

 

—Pero hoy… había miedo de otro tipo —continuó Reika, como si estuviera desentrañando un secreto—. No era algo que viniera de afuera, ni algo que le pasara ahora mismo. Era… algo viejo. Algo que lleva dentro.

 

Airi bajó la mirada hacia sus manos, que reposaban en su regazo, y las entrelazó suavemente, como para darse un poco de seguridad a sí misma antes de hablar.

 

—En el almuerzo… —empezó, recordando cada instante—. Él estaba ahí con nosotros, nos hablaba, respondía cuando le preguntábamos… pero su mente estaba en otro sitio. No estaba distraído como otras veces, cuando se le ocurre algo o se pierde en sus propias ideas. Era como si estuviera reviviendo algo.

 

Ayaka dejó de mover la pierna de golpe. Se inclinó hacia adelante, apoyando los brazos en el respaldo del asiento delantero, con los ojos muy abiertos, como si por fin todo empezara a tener sentido.

 

—¡Exacto! —exclamó, bajando la voz al instante—. Era eso. Como si estuviera viendo cosas que nosotros no podíamos ver, recordando momentos que solo él conoce. Pero no se veía perdido… ni vacío, como cuando le pasaba antes.

 

—No —corrigió Shiori, asintiendo despacio—. Se veía… nostálgico. Esa es la palabra. Tenía esa mezcla extraña: un poco de tristeza, un poco de miedo, pero también como si fuera algo importante, algo que no quiere olvidar aunque le duela.

 

—Estaba recordando —repitió Reika, afirmando la idea con seguridad—. Algo que le marcó mucho.

 

Otra vez el silencio. Más corto que antes, pero mucho más pesado. Cada una estaba sumergida en sus propios recuerdos de él ese día, tratando de juntar las piezas.

 

—Y cuando salimos… —añadió Ayaka, frunciendo el ceño—. Cuando nos pidió que viniéramos con él hasta aquí…

 

Se quedó callada a mitad de la frase, no porque no supiera qué decir, sino porque al pensarlo bien, ese detalle era el que más le llamaba la atención.

 

—Fue la primera vez —susurró—. La primera vez que nos pide algo así sin escribirlo. Sin dudar, sin buscar las palabras en su mente, sin quedarse callado primero. Solo lo dijo, claro y directo.

 

Esa observación cayó sobre todas como una revelación. Todas sabían lo difícil que le resultaba expresarse, pedir ayuda o simplemente decir lo que necesitaba. Que hubiera hecho eso hoy no era algo pequeño.

 

Shiori parpadeó un par de veces, como si acabara de comprender la magnitud de lo que estaba pasando.

 

—…Tienes razón. Nunca lo había hecho así.

 

—Y tampoco explicó nada —agregó Reika, y sus dedos se tensaron levemente sobre su brazo, donde seguía cruzado—. Solo nos lo pidió, y punto.

 

Ayaka soltó el aire despacio, como si le costara respirar bien.

 

—Eso es lo que más me impresiona… —dijo, recostándose de nuevo en el asiento y mirando hacia el techo del auto—. Yuuto nunca pide nada si no es realmente importante. Y si lo hace sin dudar, sin prepararse primero… significa que esto es algo que no puede manejar solo.

 

Nadie la contradijo. Porque todas sabían que era verdad. Él siempre había tratado de llevar sus problemas solo, de no molestar, de no hacer que se preocuparan por él. Que hoy hubiera pedido que estuvieran con ellas… significaba todo.

 

Airi levantó la vista, mirando a las otras tres con ojos suaves pero decididos.

 

—Y lo más extraño de todo —dijo con voz tranquila—: aunque tenía ese miedo viejo, aunque estaba recordando cosas que le duelen… no se veía desesperado. Ni asustado de que algo malo fuera a pasar.

 

—No —aseguró Shiori—. No tenía ese pánico de antes. Era más bien… el miedo de quien va a enfrentarse a algo que ha estado evitando durante mucho tiempo.

 

Reika cerró los ojos un instante, y cuando los abrió, su mirada estaba fija en la puerta de la casa, firme y segura.

 

—Ese miedo que tiene hoy —repitió, como si estuviera hablando para sí misma—, está mezclado con nostalgia. Con ganas de recordar, aunque le duela. Es algo de su pasado, algo que nunca nos ha contado, pero que hoy decidió que ya no puede seguir guardando solo.

 

Las palabras quedaron ahí, claras, definidas, y cambiaron todo el ambiente dentro del auto. Ya no era duda, ni confusión. Era comprensión. Lenta, incompleta, porque seguían sin saber exactamente qué pasaba… pero suficiente para entender lo que él necesitaba.

 

—Sea lo que sea… —empezó Ayaka, apretando los labios y poniéndose seria, más seria de lo que solía ser—. Sea lo que tenga que enfrentar, sea lo que tenga que recordar… no voy a dejarlo solo.

 

No hubo exageración en su voz, ni gestos dramáticos. Solo era una decisión, firme y definitiva.

 

Airi fue la primera en asentir, con una sonrisa pequeña pero cálida.

 

—Yo tampoco —dijo con suavidad—. Él siempre ha estado ahí para nosotros, de la forma que puede. Ahora nos toca a nosotras estar para él.

 

Shiori levantó ligeramente la mano, como si fuera algo tan obvio que ni siquiera hacía falta decirlo en voz alta.

 

—Obvio —se limitó a responder, pero su mirada decía mucho más: decía que estaría ahí hasta el final, sin importar qué.

 

Reika no habló. Pero despacio, muy despacio, descruzó los brazos y apoyó las manos sobre sus rodillas, lista para salir en cualquier momento. Su mirada seguía fija en la puerta, y en sus ojos había una promesa silenciosa, igual de fuerte que las de las demás.

 

—No lo estará —dijo, solo eso, pero fue suficiente para que todas supieran que estaban de acuerdo.

 

Y justo en ese momento…

 

La puerta se abrió despacio.

 

Primero salió ella.

 

La señora Aoi.

 

Llevaba puesto un vestido sencillo, de tonos claros, y en la mano derecha sostenía un pequeño bolso de mano junto con un juego de llaves que brillaban suavemente bajo la luz del atardecer. Eran las llaves de la furgoneta que había conseguido prestada con un vecino, un detalle pequeño pero que hablaba de cuánto se había preparado para esto.

 

Pero lo que más llamó la atención de las chicas no fue su ropa ni lo que llevaba en las manos. Fue su mirada.

 

Tenía los ojos fijos hacia adelante, pero al mismo tiempo parecía estar viendo mucho más lejos. Había en ellos una profunda nostalgia, una mezcla de tristeza y ternura, como si estuviera recordando cosas que llevaba tiempo guardadas en el corazón. Antes de subir, se giró un momento y miró hacia atrás, hacia el interior de la casa, con una expresión que lo decía todo: sabía que este momento era importante. Muy importante para su hijo.

 

Y entonces apareció él.

 

Yuuto.

 

Ayaka soltó un pequeño respingo, y hasta Reika parpadeó, sorprendida.

 

Ninguna esperaba verlo así.

 

No llevaba su ropa de siempre. No estaba esa chaqueta ancha y oscura con capucha que solía usar para esconderse, ni el cubrebocas que le cubría la mitad del rostro, ni los guantes que siempre llevaba puestos. Nada de eso.

 

Hoy venía con ropa casual, sencilla y ligera. Una blusa blanca de manga larga, con detalles de encaje y volantes en las muñecas, que le caía con suavidad sobre el cuerpo, combinada con unos jeans azul oscuro que le quedaban bien ajustados. Y su cabello… ese cabello largo, de un color plateado brillante, caía suelto sobre sus hombros y espalda, sin nada que lo ocultara, sin nada que lo escondiera.

 

Se veía… diferente. Bien, pero diferente.

 

Aunque era un chico, su figura era delicada, y bajo la tela de la blusa se notaba un leve levantamiento en el pecho que, para Reika y Ayaka, ya era algo conocido, algo que habían aprendido a ver y a aceptar. Pero para Shiori y Airi, verlo así, tan descubierto, todavía les causaba una pequeña extrañeza; aún no terminaban de acostumbrarse a verlo sin todas esas capas que siempre usaba para protegerse.

 

Yuuto no dijo nada al principio. Solo bajó los escalones despacio, con la mirada baja un momento, antes de levantarla y encontrar las miradas de las cuatro. No parecía incómodo, pero sí… vulnerable. De una forma que nunca le habían visto.

 

Subieron todos a la furgoneta. El espacio era más amplio y cómodo, pero el silencio seguía ahí, ahora mezclado con una expectativa tranquila.

 

Reika se sentó cerca de la ventana, y desde su lugar pudo ver a Yuuto. Él se colocó justo al lado del cristal, mirando hacia afuera. La luz del exterior dibujaba su reflejo sobre el vidrio, suave y nítido, mostrándolo tal como era en ese momento: sin barreras.

 

—¿A dónde vamos? —preguntó ella finalmente, dirigiéndose a la señora, con voz calmada.

 

Pero no fue ella quien respondió.

 

Fue Yuuto.

 

Su voz salió suave, un poco más baja de lo habitual, pero clara y firme.

 

—Al cementerio —dijo.

 

Se hizo una pequeña pausa.

 

—Tengo que volver… después de tanto tiempo.

 

Nadie preguntó más.

 

Nadie dijo nada.

Porque en su voz, en sus palabras, se sentía el peso de lo que significaba. Y todas entendieron que había cosas que no necesitaban ser explicadas en voz alta.

 

El motor arrancó con un sonido suave.

 

Y la furgoneta comenzó a avanzar, llevándolos hacia donde el pasado y el presente se iban a encontrar.

 

El camino transcurrió en un silencio que, poco a poco, dejó de sentirse pesado. Las chicas hablaban entre ellas, con voces suaves, comentando cosas sin importancia, tratando de tejer una atmósfera más ligera, como si con sus palabras quisieran envolver el momento y hacerlo más llevadero.

 

Pero Yuuto permanecía ajeno a la conversación.

 

Seguía en su lugar, junto a la ventana, con la frente apoyada suavemente en la mano, el codo descansando sobre el marco de la puerta. Su mirada estaba fija en el exterior, viendo pasar los árboles, las luces, los paisajes que se desdibujaban en la velocidad, pero sus ojos parecían no registrar nada de eso. Estaba muy lejos, en sus propios pensamientos.

 

Desde el asiento delantero, Reika no podía evitar mirarlo de vez en cuando por el espejo retrovisor, o girando la cabeza disimuladamente. Había una preocupación silenciosa en su mirada, una necesidad de saber si estaba bien, si no le estaba pasando nada.

 

La Señora Aoi, que conducía con calma, notó esa mirada. Sin dejar de mirar al frente, extendió una mano y posó suavemente sobre la de Reika, que descansaba en su regazo.

 

—No te preocupes tanto —le dijo con voz dulce y tranquila—. Aunque lo veas así, en el fondo está feliz. Feliz de que ustedes estén aquí, de que lo acompañen. Solo… necesita su tiempo para procesarlo todo. Déjalo ir a su ritmo.

 

Reika asintió despacio, sintiendo un poco de alivio con esas palabras. Agradeció el gesto con una pequeña sonrisa y, para distraer su propia mente, sacó el teléfono y comenzó a revisar y responder algunos mensajes y documentos del consejo estudiantil. Aunque sus dedos se movían con soltura, su atención seguía estando dividida, y de vez en cuando sus ojos volvían a buscar el reflejo de Yuuto en el cristal.

 

Pasaron unos veinte minutos de camino.

 

Finalmente, la furgoneta frenó suavemente.

 

Habían llegado.

 

Y allí, estacionado un poco más adelante, ya se veía otro vehículo. Minori-sensei estaba esperándolos. Había llegado por su cuenta, como había prometido, y ahora los veía bajar con una expresión serena pero comprensiva.

 

Todos descendieron del auto. El aire allí se sentía más fresco, más limpio, y el silencio del lugar era diferente al de antes: era un silencio respetuoso, propio de un cementerio japonés, con sus senderos de piedra y árboles altos que creaban sombras tranquilas.

 

Antes de entrar al recinto, Yuuto se detuvo frente a un pequeño puesto de flores que había en la entrada. Se acercó y, sin dudar mucho, señaló un ramo. Eran flores blancas, de pétalos delicados y con un brillo que bajo la luz parecía casi plateado, idéntico al color de su cabello. Probablemente eran Shirobae o simplemente margaritas blancas grandes, pero lo que importaba era que su pureza y color combinaban perfectamente con él.

 

Pagó y tomó el ramo con cuidado, sosteniéndolo como si fuera algo preciado.

 

Luego, levantó la vista hacia la entrada.

 

—Vamos —murmuró, más para sí mismo que para los demás.

 

Y juntos, todos comenzaron a caminar hacia el interior.

 

Yuuto caminaba adelante, con pasos lentos pero firmes. Las cuatro chicas iban justo detrás, siguiendo su silueta, mientras su madre y Minori-sensei se quedaban un poco más atrás, dándoles espacio, entendiendo que este era un momento íntimo que debían respetar.

 

No tardaron mucho en llegar.

 

Yuuto se detuvo de golpe.

 

Frente a ellas había una tumba sencilla, bien cuidada. En la parte superior, una fotografía en blanco y negro mostraba el rostro de un hombre mayor, con rasgos que resultaban familiares, y debajo, grabado en la piedra, se leía claramente el nombre: Shioji.

 

Las chicas no necesitaron que nadie se lo dijera. Ya lo sospechaban, y en ese instante lo entendieron todo. Era él. El abuelo del que Yuuto les había hablado hace tiempo, la persona que más lo había cuidado y querido.

 

Yuuto no dijo nada al principio. Simplemente se agachó con suavidad frente a la lápida, colocó el ramo de flores blancas y plateadas justo en el centro, y se quedó mirando la foto un momento.

 

—Hola, abuelo… —susurró, con voz quebradiza pero tranquila—. Perdóname… perdóname por no haber venido en tanto tiempo.

 

Se quedó en silencio unos segundos, luego cerró los ojos y juntó las manos frente a su pecho, en la postura de oración.

 

—Hace ya dos años… —continuó hablando, como si estuviera confesando algo muy personal—. Hoy es el aniversario de tu muerte. Y aunque he querido venir muchas veces… no me atreví. No podía.

 

Hizo una pausa, tragando saliva, como si esas palabras le costaran mucho salir.

 

—Tenía vergüenza… mucha vergüenza. Porque no podía… no me sentía capaz de mirarte a la cara. De enfrentarme a ti sabiendo cómo soy ahora, sabiendo todo lo que ha pasado. Sentía que te había fallado, que no era la persona que tú esperabas… y que no merecía estar aquí.

 

Las chicas permanecían de pie detrás de él, en silencio absoluto. Ninguna se movió, ninguna dijo nada. Solo escuchaban, sintiendo en el corazón cada palabra que él decía, entendiendo ahora el peso que había llevado consigo durante todo este tiempo.

 

Yuuto se quedó un momento más con los ojos cerrados, como si estuviera hablando directamente con él, y luego se volvió lentamente hacia las chicas. Su expresión era tranquila, pero había en ella una honestidad total.

 

—Cuando mi padre murió… —empezó a decir, con voz suave pero clara—, él, mi abuelo Shioji, fue quien nos cuidó. A mí y a mi madre. A pesar de su edad, siempre fue un hombre increíblemente fuerte. Se hizo cargo de todo, nos dio un hogar y nos hizo sentir seguros cuando todo parecía derrumbarse.

 

Hizo una pausa, mirando de nuevo la foto.

 

—Y cuando mi cuerpo empezó a cambiar… cuando empezaron a pasar cosas raras… él fue quien más me sostuvo. Quien no se asustó, quien no me miró diferente.

 

En ese instante, el tiempo pareció detenerse un poco, y la imagen del lugar se desvaneció suavemente para dar paso a un recuerdo…

 

FLASHBACK

 

Hace muchos años. Yuuto tenía solo 10 años.

 

Estaba frente al espejo del baño, con los ojos muy abiertos y el corazón latiéndole con fuerza. Había notado algo extraño: un mechón de su cabello, que siempre había sido negro como la noche, estaba cambiando. Poco a poco, el color se iba perdiendo, volviéndose gris y luego… blanco. Puro blanco.

 

Asustado y confundido, salió corriendo de la habitación.

 

—¡Abuelo! ¡Abuelo!

 

El anciano estaba descansando en su mecedora de madera, en el porche de la casa, con los ojos cerrados y respirando con calma. Al escuchar los pasos apresurados y la voz de su nieto, abrió los ojos despacio y lo miró con ternura.

 

Yuuto se detuvo frente a él, casi sin aliento, y se señaló la cabeza con dedos temblorosos.

 

—Abuelo… mira… mira esto… ¿qué me pasa? ¿me estoy enfermando? ¿se me va a caer todo?

 

Estaba claro que tenía miedo. Mucho miedo.

 

El abuelo Shioji se inclinó un poco hacia adelante, le tomó suavemente la cabeza entre sus manos arrugadas y miró con atención ese mechón blanco que brillaba bajo la luz. No puso cara de sorpresa, ni de miedo. Solo una expresión serena, sabia.

 

—Shhh… tranquilo, muchacho —le dijo con voz grave y calmada, acariciándole el cabello—. No pasa nada malo. Es solo… que tu cabello quiere ser diferente, ¿ves?

 

Yuuto lo miraba con los ojos llenos de lágrimas que no terminaban de caer.

 

—Pero… ¿y si es algo malo? ¿y si no se quita?

 

—No lo sabemos todavía —respondió el abuelo con honestidad, pero sin soltarle la mano—. Vamos a esperar a que llegue tu madre y entre todos veremos qué hacer. Pero escúchame bien, Yuuto…

 

Le miró fijamente a los ojos.

 

—Pase lo que pase, todo va a estar bien. Tú sigues siendo tú. Y eso es lo único que importa. No tienes por qué tener miedo. Estamos juntos en esto.

 

Esas palabras, dichas con tanta seguridad, fueron como un bálsamo. Yuuto sintió que el nudo en su garganta se aflojaba un poco.

 

VOLVIENDO AL PRESENTE

 

La imagen del pasado se desvaneció y todos estuvieron de nuevo en el cementerio, frente a la tumba.

 

Yuuto pasó una mano suavemente por su propio cabello, ahora completamente plateado, largo y brillante.

 

—Luego fuimos al médico —continuó explicando—. Los doctores lo miraron, hicieron pruebas… y nos dijeron que era una condición muy extraña, rara de ver. No sabían decirnos con seguridad si se iba a detener ahí, en solo un mechón, o si iba a seguir avanzando hasta cambiar todo el cabello.

 

Miró a las chicas una por una, con una media sonrisa triste pero resignada.

 

—Y bueno… el resultado lo tienen justo delante de ustedes.

 

Se señaló a sí mismo.

 

—No se detuvo. Terminó volviéndose todo blanco. Plateado. Como la luna.

 

—Pero los cambios no se quedaron solo en el cabello —continuó Yuuto, con la voz un poco más quebrada—. Al principio fueron cosas sutiles, casi imperceptibles, pero con el tiempo se fueron haciendo más y más evidentes. Mi cuerpo… mi cuerpo empezó a tomar una forma más suave, más delicada. Se fue inclinando más hacia lo femenino que hacia lo masculino.

 

Hizo una pausa, respirando hondo.

 

—Para muchos podría haber sido algo confuso o difícil de aceptar… pero para mí no lo fue. Y eso fue totalmente gracias a él.

 

FLASHBACK

 

Yuuto tenía 11 años.

 

Su cabello ya era completamente blanco plateado y había crecido bastante, cayéndole suavemente sobre la espalda. Su figura ya no se parecía en nada a la de un niño común; tenía rasgos finos, una silueta delicada que parecía más la de una chica joven que la de un chico de su edad.

 

Estaba sentado en el suelo, entre las piernas de su abuelo. El anciano, con sus manos grandes y arrugadas por los años y el trabajo, tomaba un peine y pasaba las hebras con una delicadeza infinita, desenredando con paciencia cada mechón.

 

Yuuto miraba al suelo, jugando nerviosamente con sus propios dedos.

 

—Abuelo… —murmuró con timidez—. Los niños en la escuela se burlan de mí. Dicen que mi pelo es raro… que tenerlo todo blanco no es normal. ¿Crees… ¿crees que soy raro yo también?

 

El abuelo se detuvo un momento. Miró el reflejo de su nieto en sus ojos y sonrió con esa calma que siempre tenía.

 

—Raro, no, Yuuto —respondió con voz grave y sabia, mientras volvía a pasar el peine suavemente—. Diferente, nada más. El mundo está lleno de cosas iguales, pero lo especial es lo que se sale de lo común. Mira tu cabello… brilla como la luna, como la nieve limpia. A mí me parece precioso. Es único, como tú.

 

Yuuto lo miró por encima del hombro.

 

—¿De verdad te gusta?

 

—Me encanta —afirmó el abuelo con firmeza—. Y quiero que tú también lo ames. Ámalo tal como es, porque es parte de ti. No dejes que nadie más decida cómo tienes que ser, ni cómo tienes que verte. Tú eres quien tú quieras ser, y lo que piensen los demás no importa. Lo que importa es lo que tú sientes aquí —le dijo, tocándole suavemente el pecho, sobre el corazón.

 

Esas palabras se grabaron profundamente en él.

 

VOLVIENDO AL PRESENTE

 

Yuuto apretó los labios, y fue entonces cuando las lágrimas que había estado conteniendo finalmente comenzaron a brotar. Rodaron silenciosamente por sus mejillas, cayendo al suelo o manchando su ropa, pero él no hizo nada por detenerlas.

 

—Por eso… por eso nunca me lo corté —sollozó suavemente—. Aunque hubo momentos en que la gente me miraba mal, aunque me decían que debería cortármelo para verme más varonil… yo no quise. No me importaba.

 

Se pasó la mano por la larga cabellera plateada, con un gesto de amor y dolor a la vez.

 

—Para mí… esto es el recuerdo más preciado que tengo de él. Él fue quien me enseñó a quererlo. Y cuando él se fue… cuando murió… sentí que mi cabello era el único lazo que me quedaba. Como si, mientras lo tuviera largo y blanco, una parte de él siguiera aquí conmigo.

 

Las chicas permanecían en silencio, absolutamente inmóviles. Ninguna se atrevió a decir nada, porque sabían que estas eran palabras que habían estado encerradas en su corazón durante años, y necesitaban salir libres. Pero más de una tenía la vista nublada. Ayaka apretaba los puños con fuerza, mordiéndose el interior del labio para no sollozar, y Reika simplemente lo miraba, sintiendo cómo se le partía el alma en dos, comprendiendo ahora el origen de todo su dolor.

 

Yuuto siguió hablando, con la voz cada vez más entrecortada.

 

—Pero lamentablemente… el cariño y los recuerdos bonitos no fueron suficientes para detener lo demás. Las burlas, la forma en que me miraban… eso fue un golpe muy fuerte para mí. Se burlaban de mi voz, de mi cuerpo, de cómo me movía. Decían que parecía una niña, que no era un chico de verdad. Y lo peor… lo peor es que muchos me amenazaban. Me decían que me iban a atrapar, que me iban a cortar todo el pelo de un tijeretazo para que por fin fuera un hombre de verdad.

 

Se secó una lágrima de forma brusca con el dorso de la mano.

 

—Yo me defendí. Siempre lo hice. Porque nadie iba a tocarme. Nadie iba a quitarme lo único que me quedaba de él. Pero el miedo… el miedo se fue quedando ahí, dentro. Cuando cambié de colegio, pensé que todo sería diferente, pero el pánico volvió de golpe. Tenía terror de que pasara lo mismo, de que me miraran igual, de que quisieran lastimarme otra vez.

 

Hizo una pausa, respirando con dificultad.

 

—Así que comencé a esconderme. Me puse esa ropa grande, las capuchas, el cubrebocas, los guantes… todo para desaparecer. Pero en vez de protegerme, eso solo empeoró las cosas. Porque con el tiempo… una espina comenzó a clavarse en mi pecho. Empecé a mirar mi propio cabello, mi propia imagen… y en vez de ver lo bonito que él veía, solo veía la causa de todos mis problemas. Sentía asco… asco de mí mismo, asco de ser así.

 

Las lágrimas caían ya sin control, mojándole el rostro y la ropa.

 

—¡Y eso me dolía más que nada! —exclamó con un sollozo—. Porque al mismo tiempo lo amaba. Lo amaba con toda mi alma, porque era el recuerdo de él. ¡Me odiaba a mí mismo! ¡Me odiaba por estar despreciando lo que él más amaba de mí! Me sentía un ingrato, un mal nieto…

 

Bajó la cabeza, temblando.

 

—Por eso… por eso no he venido en dos años. No me atreví. No me sentía digno de estar aquí, de pararme frente a su tumba, sabiendo que en mi corazón había estado odiando el regalo que me dio. Tenía vergüenza… mucha vergüenza de mirarlo a la cara.

 

Yuuto seguía allí, arrodillado frente a la lápida, con la mano derecha aferrada fuertemente a su propio cabello, como si estuviera tratando de entender qué sentir, tratando de reconciliar el amor y el dolor que había en su corazón. Las lágrimas no paraban de caer, mojando la tierra a sus pies.

No sabía cómo sentirse. Estaba confundido, vacío, pero al mismo tiempo un poco más ligero tras haber soltado todo.

 

Pero entonces… sintió algo.

 

Una mano cálida se posó suavemente sobre la suya, la que apretaba su cabello.

 

Yuuto se sobresaltó levemente. No se giró de inmediato, pero poco a poco movió la cabeza y la vio.

 

Era Ayaka.

 

Estaba arrodillada a su lado, mirándolo con una sonrisa dulce, llena de calidez y comprensión. Sus ojos también estaban rojos por el llanto, pero no dejaban traslucir nada más que cariño.

 

—No tienes por qué sentirte así… —le dijo con voz suave pero firme—. Nada de lo que pasó fue tu culpa. Y estoy segura, totalmente segura, de que tu abuelo lo entiende. Él siempre te entendió.

 

En ese mismo instante, otra mano se posó con delicadeza sobre su hombro. Era Reika, que también se había agachado a su otro lado, mirándolo con esa mezcla de firmeza y ternura que la caracterizaba.

 

—Ya estás aquí de nuevo —le dijo—. Y te aseguro que él no querría verte sufriendo así. Lo que importa es que has vuelto, y que sigues siendo tú.

 

A un lado, Airi se arrodilló también, y juntando sus propias manos frente a ella, cerró los ojos un momento como si estuviera rezando o hablando en silencio con el espíritu del abuelo Shioji.

 

—Gracias por haberlo cuidado tanto tiempo… —susurró con devoción—. Pero no se preocupe más, ¿verdad? A partir de ahora… nosotras también lo cuidaremos. Siempre.

 

Y antes de que nadie más pudiera decir algo, sintió unos brazos que lo rodeaban desde atrás. Shiori, con esa calidez que siempre tenía, lo abrazó por los hombros, pasando sus manos suavemente sobre él, apretándolo con cuidado, haciéndole sentir que no flotaba en el vacío.

 

—Ya no estás solo, Yuuto —le susurró al oído—. Antes estabas tú y tu abuelo… pero ahora también nos tienes a nosotras. Estamos aquí contigo.

 

Yuuto sintió cómo el nudo en su garganta se hacía más grande, pero esta vez no era de dolor. Era de sentir que, por fin, ya no tenía que cargar con todo ese peso él solo.

 

Yuuto se quedó inmóvil, sorprendido por el calor que de repente lo envolvía por todos lados. Sus manos temblaban ligeramente, ya no por miedo, sino por la emoción de sentir que, después de tanto tiempo caminando solo, por fin no estaba solo en el mundo.

 

Las cuatro chicas estaban allí, arrodilladas junto a él, y juntaron sus manos en un respetuoso silencio, rezando frente a la lápida de Shioji, agradeciendo por haber cuidado a Yuuto y prometiendo, sin palabras, que ahora ellas tomarían su lugar.

 

Y en ese instante, su mente viajó una última vez al pasado…

 

FLASHBACK

 

La habitación del hospital era blanca, fría y silenciosa. El abuelo Shioji estaba recostado en la cama, visiblemente más débil, con las manos arrugadas y un temblor leve que trataba de ocultar para no asustarlo.

 

Yuuto, con apenas 12 años, estaba sentado a su lado, sosteniendo fuertemente una de esas manos entre las suyas. Tenía los ojos hinchados y las lágrimas corriendo sin parar.

 

—Abuelo… vas a ponerte bien, ¿verdad? —preguntó con la voz rota—. El médico dijo que sí… que pronto podremos volver a casa y tú me peinarás como siempre…

 

El anciano lo miró y esbozó una sonrisa débil pero llena de amor. Levantó despacio su otra mano y le acarició la mejilla, limpiando una lágrima con su pulgar.

 

—Tranquilo, muchacho… —le dijo con voz cansada pero serena—. Todo va a estar bien. No importa qué pase, tú vas a estar bien. Tú encontrarás tu camino, estoy seguro.

 

Yuuto negó con la cabeza, apretándose contra él, abrazando su cuerpo frágil.

 

—¡No quiero que te vayas! —sollozó—. ¡Si te vas, me quedo solo otra vez! ¡No quiero!

 

—Shhh… escúchame —el abuelo le acarició el cabello largo y blanco con infinito cariño—. Tienes que confiar en mí. Sé que en el futuro… llegarán personas a tu vida. Personas que sabrán ver lo que yo veo en ti. Que sabrán valorarte, quererte y cuidarte tal como eres.

 

Lo miró fijamente a los ojos, grabando esa imagen en su memoria.

 

—Cuando esas personas lleguen… ya no te sentirás solo. Prométeme que las dejarás entrar.

 

VOLVIENDO AL PRESENTE

 

Yuuto abrió los ojos de par en par. Miró una por una a las chicas que lo rodeaban: Ayaka, Reika, Shiori, Airi… Todas ahí, con él, queriéndolo.

 

Y entonces, entre lágrimas, una sonrisa tímida pero verdadera se formó en sus labios.

 

En su mente, en su corazón, habló con él.

 

“Tenías razón, abuelo… tenías toda la razón.

Ya no estoy solo.”

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  • renglontorcido

    Neta, capítulo treinta y recién ahora sabemos por qué nunca se cortó el pelo. Me late que el siguiente trae a alguien del colegio viejo, el de las amenazas con las tijeras.

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  • Ovid

    La promesa del hospital, la de dejar entrar a la gente cuando llegue, le da la vuelta a toda la serie: apuesto a que Yuuto llevaba años cumpliendo lo contrario, con la capucha, el cubrebocas y los guantes justo para que nadie entrara. Por eso pesa tanto que hoy les pidiera venir sin escribirlo. Era la primera vez que abría la puerta.

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  • pasaporteVencido

    Uf, el peine.

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    La luz se filtraba despacio al interior de la habitación, dibujando franjas doradas sobre el suelo de madera. Era algo tan sencillo que podría haber pasado desapercibido para cualquiera, pero para…