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Capítulo 28: La voz que había permanecido escondida

DNavarrete
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La pregunta de la madre de Yuuto quedó suspendida en el aire, pesada y silenciosa.

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Fíjate que Reika pidiéndole a Yuuto que sea un poco egoísta partiría la mesa del club en dos: Lupe diría que por fin alguien se lo dice, y yo que suena a regaño con cariño justo cuando él menos lo necesita.

Fíjate que Reika pidiéndole a Yuuto que sea un poco egoísta partiría la mesa del club en dos: Lupe diría que por fin alguien se lo dice, y yo que suena a regaño con cariño justo cuando él menos lo necesita.

Contenido de la publicación

La pregunta de la madre de Yuuto quedó suspendida en el aire, pesada y silenciosa.

 

—¿Siguen dispuestas a cargar con todo eso por él?

 

Nadie respondió de inmediato. No porque dudaran, sino porque la pregunta era demasiado grande, demasiado profunda. Ya no se trataba solo de ayudar a alguien tímido o de protegerlo de las burlas; ahora conocían la verdad completa: sabían cuántas veces se había roto, cuánto dolor llevaba dentro y que detrás de cada gesto reservado había alguien que llevaba años luchando solo por sobrevivir.

 

Ayaka bajó la mirada, Reika apretó los puños, Shiori observó el suelo, Airi tenía los ojos húmedos y Minori respiró hondo buscando fuerzas para responder. Pero antes de que cualquiera pudiera hablar, la cortina se movió suavemente.

 

Todas giraron al mismo tiempo y el tiempo pareció detenerse.

 

Yuuto estaba ahí, de pie, quieto, con los ojos todavía rojos por el llanto y el cabello plateado cayendo desordenado alrededor de su rostro. Pero lo que más las impactó fue que ya no llevaba la sudadera enorme: por primera vez ante ellas, sin esa capa que lo había protegido durante tanto tiempo, solo vestía una camisa clara y holgada que dejaba ver lo delgado de sus brazos, sus hombros estrechos y la silueta suave que siempre había tratado de ocultar. Se veía pequeño, frágil, como si le costara sostenerse en pie, pero no se escondió.

 

Llevaba su libreta en una mano y, por un instante, todas pensaron que volvería a escribir para no hablar. Pero Yuuto no la abrió. Sus dedos temblaban, su respiración se entrecortaba y, con un esfuerzo inmenso, alzó apenas la vista y habló:

 

—Y-yo…

 

El aire pareció faltar en la habitación. Nadie esperaba escucharlo. Nadie, salvo su madre, había oído jamás su voz. Era una voz suave, muy fina y delicada, con un tono dulce que encajaba perfectamente con su rostro y que llevaba guardada tanto tiempo que sonaba casi tímida de sí misma.

 

—L-lo siento… —susurró— No… no quería asustarlas.

 

Ayaka sintió que el corazón se le encogía. Incluso ahora, después de todo lo que había sufrido, él seguía preocupándose por no molestar a los demás.

 

—Yo… no quería que me vieran así —continuó, bajando la mirada—. No quería romperme delante de ustedes.

 

Nadie habló. Todas sabían que una palabra fuera de lugar podría hacer que se encerrara de nuevo. Yuuto respiró hondo y levantó los ojos lentamente, recorriéndolas una a una hasta detenerse en su madre.

 

—Pero… gracias —dijo con voz quebrada—. Gracias por todo. Gracias por quedarse conmigo. Gracias por hacerme sentir que no todo estaba perdido.

 

Las lágrimas volvieron a llenarle los ojos, pero esta vez no apartó la mirada.

 

—Pero… —siguió, con un temblor nuevo en la voz— no quiero que sigan conmigo por obligación. No quiero que lo hagan porque les doy pena. No quiero que carguen con todo esto solo porque ahora saben lo que me pasó. No quiero… que se queden conmigo por lástima.

 

Bajó la cabeza por completo, preparándose para el rechazo que su corazón todavía esperaba. Pero entonces escuchó pasos acercarse. Alguien se detuvo frente a él y, con un golpe suave en la frente, lo hizo alzar la vista: era Reika.

 

—Eres demasiado bueno —dijo con firmeza, aunque su mirada estaba llena de ternura—. Siempre pones a todos antes que a ti mismo, y eso ya no va a ser así.

 

Le tomó suavemente el mentón para que no apartara la vista.

 

—Escúchame bien: no estamos aquí por lástima. No estamos aquí por obligación. Estamos aquí porque tú vales la pena. Porque eres una persona maravillosa que ha sufrido demasiado sin merecerlo. Así que empieza a ser un poco egoísta y piensa en ti por una vez. No vas a librarte de nosotras tan fácilmente.

 

Yuuto se quedó sin palabras; nadie le había dicho nunca algo así. Antes de que pudiera reaccionar, Ayaka se acercó con una sonrisa decidida y le tomó el rostro entre las manos, estirándole un poco las mejillas con suavidad.

 

—¡Y yo tampoco me voy a ir! —exclamó—. ¿Crees que después de todo lo que hemos visto vamos a dejarte solo? ¡Ni lo sueñes! Me quedaré contigo para que aprendas a confiar, para que dejes de pensar que estorbas, para que veas que mereces todo lo bueno que te pasa. Y si hace falta regañarte para que te des cuenta, lo haré todos los días. ¡Ya no te vamos a soltar!

 

Yuuto intentó protestar, pero su voz salió apenas un susurro débil, y eso solo hizo que Ayaka sonriera con más cariño.

 

—¿Lo oíste? —continuó ella—. No importa cuánto intentes alejarnos, nosotras vamos a quedarnos. Vamos a quedarnos hasta que te des cuenta de que ya no estás solo.

 

Entonces Shiori dio un paso adelante y, sin decir nada al principio, lo abrazó con mucha suavidad, como cuidando de algo que temía romper. Yuuto se quedó rígido un instante, pero poco a poco sus manos descansaron con timidez sobre su espalda.

 

—Yo estuve ahí cuando llegaste —empezó a decir ella con voz serena—. Al principio yo también vi lo que todos querían ver: a alguien distante, a alguien que se esconde. Pero luego me di cuenta de que no eres eso. Eres valiente, eres noble, eres la persona más dulce que he conocido. Y no me quedo por lo que te pasó, ni por lo que vi hoy. Me quedo porque quiero estar a tu lado mientras vas sanando, porque quiero ver cómo vuelves a ser tú mismo, porque quiero que sepas que siempre tendrás un lugar seguro conmigo. No te voy a fallar.

 

Cuando Shiori se apartó un poco, Airi se acercó despacio, con las manos entrelazadas y las mejillas sonrojadas, pero con una determinación que antes no tenía.

 

—Yo sé que no te conozco tanto como ellas —dijo con voz suave pero firme—. Sé que todavía me falta mucho por saber, pero lo que he visto me basta para saber que no quiero irme. Quiero aprender a conocerte de verdad, quiero escucharte hablar, quiero que sepas que también puedes contar conmigo. No soy tan valiente como ellas, pero haré todo lo posible para estar a tu lado. Así que… tampoco me voy a ir.

 

Yuuto las miró a todas una por una, y esta vez las lágrimas que resbalaron por sus mejillas ya no eran de miedo ni de dolor. Eran lágrimas de esperanza, de alivio, de alguien que después de tantos años de oscuridad acaba de encontrar la luz. Con voz todavía temblorosa pero mucho más tranquila, murmuró apenas:

 

—Gracias…

 

Y por primera vez en mucho tiempo, al decirlo, su corazón no sintió frío. Sintió calidez. Sintió que, por fin, no tenía que seguir cargando con todo solo.

 

Y precisamente por eso, Minori no caminó hacia Yuuto.

 

Porque él ya tenía a cuatro personas diciéndole que no pensaban irse, que no iban a abandonarlo y que iban a permanecer a su lado sin importar nada. Pero había alguien más en esa habitación que también necesitaba escuchar esas palabras. Alguien que había cargado con todo el peso desde el principio.

 

La madre de Yuuto.

 

Minori giró lentamente hacia ella. La mujer seguía de pie junto a la cortina, observando a su hijo con los ojos húmedos, incapaz de apartar la mirada. Era como si todavía no terminara de creer lo que estaba viendo, lo que él se atrevía a decir y a mostrar.

 

Porque durante años solo habían sido ellos dos.

 

Solo ella y Yuuto.

 

Ella calmándolo cuando despertaba llorando en medio de la noche. Ella abrazándolo cuando el miedo volvía a ganar. Ella cambiándolo de escuela una y otra vez, soportando rumores, miradas, burlas, profesores que no querían escuchar y personas que ya lo habían juzgado sin conocerlo. Ella viendo cómo su hijo se iba escondiendo poco a poco detrás de capuchas, telas gruesas y silencio. Ella viendo cómo dejaba de hablar, cómo dejaba de mirar a los ojos, cómo dejaba de creer que merecía estar cerca de alguien.

 

Y aun así, nunca se rindió. Nunca.

 

Minori caminó hasta quedar frente a ella. La mujer levantó apenas la mirada, perdida y cansada. Entonces Minori habló con voz suave pero firme:

 

—Ya es suficiente.

 

La madre parpadeó, confundida por esas palabras.

 

—Ya peleó sola demasiado tiempo —repitió Minori, mirándola directamente a los ojos.

 

La mujer se quedó inmóvil. Esas palabras golpearon justo donde más dolían, en ese lugar que había mantenido cerrado por años para poder seguir adelante.

 

—Hasta ahora usted fue quien hizo todo —continuó Minori—. Fue quien lo protegió de todo, quien lo sostuvo cada vez que se rompía, quien siguió adelante incluso cuando ya no tenía fuerzas.

 

Los labios de la madre temblaron levemente. Nadie le había dicho eso antes. Nadie le había reconocido lo que había hecho. Simplemente había seguido avanzando, sin detenerse, porque sabía que si bajaba la guardia un solo instante, podría perderlo para siempre.

 

Minori dio un paso más cerca.

 

—Pero ya no está sola.

 

Al escuchar eso, algo dentro de ella terminó de ceder. Llevaba tanto tiempo cargando todo sola que ya ni siquiera recordaba cómo era dejar que alguien más la sostuviera a ella.

 

Minori giró apenas la cabeza y ella la siguió con la mirada. Entonces vio a Yuuto, rodeado de ellas: vio a Ayaka con los ojos llenos de lágrimas pero sonriendo, a Reika intentando mantener la compostura aunque se le notaba la emoción, a Shiori cuidándolo con esa ternura tranquila que la caracterizaba, a Airi temblando pero firme. Y en medio de todas ellas, vio a su hijo: todavía frágil, todavía asustado, todavía con heridas que tardarían en sanar, pero ya no completamente solo.

 

Minori volvió a mirarla.

 

—Desde ahora nosotras también vamos a protegerlo. De la misma manera en que usted lo hizo todo este tiempo.

 

Eso fue suficiente. Absolutamente suficiente.

 

Todo lo que había guardado durante años —el agotamiento, la impotencia, el miedo de cada noche, las veces que había llorado en silencio sin saber qué más hacer— comenzó a salir de golpe. No era solo tristeza: era el cansancio de haber fingido ser fuerte durante demasiado tiempo.

 

Intentó contenerse. De verdad lo intentó. Pero no pudo. Llevaba toda una vida esperando escuchar algo así.

 

Minori lo notó en cuanto sus hombros empezaron a temblar y, sin dudarlo ni un segundo, la abrazó con fuerza. La madre se sorprendió al principio, pero solo por un instante; al siguiente, se aferró a ella como si fuera un salvavidas, como si por fin pudiera dejar de sostenerse a sí misma.

 

Y entonces lloró. Lloró con todo lo que había callado. Enterró el rostro en el hombro de Minori mientras su cuerpo temblaba y sollozos ahogados escapaban de sus labios.

 

—Ya no puedo… —susurró con voz rota— Ya no sabía qué hacer…

 

—Lo hizo increíblemente bien —le respondió Minori suavemente, abrazándola con más fuerza.

 

—Tenía miedo… tenía tanto miedo de perderlo…

 

—Pero no lo perdió —dijo Minori con ternura—. Y ya no va a tener que cuidarlo todo sola.

 

Alrededor de ellas, todas guardaron silencio. Porque entendían perfectamente lo que estaban presenciando: no era solo una madre llorando, era una mujer que había llevado un peso inmenso en soledad y que, por fin, podía dejar de hacerlo.

El momento de calma y emoción duró solo unos instantes, hasta que las puertas de la enfermería se abrieron de golpe.

 

—¡Yuuto! ¿Cómo estás? —la voz animada de Kaito llenó el espacio al instante.

 

Entró casi corriendo, con esa energía de siempre, detrás de él venía Goro con una cajita de pastelillos en las manos, sonriendo con intención de animar a su amigo. Pero apenas cruzaron el umbral, se detuvieron en seco. La atmósfera seguía cargada de emoción y lágrimas, y al verlas así, ambos sintieron de inmediato que habían interrumpido algo muy importante. Se quedaron quietos, un poco avergonzados y sin saber muy bien qué decir.

 

Reika reaccionó en un segundo. Sin hacer ruido, tomó a Yuuto del brazo y lo llevó tras la cortina, para que no lo vieran así, tan expuesto y vulnerable, sin su ropa de siempre.

 

Ayaka y Shiori se miraron entre sí, mordiéndose los labios para no soltar una risa nerviosa ante la cara de sorpresa y vergüenza de los dos chicos. Mientras tanto, Airi dio unos pasos hacia ellos con suavidad, para calmar el ambiente.

 

—No se preocupen —les dijo con una sonrisa tranquila—. No han interrumpido nada malo. Yuuto ya está bien, solo está terminando de arreglarse un momento y enseguida sale.

 

Kaito soltó el aire que había contenido y asintió, aunque todavía se sentía un poco fuera de lugar. Al levantar la vista y ver a la madre de Yuuto, se puso serio de golpe y se inclinó en una reverencia respetuosa; Goro hizo exactamente lo mismo, imitándolo.

 

—Disculpen la intromisión —dijo Kaito con educación—. Solo queríamos saber si Yuuto estaba bien… y si nos permitirían llevárnoslo un ratito, para que se distraiga.

 

La madre de Yuuto, con los ojos todavía brillantes pero mucho más tranquila, les dedicó una pequeña sonrisa y asintió despacio.

 

—Claro que sí. Gracias por preocuparse por él.

 

En ese preciso instante, la cortina se descorrió despacio. Yuuto estaba ahí, ya con su sudadera puesta, recuperando su apariencia de siempre, aunque la mirada ya no era exactamente la misma: había algo más abierto en ella. Sostenía su libreta en las manos y escribió rápidamente unas líneas antes de mostrárselas a sus amigos: Lo siento mucho… no quería hacerles preocupar.

 

Kaito no esperó ni un segundo más. Casi sin pensarlo, se acercó y lo abrazó con fuerza, y Goro se unió enseguida, con esa calidez que solo los amigos de verdad tienen.

 

—¡No digas eso! —dijo Kaito con voz alegre pero emocionada—. Lo importante es que estás aquí.

 

—Vamos —añadió Goro sonriendo—, trajimos algo rico para que te animes.

 

Entre los dos, casi sin dejarlo caminar solo, se lo llevaron suavemente, y Airi caminó detrás de ellos, despidiéndose con la mano. La puerta se cerró suavemente al salir, dejando a Reika, Shiori, Ayaka, Minori y la madre de Yuuto en la enfermería, en un silencio que ya no era de tristeza, sino de alivio.

 

El silencio cálido y lleno de emoción apenas se había asentado en la enfermería cuando las puertas se abrieron de golpe, rompiendo la calma de repente.

 

—¡Yuuto! ¡Ya nos dijeron que estabas aquí! —la voz de Kaito entró primero, animada y llena de energía, tal como siempre era.

 

Entró casi saltando, con esa sonrisa abierta que siempre ponía a todos a gusto, y justo detrás de él venía Goro, caminando un poco más despacio pero igual de contento, sosteniendo con cuidado una pequeña caja con pasteles recién hechos.

 

—Trajimos unos pastelillos de fresa —dijo Goro con suavidad—. Pensamos que te vendrían bien…

 

Pero las palabras se le quedaron en la garganta en cuanto levantó la vista. Kaito también frenó en seco, como si alguien le hubiera puesto un freno invisible. Vieron a todas allí, con los ojos brillantes, algunos rostros aún húmedos por las lágrimas, y sintieron de inmediato que habían irrumpido en un momento demasiado íntimo y profundo. La alegría de Kaito se transformó en confusión y luego en vergüenza; Goro bajó un poco la cabeza, sintiendo que habían interrumpido algo muy importante.

 

—D-disculpen… —atinó a decir Kaito bajando la mirada— No sabíamos…

 

Reika no lo pensó dos veces. En un movimiento rápido y silencioso, tomó suavemente a Yuuto del brazo y lo guio tras la cortina, para que no lo vieran aún sin su ropa habitual, tan vulnerable y expuesto como se había mostrado hace un momento. No quería que sus amigos lo vieran así antes de que él estuviera listo.

 

Ayaka y Shiori se miraron de reojo, conteniendo la risa ante la cara de desconcierto de los dos chicos, esa mezcla de querer ver a su amigo y sentirse terriblemente fuera de lugar. Mientras tanto, Airi dio unos pasos suaves hacia ellos, con una sonrisa tranquila y la voz muy baja para no alterar el ambiente.

 

—No se preocupen —les dijo con dulzura—. No han estorbado nada malo. Estábamos… hablando de cosas importantes. Yuuto solo se está arreglando un momento para salir, ya no le falta nada.

 

Kaito soltó el aire que había estado conteniendo y asintió despacio, aunque todavía se sentía un poco apenado. Pero al levantar la vista, vio a la madre de Yuuto y su expresión cambió por completo: se puso serio, enderezó la espalda y realizó una reverencia profunda y respetuosa. Goro, al verlo, hizo exactamente lo mismo, inclinándose con educación.

 

—Disculpe la prisa —dijo Kaito con mucho respeto—. Solo queríamos saber si Yuuto estaba bien… y si nos permitiría acompañarlo un rato, para que se distraiga un poco.

 

La madre de Yuuto los miró, y aunque todavía tenía los ojos brillantes, una sonrisa tranquila y sincera apareció en su rostro. Ver a esos dos chicos preocupados y atentos le dio una nueva sensación de paz.

 

—Claro que sí —les respondió con voz suave—. Gracias por preocuparse por él. Sé que se pondrá contento de verlos.

 

En ese momento, la cortina se deslizó suavemente hacia un lado. Yuuto apareció allí, ya con su sudadera puesta, recuperando su apariencia de siempre, aunque había algo distinto en su mirada: ya no estaba tan escondida, se veía más serena. Sostenía su libreta entre las manos, la abrió con cuidado y escribió unas líneas rápidas antes de acercarse y mostrárselas a sus amigos: Lo siento mucho… no quería hacerles pasar sustos ni preocuparlos.

 

Kaito no leyó ni dos veces lo que ponía. Dejó la puerta de golpe y se lanzó a abrazarlo con toda la fuerza de su amistad, sin importarle nada más. Goro sonrió con los ojos llenos de ternura y se unió al abrazo, rodeándolo con cuidado pero con mucho cariño.

 

—¡No pidas perdón por nada! —exclamó Kaito dándole unas palmaditas suaves en la espalda—. Lo que importa es que estás bien. ¡Y que estás aquí!

 

—Trajimos tus favoritos —dijo Goro levantando un poco la caja—. Vamos a comerlos fuera, que te vendrá bien el aire.

 

Yuuto asintió despacio, y por primera vez en mucho tiempo, una pequeña sonrisa se le escapó mientras apretaba con cariño la libreta contra su pecho. Airi se acercó a él y le tomó suavemente la mano, mirando a las demás con una mirada de despedida y de confianza.

 

—Nosotras nos encargamos —dijo Kaito con seguridad—. Lo cuidaremos bien.

 

Y así, poco a poco, salieron de la enfermería: los tres amigos y Airi, caminando juntos, cerrando suavemente la puerta tras de sí.

 

Al quedar solas, el ambiente cambió otra vez, pero ya no era de tristeza ni de angustia. Reika se recostó un momento contra la pared soltando un suspiro largo, como si hubiera estado sosteniendo el aliento desde que empezó todo. Ayaka se pasó una mano por los ojos, secándose las últimas lágrimas, y luego soltó una risa suave y tranquila.

 

—¿Vieron la cara que pusieron? —dijo con una media sonrisa—. Parecían dos niños a punto de ser regañados.

 

Shiori sonrió también, mirando hacia la puerta.

 

—Pero vinieron —dijo suavemente—. No dudaron en venir. Eso es lo que importa.

 

Minori seguía junto a la madre de Yuuto, que ahora se veía mucho más tranquila, aunque todavía con esa expresión de alivio profundo en el rostro. Se miraron entre todas, y en cada mirada se leía lo mismo: el camino no sería fácil, Yuuto todavía tenía mucho por sanar, pero ya no tendría que hacerlo solo.

 

—Ahora sí —dijo la madre de Yuuto con una voz que ya no sonaba tan cansada—, ahora sí todo va a ir mejor.

 

Y en esa pequeña sala, rodeadas de cortinas blancas y el silencio suave del lugar, todas supieron que tenía razón.

 

Minutos después, en la oficina del director Aoyama, el ambiente era distinto: silencioso, controlado y cargado de una tensión que solo él parecía percibir.

 

Sobre su amplio escritorio de madera oscura descansaba la solicitud oficial de despido del subdirector, ya revisada y lista para ser enviada. Aoyama la miró de reojo, sin mostrar ni la más mínima preocupación o pesar. Para él, ese hombre no había sido más que una pieza desechable, un simple peón que había cometido el error de dejarse llevar por sus propios prejuicios y, lo que era peor, de hacerlo en público, exponiendo fallas que debían mantenerse ocultas.

 

—Que se vaya —murmuró con voz fría y tranquila, apartando el papel como si fuera algo sin importancia—. No sirve si no sabe mantener el orden.

 

No le molestaba perderlo en absoluto. Lo que realmente le inquietaba, y mucho, era todo lo que había quedado al descubierto con ese alboroto. Ahora sabía que existían dudas, miradas nuevas y preguntas sobre lo que realmente era Yuuto: sobre su apariencia, sobre su silencio, sobre todo aquello que durante tanto tiempo había logrado mantener bajo una apariencia de normalidad. Esa falta de control sobre lo que la gente empezaba a pensar le resultaba profundamente molesta.

 

Se levantó y caminó hacia el gran ventanal que daba al patio central de la escuela. Desde allí podía ver casi todo sin ser visto.

 

Primero vio salir a la madre de Yuuto, despidiéndose con un gesto suave de Minori, Reika y Ayaka. Notó cómo todas la acompañaban con respeto y cercanía, y cómo ella, por primera vez en mucho tiempo, caminaba con un aire más tranquilo, menos agobiado.

 

Luego, bajó la mirada hacia una de las bancas del patio. Allí estaba Yuuto, ya con su ropa habitual, sentado junto a Goro y Kaito. Vio cómo sus amigos le hablaban con entusiasmo, cómo le mostraban los pasteles y cómo Airi permanecía cerca, cuidando que nadie los molestara. Vio también que, aunque Yuuto apenas hacía gestos o escribía en su libreta, ya no tenía esa postura encorvada y defensiva de siempre. Algo había cambiado en él esa tarde, y eso era algo que Aoyama no podía permitir que creciera sin su control.

 

Y más allá, cerca de una de las columnas, notó la figura de Sakura. Estaba allí, observando a Yuuto con una mezcla de curiosidad y desconfianza, sin apartar la vista ni un segundo. Se notaba que seguía decidida a descubrir qué era lo que ese chico escondía, convencida de que había algo extraño o peligroso en él.

 

Aoyama apartó la vista de la ventana con un gesto seco. Todo eso confirmaba que las cosas se estaban saliendo de su cauce. Regresó a su escritorio, presionó el botón del intercomunicador y esperó.

 

Poco después entró su secretaria, con la libreta en la mano y la mirada atenta, acostumbrada a su forma de ser.

 

—Dígame, director.

 

Aoyama entrelazó los dedos sobre la mesa, mirándola con una seriedad que no admitía dudas.

 

—Quiero que se contacte de inmediato con el Comité Disciplinario —ordenó con voz firme y pausada—. Pregunte exactamente qué han averiguado hasta ahora en su investigación sobre lo ocurrido en la cafetería. Y especialmente, quiero saber qué datos han logrado recopilar sobre ese alumno: Yuuto. No omita nada. Necesito saber hasta dónde han llegado.

 

La secretaria asintió sin hacer ninguna pregunta.

 

—Enseguida me comunico con ellos, director.

 

Cuando ella salió cerrando la puerta tras de sí, Aoyama volvió a mirar la solicitud de despido, pero su mente ya estaba puesta en otra cosa. Sabía que algo se había roto esa tarde, y no pensaba permitir que nadie —ni rumores, ni alumnos, ni la verdad misma— alterara el orden que él había decidido mantener en su escuela.

Thoughts

  • tintaDeMartes

    Fíjate que Reika pidiéndole a Yuuto que sea un poco egoísta partiría la mesa del club en dos: Lupe diría que por fin alguien se lo dice, y yo que suena a regaño con cariño justo cuando él menos lo necesita.

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  • rgaray4116

    Tengo una casa de mi recorrido donde durante años vi solo a una mujer y a un gurí, la ropa de los dos tendida y nada más, hasta que un día apareció otra gente en el fondo tomando mate con ella. Ta, a la madre de Yuuto la vi igual cuando se agarra de Minori. ¿La madre vuelve a aparecer en los próximos capítulos, ahora que ya no está sola?

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  • Ovid

    Yuuto dejando la libreta cerrada para hablar por primera vez: se nota que llevabas veintiocho capítulos guardando esa escena, y apuesto a que muchos de los que te siguen la estaban esperando igual. Me gusta que Aoyama no nos deje relajarnos ni un capítulo. Gracias por seguir con esta serie, Navarrete!

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  • MarianelaVidal

    Veintiocho capítulos esperando esa voz, y lo primero que dice es que lo siente. Lo que más me quedó igual fue Minori dándose vuelta hacia la madre, porque todas corrían hacia él y nadie había mirado a la que estuvo sola desde el principio. Me suena a tantas madres que sostuvieron solas años enteros y a las que nadie les dijo nunca que ya bastaba. Apuesto a que Aoyama y Sakura van a usar justo esa tarde en contra de ellos.

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