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Capítulo 29: una decisión universal

DNavarrete
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Mientras Aoi descansaba profundamente en el mundo real, y millones de jugadores llenaban cada rincón de los foros intentando desentrañar cada detalle de la batalla, en un rincón reservado y secreto…

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LauraLetras

Los gremios deciden dejarla libre y los desarrolladores deciden no tocar nada, dos mesas que llegan a lo mismo el mismo día, y mientras tanto Aoi ni fue a clase por quedarse mirando el contador de recuperación de Fern, Lyn y Regulus. A mí me dio mucha ter

Los gremios deciden dejarla libre y los desarrolladores deciden no tocar nada, dos mesas que llegan a lo mismo el mismo día, y mientras tanto Aoi ni fue a clase por quedarse mirando el contador de recuperación de Fern, Lyn y Regulus. A mí me dio mucha ternura ese contraste: todo el servidor hablando de la Domadora y la Domadora en pijama de orejitas, sin dormir por sus compañeros. Se me hace que esa sudadera de gato va a dar para varios capítulos.

Contenido de la publicación

Mientras Aoi descansaba profundamente en el mundo real, y millones de jugadores llenaban cada rincón de los foros intentando desentrañar cada detalle de la batalla, en un rincón reservado y secreto del servidor se celebraba una reunión que casi nunca tenía lugar.

 

Una reunión de emergencia.

 

Una sala circular inmensa apareció en una instancia privada, a la que solo podían acceder quienes gobernaban el juego. Las paredes estaban cubiertas por estandartes antiguos, cada uno con el emblema de un gran gremio, todos juntos bajo un mismo techo. En el centro se extendía una larga mesa de piedra pulida, y uno a uno, los líderes fueron apareciendo envueltos en destellos de luz.

 

Nadie habló. No hacía falta. Todos sabían perfectamente por qué estaban allí.

 

Cuando el último asiento fue ocupado, el anciano que presidía la mesa —la voz más respetada de todos— rompió el silencio.

 

—Supongo que no hace falta explicar el motivo de esta convocatoria.

 

Nadie respondió con palabras: solo asintieron en silencio.

 

Un líder de armadura oscura soltó una risa baja.

 

—Creo que todo el mundo en este servidor sabe de qué hablamos.

 

Una mujer de cabello plateado cruzó los brazos, y pronunció la palabra que todos tenían en la mente:

 

—La Domadora.

 

Solo eso bastó para que la sala volviera a quedar en absoluto silencio.

 

Un hombre alto apoyó ambas manos sobre la piedra, mirando a cada uno de los presentes.

 

—Desde que este juego comenzó, existe un acuerdo tácito —dijo con voz firme—. Cuando surge un jugador excepcional, no nos peleamos por él. Nos reunimos aquí, y decidimos quién intentará acercarse. Así evitamos guerras, persecuciones y conflictos innecesarios. Siempre ha funcionado.

 

Hizo una pausa breve.

 

—Pero hoy... las reglas cambian.

 

Otro líder soltó una pequeña carcajada resignada.

 

—El problema es simple: esta vez, todos queremos reclutarla.

 

Nadie lo negó. Sería absurdo. Acababan de ver cómo una sola jugadora había descubierto una fase que nadie conocía, había vencido al Protocolo de Defensa Máxima y había conquistado el Segundo Piso de una forma que nadie habría imaginado. Cualquier gremio daría lo que fuera por tenerla entre sus filas.

 

Entonces un hombre con armadura azul levantó la mano.

 

—Antes de venir aquí, hablé con las cuatro que lucharon junto a ella contra el Guardián Berserker —dijo—. No me contaron mucho, pero hubo algo en lo que coincidieron las cuatro.

 

Abrió una ventana pequeña en el aire.

 

—La Domadora prefiere jugar sola. No busca un gremio. No le interesa el prestigio, ni las competiciones, ni los rangos. Solo quiere jugar a su manera, sin ataduras.

 

La sala quedó en silencio unos instantes.

 

—¿Están seguros? —preguntó alguien.

 

—Eso fue lo que dijeron —respondió él—. No quiere ser parte de una organización.

 

Varios líderes intercambiaron miradas, y poco a poco comenzaron a asentir.

 

—Tiene todo el sentido —dijo uno—. Con la forma en que piensa, con la libertad que necesita para crear estrategias... un gremio solo terminaría poniéndole límites.

 

El anciano asintió lentamente.

 

—Entonces... respetaremos su decisión.

 

Nadie objetó. Pero entonces la mujer de cabello plateado tomó la palabra de nuevo.

 

—Hay algo más —dijo—. Aunque ella no quiera pertenecer a un gremio... ya tiene uno.

 

Varias cejas se alzaron con sorpresa. Ella sonrió y añadió:

 

—No oficialmente. Pero sí en la práctica.

 

Sobre la mesa aparecieron cuatro retratos: Reina, Reika, Hina y Kaede.

 

—Las cuatro son jugadoras de confianza —explicó—. Estuvieron a su lado desde el principio, lucharon con ella en las batallas más duras y siguen acompañándola cada día. Intentar separarlas sería inútil, y además... nadie abandona a quienes le dieron la mano cuando nadie más sabía quién era.

 

Todos estuvieron de acuerdo. El ambiente se relajó un poco más.

 

Entonces el anciano tomó la palabra para cerrar el asunto.

 

—Tomemos una decisión definitiva —dijo, y todos levantaron la vista hacia él—. Ningún gremio intentará reclutarla. No habrá presiones, no habrá ofertas insistentes, no la perseguiremos. Si prefiere jugar libre, así será.

 

Hubo un leve murmullo de aprobación.

 

—Si algún día cambia de opinión —preguntó una voz—, ¿qué haremos?

 

—Entonces será ella quien dé el primer paso —respondió el anciano—. No nosotros.

 

Otro líder añadió con firmeza:

 

—Y si alguna vez necesita ayuda, aunque sea la cosa más pequeña... la tendrá. Sin importar a qué gremio pertenezca quien se la dé.

 

—Estoy de acuerdo.

 

—Yo también.

 

—Igualmente.

 

Las respuestas se repitieron por toda la sala, unánimes.

 

El anciano cerró la reunión con una frase que quedaría grabada en la historia del juego:

 

—Desde hoy, la Domadora será considerada una jugadora independiente. Nadie le exigirá nada. Pero si alguna vez necesita apoyo, todos los aquí presentes estaremos listos para dárselo.

 

El silencio volvió a llenar el espacio. Era algo sin precedentes: por primera vez, los gremios más poderosos habían renunciado voluntariamente a reclutar al jugador más prometedor que había existido. Pero todos entendían lo mismo: no querían convertir su juego en una carga. Querían que siguiera pensando, explorando y sorprendiendo al mundo tal como lo había hecho hasta ahora.

 

Porque sabían que, mientras esa chica pudiera seguir caminando libre... quizá algún día volvieran a ver algo que nadie creía posible.

 

Muy lejos de las ciudades, muy lejos de cualquier mapa que los jugadores pudieran consultar, existía un lugar al que nadie tenía acceso.

 

Una pequeña sala blanca, sin puertas ni ventanas, flotando en medio de la nada. En su centro había una inmensa mesa circular, pero no había sillas para personas: en cada asiento flotaba una pequeña criatura, cada una con la forma que los desarrolladores usaban para ocultar su identidad incluso entre ellos mismos.

 

Un zorro de nueve colas que movía sus puntas con curiosidad.

 

Un pingüino de gafas que ajustaba su correa.

 

Un slime brillante con una corbata perfectamente doblada.

 

Un dragón diminuto que soltaba pequeñas nubes de humo plateado.

 

Un búho sabio que parpadeaba lentamente.

 

Y un gato negro, acurrucado sobre su asiento, que apenas abría un ojo de vez en cuando.

 

El búho extendió sus alas suavemente.

 

—Comienza la reunión extraordinaria.

 

Una pantalla gigante apareció sobre la mesa, mostrando la imagen congelada de Aoi frente al corazón de Argos. Debajo, letras brillantes:

 

PRIMERA ACTIVACIÓN DEL PROTOCOLO DE DEFENSA MÁXIMA.

 

Nadie habló durante unos segundos. Hasta que el pingüino levantó una aleta.

 

—Supongo que todos sabemos por qué estamos aquí.

 

El dragón diminuto sonrió, mostrando dientes minúsculos.

 

—La Domadora.

 

El zorro movió sus colas una a una.

 

—Otra vez. Y cada vez más lejos.

 

El slime se acomodó la corbata.

 

—La primera vez que derrotó al Berserker pensamos: "Qué jugador tan creativo, sabe usar lo que tiene".

 

La pantalla cambió para mostrar aquella batalla antigua.

 

—Pero ahora... —el gato negro abrió ambos ojos, brillantes— ya no estoy tan seguro de que sea solo creatividad.

 

La imagen volvió a cambiar: reprodujo paso a paso todo lo ocurrido en las Ruinas Eternas: el vapor envolviendo las murallas, la prisión de agua, la resonancia que sacudió los cimientos, el enjambre de abejas, el salto definitivo y, al final, Puddle absorbiendo el núcleo.

 

Silencio absoluto.

 

—Confirmado —dijo el búho—. Es la primera vez que el Protocolo se activa desde que lanzamos el juego. Y también la primera vez que alguien logra superarlo.

 

El zorro miró a todos los presentes.

 

—Tengo curiosidad: ¿cuántos creían que alguien descubriría esa segunda fase?

 

Nadie respondió al principio.

 

—Yo aposté a que pasaría en cinco años —dijo el pingüino.

 

—Yo por diez —añadió el slime.

 

—Yo creí que jamás ocurriría —confesó el dragón diminuto.

 

Todos soltaron una risa suave, pero llena de asombro.

 

—El Protocolo no se activa por daño —explicó el búho, mostrando planos enteros de la estructura de Argos—. Solo reacciona cuando la unidad principal sufre una pérdida masiva de integridad en muy poco tiempo. Nadie había logrado entenderlo. Hasta ella.

 

Apareció una nueva cifra: Más de tres millones de intentos contra Argos. Cero activaciones del Protocolo. Hasta hoy.

 

El dragón señaló la pantalla con una garrita.

 

—¿Saben qué es lo que más me impresiona? No encontró ningún fallo, no rompió las reglas, no aprovechó nada que no hubiéramos puesto ahí. Simplemente... entendió cómo funcionaba todo mejor que nosotros mismos.

 

—Exacto —asintió el slime—. Usó el agua para transmitir el sonido, debilitó la estructura con tiempo, usó la resonancia... todo funciona tal cual lo diseñamos. Solo que nunca imaginamos que alguien pensaría en hacerlo así.

 

El pingüino rió.

 

—Nunca se nos ocurrió que alguien miraría un jefe y pensaría: "No voy a golpearlo hasta que caiga. Voy a entender cómo está hecho".

 

Entonces el gato negro se incorporó lentamente, y sus ojos brillaron con una luz especial.

 

—Y hay algo más. Algo que quizás no hemos terminado de ver.

 

Una nueva ventana apareció, mostrando la silueta de Regulus, el pequeño wyvern que siempre vuela junto a Aoi.

 

—Esa jugadora —dijo el gato con voz grave— lleva el título oculto de "Madre de los Dragones". Y no solo lo tiene: ya ha despertado a uno de ellos.

 

La sala quedó en silencio absoluto. El dragón diminuto se puso de pie de un salto sobre su asiento.

 

—¿Regulus? —preguntó con incredulidad— ¿Ese pequeño wyvern que parece una mascota cualquiera?

 

—Es él —confirmó el zorro—. Lo disfraza de una forma que nadie sospecha, ni siquiera los sistemas de reconocimiento oficiales. Pero sabemos lo que es: un dragón verdadero, que ha dormido en el núcleo del mundo durante siglos... y que ahora la sigue a ella.

 

El búho miró la imagen de Aoi con una mezcla de respeto y asombro.

 

—Entonces... ¿qué hacemos con ella?

 

El gato negro volvió a recostarse.

 

—Nada.

 

—¿Nada? —preguntó el pingüino.

 

—Exactamente nada —repitió el gato—. No rompió ninguna regla, no hizo trampas, no abusó de nada. Solo jugó. Y además... ha despertado a uno de los antiguos. Si interferimos, romperemos el equilibrio que lleva siglos preparándose.

 

—Estoy de acuerdo —dijo el zorro—. No debemos cambiar nada. Ni aumentar su dificultad, ni darle ventajas, ni ocultarle nada.

 

El búho asintió lentamente.

 

—Entonces queda decidido. La Domadora permanecerá solo bajo observación. No modificaremos nada para ella. Dejaremos que siga su camino tal como ella elija.

 

El slime sonrió.

 

—En otras palabras: dejemos que siga sorprendiéndonos.

 

El gato negro cerró los ojos, pero una sonrisa se dibujó en su boca.

 

—Tengo la sensación... de que esa chica y su dragón dormido todavía nos tienen preparadas muchas sorpresas más.

 

Nadie dijo nada más. Porque por primera vez en años, quienes habían creado aquel mundo esperaban con verdadera emoción el próximo paso de una jugadora.

 

A la mañana siguiente, el sol brillaba igual que siempre sobre la ciudad. El aire era el mismo, las calles se veían iguales... y sin embargo, nada era realmente igual.

 

Desde muy temprano, los teléfonos no dejaban de vibrar, las redes ardían con fragmentos de la batalla y cada hora aparecían nuevos análisis, nuevas teorías, nuevas formas de ver lo que había ocurrido. En cada grupo, en cada conversación, solo existía un tema:

 

La Domadora.

 

En la academia no era distinto. Apenas se abrieron las puertas, los pasillos se llenaron de voces emocionadas.

 

—¿Viste la transmisión completa? No pude dormir nada.

 

—¡¿Quién iba a decir que el laberinto era el verdadero jefe?!

 

—Yo sigo sin entender cómo se le ocurrió usar abejas... ¡abejas!

 

—Dicen que todos los gremios más grandes lo buscan por todo el servidor.

 

—También escuché que los propios desarrolladores hicieron una reunión de emergencia por su causa.

 

Su nombre estaba en todas partes, aunque nadie supiera que caminaba entre ellos.

 

Incluso los profesores comentaban el tema. En la sala de docentes, mientras tomaban café antes de empezar las clases, uno de ellos sonrió y dejó su taza sobre la mesa.

 

—Hacía años que nada generaba tanta expectación. Ni siquiera los lanzamientos de juegos nuevos.

 

Otro asintió.

 

—Anoche mi hijo no paraba de repetir la batalla una y otra vez, analizando cada movimiento.

 

—En mi caso fue mi esposo —añadió una profesora con una risa—. Y él ni siquiera juega.

 

—Lo curioso —dijo otro— es que nadie habla de gráficos, ni de niveles, ni del equipo que llevaba. Todos hablan de cómo resolvió el problema. De que pensó distinto.

 

—Eso es lo que lo hizo especial —coincidieron los demás—. No ganó por ser el más fuerte. Ganó por ver lo que nadie veía.

 

Mientras tanto, Reika y Reina caminaban despacio por el pasillo, mirando constantemente hacia la entrada principal. Llevaban unos minutos así, con la mirada fija en cada nuevo grupo que entraba.

 

—Ya debería haber llegado —murmuró Reina, frunciendo el ceño.

 

—Siempre llega cinco minutos antes de que suene el timbre —recordó Reika.

 

Pasaron unos segundos más. Más estudiantes pasaron, las puertas se cerraron... y Aoi no apareció.

 

Sonó el timbre que daba inicio a las clases. Las dos se miraron con preocupación.

 

—Qué raro —dijeron al mismo tiempo.

 

Durante el primer descanso no pudieron esperar más: fueron hasta el salón de Aoi. Reina se asomó por la puerta y buscó con la mirada aquel asiento del fondo donde siempre se sentaba. Estaba vacío.

 

Una compañera de clase levantó la vista y sonrió al verlas.

 

—¿Buscan a Aoi?

 

—Sí —respondió Reika—. ¿Todavía no llega?

 

La chica negó suavemente.

 

—Hoy no vendrá. Solo avisaron que estaría ausente. Nada más.

 

Las dos se miraron en silencio. Aquello no era propio de él. En cuanto salieron del salón, Reina sacó el teléfono y llamó a Kaede.

 

—¿Sí? —la voz de su hermana sonó al segundo tono—. ¿Ocurre algo?

 

—Kaede, soy Reina —dijo ella directa—. Aoi no vino hoy a clases.

 

Hubo unos segundos de silencio al otro lado de la línea.

 

—Lo imaginaba —respondió Kaede con un pequeño suspiro.

 

Reika tomó el teléfono.

 

—¿Está bien? ¿Le pasa algo?

 

—No está enfermo —aclaró ella rápidamente—. Solo... necesita descansar de verdad. Cuando volvió ayer intentó actuar como si nada hubiera pasado, como si fuera un día cualquiera. Pero no durmió casi nada. Se quedó horas mirando la lista de compañeros, viendo cómo desaparecían uno tras otro... y aunque sabe que volverán, verlos irse así lo marcó mucho.

 

Reina bajó la mirada. Ella también lo había visto. Sabía lo que se sentía.

 

—Nosotras se lo dijimos mil veces —continuó Kaede con voz suave—: que solo gastaron energía, que no se fueron para siempre. Pero una cosa es saberlo con la cabeza... y otra muy distinta es sentirlo en el corazón.

 

—Lo entendemos —dijo Reika— perfectamente.

 

—Conociéndolo —añadió Kaede con una media sonrisa—, seguro que ahora está durmiendo, o dándole golosinas a Puddle, o simplemente sentado frente a la pantalla mirando el contador de recuperación. Es exactamente lo que haría él.

 

—Sí —asintió Reina, con una mezcla de tristeza y ternura—, suena muy propio de él.

 

—Denle un día —pidió Kaede—. Creo que es todo lo que necesita para ordenar sus ideas.

 

La llamada terminó. Las dos se quedaron quietas unos instantes, pensando en él.

 

—Me sigue preocupando —dijo Reina al fin.

 

—A mí también —convino Reika—. No porque haya perdido, ni porque esté herido. Es que... mientras todo el mundo celebra su victoria como la mayor hazaña del juego, él sigue ahí, preocupado por quienes dieron todo para que fuera posible.

 

Reina guardó el teléfono y miró a su amiga.

 

—¿Vamos a verlo después de clases?

 

Reika sonrió, como si ya hubiera tomado la misma decisión.

 

—Pensaba proponerte exactamente eso.

 

—No podemos ir con las manos vacías —dijo Reina animándose un poco—. Compremos algo rico para merendar.

 

—Y nos aseguraremos de que realmente descanse —añadió Reika con una sonrisa cálida—. Y que no se quede mirando la pantalla todo el día.

 

Retomaron el camino hacia sus aulas, aunque sus pensamientos no se fueron de allí: imaginaban a Aoi sentado solo, cuidando de quienes siempre cuidaban de él, esperando pacientemente a que volvieran a su lado.

 

 

Las clases terminaron mucho antes de lo que parecía. O tal vez el tiempo simplemente se había detenido para ellas: ninguna había logrado concentrarse en todo el día, con la mente siempre volviendo a Aoi.

 

Reina guardó el último cuaderno en su mochila y miró a su amiga.

 

—¿Lista?

 

Reika asintió con firmeza.

 

—Vamos.

 

De camino pasaron por su cafetería favorita y compraron un par de postres caseros y bebidas calientes.

 

—No sabemos si estará despierto —dijo Reina mientras caminaban—, pero al menos llevaremos algo que le guste.

 

Reika sonrió.

 

—Conociéndolo... nos dirá que no hacía falta molestarse. Y después se comerá todo igual.

 

Las dos soltaron una risita suave.

 

La dirección se las había dado Nano-sensei esa misma tarde: cuando le explicaron que estaban muy preocupadas por él, la enfermera sonrió y no dudó en ayudarlas, solo les pidió que no lo agotaran más.

 

Minutos después llegaron frente a una casa pequeña, sencilla y muy bien cuidada, con flores en el jardín y las ventanas limpias.

 

—Debe ser aquí —dijo Reina mirando el número.

 

—Sí —confirmó Reika.

 

Justo cuando iban a tocar el timbre, la puerta se abrió desde adentro.

 

—¿Reika? ¿Reina?

 

Las dos levantaron la vista de golpe.

 

—¿Hina?

 

La hermana mayor de Aoi sostenía una pequeña bolsa con comida y sonrió con ternura al verlas.

 

—Vine a ver cómo seguía —explicó mirando las bolsas que ellas llevaban—. Veo que ustedes también tuvieron la misma idea.

 

—Nos preocupó mucho que faltara —dijo Reika.

 

Hina suspiró suavemente y abrió la puerta del todo.

 

—A nosotros también. Pasen, no se queden afuera.

 

Era la primera vez que entraban en su casa. El ambiente era tranquilo, cálido y perfectamente ordenado; solo se escuchaba el suave tic-tac de un reloj antiguo en la pared.

 

—Qué acogedora es —dijo Reina en voz baja.

 

—Gracias —respondió Hina—. Mi madre dice que una casa tranquila ayuda mucho cuando necesitas descansar la mente.

 

Se quitaron los zapatos y subieron despacio las escaleras.

 

—Lleva todo el día en su habitación —les contó Hina—. No creo que haya salido ni para beber agua.

 

Las dos se miraron y sintieron un poco de nervios: nunca habían visto su cuarto, y de alguna manera se sentía como entrar en un lugar muy privado.

 

Hina se detuvo frente a una puerta de madera clara y tocó suavemente.

 

—Aoi... ¿puedo pasar?

 

Ninguna respuesta.

 

Esperaron unos segundos más. Nada.

 

—Seguro se quedó dormido con los audífonos —dijo Hina sonriendo con resignación. Giró el picaporte y abrió despacio.

 

Y las tres se quedaron inmóviles en el umbral.

 

Aoi estaba sentado directamente en el suelo, frente a una mesa baja llena de libros abiertos, hojas y un cuaderno donde escribía muy rápido. Llevaba unos grandes audífonos puestos, y ni siquiera había notado que habían entrado.

 

Pero no fue eso lo que las dejó paralizadas.

 

Llevaba una sudadera enorme de color crema, muy suave, con capucha... y dos pequeñas y redondas orejas de gato que se mantenían erguidas sobre su cabeza. Debajo unos pantalones cómodos de pijama. Y por primera vez... su cabello no le cubría la cara: lo tenía recogido hacia atrás con una cinta, dejando al descubierto sus facciones suaves, sus largas pestañas, la piel clara y esas ojeras oscuras que delataban lo mucho que había descansado poco.

 

Era idéntico a su avatar. Sin armadura, sin armas, sin esa expresión seria que siempre ponía en público... era él, tal cual era. Y se veía increíblemente tierno.

 

Nadie dijo nada durante unos segundos largos.

 

"Ahora entiendo perfectamente por qué diseñó así su personaje...", pensó Reina, con ganas de sonreír.

 

"Es... exactamente igual, solo que sin la capa y la espada...", se dijo Reika, sin poder apartar la mirada.

 

"Hace años que no veía esa sudadera... la tenía guardada desde que era pequeño", pensó Hina, con una sonrisa tierna.

 

Entonces Aoi levantó la vista. Sus ojos pasaron del cuaderno a la puerta, y se detuvieron en ellas.

 

Sus pupilas se abrieron de golpe. Miró a Hina, luego a Reika, luego a Reina. Y por fin miró su propia ropa: las orejas de gato seguían ahí, quietas y visibles.

 

Su cara se tiñó de rojo de golpe: primero las mejillas, luego las orejas, hasta que toda su cara pareció arder.

 

—¿Eh...? —fue lo único que logró balbucear.

 

Reina se llevó la mano a la boca para no estallar en risas. Reika parpadeó varias veces sin saber qué decir.

 

Aoi reaccionó de golpe.

 

—¡¡S-SALGAN!! —gritó agarrando el primer cojín que tenía al lado y lanzándolo—. ¡¡No entren sin avisar!!

 

El cojín pasó justo entre Hina y Reika. Luego vino otro, después un peluche pequeño, hasta una libreta vieja.

 

—¡¡Fuera! ¡¡Cierren la puerta! ¡¡No miren!! —decía mientras se agachaba para esconderse detrás de la mesa, intentando tapar la capucha con las manos.

 

—¡Pero si llamé! —dijo Hina entre risas.

 

—¡¡No escuché nada!! —respondió él, lanzando otro cojín.

 

Reina ya no pudo contenerse y soltó una carcajada.

 

—¡P-Perdón, perdón! —decía entre risas.

 

—¡¡No se rían!! —se quejó él, aún más rojo.

 

Era la primera vez que lo veían así: totalmente avergonzado, nervioso, lanzando cosas como un niño pequeño. Siempre eran ellas las que terminaban sonrojadas o sorprendidas; esta vez los papeles se habían invertido por completo.

 

Y mientras intentaba esconder esas orejas de gatito que tanto le gustaban de pequeño, las tres entendieron que acababan de descubrir un secreto que él jamás habría querido que nadie viera.

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  • LauraLetras

    Los gremios deciden dejarla libre y los desarrolladores deciden no tocar nada, dos mesas que llegan a lo mismo el mismo día, y mientras tanto Aoi ni fue a clase por quedarse mirando el contador de recuperación de Fern, Lyn y Regulus. A mí me dio mucha ternura ese contraste: todo el servidor hablando de la Domadora y la Domadora en pijama de orejitas, sin dormir por sus compañeros. Se me hace que esa sudadera de gato va a dar para varios capítulos.

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  • pasaporteVencido

    La enfermera le pasa la dirección de Aoi a dos compañeras así nomás, pidiendo solo que no lo cansen. ¿Nano-sensei ya sabe que Aoi es la Domadora?

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